5 Fábulas del “PANCHATANTRA”


El "Panchatantra" es una serie de fábulas entrelazadas, muchas de las cuales despliegan metáforas de animales antropomorfizados con virtudes y vicios humanos. Cuya narrativa, que fue para lo que se escribió, está pensada con el fin de formar a tres príncipes ignorantes, hijos del rey llamado “Sudarshan”, en los principios hindúes sobre la conducta mundana prudente o sabia de la vida”.

Las fábulas están organizadas dentro de una historia mar­co. La obra superviviente data aproxi­madamente del año 200 a. C., pero es probable que las fábulas que recoge sean mucho más antiguas.

Se desconoce el autor del texto, pero se ha atribuido a “Vishnu Sharma” en algunas recensiones (reseña de una obra literaria) y a “Vasubhaga” en otras, los cuales pueden ser seudónimos ficticios.

Es probable que sea un texto hindú, y se base en tradiciones orales más anti­guas con “fábulas de animales que son tan antiguas como podemos imaginar”, Y que casi con certeza proceden una gran parte de ellas, de algunas de las recopilaciones “post morten”, que se hicieron de las originales fábulas del escritor griego “Esopo”.

Disfrutemos, y saquemos nuestras conclusiones o consejos, mediante estas cinco fábulas que vemos a continuación:

"EL LEÓN Y EL CHACAL"


En cierta región de un bosque, vivía un león llamado Kharanakhara que, corriendo un día hambriento por todas partes, no pudo cazar ninguna bestia.

A eso de la puesta del sol, llegó a una gran cueva, entró en ella y pensó:

«Seguramente que algún animal vendrá a pasar la noche en esta cueva; de modo que me voy a quedar aquí escondido».

Estando allí en tal situación de espera, llegó el dueño de la cueva, que era un chacal llamado Adhipuchchha, el cual miró y vio las huellas del pie del león que había entrado y no salido de la cueva. Entonces pensó:

«¡Ah!, perdido estoy; seguramente que aquí dentro hay un león. ¿Qué hago? ¿Cómo he de huir?

Pensando así y sin moverse de la puerta, empezó a gritar:

—¡Eh, caverna! —Dicho esto, añadió de nuevo—, ¿ignoras que tienes un pacto conmigo, según él (pacto), yo te he de hablar al venir de fuera y tú me has de responder? Si no me res­pondes, pues, me voy a otra gruta.

El león al oír esto pensó:

«Sin duda que la caverna invita a éste siempre que vie­ne y hoy se calla por temor a mí. Pues se ha dicho esto:

“Cuando el miedo oprime el corazón, quedan sin poder obrar las manos, los pies, la lengua y demás; el temblor es el único que domina”.

Voy, pues, a llamarle yo para que entre y me sirva de comida».

Habiéndolo pensado así, le llamó. El rugido del león llenó todo el ámbito de la caverna, retumbando en ella cien ve­ces; de tal modo que, puso en fuga hasta las bestias que estaban lejos. El chacal huyó enseguida a todo correr y recitó esta zloka (estrofa):

«Quien procede con cautela, vive feliz, y no vive, el que obra sin discernimiento. Yo me he hecho viejo viviendo en el bosque, y nunca he oído que una cueva hable»...

"LOS BRAHMANES Y EL LEÓN"


En cierto pueblo había cuatro brahmanes (Sacerdotes) que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura.

El otro, desdeñaba el saber; sólo tenía cordura.

Un día se reunieron:

—¿De qué sirven las prendas —dije­ron—, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no ganamos dinero? Ante todo, viajaremos.

Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:

—Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tie­ne más que cordura. Sin el saber que con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Que se vuelva a su casa.

El segundo dijo:

—Mi inteligente amigo, careces de sa­biduría. Vuelve a tu casa.

El tercero dijo:

—Ésta no es manera de proceder. Des­de chicos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo. Tú tendrás tu parte en nuestras ganancias.

Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león. Uno de ellos dijo:

—Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.

El primero dijo:

—Sé componer el esqueleto.

