“QUERIDO CHATO”
Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco
SINOPSIS
Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacia donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…
Todo esto nos lo contesta, narrándonoslo el autor en esta auto biografía de 52 capítulos, más Apéndices, que componen este “tocho” de casi 1000 páginas
En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el cuarto de sus Capítulos:
1961. Los trabajos de mi madre (4)
Capítulo 4
Donde se narra cuales eran los trabajos de mi madre, de los que con su "sudor y esfuerzo", conseguía un salario, imprescindible, para completar nuestra manutención y el resto de los gastos que "arrastrábamos", esta familia numerosa que éramos.
Los iremos conociendo, y "viviendo", por mediación de nuestro narrador (servidor), que en ocasiones se convierte en un pequeño ayudante de élla (mi madre).
Las inyecciones a domicilio y en nuestra casa; las innumerables horas que se pasaba trabajando con la máquina de coser, etc.
Y como "guarnición" de estas labores, conoceremos un poco dos películas recurrentes de esos años:
"EL CID", rodada en Spain; y "MORENA CLARA", con nuestra Imperio Argentina.
Además de recordar un poquito: "El traslado del Gobierno de la II República a Valencia"; "La Batalla del Ebro"; y lo que eran las "CHECAS"; TRES TRISTES EPISÓDIOS DE NUESTRA MALOGRADA Y FRATICIDA "GUERRA CIVIL"...
En aquellos años tenía dos maneras de conocer lo que pasaba por el mundo. Una era gracias a lo que me enteraba por los “cuchicheos” de los vecinos, y especialmente los que escuchaba en la tienda del padrino Miguel. Aquello vendría a ser una especie de “Red Social” de la actualidad.
Y la otra era mediante la radio, a la televisión aún le faltaban algunos años para popularizarse y estar al alcance del proletariado. En una ocasión cuando estaba escuchando dicho aparato (la radio), mi madre me interrumpió; y la atención que le estaba prestando se desvaneció, esto fue lo último que escuché:
«Desde el mes de abril de este año (1961), se rueda en España la película “El Cid”, de Anthony Mann, interpretada por Charlton Heston y Sofía Loren…».
Película basada en la vida de nuestro héroe Rodrigo Díaz de Vivar (Burgos 1048 -Valencia,1099), quien fue un líder militar castellano que llegó a dominar, al frente de su propia mesnada (ejército), el Levante de la península Ibérica.
Durante su vida como cruzado se puso a las órdenes de diferentes caudillos musulmanes y cristianos. La obra que ha servido como referencia principal de las vivencias de nuestro héroe, pero no la única, es el cantar de gesta llamado “Cantar de Mio Cid”. Que es la primera obra narrativa extensa de la literatura española en una lengua romance. Consta de 3.735 versos anisosilábicos que relatan hazañas heroicas, inspiradas libremente en los últimos años de la vida de nuestro personaje, Don Rodrigo Díaz de Vivar…
—¡Vamos Antoñito, espabila que te vienes conmigo!
—¡Me cago en la…! —esa fue mi exclamación por lo “bajini”, de desagrado por su orden. Pero sólo se quedó en esto, en un gesto de rabieta infantil. Y como si fuera un obediente perrito, inmediatamente me puse de pie y a la espera de sus instrucciones.
Mi madre iba a cumplir con uno de sus dos trabajos, poner una inyección a uno de sus pacientes, y yo era su “ayudante”. Y como tal me pegué a sus faldas y la seguí.
Esto lo hacía aparte de las tareas propias de cuidar y educar a cuatro mozalbetes de todas las edades, con lo que ello suponía. Y aún no había llegado el quinto vástago.
Volviendo a lo de su empleo de “banderillera”, y que además era por el que se le conocía en la zona, varias barriadas incluidas, o sea, el de poner inyecciones. Funcionaba… gracias a tener mi madre una habilidad especial para colocar las “banderillas” sin dolor. Y doy fe de ello, pues de hecho, yo le vi ponerlas muchísimas veces; primero daba unos golpecitos con su mano en las nalgas y “zash”… aguja clavada. Después unía a la aguja la jeringuilla en sí, y la apretaba muy despacio, entrando el medicamento líquido en el cuerpo. Tal era su fama, que no solo venía a casa gente de la zona, incluso venían a visitarla pacientes de la ciudad. E incluso en una ocasión, nos abdujeron unos extraterrestres procedentes de “Ganimedes”. ¡Uy! ¡Me he confundido de novela! ¡Perdón…!
