El escritor estadounidense Whashington Irving, proyectó al resto del mundo, su amor por Andalucía y la influencia árabe en ella, mediante su mezcolanza de guía de viajes y relatos populares, en sus “Cuentos de la Alhambra”


“Cuentos de la Alhambra” es una antología de viajes del autor estadounidense Washington Irving, publicado en 1832 por Carey & Lea; que consta de cuentos, ensayos y bocetos, inspirados en el palacio de la “Alhambra” de Granada.

El libro en si, es una colección de relatos de viaje, ensayos históricos, anécdotas personales y relatos tradicionales que tienen como escenario el palacio fortificado.

Durante su estancia en Alhambra, Irving hizo extensas observaciones y las usó para escribir el libro. El resultado fue una obra literaria que introdujo a los lectores occidentales en las maravillas de la "Alhambra", en un tiempo en el que apenas el tres por ciento de la sociedad estadounidense podía darse el lujo de viajar.

Poco después de completar una biografía de "Cristóbal Colón" en 1828, Washington Irving viajó desde Madrid, donde se había alojado, a Granada (España).

A primera vista, la describió como “una ciudad de lo más pintoresca y hermosa, situada en uno de los paisajes más bellos que jamás haya visto”.

Irving estaba preparando un libro llamado “Crónica de la conquista de Granada”, una historia basada en los años desde 1478 a 1492, y continuaba su investigación sobre el tema.

Inmediatamente pidió al entonces gobernador del histórico “Palacio de la Alhambra”, así como al arzobispo de Granada, acceso al palacio; lo cual le fue concedido debido al estatus de celebridad de Irving.

Con la ayuda de un guía de 17 años llamado Mateo Ximenes (que se convierte en un personaje más de su narración), Irving recopiló leyendas y cuentos sobre la “Alhambra” y luego partió hacia otras partes de España.

Al año siguiente, regresó a la Alhambra y vivió allí en un apartamento durante unos tres meses, y tuvo acceso a sus archivos.

Irving se inspiró en sus experiencias para escribir “Cuentos de la Alhambra”. El libro combina descripción, mito y narraciones de acontecimientos históricos reales. Desde, incluso, la destrucción de algunas de las torres del palacio por los franceses bajo el mando del Conde Sebastiani en 1812; hasta los daños adicionales causados por un terremoto en 1821.

A lo largo de su viaje , Washington llenó sus cuadernos y diarios con descripciones y observaciones, aunque no creía que sus escritos alguna vez le hicieran justicia. Así, escribió: “Cuán indigno es mi garabato del lugar”.

Irving continuó viajando por España hasta que fue nombrado secretario de legación en la Embajada de Estados Unidos en Londres, bajo el mando del ministro entrante Louis McLane, llegando a Londres a finales de septiembre de 1829.

Las LEYENDAS recogidas por Washington Irving en su libro


En este resumen de esta obra para “Queseenteren”, nos centraremos en la parte de la colección que más se lee de manera independiente; es la que compone la colección de cuentos inspirados en la tradición literaria popular.

La mayoría de ellos aparece con el título “Leyenda”.

Estos textos funcionan perfectamente separados del resto de los textos, aunque algunos cuentos como “Leyenda del astrólogo árabe” y “Leyenda de las dos discretas estatuas”, comparten personajes.

Si bien no son directamente un producto de la imaginación de Irving, el autor se limita a dar forma a las historias que lee y escucha en su estancia en Granada y, las narra de tal manera que aún hoy los lectores disfrutan de ellos.

Al tratarse de cuentos tradicionales, el lector se encuentra con elementos sobrenaturales, objetos mágicos, espacios lujosos y refinados o tesoros hechizados que despiertan la imaginación.

Empecemos pues con la primera...

(Respetadas las normas gramaticales de esos años).

RESUMEN DE LAS LEYENDAS:


“Leyenda del astrólogo árabe”

Esta leyenda sucede durante el reinado de Aben Habuz, un rey moro que luego de tantos años de conquistas solo desea pasar sus últimos años disfrutando de sus victorias en paz.

