“La Casa de Bernarda Alba” un acercamiento de Federico García Lorca a la España “Profunda” y el papel de la mujer a principios del siglo XX.



“La Casa de Bernarda Alba” es una obra teatral en tres actos, a la que se reconoce generalmente como una de las mejores tragedias poéticas del siglo XX. Es la última pieza teatral escrita por Federico García Lorca.

El dramaturgo terminó de escribirla el 19 de Junio de 1936, justo dos meses antes de ser asesinado por el “bando nacional” al comienzo de la Guerra Civil Española. No pudo estrenarse hasta 1945, en Buenos Aires.

Fotografía de Federico García Lorca tomada en la Huerta de San Vicente (Granada) en 1932. Este lugar fue la finca de veraneo de la familia García Lorca desde 1926 hasta 1936, poco después del asesinato de Federico durante las primeras semanas de la Guerra Civil. Aquí escribió muchas de sus obras.

 En 1985 fue adquirida por el Ayuntamiento de Granada, de manos de Isabel García Lorca, para convertirla en casa museo del poeta, así, después de remodelada, se inauguró el 10 de mayo de 1995; y si se tiene tiempo, es un lugar a visitar para recordar a este gran artista.   

La Casa de

Bernarda Alba

La obra se centra en los acontecimientos, en una casa en Andalucía, durante un período de duelo, en la que Bernarda Alba (de 60 años) ejerce un control absoluto sobre sus cinco hijas Angustias (39 años), Magdalena (30), Amelia (27), Martirio (24) y Adela (20). La ama de llaves (Poncia) y la anciana madre de Bernarda (María Josefa) también viven allí.

Lorca excluye deliberadamente la actuación de cualquier personaje masculino en la obra, para

intensificar la tensión sexual presente a lo largo de la obra. Como ocurre con Pepe "el Romano", el pretendiente de Angustias, más, también deseado por sus hermanas; que nunca aparece en escena.

La obra explora temas como la represión, la pasión y el conformismo, y analiza la influencia de los hombres sobre las mujeres.

Una representación de esta obra por el Grupo de Teatro Hamazkayin “Arek” en un teatro del Líbano, que demuestra la internalización de la misma, que se ha completado en este artículo, con fotogramas de otras actuaciones televisivas.


Lista de Personajes de la obra de teatro

Se aconseja "echar un vistazo" a este elenco de las actrices de la obra, así te vas haciendo una idea de cada personaje:


Bernarda Alba

Es la madre de las cinco mujeres. Tiene 60 años y es la autoridad máxima dentro de la casa. Es autoritaria, conservadora de las tradiciones y avara. Moralmente, lo más importante para ella es conservar las buenas apariencias. Se preocupa en exceso por el qué dirán y teme arruinar su reputación.

La felicidad es para ella un valor secundario o insignificante. Obliga a sus hijas a guardar luto por la muerte de su padre, Antonio María Benavides, durante ocho años.

Sus hijas le temen, excepto Adela. Su criada, La Poncia, la odia y la considera una tirana. Mantiene a su anciana madre encerrada a causa de su locura, para que las vecinas no se enteran del estado en que se encuentra. Tiene un bastón que utiliza como un símbolo de autoridad que a menudo golpea contra el suelo, para llamar la atención y pedir orden. Ideológicamente, se considera superior a los pobres, a quienes desprecia. No quiere que sus hijas contraigan matrimonio con alguien que no pertenezca a su misma clase social.

Adela

Es la hija menor de Bernarda, de 20 años. Es la única mujer dentro de la casa que se anima a desafiar la autoridad de su madre. Tiene un espíritu vital. Es rebelde, y la más hermosa de las cinco hermanas. Tiene el coraje necesario para seguir su voluntad y su deseo hasta las últimas consecuencias, y no le importa el qué dirán. Se siente dueña de su cuerpo y libre de hacer con él lo que quiere. Está enamorada apasionadamente de Pepe Romano, el hombre con quien va a casarse su hermana Angustias.

Martirio

Es hija de Bernarda. Tiene 24 años. Padece una enfermedad de la que no tiene esperanzas de curarse. Siente envidia y odio por Adela. Se considera a sí misma débil y fea. Dice haber tenido miedo de los hombres en su infancia.

Amelia

Es hija de Bernarda. Tiene 27 años. Aunque está atenta a lo que hacen o dejan de hacer sus hermanas, no está enterada de la relación entre Adela y Pepe Romano, pues de noche duerme, y no le interesa vigilar el comportamiento ajeno. Considera que ser mujer es el peor castigo. Le avergüenzan las conversaciones amorosas.

Magdalena

Es hija de Bernarda. Tiene 30 años. Es la única que llora y se desmaya en el funeral de su padre. Sabe que no va a casarse y está resignada a su condición de soltera, por lo que no le interesa bordar el ajuar. Prefiere hacer otras tareas antes que estar sentada bordando, y desprecia por eso su condición de mujer. Cree que las épocas pasadas fueron más alegres.

Angustias

Es la hija mayor de Bernarda, de 39 años. Es enfermiza y es quien tiene menos méritos entre las hermanas. Es hija del primer marido de Bernarda, a diferencia de sus hermanas. Al morir su padre heredó su fortuna y es la más favorecida económicamente.