Al escucharlo así, parece que tenía que ganar mucho dinero, pero nada de eso, los clientes pagaban la voluntad. Si bien, la mínima solía ser de unas cinco pesetas, que al cálculo venía a ser lo que costaba el pan o poco más.
Lo malo del “negocio de banderillera” era que, además hacía, en determinados casos de enfermedad, visita a domicilio; y aquí era cuando se fastidiaban las ganancias.
Yo le acompañaba en más de una ocasión, como fue en ésta… Al carecer de transporte, íbamos caminando a las casas. Hiciera frío o calor, como en el ejército, y no siempre estaba agradecido este esfuerzo.
—¡Venga coño, que llegamos tarde!
—el “coño” solía pronunciarlo muy a menudo, era como una especie de deje.
—Mamá, ¿quién es el Cid? —quise saber en referencia a lo escuchado por la radio.
—¡Y yo qué sé!, será una marca de detergentes. —¡Ay! Si “Don Rodrigo Díaz de Vivar” la llega a escuchar… Lo cierto es que lo sabía, pero no me quiso dar cuerda, pues llegábamos tarde, y se salió así por la tangente. Sin demora cogimos rumbo hacia la primera cita. Su competencia, si es que se le puede llamar así, eran las monjas del “Seminario”; y otras monjas del mismo colegio donde iba mi hermana. Pero en realidad eran más caros sus honorarios, éstas no cobraban la voluntad, tenían su tarifa; ni las colocaban con la misma delicadeza que mi mamá.
En este caso la paciente no vivía muy lejos:
—¡PUM, PUM! —tras los golpes en la puerta, desde el interior se oyó:
—¡Está abierto! —Mi madre giró el pomo de la puerta y los enfermeros entramos— ¡Hola Antoñita, gracias por venir!
—¡Faltaría más! —Mi madre con los “clientes” era todo delicadeza, ¡buena comercial!
Ambrosia (la paciente) era diabética, una mujer de avanzada edad, unos sesenta años, lógicamente hoy en día no la consideraría así.
—¿Tienes la insulina a mano?
—¡Si está ahí, sobre el aparador!
—¡Venga Antoñito, tráemela! —Por fin justifiqué mi jornal.
—¡Qué!, ¿le estás enseñando el oficio?
La practicante no tardó en contestar, pero tuvo la habilidad de hacerme quedar bien y me comparó con un licenciado en medicina.
—Sí de mayor quiere ser médico, como el “Doctor Vaquer”.
El susodicho Doctor, era el médico de cabecera de la zona, pero me sorprendió que hiciera esa afirmación, cuando en verdad ella sabía que yo de mayor lo que quería ser era bombero; pero no la quise corregir…
—Y Ambrosia, ¿por qué no aprendes a ponértelas tú? Yo te puedo enseñar.
—¡No, no, ni hablar!, ¡sólo de pensarlo ya me da escalofríos! Si no te molesta prefiero que lo hagas tú, además…, ¡me las pones con tanto cariño!
—¡No hace falta que me hagas la pelota! ¡Hala bájate el pantalón y enseña tú culito de artista! —lo hizo la paciente y a los pocos segundos una “banderilla” se le clavó en su nalga, yo desde cerca la miraba y pensaba: «¡vaya culo más grande que tiene la mujer!», y no debía de ser más grande de lo habitual, simplemente era un niño y aún no apreciaba esta parte femenina.
Al rato la insulina ya estaba en su cuerpo, trabajo realizado, unas friegas con el algodón previamente empapado de alcohol y…:
—¡Listo, ya te puedes subir el pantalón!
—¡No he notado nada, eres una santa!
—¡Si, “Santa Rita”, la de “¡lo que se da, no se quita!”
Y hecho el trabajo nos dispusimos a partir hacía la próxima visita, pero la Ambrosia le recordó algo a mi madre.
—¡Espera, que no te he pagado!
—¡Ésta va de regalo, ya me pagarás la próxima!
—¡Muchas gracias, Antoñita, ves como eres una santa!
Mi madre siempre que podía les daba una mano a los necesitados, ¡Santa Antoñita!
