“Los Amantes de Teruel”, una leyenda oriunda de España con proyección internacional, sus orígenes son de 1217 y lo acontecido sucedió en la ciudad homónima de Aragón

Fotografía del Mausoleo de los amantes, inaugurado en Septiembre del año 2005. Diseñado por Alejandro Cañada que se encuentra situado a los pies de la Iglesia de San Pedro (Teruel).
Las esculturas representan a los amantes, Don Diego de Marcilla y Doña Isabel de Segura; y fueron esculpidas en alabastro por Juan de Ávalos y Taborda, quien agregó a las mismas símbolos
relacionados con ellos:
Como por ejemplo, a los pies de Don Diego vemos dos leones de bronce simbolizando el valor y fuerza, a los pies de Doña Isabel tenemos dos ángeles de bronce simbolizando la pureza, fidelidad y obediencia.
Don Diego tiene los pies tapados con la
mortaja que Isabel retira para darle el beso que le había negado, y las manos de ambos están tendidas una sobre la otra sin llegar a tocarse simbolizando el amor imposible.
PROCEDENCIA Y AGRADECIMIENTO:
Estas fotografías y explicación, proceden de la web de Turismo del Ayuntamiento de Teruel (www.teruelenlared.com) ¡Muchas gracias!
Orígenes de la Historia
«La leyenda de los Amantes de Teruel» narra la historia de dos jóvenes, don Diego de Marcilla y Doña Isabel de Segura.
El primero de ellos, procedía de la casa de los Marcilla, familia respetada y, trabajadora y humilde.
Y nuestra querida dama, provenía de la casa de los Segura, familia adinerada y con un buen estatus social.
Nuestros queridos protagonistas se conocían desde la juventud, pues vivían muy cerca y jugaban juntos, y pronto el amor comenzó a aflorar entre ellos.
El único problema residía en la diferencia de estatus social, algo que a los ojos de los padres de Isabel parecía un problema.
Cuando ambos crecieron, su amor creció con ellos y ante la imposibilidad de estar juntos, debido a sus diferencias sociales. Diego decidió partir a la guerra en busca de fortuna y gloria que, le permitieran ganarse el estatus social necesario para estar con Isabel, y le pidió a su amada que le esperase durante cinco años.
Isabel se mantuvo firme a su promesa de esperar esos años, pese a la insistencia por parte de sus padres de que, contrajera matrimonio con Don Pedro Fernández de Azagra, un pretendiente más del gusto del padre.
Quien cuando ya estaban apunto de cumplirse los 5 años, comenzó a hacer correr el rumor por la ciudad de que Diego había fallecido en la guerra, en una de las batallas en la que participó en aquellos años inmersos en la “Reconquista”.
Noticia que derrumbó la moral de Isabel, quien finalmente, cedió y accedió a casarse con Don Pedro el mismo día que se cumplían los 5 años...
Fuertemente arraigada en nuestra cultura popular y multiples veces versionada
Mucho se ha escrito sobre esta leyenda, que recordemos se le atribuye al año de 1217 la fecha de los acontecimientos que dieron lugar a ella.
La primera, por proximidad cronológica, sería la del escritor y humanista italiano; y uno de los padres, de la literatura en italiano, Giovanni Boccaccio. Que cuenta esta historia en su libro el “Decamerón”, escrito entre 1351 y 1353.
En concreto en el capítulo dedicado al “Cuarto día”, y dentro de éste, la “Novella 8ª; dando a los personajes los nombres de “Girolamo” y la “Salvestra”.
Con la sinopsis del autor de este capítulo se ve la fuente: «Girólamo ama a Salvestra; empujado por los ruegos de su madre va a París. Vuelve y la encuentra casada; entra a escondidas en su casa y se queda muerto a su lado. Y llevado a una iglesia, "Salvestra" muere a su lado».
Más, hay quienes piensan al revés, que la fuente de esta leyenda es la escrita por Boccaccio y que en verdad la versión contada y nacida en Aragon, es una versión de ella contada por los trovadores de la época.
Hay lo dejamos, si bien parece poco probable, que los habitantes de una ciudad como Teruel, poco poblada y en gran parte aislada, pudiera casi doscientos años después, “enraizar” esta leyenda como suya sin serlo...
Sigamos... Muchos son los autores que han “bebido” de esta leyenda y han hecho su versión: Antonio Serón, Juan Pérez de Montalbán, Andrés Rey de Artieda, Tirso de Molina, Tomás Bretón, Juan Eugenio Hartzenbusch, Mariano Miguel de Val y otros.