Está comprometida con Pepe Romano. Sus hermanas creen que él se comprometió con ella por su dinero. A pesar de su edad, nunca ha estado con un hombre y, no está contenta con el compromiso.

La Poncia

Es una de las criadas de la casa. Tiene 60 años. La importancia de su papel es central, ya que es quien más conoce los sentimientos de las hijas de Bernarda, a quien odia y sólo la sirve por necesidad. Es mordaz al hablar y se desentiende de los líos de las hermanas.

Pepe el Romano

Personaje invisible, ya que nunca aparece en escena. Tiene 25 años. Se va a casar con Angustias, pese a que se muestra distante en esta relación; teniendo encuentros a escondidas con Adela, que está enamorada de él. Bo tiene buena relación con Bernarda.

María Josefa

Es la madre de Bernarda. Tiene 80 años y está desequilibrada mentalmente. Por ese motivo, Bernarda la ha encerrado, para que los vecinos no la escuchen.

Es hábil para escaparse de su encierro. Es fuerte y suele cantar canciones con anhelos de libertad. Dice lo que piensa abiertamente y expresa lo que las hijas de Bernarda no se atreven a decir...

Prudencia

Es vecina y amiga de Bernarda. Tiene 50 años. Se caracteriza por ser, como su nombre lo indica, prudente. Aunque sufre por el distanciamiento entre su hija y su esposo, deja que los asuntos fluyan, sin intervenir ni torcer su rumbo.

Criada

Es otra criada de Bernarda Alba. Tiene 50 años. Es la confidente de La Poncia. Se encarga de mantener encerrada a María Josefa, la abuela, quien a veces se le escapa.

RESUMEN

ACTO I - 1ª Parte

El Acto comienza en una habitación de la casa de Bernarda Alba, “blanquísima” y con cuadros de paisajes inverosímiles y personajes de leyenda. Es verano. En el interior de la casa hay un gran silencio, y al levantarse el telón se oye el ruido de campanas. La escena se abre con un diálogo entre La Poncia, la criada principal de la familia Alba, y otra criada cuyo nombre no se indica.

Sale la CRIADA.

CRIADA.— Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.

LA PONCIA.— (Sale comiendo chorizo y pan.) Llevan ya más de dos horas de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La iglesia está hermosa. En el primer responso se desmayó la Magdalena.

CRIADA.— Es la que se queda más sola...

Y siguen hablando acerca del funeral del esposo de Bernarda, Antonio María Benavides. Comentan que Magdalena, la segunda de las hijas de su ama, se ha desmayado en el primer responso. La Poncia está comiendo chorizos que son de Bernarda y deja que la otra sirvienta también lo haga. Ambas saben que Bernarda se enojaría por esa acción.

Las interrumpe la voz de María Josefa, madre de Bernarda, a quien mantienen encerrada por orden de ella (Bernarda), a la que a continuación critican por ser exigente y tirana.

La Poncia se marcha y se queda la otra criada sola, es entonces cuando una mendiga le pide comida. Ella se la niega groseramente. Más adelante, mientras se lamenta por su situación laboral, se enfurece con el difunto y menciona que tenía relaciones sexuales con él en el corral, tras lo que sube el tono y grita diciendo que ella es la que más lo quiso de las que lo sirvieron. 

La atención se desvía pues aparecen Bernarda acompañada de sus cinco hijas, al tiempo que terminan de entrar las doscientas mujeres que están en el sepelio. 

Bernarda con el bastón, que le sirve de apoyo, pide silencio. Echa a la criada que se marcha llorando y dice que los pobres son como animales. Magdalena llora y Bernarda le prohibe que lo haga. Ajenas a todo esto, otras mujeres ha¬blan del calor que hace mientras que los hombres están en el patio. 

[NOTA.- El “salir” o “entrar” es referido a su aparición en el escenario, como ya se ha explicado]. 

Sigue el acto ahora con una mujer que le dice a Angustias que ha visto a Pepe el Romano, su prometido, en el duelo. Angustias lo confirma, pero Bernarda niega que él haya estado y que su hija lo haya visto. 

Algunas mujeres hablan mal de Bernar¬da “por lo bajini”. Ella golpea su bastón (su habitual manera de imponerse) e inicia una letanía por el difunto. Las otras mujeres la acompañan en la plegaria y luego se van. 

Bernarda dice que las mujeres del pue¬blo son murmuradoras y maldice a su pueblo, sin río y con pozos. Sostiene que en él no se puede confiar en nadie. Le pide un abanico a su hija Adela y ella le alcanza un abanico con flores rojas y verdes y la madre lo arroja al suelo y, enfadada, le pide uno negro, adecuado para respetar el luto. 

Luego, Bernarda les dice a sus hijas que el luto durará ocho años y que, mientras tanto, pueden bordar el ajuar. 

Magdalena dice que prefiere llevar sancos al molino, pues sabe que no va a casarse, y no le gusta estar sentada en una habitación oscura. La madre replica que ser mujer es así, y que esas tareas le corresponden por tener la buena po¬sición económica en la que ha nacido. 

