“QUERIDO CHATO”

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


SINOPSIS

Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacia donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

Todo esto nos lo contesta, narrándonoslo el autor en esta auto biografía de 52 capítulos, más Apéndices, que componen este “tocho” de casi 1000 páginas.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el quinto de sus Capítulos:  

1962. Los Juguetes de Navidad “made in” EE.UU (5)

Capítulo 5

Donde conoceremos cuales eran los juguetes más populares que se regalaban en la festividad de LOS REYES MAGOS, el PAPÁ NOEL aún no había arraigado entre los niños de los años 60.

Además en el caso de nuestro protagonista y sus hermanos, se incorporaban a este "festín" de regalos, los que enviaba la tía Raquel desde los EE.UU. Que resultaban ser de la "Sana Envidia" de su amiguetes. Y en particular, una especie de "Mecano" de la "Construcción de Rascacielos"...

Y ya con sus hijos mayores e independientes, Antoñita, la madre de nuestro "Chato"; se pudo dedicar durante los años venideros, a visitar a sus hermanas, que ya hacía muchos años habían abandonado el país, buscando una "mejor vida" en las Américas, tanto la de Norte como la del Sur.

Por cierto, en el último de ellos a los EE.UU. "Por los pelos..." no acabó en una desgracia.


Si hablo de juguetes, mis recuerdos sobre ellos son dos. En el primero me veo a mí en un solar vacío, está enfrente de mi casa y sin vallar, como solían estar la mayoría; estoy haciendo bolas de barro, las creaba cogiendo un montoncito de tierra arcillosa, en este lugar lo era casi toda, mojada previamente con agua. Con habilidad le daba vueltas a la bola sobre una madera plana, con varios giros cogían la forma redonda, me quedaban bastante bien:

«Estas bolas (canicas) quedaran ¡Cojonudas! A estas dos las tengo que hacer un poco más pequeñas». Pensé para mí.

Hacía también otro amasijo del tamaño de mi mano y, con mucha paciencia e imaginación le daba forma cual buen artesano. Hasta llegar a parecerse a una furgoneta de reparto, quería reproducir una “Citroën” (muy popular en aquellos años); con un palillo acababa los detalles; a mis ojos se le parecía, si bien no así a los de mis “amiguetes”, que era a quien se las intentaba vender. Y no tuvieron reparos en dejármelo claro cuando se acercaron a examinar mi mercancía:

Modelo a reproducir o imitar de la furgoneta francesa "CITROEN 2 CV", que fue lanzada al mercado en 1951

—¡Esto no se parece para nada a una “Citroën”!

—¿Y a ti tampoco te gusta? —pregunté a otro amigo que iba con él.

—No te enfades, pero por esto yo no pago dos reales.

Por lo que se ve, ellos pensaban que se parecía más a una mierda que a una furgoneta, ¡qué coño sabrían de arte estos inútiles! Para nada valoraron el esfuerzo que me supuso una vez más fabricarlos. Especialmente el convencer a mi madre para que me dejara ponerlos dentro del horno, allí se cocían o tostaban; más bien esto último, pues no afinaba bien los tiempos de fuego:

—¡Ya estas otra vez con esta porquería!, recuerda que la última vez hubo salpicones por todo el horno, estuve toda una mañana limpiándolo.

Sin hacer caso a su queja yo continué con mi objetivo, e intenté ganarme su reconocimiento a mi trabajo; la verdad, ¡quería darle pena!

—¡Me ha llevado un montón de trabajo hacerlas! ¿Dónde está la bandeja?

—Está en la despensa, donde la dejaste la última vez.

Fui a buscarla, era una vieja bandeja de horno que encajaba perfectamente; mi madre me la había regalado para esta función.

—¿A cuánto tiempo las ponemos esta vez? —preguntome.

Contesté a mi madre, al mismo tiempo que fui colocando en la bandeja, y con mucha precaución, mi manufacturación de bolas y furgonetas:

—Con 30 minutos será suficiente, pero pon el horno al máximo.

—¡A sus órdenes jefe! —me contestó mi madre irónicamente.

Así lo hizo, puso la bandeja dentro del horno más o menos por la mitad y el botón de la temperatura a unos 200 grados.

Durante todo este tiempo de cocción yo estuve vigilando que aquello no explotara, transcurridos los cuales sonó el “CLINK” del final:

—¡Apártate que no te vayas a quemar!

Mi madre sacó el recipiente ayudada por unos guantes de horno, y colocó la ardiente bandeja sobre la repisa de obra de la cocina.

Transcurridas unas horas, que rellené jugando en nuestra terraza, mi madre colocó el recipiente ya frío en la mesa de la cocina.

—¡Hala ya las puedes coger!, ¡espera que toque las bolas!

¡Ay, aaah…! —Siempre me hacía aquella broma de hacerme creer que se quemaba, y yo siempre “picaba”:

—¡Lo siento mamá yo no quería…!

—¡Que es mentira, cariño!