Algunos versionando los hechos y otros plasmándolos en una obra de teatro completa.
Que por cierto, aparte de otros lugares, anualmente se celebra en la ciudad aragonesa de Teruel, el fin de semana que coincide con el tercer viernes de febrero, fecha cercana al día de San Valentín.
La fiesta conocida como “Las Bodas de Isabel de Segura”, que dura de jueves a domingo, y recrea de forma teatralizada por parte de actores amateurs, la historia de los “Amantes de Teruel”, escenificando más de 60 actos en las calles. (En la foto anterior, vemos la escena de la boda de Isabel con Pedro de Azagra en una representación de 2017) ↑
En nuestro caso, para este artículo, hemos optado por reproducir literalmente, algún fallo ortográfico incluido, como las comillas; un “PLIEGO DE CORDEL” (Son unos cuadernillos impresos, pero sin encuadernar, para abaratar costos; que se exhibían para su venta en tendederos de cuerdas, cual si fuera ropa tendida). editado en el primer decalustro del siglo XIX por la Imprenta “El Abanico”, de la calle Hospital, 19 de Barcelona. Que también nos servirá para conocer la leyenda y, de que manera le llegó a la ciudadanía menos “cultivada” de entonces. Las normas gramaticales son las vigentes en aquellos años, como la “á” acentuada, entre otras...
ELENCO DE LOS PERSONAJES DE LA LEYENDA:
Isabel de Segura:
Protagonista femenina, noble turolense que promete esperar a Diego durante cinco años.
Juan Diego de Marcilla:
Protagonista masculino, que parte a la guerra para conseguir fortuna y poder casarse con Isabel.
Don Pedro de Segura:
Padre de Isabel, quien rechaza inicialmente a Diego por su falta de dinero.
Don Rodrigo de Azagra / El Pretendiente:
Noble con el que Isabel es forzada a casarse al cumplirse el plazo de cinco años.
PRIMERA PARTE
La amistad más franca y pura
unía con maravilla
á D. Martín de Marcilla
y á D. Pedro de Segura.
De iguales inclinaciones
en sus afectos sinceros,
igual lustre en los blasones
y en fin buenos caballeros.
Tenían ambos á dos
por sola y única ley
amar y servir á Dios,
su honor, su patria y su rey.
Uno á otro se servían
con el cariño más fiel,
y muy vecinos vivían
en la ciudad de Teruel
El de Marcilla adoraba
á su hijo llamado Diego,
quien desde niño mostraba
en sus miradas de fuego,
en su honrado proceder,
en su porte y gentileza,
que ejemplo podría ser
de la española nobleza;
y D. Pedro de Segura
amaba con alma y vida
á Isabel su hija querida,
flor de amor y de ternura
inocente, cariñosa,
de muy gentil apostura,
de celestial hermosura
y tan pura como hermosa.
Criados estos dos niños
casi juntos, se adoraban
y entre ellos se prodigaban
mil infantiles cariños,
y como en aquella edad
primera de la existencia
forman amor é inocencia
toda la felicidad,
los dos niños la pasaron
en muy apacible calma
en esa hermandad del alma
que ellos mismos se crearon.
Y así felices vivían
y de su afecto gozaban
y entre flores se dormían
y entre flores despertaban.
Así su infancia pasó,
y en la edad de las pasiones
en sus tiernos corazones
el más puro amor nació.
Diego sintió el alma arder
en el fuego del amor,
sufría cierto dolor
muy parecido al placer,
que entre piadoso y cruel
le daba vida y mataba...
era amor y el no acertaba
á decir: te amo, Isabel.
También en dulce querella
de amor Isabel gemía;
también su fuego sentía
la enamorada doncella,
que en ambos el mismo afán
encendió llama amorosa;
que era Isabel tan hermosa
como don Diego galán.
Un día que estaba Diego
conversando con su amada
sintiendo el alma abrasada
en el amoroso fuego;
ante ella puesto de hinojos,
la mano en el corazón,
y alzando a l cielo los ojos
la declaró su pasión:
juróle que su hermosura
movía en su pecho guerra:
y era la sola ventura
que ambicionaba en la tierra,
y que la amaba de suerte
que estaba y a decidido;
que entre la muerte ó su olvido
preferiría la muerte.