Se escucha la voz de María Josefa, a lo que Bernarda permite que la dejen salir. La criada dice que la anciana se ha puesto anillos y pendientes y que dice que se quiere casar. Las nietas ríen. Bernarda le pide a la criada que la lleve al patio, con el cuidado de que no se acerque al pozo, no por miedo a que se tire, sino porque desde aquel sitio las vecinas podrían verla. 

A las hijas, que van a cambiarse de ropa, les dice que no se saquen el pañuelo de luto.

ACTO I - 2ª Parte

Bernarda pregunta por Angustias y Adela le dice que ha ido al portón, a lo que Bernarda pide si ya se han ido los hombres del duelo y la hija contesta que no todos, por lo que la madre llama furiosa a Angustias y la reprende por estar con ellos además luego le pega con el bastón y ella rompe a llorar: 

BERNARDA.— (Avanzando y golpeándola.) ¡Suave! ¡Dulzarrona! 

LA PONCIA.— (Corriendo.) ¡Bernarda, cálmate! (La sujeta.) 

(ANGUSTIAS llora.) 

BERNARDA.— ¡Fuera de aquí todas! 

Tras echar a las hijas, Bernarda se queda hablando con La Poncia, quien le dice que Angustias ha escuchado detrás de una ventana la conversación de los hombres, lo que no es correcto. Bernarda le pregunta, curiosa, de qué hablaban, a lo que la sirvienta responde que conversaban sobre Paca la Roseta, a quien unos hombres se han llevado a caballo al alto de un olivar mientras a su marido lo habían dejado atado en un pesebre. Dice que Paca estaba conforme y que habían vuelto de día. A lo que Bernarda dice que es la única mujer mala del pueblo. La Poncia lo atribuye a su condición de forastera, la misma de los hombres que se la llevaron. 

Bernarda afirma que los hombres nacidos en su pueblo no son capaces de actos semejantes. Tras lo que luego, hablan de las hijas de Bernarda, diciendo La Poncia dice que ya están en edad de casarse, pero Bernarda afirma que no hay hombres de su clase en el pueblo. 

Entonces, la otra criada entra anunciando que está Aturo, el hombre que vie¬ne a arreglar los asuntos de la heren¬cia. Ordenándole Bernarda a La Poncia que guarde toda la ropa del muerto en un arca. Ésta dice que algunas cosas podrían ser donadas, pero Bernarda le prohíbe donar siquiera un botón. 

Se van y entran Martirio y Amelia (otras hijas de Bernarda). Ésta le pregunta a la otra si ha tomado la medicina, y su hermana responde que lo hace regularmente aunque sin esperanza, y que si¬gue desanimada. Seguidamente hablan de Adelaida, una vecina que no estuvo en el duelo, y que desde que está casa¬da no va a ningún lugar, pues su marido se lo prohibe. Dicen que ya no se le ve una mujer alegre y dudan de que tener novio sea algo bueno. 

Martirio comenta que Adelaida le teme a Bernarda, porque esta le hace insinuaciones sobre lo que sabe del pasado de su padre. Él ha matado al marido de su primera mujer para casarse con ella y luego la abandonó; más tarde estuvo con otra mujer que tenía una hija, pero aquella murió enloquecida y, finalmen¬te, la hija y él tuvieron a Adelaida. 

Martirio comenta entonces que los hombres nunca van a la cárcel porque se encubren entre ellos, y que es pre¬ferible no ver nunca a un hombre. Además, sostiene que Dios la hizo débil y fea para mantenerla apartada de los hombres. 

A continuación, Amelia recuerda que a Enrique Humanes, un antiguo pretendiente de su hermana, ella le gustaba. 

A lo que Martirio responde que eso nun¬ca sucedió, pues el día que tenía que pedirle compromiso no lo hizo. Sosteniendo Martirio que a los hombres no les interesa la belleza de las mujeres, sino sus riquezas y lo sumisas que sean. 

Entra Magdalena... quien recuerda con añoranza los viejos tiempos en los que, según dice, «no se usaban las malas lenguas». Luego cuenta que Adela se ha puesto un vestido verde, se ha ido al corral y ha estado llamando a las gallinas. 

Pasa el tiempo y cerca de las doce del mediodía... Las presentes comentan que Pepe el Romano vendrá a casarse con Angustias. Magdalena dice que lo hace por el dinero, puesto que Angustias está «vieja y enfermiza», y es la que menos mérito tiene. Además, añade que el Romano tiene 25 años y que es el mejor de los hombres de aquellos lugares. 

Entra Adela... quien tras reírse por una ocurrencia de ella, las hermanas le comentan la noticia del futuro casamiento entre Angustias y Pepe, lo cual la sorprende. Cambian de tema y Adela dice que no se acostumbrará al luto y que no quiere estar encerrada. 

Es ahora la criada la que entra (al escenario) y dice que Pepe se acerca por la calle. Todas salen y entran La Poncia y Bernarda comentando que a Angustias le quedó la mayor parte de la herencia. 