Camino de nuestra próxima visita, diole por contarme una nueva historia de su vida, cosa que hacía en ocasiones durante estos trayectos; pero sólo cuando estaba inspirada. Su mente recordaba cosas, sin por ello dejar de caminar:
—Me acuerdo de cuando yo acababa de cumplir los once años, ya cansadas de ver como caían las bombas, y los destrozos y muertos que ocasionaban, mi madre (Asunción) decidió seguir los pasos del “Gobierno de la República”; y partir hacia Valencia, que fue hacía donde huyeron sus miembros y séquito. En Madrid se quedaron los que aún pensaban que aquello era algo pasajero.
—¿Y quién mandaba? —fue una de mis frecuentes interrupciones.
—¡Todos!, ¡aquello era una casa de putas!
No le pregunté que era una “casa de putas”, pues algo ya sabía; me preocupaba más saber cuándo y cómo habían salido de Madrid, preguntéselo y me contestó:
—¡Pues hijo, como te he dicho! Los políticos ya se habían marchado antes, cuando vieron que Franco se acercaba y no les esperaba nada bueno. ¡Y como tontos no eran!, el que mandaba, un tal “Largo Caballero” y todo su séquito; decidieron coger todo lo que pudieron y «poner pies en polvorosa» hacia Valencia…
Y de cómo se produjo esta huida de Madrid, me documenté años más tarde, resulta que, estando ya cerca de Madrid las tropas del bando sublevado del “General Franco”. El 6 de noviembre de 1936, el “Presidente del Consejo de Ministros del Gobierno de la República”, “Largo Caballero”; convocó a los generales “Miaja” y “Pozas”, y les hizo entrega de un oficio en un sobre cerrado, indicando en su membrete: «Para abrir a las seis horas del día 7». Algo que les hizo sospechar a los generales, quienes sin esperar abrieron el sobre, para su sorpresa, descubrieron la huida prevista del Gobierno:
«El Gobierno ha resuelto, para poder continuar cumpliendo con su primordial cometido de defensa de la causa republicana, trasladarse fuera de Madrid, y encarga a VE de la defensa de la capital a toda costa. A fin de que lo auxilien en tan trascendental cometido…/. se constituye una “Junta de Defensa de Madrid”…/.».
Los generales decidieron pasar de esas instrucciones, y ni siquiera pensar en replegarse. Optando por dar la batalla hasta sus últimas consecuencias. Fue una decisión valiente, logrando ganarla, pero a partir de este día Madrid entró totalmente en la guerra…
…Aclarado este asunto, vuelvo al momento en que mi madre me iba poniendo al día sobre lo vivido por ella años atrás, quien le siguió dando al pico:
—Algo más tarde, mi madre, tú abuela; decidió también ir hacia allí. En Valencia además teníamos familia.
Tal así en verdad sucedió, desde el día siguiente a su huida, o sea el día 7 de noviembre, y hasta el 31 de octubre de 1937, cuando el estrenado Gobierno de “Negrín”, decidió trasladarlo de nuevo, en esta ocasión a Barcelona. Valencia se convirtió en la capital de la II República y todo lo que ello acarreaba. A esta ciudad se mudaron también, los gobernantes y funcionarios de los diferentes ministerios. Sindicalistas representativos de las diversas organizaciones, como la “UGT”, “CNT”, etc. Y todos aquellos que apoyaban a la República y pudieron huir. En definitiva, Valencia se convirtió en el nuevo hogar de esta variopinta diáspora.
—¿Y la abuela como os llevó? —insistí pues todavía no me había contestado.
—Tuvimos la suerte de que ella tenía un “amigo especial”, que nos ayudó.
¡Te veo venir, eres un malpensado!
«¿Por qué lo dices?»
¡Lo sabes de sobra!, seguro que estás pensando que la abuela Asunción le metía los cuernos a su marido, el abuelo Lázaro.
«Hombre, es lo que parece, ¿no?»
Pues te has colado una vez más “Subconsciente”. El abuelo hacía unos años que ya había fallecido, dejando viuda a la abuela y con cuatro niñas a su cargo.
«¡Lo siento!, te pido disculpas».
¡Las acepto!, y ahora déjame continuar… No me enteré de lo que significaba “pies en polvorosa”, pero no me atreví a interrumpir a mi madre, pero eso de un “amigo especial” era demasiado para mi curiosidad:
—¿Y por qué era “especial” el amigo de la abuela?