Para su desgracia, tiene muchos enemigos y su reino está bajo constante asedio. Por lo que manda construir atalayas para estar siempre en vigilia.

En una ocasión, un médico anciano llega a su corte. Se trata de un famoso astrólogo llamado Ibrahim Ebn Abu Ayub, hijo de uno de los compañeros del Profeta Mahoma. Había viajado hasta Egipto, y allí había estudiado las ciencias ocultas, permitiéndole este conocimiento prolongar su vida, llevando vivo, cuando llegó, dos siglos.

Aben Habuz recibe con todos los honores al astrólogo y le ofrece un lugar en el palacio. No obstante, el anciano elige vivir en una cueva en la colina donde posteriormente se construye la Alhambra.

Allí instala su estancia, con una abertura para observar las estrellas y con extraños instrumentos.

En poco tiempo el astrólogo se convierte en el consejero más apreciado del rey.

Cuando este le cuenta sobre su angustia por los constantes asedios, el astrólogo comparte con él su experiencia adquirida en Egipto, donde una sacerdotisa construyó una veleta que anunciaba a tiempo la aproximación de cualquier enemigo.

Y puede construir una para el rey, porque tuvo acceso a un libro con los secretos de la magia que se encontraba enterrado, junto a un alto sacerdote en una de las pirámides.

Con el permiso del rey, el astrólogo manda construir una torre con una sala secreta. En la parte superior de la torre ubica una veleta con un guerrero moro sobre un caballo. En el interior de la sala ubica un tablero con figuras pequeñas que representan los ejércitos de todos los enemigos del rey.

Un día, el centinela apostado en la torre de la veleta, se apresura a alertar al rey sobre los movimientos del guerrero de la veleta, que apuntan a que el palacio será atacado por enemigos que se acercan desde el Paso de Lope.

El rey ordena reunir a los ejércitos, pero el astrólogo le dice que eso no será necesario y lo lleva a la sala secreta.

Allí el rey ve como las pequeñas figuras del tablero, que representan al enemigo, están en movimiento. Lo único que debe hacer el rey es elegir una de las opciones que le propone el astrólogo:

Utilizar una lanza en miniatura y golpear el tablero con la parte posterior del arma, para hacer que el enemigo se retire sin derramar sangre, o atacar a las figuras con la punta de esa lanza para causar

una masacre, a lo que el rey declara:

«Hijo de Abou Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre».

Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento.

Los primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y los demás, revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos y otros.

No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca mas pacífico, para impedirle que exterminase hasta el último de sus enemigos; mas,

al fin, consiguió hacerle bajar de la torre para enviar espías á los montes por el paso de Lope.

Regresados estos, refirieron al rey que un ejército cristiano, cruzando la sierra, había llegado casi hasta las puertas de Granada; mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habían vuelto sus armas unos contra otros, y después de un combate muy encarnizado, se habían retirado á sus fronteras.

El buen Aben-Habuz no cabía en sí de contento al ver tan cumplidamente acreditada la eficacia de su talismán.

«Ya al fin, decía, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos la suerte de mis enemigos...»

Como pago o premio, el astrólogo pide los medios para acondicionar su cueva.

Al rey ese pedido le parece medido, sin embargo, en poco tiempo el tesorero real empieza a preocuparse por el presupuesto que demanda el astrólogo, pero el rey insiste en que se le dé todo lo que pida, mientras él se entretiene en martirizar a sus enemigos con la magia de la sala oculta.

El astrólogo consigue construir un verdadero palacio subterráneo con todos los lujos, incluso pide un grupo de jóvenes bailarinas para entretenerlo.

Aben Habuz empieza a aburrirse cuando sus enemigos se dan por vencidos y dejan de atacar.

En una ocasión, el caballero de la veleta apunta su lanza hacia la montaña de Guadix, pero no hay ningún enemigo en movimiento en el tablero.

A lo que, el rey envía una expedición a Guadix. Al regreso, indican que no hay ningún indicio de un enemigo asediando la ciudad, solamente encuentran a una joven cristiana cautiva.