¡Con cuán turbada atención
la bella en aquel instante
con qué gozo de su amante
escuchó la confesión!
Al punto le alzó del suelo
y descubrió sin rebozo
al enamorado mozo
el secreto de su anhelo.
Ambos se participaron
sus recíprocos temores,
y de los llantos de amores
y de sus goces hablaron.
Despidiese de la hermosa
don Diego con alegría
de esperar al nuevo día
y pedirla por esposa.
¡Cuan aliviados sus pechos
aquella noche no hallaron!
Ambos á dos la pasaron
desvelados en su lecho.
Ella no llamaba al sueño,
que tenía el pensamiento
en la imagen, el acento
y en el brío de su dueño.
Y el sueño esquivaba él
libre de amantes enojos,
fijos del alma los ojos
en los ojos de Isabel.
Madrugó Diego la aurora,
mas no madrugó por verla,
que ansía sólo ver la bella
que su corazón adora;
y sin perder ocasión
se encaminó á la morada
de los padres de su amada,
y con cortés atención
pidiéndola por esposa
el enamorado Diego,
con la elocuencia del fuego
de su pasión amorosa,
fuerte pasión aunque honesta,
con admiración no poca
halló en la paterna boca
tan no esperada respuesta:
«Diego, eres noble y honrado
y te aprecio mucho, Diego,
pero que mires te ruego
que es asunto delicado
el que te trajo á mi casa,
y ya tu sabes también
que es de importancia no escasa
y debe tratarse bien.
No dudo de tu virtud
ni pongo duda á tu amor;
esta es la más grata flor
que nos da la juventud;
mas tu que no eres niño
de sobra has de comprender
que no basta á una mujer
virtud, nobleza y cariño;
y á tu demanda importuna
la respuesta encontrarás
si vuelves la vista atrás
y calculas tu fortuna;
y pués te sobra nobleza
conoce, aunque yo te aflija,
si puedo á mi hermosa hija
arrojar á la pobreza...
No, Diego, no puede ser:
te lo digo en conclusión,
y advierte que en esta acción
¡sólo cumplo mi deber!
Diego á la calle se lanza
con el alma dolorida,
llorando al ver convertida
en dolor toda su esperanza,
y maldiciendo su suerte
y su fortuna precaria,
llamaba á voces la muerte,
sorda á su triste plegaria,
pero su llanto pueril
atajó y en grave calma
llamó el esfuerzo del alma
á su pecho varonil,
y exclamó: ¡Vanos lamentos!
¿Yo juguete de un acaso
seré? No, cierran el paso
á mis honrados intentos,
dan al orgullo tributo
con egoísmo cruel:
cubren de dolor y luto
mi vida y la de Isabel:
mas pues la fortuna avara
me arrebata el bien que adoro
pues sólo me falta el oro
para arrojar á la cara
del que burla mi esperanza,
no me faltarán tesoros.
Mi patria oprimen los moros,
yo sabré enristrar la lanza...
Cubra mi cuerpo la tierra
si muero en la guerra cruel;
si vivo y triunfo, Isabel
será mi esposa: ¡á la guerra!
Así dijo: y esperando
á que oscureciese el día,
ocultando su agonía
y su dolor ocultando,
el alma llena de hiél,
fuése silencioso al fin
á la casa de Isabel,
que aguardaba en el jardín.
En sus latidos violentos
habló el corazón por ellos
y renovaron aquellos
amorosos juramentos.
Deploraron la injusticia
de los hados inclementes
aquellas dos inocentes
víctimas de la avaricia
y en efecto ¿qué mayor
bien ni riqueza querían
cuando en su pecho tenían
tantos tesoros de amor?
Marcilla, del corazón
detuvo el latir violento,
y á Isabel en un momento
contó su resolución.
Trazó con vivos colores
la esperanza que alentaba
y de como él esperaba
ganar trofeos y honores;
que se mantendría fiel
y sufriría con paciencia
los dolores de la ausencia
siendo amado de Isabel.
«iCinco años (dijo) y concluyo
con todo, tú lo verás,
cinco años y tú serás
feliz, pues yo seré tuyo.»
Isabel aunque afligida
quedó un poco consolada
y aquella voz tan querida
escuchaba embelesada.
