“DON JUAN TENORIO” de José Zorrilla

Drama religioso-fantástico en dos partes

RESUMEN ILUSTRADO

El poeta y académico español José Zorrilla escribió esta obra de teatro en 1844. Que es “huérfana” de “El burlador de Sevilla y convidado de piedra” de 1630, atribuida y pendiente de aclararse, en un principio a Tirso de Molina, y más recientemente a Andrés de Claramonte.

La acción se desarrolla en la Sevilla de allá por los años de 1545, últimos del emperador Carlos V.

Es la pieza más representada en la historia de la Literatura en España, desde su estreno en el “Teatro de la Cruz” de Madrid el 28 de marzo de 1844.

La obra está tan incorporada en la tradición popular, que cada año es representarla en la noche víspera del Día de todos los Santos del 1º de Noviembre. Los cuatro primeros actos pasan en una sola noche, los tres restantes, cinco años después y en otra noche. Y no hay compañía de teatro que se tercie, que no la haya representado una vez.

Primera parte, Acto I:

Libertinaje y escándalo

La obra comienza en la hostería “del Laurel” de Cristófano Buttarelli. Don Juan Tenorio escribe una carta y le ordena a su criado, Ciutti, que se la haga llegar a Brígida, la mujer a cargo de doña Inés; quién le dará una llave y le informará de una hora y una seña.

Don Juan tiene puesto un antifaz, por lo que Buttarelli no lo reconoce. Es época de carnaval y varias personas están usando máscaras, de manera que la apariencia del primero no es llamativa.

Él está esperando a don Luis Mejía, con quien realizó una apuesta hace un año. Ambos se disputan el primer lugar entre los que hacen más daño a las mujeres y el plazo de dicha apuesta expira esa noche.

Don Juan le pide a Buttarelli sus dos mejores botellas de vino para esta ocasión. Este habla con su ayudante, Miguel, en italiano y le ordena que prepare la mesa.

Don Gonzalo de Ulloa, el comendador de Calatrava y el padre de doña Inés, entra a la hostería para presenciar la contienda. Para que oculte su identidad, Buttarelli le entrega un antifaz.

Don Gonzalo tiene la intención de declinar el matrimonio entre su hija y don Juan, que acordó con el padre este, don Diego, si confirma que el asunto de la apuesta es cierto.

Un momento más tarde, llega a la hostería don Diego, usando también con antifaz; él desea asistir al encuentro entre los contrincantes para saber si son ciertos los rumores sobre el grado de vileza de su hijo.

Entre los asistentes a la contienda, se encuentran también el capitán Centellas y Avellaneda. El primero de ellos apuesta a favor de don Juan, ya que está convencido de que “no hay como Tenorio otro hombre sobre la tierra, y es proverbial su fortuna, y extremadas sus empresas”.

Por su parte, Avellaneda se inclina por don Luis, de quien es amigo, porque cree imposible que alguien lo aventaje en fechorías.

A las ocho de la noche llega don Luis, con su rostro cubierto con un antifaz y se sienta frente a Tenorio. Ambos descubren sus rostros y la mayoría de los presentes se acercan a saludarlos efusivamente.

Ambos relatan sus fechorías y se entregan recíprocamente las listas de las personas que mataron y de las mujeres que burla­ron. Don Juan gana la apuesta y, al verse derrotado, don Luis propone un nuevo de­safío: Su contrincante deberá conquistar a una novicia. Don Juan acepta y añade que conquistará además a doña Ana de Pantoja, la prometida de don Luis, con quien este se casaría al día siguiente.

Tras cerrar la apuesta, don Luis habla en secreto con su criado, Gastón, y este sale precipitadamente. Lo mismo hace don Juan con su criado, Ciutti, quien también se aparta apresuradamente.

Escandalizado, don Gonzalo se quita el antifaz y le niega a don Juan su consen­timiento para que se case con doña Inés.

Este le advierte que, en ese caso, la toma­rá por la fuerza. Ante esta conducta, el pa­dre de don Juan se levanta de la mesa y le dice a su hijo que no siga con su amenaza.

Tras una breve discusión, don Juan le arranca el antifaz. Don Diego entonces re­niega de su hijo y coincide con don Gon­zalo en dejar sin vigencia el acuerdo del casamiento.