Vuelve a entrar Angustias y su madre la reprende nuevamente por haberse maquillado el día del duelo de su padre. Angustias le responde que Antonio no era su padre. Bernarda la trata con desprecio y le prohibe que salga hasta que se haya quitado el maquillaje. A lo que La Poncia le pide que no sea tan inquisitiva. Entran las hermanas y Magdalena le dice a Angustias que es la más rica de todas. Ella reacciona mal al comentario y la madre, golpeando el bastón, dice que ella será quien mande en los asuntos de todas.

Al final del acto entra María Josefa, que se ha escapado del encierro, ataviada con flores en la cabeza y en el pecho. Manifiesta que no quiere dejarles a sus nietas sus pertenencias, pues ninguna de ellas va a casarse, y que ella quiere casarse con un hombre hermoso a orillas del mar. Dice que quiere ir a su pueblo:

BERNARDA.— ¡Calle usted, madre!

MARÍA JOSEFA.— No, no me callo. No quiero ver a estas mujeres solteras, rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón, y yo me quiero ir a mi pueblo. Bernarda, yo quiero un varón para casarme y para tener alegría.

BERNARDA.— ¡Encerradla!

MARÍA JOSEFA.— ¡Déjame salir, Bernarda!

(La CRIADA coge a MARÍA JOSEFA.)

BERNARDA.— ¡Ayudarla vosotras!

(Todas arrastran a la vieja.)

MARÍA JOSEFA.- ¡Quiero irme de aquí! ¡Bernarda! ¡A casar¬me a la orilla del mar, a la orilla del mar!

— (Telón rápido.) —

ACTO II - 1ª Parte

Habitación blanca del interior de la casa de Bernarda, las puertas de la izquierda dan a los dormitorios. Las hijas de Bernarda están sentadas en sillas bajas cosiendo. Magdalena borda. Con ellas está La Poncia. Son cerca de las tres de la tarde. Magdalena llama a Adela y Amelia dice que está acostada en la cama. La Poncia añade que ve que tiene algo, que está sin sosiego y como con una lagartija entre los pechos. Luego de una pequeña discusión, Angustias afirma:

— Afortunadamente, pronto voy a salir de este infierno.

MAGDALENA.— ¡A lo mejor no sales!

MARTIRIO.— Dejar esa conversación.

ANGUSTIAS.— Y además, ¡más vale onza en el arca que ojos negros en la cara!

MAGDALENA.— Por un oído me entra y por otro me sale.

AMELIA.— (A LA PONCIA.) Abre la puerta del patio a ver si nos entra un poco de fresco.

(La CRIADA lo hace.)

Luego, Martirio comenta que la noche anterior no ha podido dormir a causa del calor y se levantó. Magdalena agrega que había un nublo (nube) negro de tormenta. Por su parte La Poncia dice que ella también se levantó y aún estaba Angustias con Pepe, en la ventana. Magdalena pregunta entonces a qué hora se fue y Amelia dice que a la una y media. La Poncia dice que lo escuchó marcharse cerca de las cuatro. Angustias lo niega, pero La Poncia dice estar segura. Amelia sostiene su opinión.

La Poncia luego le pregunta a Angustias qué le dijo Pepe cuando se acercó por primera vez a la ventana. Después de un rodeo, esta cuenta que le dijo que necesitaba una mujer buena y modosa y que esa era ella. Amelia manifiesta sentir vergüenza de esos asuntos. Angustias aclara que ella también, y confiesa no haber hablado en toda la noche.

Ese ha sido su primer encuentro a solas con un hombre. Entonces, La Poncia cuenta su primer encuentro con Evaristo el Colorín. Después de saludarse y de estar en silencio media hora, Evaristo le dijo: «¡Ven que te tiente!». En ese momento todas ríen. Amelia se levanta corriendo para espiar por una puerta, temerosa de que su madre las haya escuchado reír, pues esto la enojaría.

La Poncia cuenta cómo son los matrimonios desde su punto de vista, pesimista y desalentador. También añade que las mujeres tienen que conformarse, aunque ella no lo hizo. Cuenta que algunas veces golpeó a su marido. Dice tener la “escuela” de la madre de ellas y recuerda que, en una oportunidad, a causa de algo que le dijo su marido, mató a los pájaros que él se dedicaba a criar. La mujeres ríen de la anécdota. Magdalena vuelve a llamar a Adela. Entonces comentan nuevamente el estado de Amelia, diciendo que de noche no duerme y se preguntan qué hace. Angustias dice que tiene envidia y «se le está poniendo mirar de loca».

Por fin entra Adela y les dice que su cuerpo no está bien. Martirio la interroga sobre si ha dormido o no y Adela se enoja por el interrogatorio. La conversación se interrumpe cuando entra la criada, anunciando la llegada del hombre de los encajes. Martirio sale, mirando fijamente a Adela.

Adela se enoja con la hermana y La Poncia la reprende. Adela se defiende explicando que Martirio la persigue y la hostiga con palabras dolientes, y afirma que su cuerpo será de quien ella quiera. La Poncia le dice en voz baja: «¡de Pepe el Romano!». Adela lo niega y, tras una discusión, La Poncia le dice que se abstenga de estar con Pepe; advertencia que provoca los llantos en Adela. Con la intención de consolarla, La Poncia señala que Angustias no sobrevivirá al primer parto y que entonces ella podrá quedarse con Pepe. Pero las palabras no surgen su efecto y Adela le dice que no se involucre en sus asuntos y ambas discuten.