Convino con Diego en todo,
y en medio de su quebranto,
entre suspiros y llanto
juró que de ningún modo
se entregaría á otros brazos,
ni su amor desconociera
aunque su padre la hiciera
el corazón á pedazos:
que desafiaba su suerte
y esperaría en paciencia
más amorosa en la ausencia
y en la desgracia más fuerte.
«Y en la misma sepultura,
(dijo) fiel me encontrarás
y aun amorosa verás
á tu Isabel de Segura.»
A la mañana siguiente,
devorando sus enojos,
rojos de llanto los ojos,
llena de arrugas la frente,
en marcha precipitada
Diego de casa salió,
y sus pasos dirigió
á la casa de su amada.
Hizo á D. Pedro llamar
y retirándose aparte
al grave anciano dió parte
del proyecto singular.
«Señor (dijo) me despido:
salgo, señor de mi tierra,
voy á lanzarme en la guerra,
cinco años de tiempo os pido.
Isabel me ama; los dos
respetamos vuestra ley
yo voy á servir al rey
por volver digno de vos.
Si venciendo á los infieles
lleno de insignias mi pecho
mis arcas ganan provecho
y ciño heróicos laureles,
espero que no os afija
verme volver de repente
y dar á un rico valiente
la mano de vuestra hija.»
Don Pedro le contestó
que su palabra empeñaba
y el compromiso aceptaba,
y Diego se despidió.
(por ser avaro cruel)
decía: «Nunca Isabel
querré que alague su amor;
todo con tiempo se olvida;
Isabel le olvidará
y después se casará
con quién yo le mande ó pida.»
Diego en tanto desolado
y deseando batirse
corrió al punto á despedirse
de su buen padre adorado.
Encerróse en su escritorio
y jurando serle fiel
escribió un largo billete
á su querida Isabel.
Luego á su padre abrazó
que era del honor espejo...
¡Oh cuánto honrado consejo!
¡Cuántos abrazos le dió!
También lloraba él galán
por su padre y por sus lares,
mas apretó los ijares
de su gallardo alazán.
Armóse de su valor,
la rienda al caballo dio
y de su patria salió
para conquistar su amor.
El ínclito Diego parte
y el lector que ver quisiera
la fortuna que le espera,
lea la segunda parte.
FIN
(Es propiedad)
Imps. Hospital, 19 «El Abanico»
SEGUNDA PARTE
En un soberbio alazano
que el huracán desafía,
cabalga con bizarría
un guerrero castellano.
No se detiene un momento
en su impetuosa carrera
que el caballero quisiera
volar con el pensamiento.
A Castilla se encamina
donde una hueste aguerrida
por el rey mismo escogida
está á formarse vecina.
Pronto á regar el laurel
con la sangre de sus venas
parte á lidiar como fiel
contra huestes sarracenas.
La nobleza que más brilla
ya se encuentra á la sazón
con los reyes de Castilla,
de Navarra y Aragón.
Encuéntrame con los tales
los caballeros templarios
de Montpeller y otros varios,
todos en valor iguales.
Y el que sin paz ni sosiego
hace minutos las leguas,
sin dar á su escape treguas:
es el amoroso Diego.
Que carcome su memoria
de su desgracia la idea
y va á buscar muerte ó gloria
en la sangrienta pelea.
Porque un recuerdo cruel
hacia el combate le llama,
que ha de comprar con su fama
el cariño de Isabel.
Su nombre paso le ha hecho;
y al punto le han admitido:
con la roja cruz al pecho
está á luchar prevenido.
Esperaba el paladín
mostrar pronto la pujanza
de su brazo y de su lanza;
cuando el guerrero clarín
rasgando los aires vanos;
retumba en los hondos senos
llamando á todos los buenos
á luchar como cristianos.
El pecho de Diego late
y se arroja denodado
donde más encarnizado
espera hallar el combate.
Y en los peligros se place
y sin temer mil aceros,
abre, atraviesa y deshace
una nube de guerreros.
Si alguna vez la fortuna
en su inconstante tarea,
lo mejor en la pelea
concede á la media luna;
de su valor hace alarde,
renueva el vigor perdido
y deja roto y vencido
al cerraceno cobarde,
y convierten sus valientes
el belicoso escuadrón
en asqueroso montón
de cadáveres sangrientos.
El conde de Haro que estaba
al frente de los cruzados
vió los triunfos señalados
que el Marcilla alcanzaba;
y para recompensarlos
cuando la acción terminó,
al nombramiento le dió
de capitán de Caballeros;
y admirándole tan bravo,
de tal denuedo y pericia,
lo hizo llegar á noticia
del rey D. Alfonso octavo.