La mujer es de una belleza excepcional y el rey se enamora de ella de inmediato.

Ella explica que es la hija de un príncipe godo, cuyo ejército fue destruido como por arte de magia.

El astrólogo le advierte al rey sobre la cautiva, él percibe en ella las marcas de brujería y asegura que ella es el enemigo al que apuntaba la lanza del caballero de la veleta.

Solicita al rey el permiso de llevarse a la joven para tratar de revelar si se trata o no de una hechicera.

El rey se niega rotundamente a ese pedido, ignorando la insistencia del astrólogo.

La mujer lleva una lira de plata colgada y el astrólogo quiere una cantante para complementar el grupo de bailarinas que residen con él en su palacio subterráneo.

A lo que se niega también el rey, pasando la cautiva a vivir en el palacio del rey, quien la colma con todos los regalos posibles.

En medio de tantas distracciones, el propio pueblo se levanta contra el rey, aun cuando el caballero de la veleta no lo había advertido.

Cansado y deseoso de poder dedicarse únicamente a la mujer, el rey acude al astrólogo para pedirle un refugio de paz.

Ante el pedido, el astrólogo responde con una historia sobre un famoso jardín árabe llamado “Irem”...

Se trata de un complejo de torres y palacios con jardines deslumbrantes que se aparecen ante solo algunos viajeros que atraviesan el desierto. Tan fácilmente como aparecen ante unos pocos privilegiados; los jardines desaparecen sin dejar rastro.

El astrólogo le ofrece al rey construir un palacio mágico que solo pueden ver los iniciados en el hechizo del lugar.

A cambio de eso le pide una única cosa:

La primera carga de la acémila (mula o macho de carga), que cruce el umbral del palacio mágico.

El día en que el astrólogo invita al rey a su nueva morada. En la montaña solo se puede ver una puerta labrada con dos talismanes: una mano tallada en piedra y una llave.

Mientras esos talismanes permanezcan intactos, nadie podrá vencer al rey.

Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de admiración y pasmo los misteriosos talismanes, el palafrén (un tipo de caballo apreciado en la edad media) de la princesa, que seguía caminando, se entró por el pórtico hasta el centro de la torre.

«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habéis prometido; la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la carga que lleve».

Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo astrónomo; mas cuando se percató que hablaba con seriedad, temblaron de indignación las canas de su barba.

«—Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazón».

«—¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas?, dijo con aire de desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sabio Solomon? ¿No tengo á mi disposición todos los tesoros de la tierra? La princesa me pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo como alhaja mía.»

Á todo esto, desde lo alto de su palafrén, les dirigía la princesa mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á aquellos dos vestiglos disputándose la posesión de su juventud y belleza.

Después de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su prudencia, exclamó:

«—¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sabio en mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey».

«—¡Tú mi señor!, replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de una ratonera daría leyes al que posee el libro de Salomón! Adiós, Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraíso de los locos; que yo voy á reírme á tus expensas en mi retiro filosófico».

Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa, hirió la tierra con el bastón y se hundió con la hermosa dama al través del centro de la torre. Tras esto, se cerró la tierra sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habían desaparecido.

Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó á articular una palabra.

Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso que mil obreros hiciesen una excavación profunda en el sitio por donde se había hundido el astrólogo: trabajaron con tesón, pero todos sus esfuerzos fueron vanos; en algunos puntos saltaban los picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo practicado, casi tan pronto como lo habían hecho.

Aben-Habuz buscó en la falda de la montaña, la boca de la caverna que conducía al palacio subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra cosa que la roca firme y unida.

Entre tanto, con la desaparición del astrónomo, Ibrahim Eben Abou Agib, perdieron la eficacia sus talismanes; el guerrero de bronce quedó inmóvil, vuelto el semblante hacia la colina, y con la lanza apuntada al sitio por donde se había hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.

Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento, y los acentos de una voz de mujer, que apenas se distinguían, y al parecer salían de las entrañas de la tierra.