Cuando don Juan y don Luis salen de la hostería, un alguacil los detiene y los apre­sa. Ambos revelan que han enviado a sus criados a delatar a su oponente. Antes de partir, los contrincantes acuerdan que la apuesta continúa vigente.

 

Primera parte, Acto II:

Destreza

Don Luis logra salir de la prisión y le soli­cita a Pascual, criado de doña Ana, pasar la noche escondido en la casa de su futura esposa, a fin de esperar a don Juan, por si este intenta cumplir su apuesta. Don Luis acuerda presentarse a las diez de la no­che, horario en que Pascual lo dejará in­gresar a la casa sin ser visto por su señor, don Gil de Pantoja.

Don Luis, angustiado e impaciente, llama a la ventana de su prometida. Le explica la situación y acuerda con ella que volverá a las diez.

A continuación, don Juan, que también consiguió salir de la prisión, intercepta a don Luis en la calle, y Ciutti y otros cómplices lo secuestran.

Tenorio planea tomar el lugar de don Luis y presentarse en la casa doña Ana para ga­nar la apuesta, mientras don Luis perma­nece encerrado en su bodega.

Unos minutos después del secuestro, don Juan se encuentra en la calle con Brígida, la dueña que está a cargo del cuidado de doña Inés, tal como lo habían acordado con Ciutti, cuando este le entregó la carta.

Brígida le confirma a don Juan que doña Inés recibió la misiva y le asegura que la persuadió de que él la ama apasionada­mente. También le explica que fue fácil convencerla, puesto que doña Inés vivió sus diecisiete años encerrada en el con­vento, en soledad, y desconoce el mundo exterior. Le asegura que él podrá entrar al convento, después de que “doblen las áni­mas”, saltando por el huerto.

Finalmente, don Juan afirma que la recom­pensará con oro si consigue lograr su obje­tivo de raptar a doña Inés.

Después de concluir la conversación, don Juan se encuentra con Lucía, la criada de doña Ana, y le ofrece más de cien doblas a cambio de que ella le permita entrar a la casa a las diez de la noche.

Lucía acepta el trato. Más tarde, don Juan le explica a Ciutti su propósito: estar a las nueve en el convento y, una hora después, en la casa de doña Ana, para conseguir ga­nar la apuesta, todo un doblete…

Primera parte, Acto III:

Profanación

La abadesa conversa con doña Inés en la celda del convento e intenta persuadirla de su condición favorable para adoptar la vida en el encierro. Considera que para ella es más fácil adoptar esta vida porque desco­noce las tentaciones mundanas.

Durante la conversación, la abadesa nota que la novicia no muestra el entusiasmo habitual frente a sus palabras. La abadesa se retira, y doña Inés se siente confundida y espera con ansias la llegada de Brígida.

Pronto llega la aya de doña Inés y le pre­gunta si leyó el horario que le había entre­gado. La novicia lo niega y, al enterarse de que se trata de un regalo de don Juan, de­clara que no puede aceptarlo.

Brígida la convence de que debe hacerlo, alegando que, de lo contrario, don Juan se enfermaría.

Entonces doña Inés toma el libro y, al abrir­lo, se cae una carta de entre sus hojas. Brí­gida la incita a leerla.

Se trata de una carta en la que don Juan la declara a doña Inés su amor apasionado. Al leerla, ella experimenta, por primera vez, atracción y fascinación por alguien.

Brígida le sugiere que lo que siente es amor, pero la novicia lo niega.

Un momento después, cuando tocan las ánimas (a las nueve de la noche), don Juan entra a la habitación y doña Inés se desmaya.

Él no duda en sacarla del convento en ese estado, y sale acompañado por Brígida.

Poco después, la tornera del convento le avisa a la abadesa que un hombre desea hablarle. Ella consiente, puesto que se tra­ta del comendador de Calatrava, quien tie­ne derecho a entrar al convento.

Don Gonzalo, a quien le han informado que Brígida tuvo un encuentro con el criado de don Juan, le advierte a la abadesa que el li­bertino planea arrebatar a su hija del claustro. A petición de la abadesa, la tornera sale en búsqueda de doña Inés.