—¡Coño como preguntas! ¡Era su amante! El abuelo había muerto y alguien tendría que ayudar un poco a la familia… —¡Al grano y sin vaselina!, así me lo aclaró. Continué profundizando y quise saber de qué trabajaba el “amigo”, a lo que me contestó—: Era un capitán de la FAI; para que lo entiendas, un mandamás anarquista (F.A.I. - Federación Anarquista Internacional) que había confiscado un gran coche y que antes, había pertenecido a un banquero que había salido huyendo. ¡Y sí, en él viajamos hasta Valencia! El miliciano anarquista ya no regresó a Madrid, se quedó al mando de una de las “Checas” de Valencia.
Años más tarde, ya de mayor, averigüé que coño eran eso de “las Checas”, y no, no se refiere a unas mujeres oriundas de “Chequia” (antes parte de Checoslovaquia). Las “Checas” fueron el nombre que adoptaron, imitando a sus homólogas soviéticas creadas ya años atrás por Lenin; las variopintas instalaciones donde se interrogaban y torturaban, a aquellas personas de creencias religiosas o consideradas como de “derechas”. Ocuparon, desde anteriores conventos desalojados, hasta instalaciones gubernamentales. Durante la “Guerra Civil”, la República las utilizó en la retaguardia y en todo el territorio de España que estaba a su mando. Estuvieron al principio a cargo del “Departamento Especial de Información del Estado” (DEDIDE); y más tarde en agosto de 1937, pasaron a depender del “Servicio de Información Militar” (S.I.M.) creado por “Indalecio Prieto”, ministro del gobierno de la República.
Desde ellas y desde las cárceles, se realizaron las temidas ‘sacas’, en las que los milicianos extraían y conducían a los presos detenidos; hacía descampados o improvisados “paredones” fuera de los recintos carcelarios, y en ellos los mataban. Esta práctica también la realizaron durante la “Guerra Civil” y en los primeros años del “Franquismo”, los del bando nacional, conocidos como “paseíllos”.
…Más en aquel año, desconocedor de todo esto, no le hice mucho caso a lo del nuevo trabajo del amigo “especial” de la abuela, al mando de una “Checa”, no entendía “ni un pijo” que era. Pero lo que si entendía era que difícilmente cabrían tantos pasajeros y sus maletas en el coche del anarquista de la FAI:
—¿Y todos “cabisteis” (cupisteis) en ese coche?
—¡Pues sí, todos nos metimos dentro! ¡Mis tres hermanas!, ya sabes, tus tías, tu abuela Asunción y yo, ¡tu madre!
—¿Y el “amigo especial”? —pregunté, bien cierto es que era un “tocaeggs”:
—¡Mira que eres retorcido!, él era quien conducía. ¡Y por hoy ya basta!... ¡Vayamos de una puta vez al siguiente!, que nos está esperando Don Juan, el “Cogito”, se pensará que ya no vamos.
Don Juan, era un señor muy agradable y con una paciencia de santo; vivía en frente de nuestra casa, unos metros más hacia el final de la calle. Y hacia allí nos dirigimos, pero ahora, tocaba cantar una de esas canciones “rancias” que a mi madre le encantaban; en este día fue “Échale guindas al pavo”.
Una canción que mi madre había escuchado a “Imperio Argentina”, cuando vio su última película en Madrid. Y eso fue antes de marchar hacia Valencia y unos meses antes de empezar la Guerra Civil, más tarde averigüé que el título de la película era “Morena Clara”.
Un filme dirigido por Florián Rey y protagonizada por la susodicha “Imperio Argentina”, la letra, aunque a mí solo me quedó memorizada la primera estrofa, decía así:
♪ ♫ ♫ ♪ Huyendo de los civiles
Un gitano del perchel
Sin cálculo y sin combina
¡Que dónde vino a caer!
En un corral de gallinas
¿Y qué es lo que allí encontró?
Pues una pavita fina
Que a un pavo le hacía el amor…
Y CONTINÚA ♪ ♫ ♪ ♫
ACABANDO…♪ ♫
Que yo le echaré a la pava
Azúcar, canela y clavo. ♪♪ ♫
Autores: Ramón Perelló y Ródenas, Juan Mostazo y Sixto Cantabrana.
La historia que narra la canción, que trata sobre la picaresca de unos gitanos del “Barrio Perchel” de Málaga, me hacía gracia; esto de robar unos pavos y el guardia civil, era también muy típico de aquella época. No había cambiado tanto del 36 al 61.