Al salir de los horrores
de cada lucha en que entraba,
el buen Diego se entregaba
á sus recuerdos de amores.
Para alentar la esperanza
de la que ansiosa le espera
la noticia sin tardanza
su futura lisonjera.
¡Mas en cuán fatal engaño
confía su corazón!
la más infame traición
fraguando están en su daño.
Porque el padre de su amada
con la edad se hizo avariento,
y para lograr su intento
le falta á la fé jurada.
Las cartas del buen amante
llegan todas á Teruel;
mas el padre de Isabel
las intercepta al instante;
porque ha formado el concierto,
aunque en el alma se aflija,
su buena y Cándida hija,
de dar á Diego por muerto.
Así lo hizo en efecto
en su; ambiciosa impiedad
para lograr su proyecto
con toda felicidad.
En tanto pasaban días...
Isabel, muy afligida,
se encontraba sumergida
en negras melancolías.
Ya había pasado un año
y ella en lágrimas deshecha
no se atreve á la sospecha
de que en Diego quepa engaño,
pero tal incertidumbre
en duda su amor atiza,
y una cruel pesadumbre
su corazón martiriza.
Don Pedro con entereza
tuvo un día el ardimiento
de ofrecerle en casamiento
un joven de gran riqueza;
diciéndole que el callar
de su amante, suponía,
que muerto en la guerra habría.
Mas ella sin vacilar,
contestó: «Padre y señor,
si muerto á Diego creeis
no hallo justo que aumentéis
mi dolor con más dolor;
tal vez en prisión cruel
sufre solo y desvalido,
por el amor que ha tenido
á su querida Isabel!
Tal vez ¡ay Dios! haya muerto
por mi! por mi!... desdichada
y queréis que preparada
al importuno concierto
de mis bodas esté yo?
yo he de hacer tan fea acción?
pensáis que mi corazón
es de bronce, padre? no!
Cinco años de plazo tiene,
en memoria lo tened,
si en cinco años no viene
lo que más os guste haced
Entonces yo rogaré
por el de Marcilla á Dios;
por complaceros á vos
entonces me casaré.
Pretende Azagra mi mano,
á Azagra me proponéis,
que le aprecio ya sabéis
como á noble castellano.
Si ¡ay Dios! si la muerte airada
me roba mi bien querido,
triste de mí? resignada,
lo aceptaré por marido.
Mas si amante, señor,
vuelve y su amor me consagra,
tened piedad de mi amor
y no me habléis más de Azagra.»
Don Pedro vió su aflicción
y se retiró al momento
aguardando otra ocasión
de poder lograr su intento.
Entre tanto el pobre amante
por Isabel peleaba,
por Isabel alcanzaba
el renombre de valiente.
Ay! de qué te sirve Diego,
tu valor y tu honradez
si tu obra destruye luego
la ambición de la vejez?
Si el premio de tus arrojos
participas á Isabel,
que vale si un padre cruel
lo ha de ocultar á sus ojos?
Don Pedro continuaba
en su ambiciosa manía;
cuantas cartas escribía
Diego, las ocultaba,
y proponía de nuevo
á Isabel el casamiento.
La joven se resistió
su juramento alegando,
mas iba el tiempo pasando
y en el plazo llegó.
D. Pedro que ya tomadas
tiene sus medidas todas,
hizo celebrar las bodas
tanto tiempo deseadas.
De alegre música al son
Isabel llegó al altar,
envuelto su corazón
en el luto y el pesar;
y contristada y llorosa
dió su temblorosa mano
á Azagra que muy ufano
la recibió por esposa.
Con tan plausible ocasión
dió Azagra un baile suntuoso
dó asistió lo más gracioso
y más noble de Aragón.
Pero llegado el momento
de despedir á la gente,
Isabel humildemente
y casi falta de aliento
le dice al marido así:
«Ya mi mano os entregué,
seros fiel os prometí,
y hasta morir lo seré:
mas os ruego que por hoy
vuestros goces suspendáis,
Azagra, si es que me amáis,
porque muy postrada estoy:
permitidme dedicar
esta noche á la oración
para que mi corazón
venga Dios á confortar.»
Azagra condescendió,
é Isabel se fué á orar
á la virgen, y á llorar,
y Azagra se recogió.