Don Gonzalo y la abadesa descubren la carta de don Juan y poco después llega la tornera avisándoles que doña Inés no está en el convento y que ha visto a un hombre saltar por las tapias del huerto.

Inmediatamente, don Gonzalo corre para ir tras su hija y sale del convento insultando a la abadesa.


Primera parte, Acto IV:

El Diablo a las puertas del Cielo

En la quinta de don Juan, a orillas del río Guadalquivir, Brígida y Ciutti conversan sobre los últimos acontecimientos que ocurrieron esa noche, desde que escaparon del convento hasta que llegaron a la casa de Tenorio. Doña Inés continúa dormida, y don Juan se encuentra en la casa de doña Ana.

Cuando doña Inés se despierta, Brígida intenta persuadirla de que don Juan la rescató de un incendio desatado en el convento y que la trajo a su casa con la intención de que permaneciera allí, bajo su amparo, hasta el amanecer. Pese a lo que le comenta, Doña Inés desea refugiarse en la casa de su padre, pero su dueña, Brígida, le advierte que el río y más de cinco kilómetros las apartan de la ciudad de Sevilla.

Ella siente una fuerte atracción hacia don Juan, pero teme que su honor esté en peligro y quiere huir antes de que él llegue.

Poco después, llega don Juan y engaña a doña Inés diciéndole que le comunicó a don Gonzalo dónde se encontraban. Luego él le declara su amor y su deseo de pedirle su mano al comendador. Además, confiesa que nunca sintió nada igual por otra mujer, y que, por medio de ella, cree que puede alcanzar la virtud.

En ese momento desembarca don Luis embozado. Don Juan les pide a Inés y a Brígida que permanezcan en una de las habita­ciones y sale al encuentro del hombre armado con una espada y pistolas. Ciutti le informa que no pudo descifrar quién es el embo­zado (cubriendo su rostro hasta la nariz con su capa).

Enseguida don Juan advierte que se trata de don Luis, quien busca vengarse por lo que ocurrió con doña Ana. Cuando están dispues­tos a batirse en duelo, Ciutti le informa a don Juan que se acerca don Gonzalo acompañado por personas armadas.

Mientras don Luis permanece escondido en un cuarto a petición de don Juan, este se encuentra con Don Gonzalo, quien ha entra­do en la casa solo.

El comendador tiene intenciones de matarlo. Don Juan, arrodillado ante él, intenta explicarle que siente amor sincero por doña Inés y que por ella está dispuesto a abandonar su vida desenfrenada y a ponerse a disposición de él hasta que le otorgue la mano de su hija. Don Gonzalo se niega a aceptar sus ofrecimientos, pero Tenorio insiste, argumentando que doña Inés significa para él su última oportunidad de salvación. El comendador, sin embargo, se muestra indiferente a sus súplicas.

En ese momento, don Luis los sorprende con una carcajada, y acusa a don Juan de humillarse en un momento apremiante a falta de valor. Este, enfurecido, le dispara a don Gonzalo y le da una estocada a don Luis. Ambos mueren inmediatamente.

Don Juan se arroja por el balcón y se aleja a bordo de un bergantín que lo lleva rumbo a Italia. Poco después, ingresan a la casa soldados y alguaciles, y descubren los cadáveres. Doña Inés y Brígida salen de la habitación y la primera reconoce a su padre muerto. Un alguacil afirma que don Juan fue el asesino y entonces todos piden justicia por doña Inés. Ella, sin embargo, cayendo de rodillas, pide que no sea contra don Juan.

Segunda parte, Acto I:

La sombra de doña Inés

Han transcurrido cinco años desde la huida de don Juan, y él re­gresa a la casa de su padre en Sevilla. En el sitio donde se encon­traba su palacio, don Juan halla un panteón, y allí un escultor, sin reconocerlo, le cuenta la historia familiar:

“Que Don Diego había desheredado a su hijo, y antes de morir, había ordenado construir un panteón para las víctimas de su hijo. Además, le había encargado al artista hacer las esculturas de va­rias de ellas”.

Don Juan admira las obras y se sorprende al ver la estatua de doña Inés. A propósito, el escultor explica que ella murió de tristeza después de volver al convento, cuando don Juan la abandonó.