Pues así escuchando la canción cantada por mi madre, en nada de tiempo llegamos a casa del “Cojito”, su mujer nos aguardaba en la puerta.
—¡Hola Antoñita, te estábamos esperando!
—¡Pues voy bien de hora!
—¡Ya lo sé!, es que mi marido tiene ganas de irse a la cama, no se encuentra muy bien. Ha tenido un día muy ajetreado.
—¡Nada, pues le ponemos la inyección enseguida!
Rápidamente entramos, en este caso, la jeringuilla y la aguja ya habían sido esterilizadas en una ollita con agua hirviendo por parte de la esposa.
Mientras mi madre se preparaba, yo me quede sorprendido por algo que había en la salita de entrada a la casa.
—¿Aurora, este traje es de su marido? —le pregunté sin ningún reparo.
—¡Sí, es su traje de gala! —Refiriéndonos ambos a un traje de militar que estaba colocado en un “galán de noche”, una especie de maniquí “esmirriado” y sin cabeza hecho de madera, que se utilizaba para colgar la ropa.
—¿Y todas estas medallas son suyas? —El famoso “Y” que no le falte a un niño…
—¡Desde luego, todas las ganó Don Juan!
—¿Y qué las ganó, en una partida de cartas? —fue una pregunta hecha con mala leche, no sé porque la hice en este tono; supongo que fue por la influencia inconsciente de lo que le había sucedido a mi abuelo. Que estuvo en el bando contrario durante la guerra.
—¡Niño no seas impertinente! —exclamó mi madre llamándome al orden.
—¡No!, ¡déjalo Antoñita, que sabrá él de todo esto! —dijo la esposa, intentándome disculpar por mi pregunta fuera de lugar.
Entonces desde dentro del cuarto se oyó una voz ronca. El “Cogito” me había oído.
—¡Ven para acá, bribón! —la que me esperaba, pensé.
—No tengas miedo, es la manera de hablar de Don Juan, puedes entrar en el cuarto.
Lo hice, pero con temor. En el interior y sobre la cama estaba Don Juan, un hombre bastante delgado y por cierto muy arrugado de piel.
—¡Mira hijo! Estas medallas me las dieron por mi valor en la “Batalla del Duero”.
—¿Y fue allí donde le quitaron la pierna? —continué siendo impertinente.
—¡Si, allí fue!, me dieron en ella con un trozo de metralla y, al poco tiempo se me gangrenó la pierna, y me la tuvieron que amputar.
—¡Coño que daño, Don Juan! —expresé lo que sentí, dolor en la mía propia— ¿Y cómo lo hace para caminar? —le pregunté curioso por saberlo, me interesaba conocer el truco que él utilizaba para que con las muletas tuviera tanta agilidad.
—Al principio te cuesta bastante, pero el ser humano se acostumbra a todo y se adapta, las muletas y el carrito me ayudan bastante. —me aclaró el militar que no había nada mágico, todo era cuestión de la voluntad de uno mismo por querer hacerlo, era un hombre muy correcto.
—¡Venga hijo deja de interrogar y sal de la habitación!, que le vamos a poner una banderilla a Don Juan. —me indicó mi madre.
Lo hice y me fui pensativo a observar de cerca las medallas del militar. Intenté imaginarme que méritos hizo para que le dieran cada una de ellas, pero me perdí.
Años después, supe que “La Batalla del Ebro” fue una batalla librada durante la Guerra Civil, que se desarrolló durante los meses de julio a noviembre de 1938. Y en la que más combatientes participaron, la más larga y una de las más sangrientas de toda la guerra (20.000 muertos y más de 70.000 heridos entre ambos bandos). Además de una de las más largas (114 días de enfrentamientos) de la contienda.
Tuvo lugar en el cauce bajo del valle del Ebro, entre la zona occidental de la provincia de Tarragona y en la zona oriental de la provincia de Zaragoza.
…Terminada la faena y cobrada, no sé cuánto, pero pagaron más de la “voluntad” habitual. Nos dirigimos hacia la salida, de nuevo nos acompañó la esposa y yo no puede resistir aclarar algo:
—Aurora, ¿Por qué dice Don Juan, cuando se refiere a su marido estando presente?