Cierto día refirió un labrador al rey que, la noche anterior había notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella había distinguido á gran profundidad un salón subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la lira de la princesa, que según los efectos ejercía un poder mágico sobre sus sentidos.

Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla, porque sin duda había vuelto á cerrarse.

También reiteró las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las primeras: y es que ningún poder humano podía superar al encanto de la mano y la llave.

En cuanto á la cumbre del monte, donde debían haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida; y escabrosa.

Las gentes adoptaron piadosamente la última opinión, y unos llamaban á aquel sitio la “Locura del Rey”, y otros el “Paraiso de los locos”.

Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á quienes había desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando poseía el talismán, habiendo llegado á conocer que ya no se hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los monarcas fue una serie de guerras y disturbios.

En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra, que realiza en cierto modo las fábulas del “Jardin de Hirám”.

El pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada del Juicio y la entrada principal de la fortaleza; y es opinión común que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salón subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.

Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oír estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo lo cual, según las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad; la princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo sometido á la magia somnífera de la princesa hasta el día del juicio; á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la montaña.

FIN DE LA LEYENDA


Leyenda de “La Rosa de la

Alhambra” o “El Paje y el Halcón”

Si bien esta leyenda comparte con la anterior el escenario, se ubica en una época mucho posterior. La leyenda empieza con la visita de Felipe V e Isabella de Parma.

Los protagonistas de esta leyenda son Ruyz de Alarcón, uno de los pajes del séquito de la reina, y Jacinta, una joven huérfana cuyo padre había sido oficial y que ahora está al cuidado de su tía Fredegunda...

Un día Ruiz de Alarcón saca un halcón que pertenece a la reina y lo libera. El halcón asciende y se mete en las almenas de la Torre de las Infantas.

El paje se acerca a la torre para y por la rendija de la puerta, ve un patio decorado con mucho gusto. En el centro hay una jaula dorada con un ruiseñor.

Alcanzando a ver el rostro de una joven.

A pesar de que el paje le explica por qué ha ido hasta allí, la chica se niega a abrirle la puerta y le dice que su tía le tiene prohibido recibir a nadie, a lo que el joven seductor paje responde:

«—Por favor, os lo suplico, no desentendáis mi ruego. Soy uno de los pajes reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la reina. ¡No me

atrevo a regresar a palacio sin llevarlo conmigo!

—¡Oh, señor! Si sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en contra de ellos.

—Y lo comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero yo no soy de esos, fijaos en mí; soy un sencillo paje, que perderá el favor de la reina y puede verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese pequeño favor que con tanta humildad os solicito».

Por fin, el bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas súplicas y terminó abriendo la puerta al paje.

¡Eran tan amables sus palabras, tan educado su gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía ser malo un muchacho tan gentil, tan amable...?

Cuando Ruiz de Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza. Porque si perfecto y encantador era su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave le añadía un nuevo encanto.

«¡Es más hermosa que la más hermosa dama de la corte!», pensó el paje.

Y en efecto, el traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una gracia que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más valiosos, así como su pelo, cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y fragante, resultaba mucho más encantador que con los tocados más complicados o ricos.

Claro está que el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada.

Le convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una breve inclinación ante la muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.

Cuando bajó, con el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul. Pero en su turbación al verle de nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a caer a los pies del paje.

Ruiz de Alarcón se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se lo ofreció con una sonrisa.

Al punto aumentó la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía para recoger el ovillo.

—¡Por favor, señor, os creía un caballero

de bien! —exclamó.

—No os molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su más profundo

respeto y homenaje. —se apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.

Así se tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de lo acostumbrado que estaba a los galanteos de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de aquella hermosa jovencita.

Entonces, de pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad, se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.

—Apresuraos, marchad enseguida, señor —exclamó—. ¡Marchad, os lo ruego, lo más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría y me reñiría mucho si os encontrase aquí.

—Entregadme, os lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizás mañana pensara que vuestra hermosa imagen fue sólo un sueño, fruto de mi imaginación.

Separó ella la flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.

—Tomadla —dijo—. Pero no os entretengáis, por favor.