Pasado el susto, recogí el material y lo llevé hacia la terraza, donde estaba mi almacén debajo de la pica de lavar. Allí permanecieron poco tiempo, pues mi lista de amigos y posibles clientes era extensa; y no todos eran tan “tiquismiquis” como a los primeros que consulté. Y si me quedaba algún “resto”, siempre lo colocaría a alguna de las clientas de mi madre; como hice la última vez. Que me lo cogieron para quedar bien, supongo que luego lo tirarían a la basura…

El segundo recuerdo es de los otros juguetes, los de verdad, venían de los Estados Unidos, sí, de América del Norte; eso era posible gracias a la solidaridad y amor de mi tía Raquel (en cielo y reunida con su marido, el tío Erwin, estén disfrutando con sus animalitos, que tanto les gustaban y en especial los canes), hacia los hijos de su hermana, "useasé", nosotros... Allí, en concreto en el estado de Ohio, se había trasladado a vivir después de casarse con un médico estadounidense, que conoció en Barcelona. Si bien en esta ocasión, nuestro envío de juguetes “estaba en el aire”, nunca mejor dicho, puesto que aquel año de 1962, unos meses antes habíamos estado al borde del fin de nuestra civilización..:

El embajador de los EE.UU. ante las Naciones Unidas, Adlai Stevenson muestra fotografías aéreas de misiles cubanos a las Naciones Unidas el 25 de octubre de 1962.

En octubre, un avión espía norteamericano sobrevolando la isla de Cuba, fotografió unas plataformas de lanzamiento de misiles.

Ante ello, el presidente estadounidense “Kennedy”, impuso un bloqueo naval a la isla caribeña y les mandó mensajes a los rusos; indicándoles que retiraran sus armas e hicieran regresar sus naves, que se dirigían hacia dicha isla cargadas con más misiles.

Un P-2H Neptune de VP-18 de la Marina de los EE.UU. volando sobre un carguero soviético.

Durante unos días el mundo estuvo al borde del holocausto nuclear, pero finalmente, los rusos aceptaron quitar las armas y mandaron regresar a sus naves, y todo volvió a la normalidad; la civilización se salvó y nosotros tendríamos nuestros juguetes.

…Un mes después, y uno aproximadamente antes de las navidades, la tía, como solía hacer, envió un gran paquete destinado a darnos la alegría propia de estas fiestas. Casi siempre, era yo quien acompañaba a mi madre a un almacén cercano a la oficina principal de correos; en el centro de la ciudad. El nombre de la agencia de transportes creo que era “La Expeditiva” (Una empresa de transportes creada en 1905 por Bartolomé Miralles Vidal, y relevado en 1940 por su hijo homónimo y hasta 1996). Esta empresa parecía que tenía la exclusiva de la recogida y entrega de paquetes, todos llegaban por ella. Cada vez que acudíamos repetíamos estos pasos:

Después de hacer una larga cola, el empleado ponía sobre una gran báscula el paquete, era el que correspondía al identificado con una notificación que se nos entregaba previamente por el cartero. El bulto estaba atado por cuerdas, y en esta ocasión no estaba abierto y vuelto a cerrar, como ocurrió más de un año. Decían que eran los de aduanas, que vigilaban que no hubiera dentro contrabando o estraperlo.

—¡Coño como pesa!, éste es el que corresponde con este número, veamos, expedición 3527... y de origen en los EE.UU., ¡éste es, seguro!

—¡Haber déjeme verlo! —dijo mi madre, repasándolo por si había sido abierto antes.

—¡Oiga!, si no está de acuerdo, déjelo aquí y se lo devolveremos a la procedencia.

—¡Coño, podré verlo, ¿no?!

—¡Señora no me falte, que yo no la he faltado!

Viendo la situación, instintivamente cogí la mano de mi madre y se la estiré, para que se calmara y no apareciera “la leona” de su interior. Mi madre se percató y en esta ocasión me hizo caso, no valía la pena pelearse con un “leño” así. Se ve que el uniforme se le había subido a la cabeza, ¡otro uniformado!, “todo Dios” iba con ropa semejante a la militar y con gorra, los taxistas, los chóferes y hasta los limpiabotas. Aunque el del que nos atendió, más bien parecía una capa de color gris, retocada y con mal gusto.

—¡Disculpe!, pero es que cada año nos viene el paquete con signos de haber sido abierto, y además faltándonos cosas.

—Pues en estos casos debería denunciar lo que dice, ¡pero no a mí, que yo soy un “mindunguis”! Debe hacerlo al encargado, que es aquel hombre (señalándolo) y que el único trabajo que hace en todo el día es atender a las quejas —dijo con sorna— ¡Y ahora decídase, mire que cola se ha formado! ¿Lo quiere o no lo quiere?, ¡si no lo recoge se lo pasamos a los de aduanas y que lo revisen!

Ya salió la amenaza del que manda, si bien mi madre sabía que esto estaba controlado. Lo cierto es que, la hábil de la tía Raquel, era conocedora por mi madre de lo de las aperturas, y siempre enviaba los juguetes sin las cajas originales, a veces envueltos en trapos, todo lo que fuera necesario para que se evidenciara que no estaban destinados a la venta.

—¡Sabe que…!, no veo la necesidad de que usted y yo nos peleemos, ¡me lo llevo!