El segundo dijo:

—Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.

El tercero dijo:

—Puedo darle vida.

El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a infun­dir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:

—Es un león, si lo resucitan, nos va a matar a todos.

—Eres muy simple —dijo el otro—. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.

—En tal caso —respondió el hombre cuerdo— aguarda que me suba a este árbol.

Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se le­vantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa...

 Ilustración incluida en una antigua eic

"EL CHACAL Y EL COCODRILO"


Érase una vez un pequeño y astuto chacal que, muy hambriento, rondaba por la orilla del gran río en busca de algún pececillo o cangrejito, con que alimentarse.

Pero en el fondo del río vivía un enorme cocodrilo, que también estaba hambriento y que, escondido entre el ba­rro y las cañas, espiaba al chacal, en espera de que en cualquier momento diese un paso en falso y, cayera al agua para comérselo.

En varias ocasiones, a punto estuvo el chacal de meterse precisamente en la boca del cocodrilo, pero valiéndose de su astucia, logró salvarse del mortal peligro.

Entonces, temeroso de ser engullido por el feroz cocodrilo, el chacal decidió irse a pescar a otro lugar del río, donde no estuviera bajo la constante amenaza del saurio.

Pero éste, muerto de hambre y loco de rabia al ver que se le escapaba tan rico bocado, determinó salir del río, e ir en busca de la guarida del chacal para vengarse de él.

Y ésa fue su perdición, porque enterado el astuto chacal de que, el cocodrilo aguardaba en el interior de su ma­driguera para comérselo, encendió una enorme hoguera a la entrada, hasta que el enemigo, impotente para franquear la barrera de llamas, quedó reducido a cenizas.

El elemento propio, da fuerza y confianza; salirse de él, es un riesgo imprudente...

"EL PIOJO Y LA PULGA"


Cierto rey tenía un delicioso lecho, en el cual, en medio de un par de sábanas muy blancas, habitaba un piojo llamado "Mandavisarpini". Chupando éste la sangre del rey pasaba el tiempo felizmente, hasta que un día, saltando a la ven­tura, llegó a pararse en el lecho una pulga llamada "Agni­mulcha".

Al verla el piojo, le dijo con el semblante entristecido:

—¡Oye, "Agnimultha"! ¿Cómo vienes tú a este lugar que no te conviene? ¡Vete pues, y pronto, antes que alguien te vea!

—Venerable —le dijo ella—, aunque sea un hombre malo el que entra en una casa no se le debe hablar así. Pues se ha dicho:

«¡Ven, acércate, descansa en esta silla, cuánto tiempo sin dejarte ver!, ¿cómo te encuentras?, ¿estás enfermo?, ¡salud tengas! ¡Cuán contento estoy de verte!»

Tal es lo que hacen los hombres de bien cuando otro llega a su casa, aunque éste sea uno de bajo origen, y tal es el deber de los amos de casa, según declaran los tradicio­nistas; deber fácil de cumplir y que lleva al cielo.

Además, he saboreado varias especies de sangre de distintas clases de hombres; pero todas ellas, por causa de la alimentación, tenían un sabor desagradable, pican­te, astringente o ácido; nunca he podido gustar de una sangre dulce. De modo que, si tú me haces el favor, obtendré la felicidad de probar con mi lengua, la sangre que se engendra en el cuerpo de este rey, producida por la mezcla de manjares sazonados de varias maneras, bebidas, exquisitos jarabes y refrescos. Y se ha dicho:

«El placer de la lengua es igual, según se dice, en el rey que en otro hombre; es el placer reputado mejor: por causa del mismo trabaja la gente».

Si no existiera en el mundo el acto que nos da el placer de la lengua, no habría quien fuera criado de otro, ni se le sometiera para nada.

Si un hombre dice mentira, si sirve a quien no lo merece, y si se va a países extraños, todo es por causa del vientre.

Por lo tanto, llegada yo aquí como huésped y atormentada por el hambre, he de tomar comida, aún en tu presencia, no está bien que tú solo chupes la sangre de este rey.