Y el paje se apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta, que así se llamaba la muchacha.

Cuando la tía llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se apresuró a preguntarle qué le sucedía.

—Durante vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre. —dijo Jacinta.

—¡Qué atrevido! ¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun dentro de su propia jaula...?

Fredegunda, la tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran desconfianza y animadversión hacia todas las personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído contar muchas historias.

Y ahora su desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al tener en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió en la guerra. Jacinta se había educado en un convento, y siendo huérfana también de madre, terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual, precisamente por lo mucho que la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle.

¡Apenas si le permitía salir de la casa una o dos veces a la semana, y siempre en su compañía, naturalmente, y aun para ir a la iglesia!

Pero las buenas gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con esa imaginación poética tan generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre de «La rosa de la Alhambra», y acerca de su belleza y encanto, se hablaba en varias leguas a la redonda.

Esa explicación sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo a la buena señora.

A partir de ese día, el paje Ruiz de Alarcón ya no olvidó a la muchacha. Y aunque ya no volvió a hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde lejos, y siempre que podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.

Los días pasaban sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían reconocer el abismo social y jerárquico que les separaba.

Pero un día los monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada.

Y rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa, quiso ver, para lo cual dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.

Cuando ya todo el cortejo real hubo traspasado las puertas de la ciudad, entre los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y banderas en todos los balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de trompetas, la buena mujer regresó a su casa.

Pero, ¡cuál no fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el jardín, un apuesto joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le escuchaba con gran complacencia, encendidas de rubor las mejillas...

El alazán, como si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes posar delicadamente sus labios sobre la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo velozmente entre los árboles.

Fredegunda se disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando profundos sollozos, mientras ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas:

—Se ha ido, tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se morirá! —exclamaba, acongojada.

—Pero, ¿qué dices...? ¿De quién hablas...? ¿Y qué noticias te trajo ese joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para que así te desconsueles y aflijas? Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo...

—¡Es él quien se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que marcharse con los reyes...

-—¿Y de qué conoces tú a ese paje...?

Jacinta se ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa, persiguiendo al halcón.

—No existen halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las jóvenes cándidas y después, cuando se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta. ¡Olvídale también tú!

—Me ha prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que su padre dé el consentimiento para la boda... —afirmó Jacinta, en cuyos oídos resonaban todavía las promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.

—¡No sueñes, sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría sin duda a la boda..., aun en el caso de que él la deseara.

Jacinta no insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza.

Sin embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y más débil. Después, los días se fueron transformando en semanas, y las semanas en meses... sin que recibiera ninguna noticia del paje.

Llegó el otoño, con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra.

Una noche, mientras se encuentra sola en el patio de la torre, lamentándose por el amor perdido, la fuente empieza a burbujear y una figura de una mujer mora se materializa. Jacinta sale corriendo y a la mañana siguiente le cuenta su experiencia a su tía.

Fredegonda le dice que probablemente se trate de un sueño.

La noche siguiente Jacinta decide volver a la fuente y esta vez se comunica con la mujer mora que se le aparece. Se trata de la más chica de las trillizas del cuento “Las tres bellas princesas”: Zorahayda. Quien le dice que se arrepiente de no haber escapado (refiriéndose la mora a su propia historia, y de su enamoramiento, contado todo ello en el la leyenda mencionada).

Le dice que en su corazón, ella ya se había convertido a la religión de su madre, el cristianismo, pero que no había tenido el valor para escaparse y vivir como una mujer cristiana. Por eso, Zorahayda le pide a Jacinta que la rocíe con agua para bautizarla y así cortar, con el hechizo que la obliga a habitar esa torre aún después de su muerte.

Jacinta sigue las instrucciones de Zorahayda y en cuanto lo hace, la mujer mora desaparece, pero deja atrás un laúd de plata (especie de pequeña guitarra muy utilizada de la Edad Media y en adelante). Cuando toca unos acordes, el sonido produce un efecto sobrenatural en quienes escuchan. Desde ese momento, Jacinta se vuelve famosa y muchos viajan para escucharla tocar.