—¡Mejor así! —No supimos si era una frase de entendimiento o una vaga amenaza, tampoco importaba, nosotros ya teníamos la caja con los regalos.

Mi madre me dejaba agarrar también alguna de las cuerdas que lo sujetaban, así yo pensaba que era quien lo transportaba:

—¡Venga Antoñito, coge la cuerda que yo no puedo con ella!

—¡Es que no puedo cogerla!, apártate un poco y déjame a mí que también la coja.

Con la pesada carga, este día en lugar de regresar con el autobús, lo hicimos con un taxi. No podríamos haber llegado a la parada, además no nos la hubieran dejado entrar en el autobús al ser un bulto tan grande.

—Vamos hacia aquel taxi que está libre… ¡Taxi, taxi! —gritó, además de levantar la mano y hacer gestos para que no se moviera, pues ya tenía nuevos clientes, nosotros...

El taxista viéndonos cargados, salió del coche y dirigiéndose a la parte trasera de su vehículo, abrió el capó del auto; que a mí me pareció enorme, no recuerdo que marca era; parecía uno de los utilizados en las películas de gánsteres americanas.

—¡Señora traiga el paquete aquí! —Se ve que aquel tipo no me había visto a mí, que era quien en verdad llevaba el bulto— ¿Qué lleva dentro del bulto señora?

«¡Qué coño le importaría a este otro uniformado!», pensé para mí mismo.

—¡Nada!, cuatro trastos que me ha enviado mi hermana, viven en América. —mi madre se explayó dándole explicaciones al curioso taxista. «Más moscas se cogen con miel que con hiel», que viene a enseñarnos que para atraer la voluntad de alguien, lo mejor es la dulzura...

—Pues déjemelo que lo pongo dentro del maletero. —lo dijo y lo hizo.

No me molestó que se refiriera a nuestros juguetes como “cuatro trastos”...

Mi madre me decía que dentro había ropa, aunque yo sabía muy bien que dentro estaban los regalos. Tampoco intentó engañarme diciendo lo contrario, era todo compatible, estos regalos venían de parte del Papá Noel de la tía Raquel, una costumbre aún no muy arraigada en España esta del “Noel”, que los enviaba por adelantado. Y que al final se mezclaban con los los otros juguetes, y todos los recibíamos el día de los Reyes Magos, y de acuerdo con cómo nos habíamos comportado durante el año.

¡Un niño cuando le interesa, es de lo más fácil de convencer! Mejor lo dejaremos así y no entremos en si ya era conocedor de la naturaleza de los Reyes de Oriente.

Poco me preocupaba de donde vinieran cada uno de ellos, lo importante era de que tipos de juguetes se trataba.

—¿Hacia a dónde hacemos el trayecto?

—preguntó el chófer.

—Pues a la calle “Botella” numero “tapón”.

—Los nombres que en verdad escuchó el taxista, y que omito por motivos de seguridad; le fueron familiares y reconocidos a la primera, seguro que ya había acudido por esa zona.

Fotografía de un taxi similar al que tomamos, que precisamente circula por la via conocida como de las "Avenidas", una de las arterias principales de la ciudad de Palma de Mallorca, de obligatorio paso, como fue nuestro caso ese año de 1962. Que coincidió con la celebración de la "Feria de Muestras" en ese lugar, que es lo inmortaliza la foto.

—¿Va Vd. mucho por nuestra calle? —quiso mi madre saber si lo conocía de algo.

—¡Pues sí!, hay un señor que se llama Don Juan, al que le falta una pierna, al que llevo en ocasiones a la clínica.

—¡Mire por donde, nosotros también lo conocemos!, la próxima vez que lo vea, cuéntele que hicimos un viaje con usted. Y ahora ya no le doy más instrucciones de cómo llegar, que seguro lo sabe mejor que yo. —El taxista sonrió y hacia allí nos dirigimos, a nuestra morada; cuando llegamos:

—¡Bueno ya estamos señora, me debe doce pesetas!—Para los más "jovenzuelos", era la moneda que usábamos en España antes de la entrada del "euro" (1 Euro = 166,386 pesetas)

—¡Tome le doy trece pesetas y quédese con ésta de más, por su amabilidad!

—¡Muchas gracias, señora!

Después de guardar el dinero en una cajita metálica, se dirigió a la parte trasera, abrió el capote y sacó el paquete; que a duras penas había logrado encajar

antes.

—¡Venga Antoñito ayúdame a subirlo por la escalera!

Solamente de pensar en nuestra empinada escalera, se nos ponían los pelos de punta...

Pero esto no fue necesario, pues de susodicha “empinada” escalera, la de nuestra casa; bajaron mis dos hermanos que, como buenos y fornidos hombrecitos; asieron el bulto y lo transportaron

hasta arriba. Mi madre los miraba con orgullo, a mí de repente no me prestó más su atención, ¡qué le íbamos a hacer! «Los últimos serán los primeros

y los primeros los últimos» (San Mateo 20,1-16).

—¡Cuidado no os hagáis daño, que pesa mucho!

—¡No te preocupes mamá, que ya somos mayores, podemos con esto y mucho más!