Adela añade que su consejo es inútil pues, incluso por encima de su madre, «saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y boca». A lo que La Poncia la amenaza con revelar su secreto y Adela le responde que ya no le tiene miedo.

En ese momento entra Angustias, pregunta a La Poncia por una compra y se va. Luego entran las otras hermanas y hablan de los encajes. Todas paran interrumpen la charla cuando se oyen campanilleos lejanos, como a través de varios muros. Son los segadores que van a trabajar al campo. Adela desearía ir al campo, pero sus hermanas le recuerdan que no es lo que corresponde a su clase social. La Poncia describe a los segadores como hombres alegres. Además, comenta que la noche anterior contrataron a una mujer para llevársela al olivar. Las mujeres se escandalizan y La Poncia dice que los hombres necesitan eso. Adela se queja porque se les perdona todo, y Amelia añade que «nacer mujer es el peor castigo». El Coro canta una canción sobre los segadores. Las mujeres los admiran. Adela anhela poder salir a los campos para poder olvidar sus males. Martirio le pregunta qué es lo que tiene que olvidar, pero su hermana no le da detalles. Se van Adela, Amelia y La Poncia.

Federico García Lorca se inspiró en personas reales de la familia Alba, del pueblo de "Valderrubio" (municipio de la vega granadina en el que el poeta y dramaturgo vivió parte de su infancia y los veranos de su adolescencia), para los personajes ficticios del drama. Asñi, el personaje de Bernarda Alba estaría basado con Francisca "Frasquita" Alba Sierra. Y el de Pepe el Romano, en José Benavides Peña.

↑ Arriba vemos la casa-museo situada en la vivienda que habitó la familia Rodríguez Alba en "Valderrubio", y cuyos espacios se corresponden con los que describe Lorca en la obra.

ACTO II - 2ª Parte

Martirio le comenta a Amelia que escuchó ruidos en el corral la noche anterior. Amelia desconoce el asunto, pues de noche duerme. Luego de un breve intercambio, Martirio intenta decir algo pero luego se queda callada. En ese momento, Angustias entra furiosa preguntando quién tiene el retrato de Pepe que ella guarda debajo de su almohada: 

ANGUSTIAS.— ¿Dónde está el retrato de Pepe que tenía yo debajo de mi almohada? ¿Quién de vosotras lo tiene?

MARTIRIO.— Ninguna.

AMELIA.— Ni que Pepe fuera un san Bartolomé de plata.

ANGUSTIAS.— ¿Dónde está el retrato?

(Entran LA PONCIA, MAGDALENA y ADELA.)

Entre las hermanas se entabla una discusión, que atrae a Bernarda que entra alarmada por el escándalo y por la posibi-lidad de que las vecinas lo escuchen. Al enterarse del inciden¬te, ordena a La Poncia que lo busque (al retrato). La Poncia lo encuentra y dice que estaba entre las sábanas de Martirio. Bernarda, enfurecida, golpea a Martirio con el bastón. Y des¬pués le pregunta el motivo y su hija responde que fue para hacer una broma. Adela le dice que no fue una broma, y que había sido por otra cosa «que le reventaba en el pecho por querer salir».

A lo que Martirio le insinúa a Adela que ella puede contar co¬sas que la avergonzarían. Magdalena y Amelia se mantienen al margen de la situación que enfrenta a Martirio y a Adela. Amelia dice que ellas las apedrean con malos pensamientos. Adela y Martirio siguen discutiendo con ensañamiento. La pri¬mera da a entender que esa situación de confusión permane¬cerá entre las hermanas hasta que se liberen sexualmente, diciendo: «Hasta que se pongan en cueros de una vez y se las lleve el río». Bernarda la llama “perversa”, pese a lo que las hermanas siguen discutiendo. Bernarda las calla y dice que aún tiene cinco cadenas para ellas, tras lo que las echa. Todo esto la hace sentirse desolada.

La Poncia intenta apaciguarla y se queda con ella hablando; sugiriéndole que Angustias se debe casar pronto para alejar a Pepe de la casa, y le pide que abra los ojos. Bernarda no ve nada raro en el comportamiento de sus hijas, y entonces La Poncia vuelve a prevenirla de que sucede algo «muy gran¬de». Bernarda la acusa de hablar con malas intenciones y la criada entonces la culpa por no haber dejado libres a sus hijas. Menciona el episodio de Enrique Humanes, el que iba a casarse con Martirio, pero Bernarda le prohibió que fuera a la casa el mismo día en que iba a pedirle el compromiso. Bernarda argumenta que lo hizo porque el padre de Enrique era un trabajador del campo, para inmediatamente jactarse de su origen, en definitiva de un nivel social superior al del pretendiente, el tal Enrique.