Paralelamente, en la corte, el rey Felipe V se encuentra enfermo, y creen que la música es lo único que puede curarlo.

Llegan noticias de que en Granada hay una mujer que toca el laúd prodigiosamente y la convocan con el ruego de presentarse en la corte lo más rápidamente posible; y así, pocos días después, la bella Jacinta, acompañada de su tía, traspasó la puerta real, siendo recibida por la soberana.

Isabel, la reina, quedó muy sorprendida al comprobar personalmente la belleza y el encanto, así como también la juventud de la muchacha, y cuando Fredegunda le explicó que, aunque había vivido humildemente durante su infancia, sus antepasados fueron todos de noble cuna y, su padre había muerto peleando valientemente en defensa del rey, se sintió muy complacida.

—Si la fama de que vienes precedida es cierta —dijo entonces la reina dirigiéndose a la muchacha—, y si con tu música consigues aliviar al rey de sus extraños males, en adelante quedarás bajo mi protección y te colmaré de honores y riquezas.

Y ya sin perder más tiempo, deseosa de comprobar el efecto de la música de Jacinta sobre el espíritu del rey, se apresuro a conducirla personalmente hasta la cámara real.

En su delirio e hipocondría, el rey había ordenado que se organizase su funeral, aunque él todavía estuviera vivo, de ahí que la visión que le apareció al entrar en la cámara, a la hermosa Jacinta, la dejara muy impresionada.

La cámara había sido adornada con inmensos cortinajes negros y alumbrada con altos velones de cera amarilla, todo lo cual contribuía a darle un aspecto tétrico. En el centro, había una especie de lecho o catafalco, también completamente cubierto con colgaduras negras, y sobre el cual reposaba inmóvil y con las manos cruzadas sobre el pecho, el rey.

La reina, al entrar, hizo señas a los caballeros que había en la estancia de que no hicieran el menor ruido, y después indicó a Jacinta un taburete bajo que había en un rincón, haciéndole comprender su deseo de que se sentara y comenzara en seguida a tocar su laúd de plata.

La muchacha estaba tan nerviosa y emocionada, que al principio sus dedos se movieron vacilantes pero, poco a poco, su mano se fue afirmando y pronto arrancó de las cuerdas armonías tan suaves, tan perfectas y tan maravillosas, que todos los presentes se sintieron transportados al reino de la música. 

Al principio el rey no se inmutó. Aquella música suave y dulce, le hizo pensar quizá que se encontraba ya en el cielo y que eran los ángeles los que así tocaban. Sin embargo, una sonrisa plácida apareció en su rostro, lo cual llenó de esperanzas el corazón de la reina.

Después de haber tocado varias piezas melódicas y suaves, Jacinta inició la ejecución de una balada, que exaltaba las glorias de la Alhambra y las victorias de los valientes soldados españoles frente a los no menos valientes guerreros moros.

Y el recuerdo de la Alhambra iba tan unido al del paje Ruiz de Alarcón, que la muchacha pulsó las cuerdas con toda su alma y las notas vibrantes, llenas de sentimiento, llenaron por completo la estancia, sobrecogiendo a todos los presentes..., ¡y el propio rey se levantó de un salto, ordenando impaciente que al punto le trajeran su espada y su escudo, y abrieran las ventanas de la habitación, para que por ellas entrara el sol y el aire!

¿Es preciso decir que aquella orden del monarca fue recibida con agrado por todos los presentes...? Mientras varios criados se apresuraban a ejecutarla, la reina, vivamente emocionada y con lágrimas en los ojos, abrazaba a su esposo quien, a su vez, la abrazó también con gran ternura, afirmando que se encontraba bien.

Después de ese primer momento de alegría, todos se volvieron hacia la artista que con su laúd de plata había hecho posible esa curación. Y entonces advirtieron que, llevada ella también de la emoción que había conseguido imprimir a su música, había sufrido un desvanecimiento y hubiese caído al suelo de no haberla recogido a tiempo los fuertes brazos del paje Ruiz de Alarcón.