—¡Ay “Chato”!, ahora es Don Juan, pero hasta hace pocos años le tenía que decir “mi Coronel”, son manías del ejército y, si con ello le doy algo de gusto, ¡pues bien!
—¡Pero qué impertinente eres, no pareces hijo mío! —de nuevo mi madre me llamó al orden, la conocía y lo más probable era que cuando saliéramos de la casa me diera un coscorrón por maleducado.
—¡Que va Antoñita, el niño es curioso y nada más!
Pues eso, con mi curiosidad satisfecha, nos dirigimos a nuestra casa, ¡que ya era una buena hora para la merienda vespertina!, por hoy ya eran suficientes las visitas.
…Yo de todo esto del acompañamiento, saqué una fobia a las inyecciones que me dura hasta en la actualidad; si no veo a quien me clava la aguja, la tarea de pincharme se vuelve muy difícil. Es prácticamente imposible ponérmela en el culo.
Mi madre siguió poniendo inyecciones hasta que nos mudamos de barrio, se granjeó el cariño de muchas personas y solo recuerdo un caso de una paciente insatisfecha.
Ocurrió así: resultó que una “clienta pot esser” (puede ser), que acudió a nuestra casa a ponerse su inyección, cuando ya la tenía puesta, le dio un “manotazo” a la jeringa. Rompiéndose la aguja y con tan mala leche que un trozo le quedó dentro de la nalga, para extraerla tuvo que acudir a la clínica. Durante los siguientes días, la desagradecida clienta vino cada día por casa, amenazando con denunciarla si no le pagaba una cantidad de dinero. Al final mi madre le dio “la pasta”, aunque no se cuanta, para que desapareciera. Esto le afectó de tal manera, que estuvo muchos meses sin volver a “pinchar” ningún culo del barrio. Pero a base de insistir, los mal acostumbrados pacientes, lograron que mi progenitora de nuevo volviera al “tajo”.
También hubo otra paciente muy especial, que nos traía de culo a todos, nunca mejor dicho. Se llamaba Coloma (Paloma), eran una madre que venía ayudada por su hija, conocida en el barrio como “La Nineta” (“Niñita”), a la que «le faltaba un hervor». No estaban muy acostumbradas a las maneras del barrio, pues eran de pueblo y no lo disimulaban. Estaban abonadas cada día para la puesta de la inyección de marras, por suerte menos los sábados y domingos que, al pasarlos en su pueblo, allí se las ponía otro “banderillero”.
Sobre las siete de la tarde, sonaban unos golpes que daba la vieja Coloma, en la pared de la escalera y desde abajo, los hacía como entonando una canción:
—¡TOC TOTOTOTOCCO TOCTOC! (¡Niños queridos…! ¡Adiós!). —la misma que tocaba mi padre cuando acudía a casa de los abuelos, se ve que estaba de moda.
Era el aviso para que mi madre o alguien, bajáramos a ayudarla a subir, pues con “La Nineta” de los cojones no era suficiente.
El que estuviera a mano bajaba, y les ayudaba a subir la empinada escalera de nuestra casa. Mi madre le ponía la inyección y, la vieja se marchaba a “tomar viento”.
—Ya querría yo que hubiera en el pueblo una como tú, tienes unas manos de santa, ¡fieta meva! —otra más que trataba de santa a Antoñita, mi mamá.
Recuerdo que un buen día dejó de venir, resulta que la vieja había enfermado y las dos mujeres habían regresado a vivir al pueblo. No supimos más de ellas hasta pasado un año, cuando apareció por casa “La Nineta” acompañada de su novio. Sí; la que parecía que no estaba por esa labor del cortejo, había encontrado su “media naranja”. ¡Y más sorpresas!, vinieron a anunciar su próxima boda; faltaba la vieja, que hacía unos meses se había ido a tocar el ¡TOC TOTOTOTOCCO!, a San Pedro.
…Y como ya he comentado antes, mi madre tenía dos empleos, o sea, lo conocido como pluriempleo. Y no lo hacía por capricho, era pura necesidad… Su otro curro era el de costurera, y con estos dos trabajos conseguía aportar dinero al fondo familiar. Que como para la mayoría de las familias nunca era suficiente.