Bernarda niega que ocurra algo grave y dice que, si pasara, no traspasaría las paredes; advirtiéndole que no haga comenta¬rios fuera de la casa. Discuten y su criada le insinúa la situación de Adela con Pepe. Bernarda no entiende o prefiere ignorar la indirecta. Discuten nuevamente y La Poncia menciona que su hijo pasó por la calle a las cuatro y media de la madrugada y vio que Pepe todavía estaba hablando con Angustias.

Entonces entra Angustias desmintiendo el hecho, y afirma que Pepe desde hace una semana se marcha a la una. A continuación entra Martirio y afirma haber escuchado también que se marchó a las cuatro, y que estaba en la ventana del callejón. Angustias dice que se ven con Pepe en la ventana de su dormitorio. Entra Adela. Bernarda está desconcertada, y piensa que el pueblo quiere levantar falsos testimonios para perjudicar a su familia. Martirio y La Poncia insisten en que algo está ocurriendo, y Bernarda anuncia que, desde enton¬ces, vigilará con tenacidad. Además, le señala a La Poncia que ella solo tiene derecho a obedecer.

En ese momento interrumpe la otra criada avisando que hay un gran gentío en la calle, y Bernarda le ordena que averigüe qué sucede. A las hijas solo les permite salir al patio.

Ellas salen y luego [El “salir” o “entrar” es referido a su apari-ción en el escenario, como ya se ha explicado] entran Martirio y Adela. La primera le sugiere a su hermana que podría ha¬berla delatado. Adela le responde que ella, Martirio, también desea a Pepe. Martirio la amenaza. Adela le suplica que deje de molestarla. Luego le dice que no ha sido su culpa, que ha ido «como arrastrada por una maroma».

Entonces entran el resto de las mujeres y La Poncia explica lo que ocurre en la calle. La hija de la Librada, que es soltera, ha tenido un hijo y, para ocultar su vergüenza, lo ha matado y es-condido debajo de unas piedras. Al ser encontrado por unos perros, los vecinos quieren matarla y la llevan arrastrando por la calle. Sorprendentemente Bernarda y Martirio aprueban y alientan la acción del pueblo. Se oye un grito de mujer y un gran rumor. Adela se pone a favor de la mujer pidiendo que la dejen escapar y, mientras su madre y su hermana siguen incitando el castigo físico, ella se toca su vientre.

ACTO III - 1ªParte

El acto final de la obra comienza en el patio interior de la casa. Las paredes también son blancas, aunque ligeramente azuladas. Es de noche, en el centro, una mesa con un quin­qué, donde están comiendo Bernarda y sus hijas. La Poncia las sirve. Prudencia está sentada aparte.

Al levantarse el telón hay un gran silencio, interrumpido por el ruido de platos y cubiertos.

Prudencia, una vecina amiga de la madre, anuncia que debe marcharse, pero Bernarda la convence de que se quede. Lue­go le pregunta por su marido. Ella le cuenta que él no sale de la casa desde que se peleó por la herencia con los hermanos, y que no habla con su hija, pues no la ha perdonado. Bernar­da aprueba la actitud y dice que una hija desobediente se convierte en enemiga. Prudencia sufre por la situación pero no interviene en el conflicto entre su marido y su hija.

Entonces se oye un golpe, a lo que pregunta Prudencia:

—¿Qué es eso?

BERNARDA.— El caballo garañón, que está encerrado y da coces contra el muro. (A voces.) ¡Trabadlo y que salga al co­rral! (En voz baja.) Debe tener calor.

PRUDENCIA.— ¿Vais a echarle las potras nuevas?

BERNARDA.— Al amanecer.

PRUDENCIA.— Has sabido acrecentar tu ganado.

BERNARDA.— A fuerza de dinero y sinsabores.

LA PONCIA.— (Interrumpiendo.) Pero tiene la mejor manada de estos contornos. Es una lástima que esté bajo de precio.

BERNARDA.— ¿Quieres un poco de queso y miel?

PRUDENCIA.— Estoy desganada.

Prudencia opina que Bernarda trabaja como un hombre, y la matrona asiente.

Luego conversan sobre el casamiento de Angustias. En tres días vendrá Pepe a hacer una solicitud formal. Angustias le muestra a Prudencia su anillo y ella señala que, en su tiempo, las perlas significaban lágrimas. Adela sostiene que el anillo debe ser de diamantes. Y a continuación la conversación trata sobre los costosos muebles que han comprado para Angus­tias. Finalmente, suenan campanas de llamada a la Iglesia y Prudencia se retira.

Entonces, Adela dice que irá al portón a tomar fresco. Martirio y Amelia deciden acompañarla, pese a su disgusto.

Bernarda se queda hablando con Angustias y le recuerda que lo del retrato fue una broma, y que en su casa quiere «buena fachada» y armo­nía familiar. Magdalena se queda dor­mida. Aprovechándolo Bernarda para preguntarle a Angustias sobre Pepe y ella contesta que lo encuentra distraído. La madre dice que no debe preguntarle acerca de eso, y añade: «habla si él ha­bla y míralo cuando te mire».

Angustias confiesa que no está conten­ta y Bernarda, su madre, comenta que «eso es lo mismo».

Las hermanas vuelven y se admiran de la oscuridad de la noche. Han visto al caballo semental en el corral. Adela comenta que su blancura llenó la oscu­ridad, y Amelia dice que fue aterrador. Adela habla de las estrellas, mientras Martirio dice que eso no le interesa.