Luego, Don Juan le pide al escultor que al marcharse le entregue las llaves del panteón. Ante su negativa, él le revela su identidad y amenaza con matarlo si no lo hace. Entonces el escultor obedece y se retira.

Don Juan reflexiona sobre su pasado frente a la estatua de doña Inés y pide misericordia por los actos que cometió. Entonces un vapor se eleva del sepulcro de la mujer y su estatua desaparece.

En ese momento, Don Juan siente una presencia sobrenatural.

Enseguida aparece la sombra de doña Inés, y le dice que ofreció su alma a Dios a cambio de su salva­ción. Sin embargo, le advierte que de él depende la salvación de ambos: Durante el plazo de esa noche, si él obra mal, se condenarán juntos o, de lo contrario, se salvarán los dos. Tras lo que la sombra de doña Inés desaparece, pero la estatua no vuelve a su lugar. Don Juan cree que ha estado alucinando y le parece notar que las estatuas se mueven. A pesar de su temor inicial, reco­bra el valor y desafía a los muertos, sugiriendo que los espera allí si buscan venganza.

El capitán Centellas y Avellaneda reconocen a don Juan en el pan­teón. Este, aún perturbado, piensa que sus voces provienen de las estatuas. Centellas le explica que se trata de sus viejos amigos y señala que don Juan está temblando y está pálido. Don Juan jus­tifica su palidez atribuyéndola a la luz de la luna, y luego Centellas se burla de su temor. Don Juan se jacta de su valentía y los invita a cenar. Finalmente, para demostrarles que los muertos no le cau­san pavor, invita a cenar también a Don Gonzalo.

Segunda parte, Acto II:

La estatua de don Gonzalo

Don Juan cena junto al capitán Centellas y Avellaneda en la nueva casa que adquirió al regresar a Sevilla. Allí les cuenta que el em­perador fue quien amparó su regreso, después de conocer su his­toria y por considerarlo un hombre muy valiente. En la mesa han colocado una silla y los cubiertos para la estatua del comendador. Cuando Ciutti sirve el vino, don Juan le ordena que también llene la copa del comendador.

Luego, en el momento en que Centellas propone un brindis para que Dios glorifique a don Gonzalo, don Juan interviene diciendo que no cree en el más allá, ni en otra gloria más que la terrenal. Entonces se escuchan golpes en los alrededores y, más tarde, en el interior de la casa. Don Juan sospecha que sus invitados planearon una broma para burlarse de él, pero ellos lo niegan y se muestran asustados. Mientras debaten sobre el asunto y conti­núan cenando, la estatua del comendador atraviesa la puerta y se presenta ante ellos.

Inmediatamente, el capitán Centellas y Avellaneda caen desvane­cidos. El comendador le explica a don Juan que Dios le permitió asistir al “sacrílego convite” para advertirle que hay vida eterna tras la muerte. Además, la estatua reitera lo que ya había señala­do doña Inés, que el plazo que tiene don Juan para arrepentirse culmina esa noche, y que Dios le otorga este día para limpiar su conciencia. Antes de desaparecer, la estatua invita a don Juan a que lo visite más tarde en el panteón.

Don Juan duda de la aparición y cree que, en el caso de que sea cierto lo que le comunicó don Gonzalo, el plazo que Dios le otorgó es insuficiente para subsanar sus delitos.

Mientras continúa en sus vacilaciones, se presenta la sombra de doña Inés y le pide que tenga valor para acudir a la cita del comen­dador. Luego desaparece.

Centellas y Avellaneda se despiertan y descreen del relato de los sucesos de don Juan. Se acusan mutuamente de haber sido vícti­mas de una broma, y don Juan desafía a duelo a los dos invitados.

 

Segunda parte, Acto III:

Misericordia de Dios

Don Juan ha matado al capitán Centellas y a Avellaneda, culpa al destino por el asesinato y piensa que su alma está perdida defi­nitivamente. Además, afirma que, aunque nunca creyó en el más allá, ahora siente dudas al respecto. En ese momento, don Juan se siente arrastrado hacia el pan­teón por una fuerza misteriosa y allí comprueba que la estatua de don Gonzalo no está en su pedes­tal. Entonces llama al comendador y su sepulcro se transforma en una mesa horrible, con culebras y hue­sos. Todos los demás sepulcros, excepto el de doña Inés, se abren, los espectros pueblan el lugar, y don Juan siente pavor.