La caja, como otros años, se colocó en la habitación de mis padres, así evitaba nuestras tentaciones de curiosear en su contenido.

Pasados unos días, y por supuesto previo a la entrega de los juguetes; a escondidas, mi madre, como cada año, los revisaba, usando como guía una carta que había en el interior de la caja colocada por la tía Raquel. Asignaba a cada uno de nosotros los que nos correspondían, la tía era muy “pilla” y conocedora como era de nuestras edades, nos había adjudicado ya los juguetes. Mi madre respetaba este criterio, si bien no al cien por cien, con algunos, hacía los cambios de destinatario que ella creía oportunos, ¡para eso nos había parido!, como argumentaba siempre. Y nadie le iba a decir como éramos cada uno de nosotros.

—Éste es para Leo, que le gusta construir cosas, ¡no sé porque Raquel se lo ha asignado a Damián! —también tenía la costumbre, en ocasiones, de hablar sola, en más de una ocasión la escuché

haciéndolo.

La adjudicación duró hasta que los tuvo a todos distribuidos, al carecer la mayoría de sus envases originales, los metía en cajas, en cada una puso el nombre de su futuro dueño. Muchas de ellas eran de zapatos, que había ido guardando durante el año para la ocasión.

Se trataba de darnos un poco de emoción cuando destapáramos el juguete y que nos entrara la “magia y el espíritu Navideño”.

…El día de Reyes y a primera hora, cerca de un Belén que habíamos montado en una esquina del comedor, “descubrimos los regalos”.

Yo fui el primero en buscar entre las cajas las que llevaban mi nombre, mis hermanos me lo permitieron, lo de creer en los “Reyes Magos” ya les había pasado.

A los pocos minutos y sin esperar a que acabara de “chequear” todos los regalos, mis consanguíneos tomaron el control y localizaron sus regalos.

—¡Éste es para mí!, aquí pone mi nombre. —la reclamación de Leo.

—¡Y éste es para mí! —Damián no se quiso quedar fuera del reparto del botín.

En pocos minutos los regalos fueron cogidos y retirados por cada uno de sus destinatarios. Y como imitando a los perros, todos, aunque mirábamos nuestros regalos, estábamos más pendientes de los del otro. Los canes lo hacen igual con los huesos o la comida, que le íbamos a hacer, en el fondo todos somos animales…

Los otros juguetes, los que procedían de los Reyes nacionales, eran más usuales y previsibles, el mío fue un balón, que por el material con que estaba fabricado no se le preveía una larga vida. A uno de mis hermanos le trajeron unos “Juegos Reunidos Geyper”, me jodió bastante pues era un juguete que yo deseaba.

Cualquier niño deseaba este regalo, que se ofrecía en diferentes tamaños que contenían una gran variedad de juegos.

Estos juegos, que aparecieron en 1945, consistían en una gran caja, muy bien diseñada, que contenía una enorme variedad de juegos de mesa. Los había de varios tamaños y de acuerdo con la cantidad que contenía, o sea, de 10, 15, 25, 35, 45, 50 o 55 juegos. Estaban los más populares, los que conocíamos todos, niños y adultos, como el parchís, la oca, las damas, el ajedrez y hasta la ruleta, con su tapete e inclusive su bolita, que era lo primero que se perdía.

A los que se habían añadido juegos de todas las leches, cito algunos por aquello de recordar que hay juegos manuales además de "consolitas": los palillos, el quita y pon, las bolitaratas, carrera india, wild, la caza, ketekojo, suma y multiplica, dernier, take, 3 en raya, los cuadros, palabras, de poder a poder, jaquet, sempre avanti, el rush, halma, in-out, halma veloz, el 421, gobang, piramidal, tippy, juego de asalto, pentaline, chalma, meta 24, el chino, marelle, el derby, quinielas, juego

de la pulga, dada, tira, cheeky, raffles, la rueda, la pesca del lenguado, lotería, la escalera. No faltaban diferentes barajas de cartas para jugar al solitario, el póker, ramiro, etc. etc… La empresa que los fabricaba era “Industrias Geyper”, propiedad de Antonio Pérez Sánchez.

Cuando al día siguiente mostrábamos los juguetes, aquello era una especie de competición por ver cuáles serían los mejores.

Éramos la envidia de los otros niños, los nuestros, los americanos, no los tenía nadie. Yo fui el primero en tener una especie de “Madelman”, un vaquero y un indio de plástico de unos 30 centímetros de alto, muy bien hechos, que estaban articulados y podían hacer “poses”; completaban estas figuras una serie de accesorios, como una cantimplora, un arco con flechas, una pistola y un saquito que simulaba una bolsa de monedas al mínimo detalle.

—¡Vamos Billy saca la pistola!

—¡Tu vaquero es mucho más grande que el mío!

—¡Ya lo sé “Michel”, éste está hecho en Norteamérica!

—¡Te lo cambio por mi estuche de “pinturetas”! —era lo que más apreciaba mi amigo, una enorme caja con lápices de cera de todos los colores.

—¡Qué coño de “pinturetas”, éste no lo cambio por nada!