Es ahora Angustias quien habla, co­mentando que Pepe no irá esta noche, pues se ha ido a la capital.

Adela no se inmuta y, pregunta por un poema que se dice cuando cae una estrella, y su madre responde que hay muchas cosas de la sabiduría antigua que se han olvidado.

Amelia comenta que prefiere no ver esas cosas, mientras Adela afirma que querría quedarse afuera para disfrutar del aire fresco. Luego van a acostarse todas menos Bernarda.

Entra La Poncia y comienza a discutir con Bernarda, pues esta dice que no ve... «la cosa tan grande» que sucede, y que su vigilancia es muy poderosa. A lo que La Poncia le recuerda que no puede «vigilar por el interior de los pechos».

Bernarda le pregunta si su hijo sigue viendo a Pepe a las cuatro de la maña­na y ella dice que no. La matriarca cree que se acabaron los malos rumores gracias a su vigilancia. La sirvienta la alerta de que no esté tan segura, pero ella se mantiene firme en su convic­ción. A continuación entra la otra criada, aprovechando esto Bernarda para salir y dirigirse a su dormitorio.

y ACTO III - 2ª Parte

La Poncia y la otra criada hablan sobre la imposibilidad de Bernarda de darse cuenta de lo que está sucediendo con sus hijas. La Poncia cree que la causa del problema es que un hombre tiene mucha fuerza entre mujeres que están solas. Menciona que, el año anterior, Pepe había estado seduciendo a Adela, y ella estaba locamente enamorada. Sin embargo, argumenta La Poncia, ella no debía haberlo provocado, porque «un hombre es un hombre». Siguiendo, dejando claro que la situación ha empeorado y que Martirio es un “pozo de veneno”. Acabando, insistiendo en que las hermanas no son culpables de lo está sucediendo, sino que lo son las circunstancias en las que viven.

Entonces escuchan ladrar a los perros y entra Adela en enaguas blancas y corpiño. Dice que va a tomar agua y luego se retira. Los perros siguen ladrando con insistencia. Las sirvientas expresan su fatiga y se van a dormir.

La escena queda casi a oscuras. Un momento después entra María Josefa y tiene entre sus brazos una oveja, a la que le canta una canción. En ella expresa nuevamente su deseo de ir a la orilla del mar y repite «Bernarda, cara de leoparda, Magdalena, cara de hiena». Luego sale.

A continuación entra Adela, sigilosa, y sale por la puerta del corral. Detrás de ella entra Martirio, en enaguas, cubriéndose con un mantón negro.

Vuelve María Josefa y le dice que la oveja que lleva es su hijo. Entonces da un discurso en el que habla de su cabello blanco, y se compara a ella y a los hijos que tendrá con olas y la espuma de mar, por su blancura. Luego le cuenta que le llevaba chocolate a su vecina. Le dice que Pepe Romano es un gigante y se las devorará porque ellas son «¡Ranas sin lengua!». Martirio la empuja a la cama y ella se marcha, cantando.

Tras esto, Martirio avanza hacia la puerta del corral y llama a Adela, primero en voz baja y luego en voz alta. Entonces aparece Adela, un poco despeinada. Martirio le exige que se aleje de Pepe y Adela la acusa de celosa.

La primera le dice que no puede continuar su relación, y la hermana le responde que apenas está comenzando, que ha «visto la muerte debajo de estos techos» y ha salido a buscar lo que le pertenece. Argumenta que Pepe buscó a Angustias solo por el dinero, pero siempre estuvo enamorado de ella. Martirio concede que Pepe no quiere a Angustias, pero se desespera cuando su hermana le repite que la quiere a ella. No puede soportarlo, y confiesa abierta y dramáticamente que ella también lo quiere. Adela intenta abrazarla pero Martirio la rechaza, arguyendo que ya no puede verla como hermana. La menor dice que no hay remedio, que Pepe la lleva «a los juncos de la orilla», y que no le importa tener a todo el pueblo en su contra. Dice también que no le importa que él se case con Angustias, que ella vivirá sola en una casa donde él pueda visitarla cuando tenga ganas.

Martirio insiste en que no dejará que eso suceda.

Adela dice que la ve de una forma como nunca la había visto. Entonces se oye un silbido y ella corre a la puerta.

Martirio quiere detenerla y ambas luchan hasta que entra Bernarda, en enaguas y con un mantón negro. Martirio delata que su hermana estuvo con Pepe y su madre se dirige furiosa hacia Adela, ésta se le enfrenta y rompe su bastón, diciendo que sobre ella no manda nadie más que Pepe.

Entonces las otras mujeres entran y ella le declara a Angustias que Pepe le pertenece y que está en el corral. La madre entonces toma su escopeta y sale corriendo. Detrás sale Martirio. Adela intenta salir pero Angustias la sujeta y la insulta. En ese momento suena un disparo.

Entonces Martirio entra diciendo: «se acabó Pepe el Romano», y Adela sale corriendo. Luego, Martirio se desmiente y reconoce que Pepe ha huido en su caballo. Bernarda se culpa por su mala puntería. Magdalena le pregunta a su hermana por qué mintió, y ella afirma que lo hizo para molestar a Adela.