Cuando se repuso por fin de su desmayo, el paje, en presencia de la propia reina, se apresuró a justificarse del aparente olvido en el que la había dejado.

—Mi padre se opuso terminantemente a la boda, apenas le hablé de ello —afirmó—. Durante meses y meses he insistido una y otra vez, pero todo es inútil. ¡Incluso llegó a prohibirme por completo que mantuviera ninguna relación contigo! También quería concertar mi matrimonio con una damisela de alta alcurnia, pero eso, ¡no! Como buen hijo puedo y debo obedecerle, ¡pero jamás me casará con otra muchacha!

A Jacinta todas aquellas palabras le parecían un sueño. Y su felicidad aumentó cuando la reina se decidió a intervenir.

—Ya te dije, hermosa Jacinta, que si lograbas curar al rey de su melancolía y de sus manías, te llenaría de honores y riquezas. Pues lo haré, no lo dudes. Y serán tantos y tan alto también el puesto que, a partir de ese mismo instante, ocuparás en la corte, que el noble padre de mi paje no sólo admitirá gustoso vuestra boda, sino que incluso la deseará con toda su alma.

Y así fue...

Poco tiempo después se celebró la boda, con gran esplendor y magnificencia y apadrinada por los propios reyes, con lo cual se inició para Jacinta y su esposo una vida llena de venturas y felicidades.

¿Y el laúd...? ¿Qué fue del laúd de plata...?

Durante algún tiempo el laúd permaneció en la morada de Jacinta y Ruiz de Alarcón, pero ellos, en su felicidad, llegaron a olvidarlo. En realidad, ¿para qué necesitaban música alguna, ni canciones, si sus corazones estaban siempre llenos de alegría...?

Y según cuenta la tradición, un día, lo robó el cantante “Farinelli” (Farinelli [Carlo Broschi] fue un

cantante castrato italiano del siglo XVIII, famoso por su voz de soprano y su influencia en la corte española), envidioso del poder de aquella música y, se lo llevó con él a Italia, su patria.

Pero a su muerte sus herederos, que ignoraban por completo el maravilloso poder, de aquel laúd, lo destruyeron, fundiendo la plata y entregando las cuerdas a un fabricante de violines de Cremona.

¡Y también se dice, aunque nadie pueda afirmarlo, que esas fueron las cuerdas que estaban en el violín que tanta fama dio al gran “Paganini” (Niccolò Paganini, [1782 – 1840] el violinista por antonomasia del romanticismo, que se destacó por su dominio del violín y su vida desordenada)!

FIN ■

Y para finalizar este “gran repaso” por esta obra de Washington Irving, vemos el índice con los capítulos que lo componen, como ya se ha dicho, es un “pupurri” o “mezcolanza”, entre una guía de viajes con recomendaciones e historia de los lugares y monumentos; y una recopilación adaptada por Irving, de sus más populares leyendas del Andalus:

El viaje │ Gobierno de la Alhambra

Interior de la Alhambra │

La Torre de Comares

La dominación musulmana en España

La familia de la casa │ El truhán

La habitación del autor

La Alhambra a la luz de la luna

Habitantes de la Alhambra

El Patio de los Leones │ Boabdil el Chico

Recuerdos de Boabdil │ El balcón

La aventura del albañil

Un paseo por las colinas

Tradiciones locales

La casa del Gallo de Viento

Leyenda del astrólogo árabe

La Torre de las Infantas

Leyenda de las tres hermosas Princesas

Visitadores de la Alhambra

Leyenda del Príncipe Ahmed al Kamel o el

Peregrino del amor │ El Veterano

Leyenda del legado del moro

Leyenda de la Rosa de la Alhambra

Leyenda del Gobernador y el Escribano

Leyenda del Gobernador manco y el Soldado

Leyenda de las dos discretas Estatuas

Abu Alhamar, el fundador de la Alhambra

Yusef Abul Hagig, el finalizador de la Alhambra


Un artículo de “Spectrum”

para Queseenteren