La estatua del comendador le ofrece una copa de fuego y un plato de ceniza, diciéndole “Te doy lo que tú serás”.

También don Juan advierte que hay un reloj de arena en la mesa y el comendador le explica que indica el breve tiempo de vida que le queda. Luego don Juan ve pasar un cortejo fúnebre y su anfitrión comenta que se trata de su propio funeral, puesto que ha muerto a manos del capitán Centellas.

Don Juan, temeroso, implora la misericordia de Dios. El comendador afirma que ya es tarde para arrepentirse e intenta arrastrarlo con él al Infierno, tomándole una de sus manos.

Tenorio, de rodillas, tiende la otra mano al cielo y, en ese momento, se abalanzan sobre él los espectros.

Entonces aparece la sombra de doña Inés y toma su mano libre. Ella le ordena a los espectros que regresen a sus tumbas y afirma que Dios ha salvado a don Juan.

Finalmente, los espectros vuelven a sus tumbas y, en lugar de ellos, se ven flores y ángeles. Mientras comienza a despuntar el alba, doña Inés cae sobre un lecho de flores. Don Juan exalta la gloria de Dios y luego cae a los pies de ella. Ambos mueren y de sus bocas se elevan dos brillantes llamas.

FIN DE LA OBRA

Y COMO HOMENAJE FINAL LOS VERSOS DEL “ASCENSO” DE LOS ENAMORADOS AL CIELO

(Inicio Verso al final Escena II)

ESTATUA: Ahora, don Juan,

pues desperdicias también

el momento que te dan,

conmigo al infierno ven.

D.JUAN: ¡Aparta, piedra fingida!

Suelta, suéltame esa mano

que aún queda el último grano

en el reloj de mi vida.

Suéltala, que si es verdad

que un punto de contrición

da a un alma la salvación

de toda una eternidad,

yo, santo Dios, creo en tí

si es mi maldad inaudita,

tu piedad es infinita...

¡Señor, ten piedad de mí!

ESTATUA: Ya es tarde.

(DON JUAN se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la ESTATUA. Las som­bras, esqueletos, etc., van a aba­lanzarse sobre él, en cuyo momen­to se abre la tumba de DOÑA INÉS y aparece ésta. DOÑA INÉS toma la mano que DON JUAN tiende al cielo).

INES: No; heme ya aquí,

don Juan; mi mano asegura

esta mano que a la altura

tendió tu contrito afán,

y Dios perdona a don Juan

al pie de mi sepultura.

JUAN: ¡Dios clemente!¡Doña Inés!

INÉS: Fantasmas, desvaneceos:

Su fe nos salva... volveos

a vuestros sepulcros, pues

la voluntad de Dios es;

de mi alma con la amargura

purifiqué su alma impura,

y Dios concedió a mi afán

la salvación de don Juan

al pie de la sepultura.

JUAN: ¡Inés de mi corazón!

INÉS: Yo mi alma he dado por ti,

y Dios te otorga por mí

tu dudosa salvación.

Misterio es que en comprensión

no cabe de criatura,

y sólo en vida más pura

los justos comprenderán

que el amor salvó a don Juan

al pie de la sepultura.

Cesad, cantos funerales;

callad, mortuorias campanas;

ocupad, sombras livianas,

vuestras urnas sepulcrales;

(Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cierran).

volved a los pedestales

animadas esculturas;

y las celestes venturas

en que los justos están,

empiecen para don Juan

en las mismas sepulturas.

(Las flores se abren y dan paso a varios angelitos, que rodean a DOÑA INÉS y a DON JUAN, derramando sobre ellos flores y perfumes).

JUAN: Clemente Dios, ¡gloria a Ti!

Mañana a los sevillanos

aterrará el creer que a manos

de mis víctimas caí.

Mas es justo; quede aquí

al universo notorio,

que pues me abre el purgatorio

un punto de penitencia,

es el Dios de la clemencia

el Dios de DON JUAN TENORIO.

(Cae DON JUAN a los pies de DOÑA INÉS, y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas, representadas en dos brillantes llamas que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón).

FIN


Un reportaje de “Tino Telón”

para Queseenteren