Otro regalo que recibí y que durante años me siguió gustando mucho, cosa rara que un regalo le guste a un niño más de unos Reyes, era como un “Exin Castillo” español. No me “enrecuerdo” de su nombre, “Skyscraper Builders” (“Constructor de Rascacielos”) puede quedar bien y lo relaciona. Contenía toda una variedad de piezas de plástico blancas, con las que podías construir un rascacielos, ¡muy americano!, tenía ventanas, paredes y hasta la coronación de la torre con una larga antena. Yo creo que aún hoy, me podría encontrar por casa de mi madre alguna pieza...

Muy acertada esta fotografía de este juego, estaba fabricado "al mínimo detalle", sólo le faltaban los obreros, que en este caso, erás tu mismo y tus amiguetes.

También solía mandar muchos “puzles”, pero al no ir acompañados de sus respectivas cajas originales; para montarlos te tenías que basar en una especie de recorte, hecho con la hoja de propaganda del rompecabezas; que la tía había “filtrado” y colado en el paquete:

—”Michel”, ¿me puedes decir dónde va esta pieza?

—¡Espera no me despistes ahora!, estoy intentando colocar esta pieza en el mío.

—¡De acuerdo!, pero la tuya va en aquella esquina…

—¡Coño no me lo digas!, ¡no ves que ya lo sabía!

Al jodido “Michel” no le gustaba que le allanaras las cosas, lo contrario que a mí, que no le daba la más mínima importancia a una bienvenida ayuda ajena. Colocada su última pieza, mi amigo me prestó atención, y a los pocos segundos ya había localizado su ubicación:

—¡Ponla ahí! —me dijo el listillo, dirigiendo mi mano hacía el sitio.

—Ya me quedan menos, una, dos, tres… y quince.

—¿Sí quieres, ahora que he terminado el mío te ayudo? —se ofreció y acepté su ayuda— ¡Déjame que me coloque que desde aquí no lo veo bien!

Al final fue él quien lo acabó de montar. Creo que nunca logré yo sólo montar completamente uno de ellos, posiblemente deberían faltar algunas de las piezas, ¡vamos digo yo! No puede ser que el “sabiondo” de “Michel” lograra hacerlo y yo, siendo más listo, no.

Supongo que desde su casa en los “United States”, nuestra tía se troncharía de risa; pues mi madre bien se cuidaba de informarla de la aceptación y las reacciones de sus sobrinos españoles a sus juguetes.

Raquel siempre estuvo pendiente de su hermana, en definitiva, había sido quien prácticamente la había criado, nuestra abuela falleció poco después del final de la guerra, supliendo esta figura maternal mi madre.

Esta desgracia, fue la que trajo consigo el desplazamiento de todas las hermanas a Barcelona; donde vivieron con una tía, hermana de mi abuelo, fallecido muchos años antes, pero que en definitiva era “familia”. Y en aquellos años de la posguerra, todos los parientes se ayudaban y se “arrejuntaban” para poder subsistir.

En la ciudad condal, fue donde conoció mi tía a su futuro marido, Erwin, coincidieron en un hospital donde él hacía algún tipo de prácticas médicas, y Raquel estudiaba enfermería. Hubo flechazo, y antes de terminar el curso se casaron. El nuevo matrimonio partió hacia la patria del marido, y la tía parece que hizo una especie de promesa al marchar: «¡Juro no volver a pisar este país!».

Fue una frase similar, ¡con las reservas oportunas y mejorando lo presente!, a la que hizo el personaje de “Escarlata O´Hara”, interpretada por la actriz “Vivian Leigh”, en la oscarizada película “Lo que el viento se llevó”:

«Aunque tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre». Y al menos seguro que no la debió de pasar “Vivian Leigh”; pues cobró por su papel en el filme 25.000 dólares, eso sí, trabajó los 125 días que duró la grabación. Su compañero de reparto, “Clark Gable”, metió en su bolsillo bastante más, 120.000 dólares y por sólo 75 días. Importantes cantidades de dinero en ese año de 1939, fecha del estreno de esta adaptación de la novela homónima de 1936 de “Margaret Mitchell”. Producida por “David O. Selznick” y dirigida por “Víctor Fleming”.

Cartel anunciador de la mencionada película

Lo mismo hizo nuestra tía Raquel, no regresó jamás a “Spain”, no así sus hijos; a los que sin ningún reparo ni animadversión, les aleccionó a que visitaran España y conocieran sus raíces y su familia.

Y así durante el transcurso de los años, todos fueron visitando la tierra de su madre en múltiples ocasiones.

Recuerdo perfectamente las visitas de Willy (Guillermo), el mayor y constructor, de mi edad; Ailen (Elena) la “cineasta” y, excelente productora y guionista; y Andrew (Andrés) el más pequeño y veterinario. Con todos ellos he mantenido y tengo relaciones en la actualidad.

El que Raquel no regresara a su país natal, no implicó que no estuviera pendiente de nosotros y no «le echara una mano a su hermana», aparte de los regalos de Reyes. Durante años, y de vez en cuando, recibíamos una carta con sorpresa:

—¡Mamá el cartero ha traído una carta de la tía Raquel! —dije voceando; me la acababa de entregar en el rellano de nuestra escalera.