Diego volvió de la guerra
al quinto año, al mismo día
como prometido habla
al marcharse de su tierra.
Cuando sus padres le vieron
tiernamente le abrazaron,
pues muchos días pasaron
que por muerto le tuvieron.
Como D. Diego observara
en ellos cierto pesar
quiso al momento apear
lo que aquello motivara;
y cuando el padre le dijo
que Isabel casada estaba,
con tal noticia pensaba
haber perdido á su hijo.
Como si un rayo le hiriera
quedóse petrificado,
aturdido, anonadado
porque nunca tal creyera.
Vuelto en sí de su estupor
lloró tan amargamente
que al verle tan solamente
causaba terrible horror.
Por fin un tanto calmado
en apariencia el dolor,
pide al padre por favor
estar solo y retirado;
y apenas condescendió
D. Martín del hijo al ruego,
cuando á la calle D. Diego
al instante se largó.
Corre de Azagra á la casa
más que centella veloz,
llevando un volcán atroz
en el pecho que le abrasa;
y sin que nadie le viera
se cuela precipitado
de mil ansias acusado
á do amor le condujera.
En un cuarto donde brilla
trémula lúz de una vela,
de puntilla y con cautela
se introduce el de Marcilla,
Azagra estaba dormido,
Isabel en oración
y con tanta devoción
que Marcilla no fué oído;
mas este tan conmovido
estaba y fuera de sí
que un rapto de frenesí
le arrancó un triste gemido.
Mira Isabel azorada,
y á su lado ve un guerrero
que le dice «Isabel, muero,
de ti viene la estocada.
Hágate feliz el cielo
pues yo no puedo serlo,
si un día llegué á creerlo
hoy sólo morir anhelo.
Adiós... Isabel... Adiós...»
Y sin poder acabar
vióle Isabel aspirar:
entonces un grito atroz
dió Isabel que despertó
á Azagra despavorido,
quien en un sillón tendido
un cadáver encontró.
Tal fué el terrible delirio
que le cogió á Isabel,
tan horrendo y tan cruel
de su pecho era el martirio,
que cayendo sin sentido
en el suelo así exclamó:
no me culpes... Diego... yo...
por... ti... sólo... he vivi...do!»
De las campanas al vuelo
al otro día en Teruel
de D. Diego y de Isabel
llamaban al triste duelo.
En magnífico panteón
fueron los dos enterrados,
y en Teruel visitados
por los viajeros son.
Esto en compendido es la historia
descrita por pluma fiel;
tenga Dios en santa gloria
los AMANTES DE TERUEL. ■
FIN
Resumiendo que es gerundio:
La leyenda de Los Amantes de Teruel es una de las historias de amor más famosas y trágicas de España, protagonizada por Isabel de Segura y Juan Diego de Marcilla, durante el siglo XIII.
La historia o leyenda, nos cuenta que ambos jóvenes se enamoraron, pero el padre de Isabel rechaza a Diego por no tener fortuna.
Éste, Diego, pide a su amada Isabel, un plazo de cinco años para enriquecerse en la guerra, y ésta se lo concede.
Más cuando regresa, justo el día en que el plazo expiraba. E Isabel, presionada por su familia, acababa de casarse con otro hombre, Rodrigo de Azagra.
Ante todo ello, Diego le pide un último beso a Isabel; más ella se lo niega por respeto a su ya marido…
Ante tal desprecio, Diego se muere de pena en el acto.
Durante el funeral, Isabel se acerca al cuerpo de Diego para darle el beso que le había negado en vida, y tras dárselo, muere repentinamente sobre él… ■
Una prueba de la veracidad de la existencia de los amantes y que confirmó que fueron enterrados juntos, se encontró al aparecer sus cadáveres durante unas obras en la Iglesia realizadas en 1555
Durante unas obras en la capilla de San Cosme y San Damián, de la iglesia de San Pedro, realizadas en 1555. Aparecieron los dos cadáveres momificados. Según el testimonio posterior del notario Yagüe de Salas, apareció junto a los cuerpos un antiguo documento que recogía la historia.
Años más tarde, volvieron a ser sepultados en aquella misma iglesia. Desde entonces en los aniversarios del descubrimiento de los restos, se exhibían las momias al público.
Se conservan grabados del siglo XIX ( ↑ ) , y fotografías del siglo XX, de esta peculiar “exhibición” ( ↓ ). ■
Un reportaje del “Anticuario”
para Queseenteren