Cosió con las diferentes máquinas que fueron desfilando por casa, desde la que iba a pedal, hasta la eléctrica; con las que confeccionaba todo tipo de prendas: pantalones, camisas, chaquetas, etc. Además, también hacía cortinas y manteles. Pero el beneficio real vino, cuando fue contratada para hacer de manera regular remiendos o ajustes de ropas. Su patrono era unos grandes almacenes de la ciudad; dos veces por semana, un hombre con una furgoneta le traía nuevos encargos y recogía los realizados. Otro hombre también venía cada semana y le traía un sobre con dinero, como pasó días más tarde estando la “tropa” en el salón, sonó el timbre:
—¡DING, DONG! —¡Isa ve a abrir, que es el Sr. Miralles!
Era la única visita que esperaba esta tarde mi madre, y dio por hecho que era él. Mi hermana acudió a la puerta e inmediatamente la abrió…:
—¡Pase Sr. Miralles, mi madre le está esperando!
El hombre sin pronunciar palabra entró en la casa y siguió a mi hermana, que lo condujo hasta el comedor. Era un sujeto poco hablador, más bien un maleducado.
—¡Hola Sr. Miralles!, ¿le firmo el recibo?
—¡Sí Antoñita, aquí tiene su dinero!, está como siempre dentro del sobre y este es el recibo donde debe firmar. —Sin mirar lo que estaba escrito en el recibo y sin contar el dinero del sobre, mi madre firmó el documento; pese a ser un dinero que se le pagaba por su trabajo, nuestra necesidad de éste, le hacía comportarse como si la empresa le hicieran un favor pagándole por sus manufacturas de las prendas.
—¡Bueno Antoñita, hasta la semana que viene!
—¡Esperemos Sr. Miralles! —al tiempo que lo acompañó hacia la puerta.
Ya marchado el pagador, mi madre abrió el sobre, sacó el dinero y ahora sí lo contó:
—Ciento cincuenta y dos pesetas, ¡a este dinero ni tocarlo!, con esto pagamos la letra de este mes de la máquina. —Se refería a la última adquisición, su nueva máquina de coser, además ésta era eléctrica y hasta hacía bordados.
Así funcionaba este sector “industrial”, ¡y gracias!, pues muchas familias subsistían con estos ingresos; que la mayoría de las empresas no declaraba y no cotizaba.
FIN DEL CAPÍTULO 4º ■
Pertenece a la Novela Biográfica "Querido Chato"
Escrita por Antonio G. Noguera
“El Cantar de mio Cid”
...Es el poema épico castellano más antiguo que se conserva. Basado en una historia real, nos narra las hazañas del héroe castellano “Rodrigo Díaz de Vivar”, conocido como El Cid; y se desarrolla durante el siglo XI, época de guerras en la Península Ibérica entre el Reino de Castilla y diversos principados taifas de Al-Andalus.
Está considerada una epopeya nacional de España. La obra se conserva en un manuscrito medieval que ahora se encuentra en la Biblioteca Nacional de España. [↑]
La historia comienza con el exilio de El Cid, cuyos enemigos lo habían acusado injustamente de robar dinero al rey Alfonso VI de Castilla y León, lo que le lleva a su exilio. Para recuperar su honor participa en las batallas contra los ejércitos moros y conquista Valencia. Gracias a estos actos heroicos, recupera la confianza del rey y su honor es restaurado. El rey casa personalmente a las hijas del Cid con los infantes (príncipes) de Carrión. Más, cuando los príncipes son humillados por los hombres del Cid por su cobardía, los infantes juran venganza. Golpean a sus nuevas esposas y las dan por muertas.
Cuando El Cid se entera de esto, suplica justicia al rey. Los infantes se ven obligados a devolver la dote del Cid y son derrotados en duelo, despojándolos de todo honor. Las dos hijas del Cid luego se vuelven a casar con los príncipes herederos de Navarra y Aragón.
“El Poema de mio Cid” (también conocido así), a diferencia de otras epopeyas medievales europeas, está escrito en un tono realista, no hay magia, incluso la aparición del arcángel Gabriel (ocurre en los versículos 404 - 410) sucede en un sueño. Sin embargo, también se aleja de la verdad histórica: por ejemplo, no se menciona a su hijo, sus hijas no se llamaron Elvira y Sol y no llegaron a ser reinas.
Consta de más de 3.700 versos, normalmente de 14 a 16 sílabas, cada uno, con una cesura entre los hemistiquios. La rima es asonante. ■
Un complemento del autor de la novela “Querido Chato” para Queseenteren.
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