Magdalena y La Poncia la critican por eso. Luego se escucha un golpe y la madre y la sirvienta exigen a Adela que abra la puerta de donde está encerrada. La otra criada anuncia que se han levantado los vecinos. Bernarda vuelve a pedirle a su hija en voz baja que abra la puerta y, después de algunos intentos, pide a La Poncia un martillo.

Finalmente, La Poncia abre la puerta, entra y da un grito. Cuando sale, dice:

—¡Nunca tengamos ese fin. ¡No entres!

BERNARDA.— No. ¡Yo no! Pepe: tú irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como una doncella. ¡Nadie diga nada! Ella ha muerto virgen. Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.

Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra HIJA.) ¡A callar he dicho! (A otra HIJA.) ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio! ■

FIN DE "LA CASA DE BERNARDA ALBA".


Un reportaje de “Florentino Telón”

para Queseenteren.

¡Abreviando que es Gerundio...!

"La Casa de Bernarda Alba"


Tras la muerte de su segundo marido, la dominante matriarca Bernarda Alba impone un periodo de luto de ocho años a su familia, siguiendo la tradición. Bernarda tiene cinco hijas, de entre 20 y 39 años, a quienes controla con rigidez y les prohíbe cualquier tipo de relación. El periodo de luto las aísla aún más y la tensión aumenta en el seno familiar.

Tras un rito de duelo en la casa familiar, entra Angustias, la hija mayor, que había estado ausente mientras los invitados estaban allí. Bernarda se enfurece, creyendo que había estado escuchando la conversación de los hombres en el patio. Angustias heredó una gran suma de dinero del primer marido de Bernarda, mientras que el segundo solo dejó pequeñas cantidades a sus cuatro hijas. La riqueza de Angustias atrae a un joven y apuesto pretendiente del pueblo, Pepe el Romano. Sus hermanas están celosas, pues consideran injusto que la sencilla y enfermiza Angustias reciba la mayor parte de la herencia y la libertad de casarse y escapar de su asfixiante hogar.

Adela, la hermana menor, abrumada por un repentino entusiasmo y júbilo tras el funeral de su padre, desobedece las órdenes de su madre y se viste de verde en lugar de seguir de luto. Su breve momento de alegría juvenil se desvanece al descubrir que Angustias se casará con Pepe.

Poncia, la criada de Bernarda, le aconseja a Adela que tenga paciencia: Angustias probablemente morirá al dar a luz a su primer hijo. Angustiada, Adela amenaza con salir corriendo a la calle con su vestido verde, pero sus hermanas logran detenerla. De repente, ven a Pepe acercándose por la calle. Adela se queda atrás mientras sus hermanas se apresuran a verlo, hasta que una criada sugiere que podría verlo mejor desde la ventana de su habitación.

Mientras Poncia y Bernarda discuten sobre la herencia de las hijas en el piso de arriba, Bernarda ve a Angustias maquillada. Horrorizada de que Angustias desobedezca sus órdenes de permanecer de luto, Bernarda le quita el maquillaje de la cara con violencia. Entran las otras hijas, seguidas por la anciana madre de Bernarda, María Josefa, quien suele estar encerrada en su habitación.

María Josefa anuncia que quiere casarse y advierte a Bernarda que convertirá los corazones de sus hijas en polvo si no pueden ser libres. Bernarda la obliga a regresar a su habitación.

Se revela que Adela y Pepe mantienen una relación secreta. Adela se vuelve cada vez más inestable, desobedeciendo a su madre y discutiendo con sus hermanas, especialmente con Martirio, quien confiesa sus sentimientos por Pepe.

Adela muestra un profundo horror cuando la familia escucha los últimos rumores sobre cómo los habitantes del pueblo torturaron recientemente a una joven que había dado a luz y asesinado a un bebé ilegítimo.

La tensión estalla cuando los miembros de la familia se enfrentan, lo que lleva a Bernarda a perseguir a Pepe con una pistola. Se oye un disparo fuera de la casa. Martirio y Bernarda regresan e insinúan que Pepe ha muerto. Adela huye a otra habitación. Con Adela fuera del alcance del oído, Martirio les dice a todos que Pepe en realidad huyó en su poni. Bernarda comenta que, como mujer, no se le puede culpar por su mala puntería.

Se oye un fuerte ruido; Bernarda llama inmediatamente a Adela, que se ha encerrado en una habitación. Al no obtener respuesta, Bernarda y Poncia fuerzan la puerta. Se oye el grito de Poncia. Regresa con las manos alrededor del cuello y advierte a la familia que no entre en la habitación. Adela, sin saber que Pepe sobrevivió, se ha ahorcado.

Los últimos minutos de la obra muestran a Bernarda, como es habitual en ella, preocupada por la reputación de la familia, sin darse cuenta de que Adela y Pepe tuvieron una aventura debido a su código moral. Insiste en que Adela murió virgen y exige que esto se sepa en todo el pueblo. Bernarda prohíbe a sus hijas llorar. ■

FIN