—¡Súbela, que la estaba esperando!

—¿Me dejas abrirla? —siempre lo intentaba, a pesar de la consabida frase de advertencia y recordatoria de: «la curiosidad mató al gato».

—¡No ésta no, que no se vaya a romper y la jodamos!

—¡RASH, RASH! —rompió el sobre con habilidad, mediante sus bellos y estilizados dedos.

—¡Aquí está, a ver! —exclamó sacando un papel de su interior— ¡Vaya, se ha lucido!, nos vendrá de perlas...

Esto indicaba que dentro estaba el cheque que esperaba, no era mucho, pero suficiente para tapar más de un agujero. La diferencia entre monedas se apreciaba.

Al día siguiente, ya se sabía hacia donde iría mi madre, ¡directamente a cobrarlo al Banco Exterior! En aquellos años nosotros no teníamos ninguna cuenta corriente en un Banco o Caja de Ahorros; el poco dinero que manejábamos estaba en nuestra propia casa, en algún escondite que sólo conocían mis padres. Supongo que por algún agujero hecho en la pared, o debajo de un ladrillo, a la vieja usanza.

Se vivía al día, todo basado en una economía de subsistencia. Faltaban aun muchos años para la apertura de España al resto del mundo, eso vendría más tarde con el boom turístico.

Los Viajes de mi Madre


…Cuando ya fuimos más mayores, y mi madre quedó liberada de nuestra atención, pudo dedicarse algo a sí misma.

Todos estábamos criados y éramos social y económicamente independientes.

En casa sólo vivían mis padres. Y en estos años fue cuando se convirtió en un “Marco Polo” actual en versión mujer; no paró de viajar a varios lugares y no con destinos vacacionales anunciados en las agencias de viajes; sino para volver a contactar con sus hermanas repartidas por las dos Américas.

El primer viaje fue para abrazar a la menor, la tía Raquel, en la del Norte.

Cruzó el Atlántico en varias ocasiones para visitarla. Casi cada año acudió a pasar un mes o en ocasiones hasta tres, con ella. ¡Y lo hizo hasta ya teniendo sus años!

Cuando regresaba, venía cargada de regalos para todos. La ceremonia de su regreso, que se fue convirtiendo en rutina, era la siguiente:

—¿Ya sabes a qué hora regresa mamá?

—¡Pues sí!, parece que el vuelo no viene con retraso, o sea que mañana tiene previsto aterrizar sobre la 18,40 hora española. —Así iba confirmando mi hermano Damián, que era el encargado de ello, a todos nosotros el vuelo de regreso.

Y al día siguiente, íbamos llegando una hora antes, como mínimo, hijos y demás familiares. Nuestra “secta” cada año iba creciendo.

—¿Has podido aparcar?

—Me he cansado de dar vueltas y lo he aparcado en el “Parking”. —nos referíamos al aparcamiento público y de paga del aeropuerto.

En la zona de llegadas, nos acabábamos juntando toda la “tropa”, éramos muchísimos. Todos queríamos dar la bienvenida a la matriarca.

En este espacio de tiempo de espera, nos poníamos al día de nuestras novedades:

—¿Y cómo le va el trabajo a tu hija?

—¡Pues muy bien, ya la han hecho fija!

—«DING DONG, LLEGADA DEL VUELO TAL, PROCEDENTE DE…» —el esperado anuncio por los altavoces del aterrizaje y desembarque del vuelo de mi madre.

Ese día todos estábamos pendientes de que apareciera su “estampa” por la sala de llegadas, aún no había las actuales medidas de seguridad. Y no tardó en aparecer:

—¡Mira, mira, es la abuela! —dijo una de sus nietas, no recuerdo cual.

La viajera de mi madre ya nos había “julado”.

Lo primero que hizo fue levantarnos la mano como un gesto de alegría.

Pese a que la norma era, para evitar robos de equipajes, que no entraras a darle la bienvenida a las personas que esperabas, algunos de nosotros nos la saltamos y entramos en la zona:

—¡Oigan!, ¿a dónde van?, ¡no se puede pasar!

—¡Vamos a ayudar a mi madre con el equipaje!, ¡es aquella de allí! —dijo uno de nosotros señalándola al Guardia Civil, quien al verla le debió recordar a la suya.

—¡Bueno pasen, pero no se enreden, que me la juego!

—¡Muchas gracias! —La “avanzadilla” fuimos directos a abrazar a mí madre.

Ella expresó como siempre su felicidad al vernos:

—¡Qué alegría!, ¡cómo esperaba volver a veros! Y Tal y tal y Pascual…

Cuando ya habíamos recogido las maletas y salido de la sala de llegadas, el que entonces le dio un beso y la abrazó fue mi padre:

—¡MUA, MUA! ¡Ya estamos todos!, ¡los chicos te han extrañado! —omitió añadirse a él en lo de “extrañado”. Pero mi madre ya sabía que el que más la extrañó fue él.

—¡Hala, Damián, ya estoy en casa! —le tranquilizó la viajante, aunque le pudiera haber recordado sus múltiples ausencias de antaño, más no lo hizo.