En oyendo esto, dijo "Mandavisarpini":

—Mira. pulga; yo chuparé la sangre del rey mientras él duerma y luego tú, que tienes boca de fuego y eres ligera. Si de esta manera quieres beber la sangre conmigo, qué­date; gusta de esta sangre tan deseada.

—Así lo haré, venturoso —dijo la pulga—. Mientras tú no gustes primero la sangre del rey, que caiga sobre mi la maldición del preceptor de los dioses si la cato yo antes.

Mientras así conversaban los dos, se acercó el rey a la cama y se acostó. Pero era tal el hambre y el deseo de placer de la pulga, que picó al rey estando aun despierto.

Pues bien se ha dicho:

«El natural de uno, no puede ser alterado por la enseñanza. Por mucho que calientes el agua, ella se enfría luego. Más probable es que el fuego enfríe y que los rayos de la luna quemen, que poder cambiar el natural de los mortales».

En seguida el rey, como si hubiera sido pinchado por punta de aguja, saltó de la cama y se levantó diciendo:

—¡Eh, mirad aquí; en el cobertor (colcha o cubrecama) hay algún piojo o pulga, por quien he sido mordido!

Los guardias del cercano gineceo (aposentos de las mujeres en la Antigua Grecia) que estaban allí, cogieron el cobertor y lo revisaron con todo cuidado. La pulga entre­tanto se echó de un salto con ligereza a un borde de la cama; pero "Mandavisarpini", envuelto entre los pliegues del cobertor, fue visto y muerto.

Por esto digo yo: «Nunca des hospitalidad, etc.».

Enterado uno de esto, ha de hacerlo todo por matar a éste; sino, él; te matará a ti. Y se ha dicho:

«El que abandona a los suyos, admite a los extraños como si fueran los suyos, encuentra en verdad la muerte como el rey "Kakudruma"». 

"EL LEÓN Y LA LIEBRE"


En una montaña llamada "Mandara", había un león nombrado "Durdanta". Dicho león se entretenía en hacer una continua matanza de animales. Ante ello, las bestias se unieron y le enviaron un cortejo de representantes:

—Señor —le dijeron—, todos los días os enviaremos a uno de nosotros para que os alimentéis y dejéis a los de­más vivir tranquilos.

Y así fue; el león, a partir de entonces, sólo devoró todos los días a uno de aquellos animales.

Cierto día, una liebre vieja, a la que le llegó el turno de servir de pitanza (comida), se dijo para sus adentros:

«No se obedece más que a aquel a quien se teme. Y eso para conservar la vida. Si debo morir, ¿de qué me va a servir el demostrar sumisión al león? Voy pues, a tomar­me tiempo excesivo para llegar hasta él. No me puede costar más que la vida, ¡y ésa la he de perder! Así pasaré mis últimos momentos desligada de las cosas de aquí».

Se puso en marcha, aunque fue deteniéndose por el ca­mino, aquí y allá, para masticar algunas sabrosas raíces.

Por fin llegó a donde estaba el león y éste, que tenía hambre, le dijo colérico, en cuanto la vio:

—¿Por qué vienes tan tarde?

—No es mía la culpa —respondió la liebre—. He sido detenida en el camino por otro león, al que he jurado volver a su lado, y vengo a decírselo a vuestra majestad.

—Llévame pronto —dijo furioso el león— cerca de ese bribón que desconoce que soy todopoderoso.

La liebre condujo a "Durdanta" junto a un pozo profundo y le dijo:

—Mirad, señor; el atrevido está en el fondo de su foso.

Y mostró al león su propia imagen, reflejada en el agua del pozo.

El león, hinchado de orgullo, no pudo dominar su cólera y, queriendo aplastar a su rival, se precipitó dentro del pozo... en donde encontró la muerte.

Lo cual prueba que la inteligencia aventaja a la fuerza. La fuerza desprovista de inteligencia no sirve de nada.


Un artículo del "BIBLIOTECARIO"

para Queseenteren.

Ilustración de Sidney Paget (1891) Coloreada

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