Después toda la “prole” cogimos rumbo de regreso a la casa de mis padres.

Aquello era como una caravana de coches.

El tener un vehículo era ya algo habitual, lejos quedaban aquellos desplazamientos con nuestra “Vespa”, o en el autobús.

Casi todo el equipaje de mi madre, estaba compuesto por prendas y regalos para toda la "tropa" de su descendencia. Si la apilabamos hacíamos un buen montón de ropa y demás.

Lo que vino a continuación y se repetía en cada regreso, fue el esperado reparto de los regalos. La pobre de mi madre, aun cansada de las fatigosas horas de vuelo, sacó pecho una vez más e inició la entrega de los presentes. En su mente tenía claros a quien iban, si bien al repartirlos cambiaba el destinatario de algunos de ellos:

—¡Esta camiseta es para ti…! ¡Ésta otra para ti! —Contentando primero a los más pequeños y cual truco de magia, de repente de una maleta salió un

pantalón, y de su bolsillo salieron seis relojes, eran de “poca monta” pero poco vistos por aquí.

La mayoría de regalos los había comprado en grandes almacenes norteamericanos.

En nuestro país ya se habían instalado grandes superficies, pero centradas principalmente en la alimentación, pese a que tocaban otros productos.

Aún no habían llegado al tamaño de estos enormes Centros Comerciales de los EE.UU.

—¡Éste es para ti Antoñito! —me di por alagado, no por la mierda de reloj, sino por el detalle, que era lo que contaba— ¡Ya sé que es poca cosa, pero espero que te guste! —estas palabras te desmontaban, sabía tocarte la fibra: ¡BUA!¡BUAAA! ¡SNIF! ¡Siempre tengo un momento para pensar en ti! Fuiste un ejemplo de sacrificio para con la familia y los demás...!

Continuando un año más con la fiesta de bienvenida. Luego nos fuimos despidiendo, pero siempre era inevitable que los más jóvenes no quedaran del todo satisfechos:

—¡Mamá, yo también quiero un camión como el de “X”!

—¡Ya está bien, tu regalo es el mejor! —le dijo su madre para calmarlo.

—¡Si tú lo dices…! —No parece que este nieto quedara muy convencido.

Al cabo de dos días, cuando ya estaba más descansada, la visitábamos los hijos, la mayoría de las veces coincidíamos.

Y ahí era cuando te contaba su aventura, a mí me recordaba la Antoñita de antaño, cuando le acompañaba a poner las inyecciones:

—¡Las cataratas te impresionan mucho! —refiriéndose a las “Cataratas del Niágara”—Estuvimos en la parte americana y aquello es inolvidable, ¡mirad hice fotos de todo! —disfrutaba de enseñarte las imágenes— Ésta la sacó la prima “Ailen” (Elena) —la hija de Raquel—, que nos acompañó por todo; y esta es Victoria, una amiga de la tía que también vino; y esta es Tal y tal y Pascual…

Disfrutaba recordando lo vivido, como nos sucede a todos cuando vemos una fotografía que nos recuerda algo agradable.

—¡Y estos son sus perros!, ¡perro que ve abandonado, perro que coge!, yo creo que debe tener más de cincuenta…

—¡Pues se gastará una pasta en alimentarlos! —alguien hizo una pregunta capciosa.

—¡La comida se la traen en camiones!, ¡les da pienso! —En España aún no estábamos muy acostumbrados a darles de comer pienso a los perros.

—¿Y que pertenece a una especie de protectora de animales?

—¡Y yo qué sé!, ¡la comida la paga de su bolsillo! Cada día le lleva muchísimo trabajo darles de comer, y los conoce a todos, sabe el nombre de cada uno de los perros. Yo le estuve ayudando, ¡no

me iba a estar sentada mientras ella les daba de comer!, estos otros son los que viven en su casa. —refiriéndose a otra fotografía.

—¡Pues no son tantos! —maticé al ver la foto—, serán cinco o seis los de la casa.

—¡Los otros los tiene en una especie de granero!¡Tiene mucho terreno, no te puedes ni imaginar lo grande que es aquello!

—Es que allí el terreno va de otra manera, no es como aquí, que hay la tierra que hay. ¡En América les sobra terreno! —le puntualicé.

—¡Sí, todo es a lo grande!, no tienen pereza de hacer seiscientos o mil kilómetros en un día. —La comparación con los trayectos de la isla era descomunal, no tanto con los de la península.

—¿Y vas a volver el año que viene? —le pregunté.

—¡No sé!, ahora estoy cansada, el viaje es muy largo y tardas mucho en saber si es de día o de noche, el cuerpo tarda en acostumbrarse.

La descompensación de horarios es criminal en este tipo de viajes, pero cuando pasaban los meses y volvía a la rutina habitual, ya estaba esperando que llegara el momento de realizar el siguiente viaje.

"Rancho" de la tía Sunti y familia, en Venezuela

Y otro año a Venezuela


Otro año, mi madre hizo un viaje totalmente distinto, en lugar de traer, se llevó cosas al lugar de destino.

—¿Yo creo que estos son los que me pidió? —preguntome mi madre cuando estaba haciendo una de las maletas.

—¡No me parece!, no son de la marca “Adidas”, que es la que quiere su nieto.

—¡Me cago en Di...!, ¡ya estoy hasta los cojones!, ¡si te parece, me voy a gastar dos mil… y tantas pesetas en comprar unas zapatillas!, ¡con éstas les va más que bien!

Era comprensible la reacción de mi madre, resulta que la lista de "presentes", que le había enviado nuestra tía “Sunti” (Asunción) a su hermana; indicaba expresamente la marca que querían de ellos. Y esto sulfuraba a mi madre, pues valían diez veces más que otra marca, como recuerdo lo que sucedió con las putas zapatillas. Lo mismo ocurrió con unos “cascos” de música, que los querían de la marca “Sony”, la más cara. Y es que, en estos años, los venezolanos, aún no habían digerido su nueva situación económica. La economía del país había caído en picado.

—¡Pues esto es lo que me llevo!, prefiero darles el dinero que nos vamos a ahorrar, y que se compren… ¡Lo que les salga del coño! —salió el consabido “coño”.

Hizo su planificado viaje y lo pasó bien.

Conoció a toda la descendencia de sus dos hermanas, que habían emigrado más o menos cuando mi padre fue a probar fortuna, allá a mediados de los años cincuenta.

Especialmente le gustó mucho volver a ver a su sobrino Lisardo, el hijo de la ya fallecida Consuelo, su hermana mayor; ya era abuelo.

Cuando regresó y nos pasó parte, nos confirmó lo que ya suponíamos, allí todo se había ido a la mierda y pasaban bastantes calamidades. Al cambio de su moneda, el “bolívar” valía para poco.

Nada que ver con otras épocas mejores de su economía.

Los regalos los recibieron los jóvenes, que eran para quienes los trajo, pero no de muy buen agrado, pues esperaban que fueran de las marcas pedidas.

Después de este primer viaje a Venezuela, hizo otro al año siguiente. Pero esta vez lo planificó de otra manera:

—Mamá, ¡mira que no te llevas ningún regalo!,¿estás segura?

—¡Les lleve lo que le lleve, todo les parece poco a los chicos! Lo mejor es que les dé dinero y que se compren lo que quieran.

—Pero allí no encuentran las marcas que a ellos les gustan.

—¡Pues que se las apañen!, eso es lo mejor, ¡créeme, que vosotros no sabéis como están las cosas!

Y le fue bien su decisión, cuando llegó, procuró quedar más o menos bien con todos:

—¡No hacía falta Antoñita! —una frase que utilizamos en todo el mundo.

—¡Coged este dinero que es de parte de vuestros primos!

—¡De acuerdo, si es así, lo cojo!

—¡Faltaría más, no les vamos a hacer un feo!

Mi madre había hecho una pequeña recolecta entre nosotros, y todos nos “retratamos”, tampoco íbamos sobrados pero en algo les ayudó.

¡Por los pelos...!


El último viaje de nuestra “Marco Polo”, se produjo un mes antes de una fecha que cambiaría el mundo. El 11 de Septiembre de 2001.

Precisamente esa era la fecha prevista de su regreso a España. Pero la suerte estuvo de nuestra parte, y mi madre perdió uno de los aviones que estaba previsto empalmara para completar su trayecto. Que resultó ser uno de los cuatro que los terroristas secuestraron.

Y pudo regresar sana al aeropuerto de nuestra ciudad. Con el revuelo de los atentados y el caos, pensamos lo peor:

—¡Viene con retraso, pero viene! ¡No era su avión! —una vez más mi hermano nos calmó a todos con las últimas novedades ¡En aquel año mi madre tenía

76 años!

Resultó que el vuelo 77 de American Airlines fue el tercer vuelo secuestrado como parte de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y fue estrellado deliberadamente contra "El Pentágono", La sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

El avión, que cubría el enlace del Aeropuerto Internacional Washington-Dulles, cerca de Washington D. C., y el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, en la ciudad homónima, fue secuestrado por cinco saudíes yihadistas de la red terrorista "Al Qaeda"; cuando llevaba 45 minutos de vuelo. Los saudíes entraron en la cabina del avión y obligaron a los pasajeros a dirigirse a la parte trasera del mismo. Hani Hanjour, el líder del grupo de los secuestradores, asumió el control del vuelo como piloto.

A escondidas de sus secuestradores, sólo un pasajero logró realizar una llamada a sus familiares contándoles lo sucedido.

Restos del vuelo 77, el tercer vuelo secuestrado.

El avión terminó estrellándose contra la fachada occidental de "El Pentágono" a las 9:37:44 horas ET, provocando la muerte de las 64 personas a bordo (2 pilotos, 4 azafatas y 58 pasajeros), así como de 125 personas en el edificio.

Fueron testigos de ello docenas de personas, y a los pocos minutos los noticieros empezaron a informar al respecto. Asimismo, el impacto generó daños en una buena parte del edificio y ocasionó un incendio, generando el derrumbe parcial del mismo, y que fue combatido por los bomberos durante varios días.

FIN DEL CAPÍTULO. ■


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