“Los asesinatos en la calle Morgue”, la primera historia de

detectives moderna, creada por Edgar Allan Poe en 1841


"The Murders in the Rue Morgue" — RELATO BREVE


Publicado en la revista “Graham’s Magazine en 1841, Poe se refirió a él, como uno de sus “cuentos de raciocinio”, es decir, que hace pensar y racionalizar lo que va descubriendo al lector.

El protagonista es “Le Chevalier C. Auguste Dupin”, un personaje ficticio que resuelve el misterio del brutal asesinato de dos mujeres, contando sólo con el testimonio de numerosos testigos, pero, que sólo “escucharon” a un sospechoso, aunque nadie se pone de acuerdo sobre el idioma que hablaba.

En la escena del crimen, “Dupin” encuentra un cabello que no parece humano…

“Dupin”, este primer detective de ficción moderno, muestra muchos rasgos que se convirtieron en convenciones literarias en detectives de ficción posteriores, incluidos el “Sherlock Holmes”, de Conan Doyle; y Hércules Poirot de Agatha Christie; por mencionar los más representativos.

Siguiendo este arquetipo o modelo de: Un brillante detective, que cuenta con su amigo personal que actúa como narrador y, la revelación final presentada antes del razonamiento que conduce a ella…

En esta Edición Digital hemos "enriquecido" la lectura acompañándola de ilustraciones e imágenes (siempre que podemos así lo hacemos) que corresponden, algunas de ellas, a otras ediciones antiguas de esta obra.

Otras son de "nuestra coseña" y, son imágenes originales mejoradas, y algún truco más, que esperamos os sirvan como ambientación.

No hemos podido resistirnos a incorporar las carteleras de la película interpretada por el gran Bela Lugosi (1932), que aunque no se adapta plenamente al guión, si está inspirada en esta cuento de Poe.

Esperamos que os guste está novela breve y pensad en que año fué escrita cuando la leais... 

LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE


El canto de las sirenas, o el nombre que asumió Aquiles para ocultarse entre las mujeres, son cuestiones difíciles de dilucidar, en verdad, pero que no se encuentran fuera de toda conjetura.

—Sir Thomas Browne: Urn-Burial.


Las facultades mentales llamadas analíticas son poco susceptibles de análisis en sí mismas. Las apreciamos puramente en sus efectos. Sabemos, entre otras cosas, que cuando se poseen en capacidad extraordinaria procuran a su poseedor intensos goces. De igual manera que el hombre vigoroso se precia de su fuerza física deleitándose en ejercicios que pongan sus músculos en acción, el analizador se gloría en la actividad mental que desembrolla. Deriva placer aun de la circunstancia más trivial que ponga en juego sus talentos. Es aficionado a enigmas, acertijos y jeroglíficos, manifestando en las soluciones un grado tal de sutileza que parece inexplicable a la ordinaria sagacidad. El resultado, obtenido únicamente por el espíritu y esencia del método, afecta en verdad cierto aire de adivinación. La facultad de resolver se fortalece mucho, verosímilmente, con el estudio de las matemáticas, especialmente en sus ramos superiores, los que con marcada injusticia y solamente a causa de sus operaciones retrógradas se han denominado analíticos como calificativo de excelencia. Sin embargo, el cálculo no es el análisis propiamente dicho. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, ejercita el uno sin hacer uso del otro. De lo que se desprende que el juego de ajedrez se desconoce en gran manera en sus efectos mentales. No escribo ahora un tratado sobre la materia, sino unas cuantas observaciones sin propósito definido, simplemente para que sirvan de prólogo a una narración original; mas aprovecharé de paso la ocasión de asegurar que las principales facultades reflexivas de la inteligencia se ejercen más eficaz y decididamente en el discreto juego de damas que en la frivolidad laboriosa del ajedrez. En este último, en que las piezas tienen bizarros y diversos movimientos con valor diferente y variable, lo que es solamente complejo se confunde con lo profundo, error bastante común en realidad. La atención se excita poderosamente en este juego. Si se distrae por un momento, se comete en el acto algún descuido que se traduce en perjuicio o en derrota. Siendo los movimientos permitidos no sólo múltiples sino envolventes, la posibilidad de los descuidos se multiplica; y en nueve casos sobre diez vence aquel que tiene mayor facultad de concentración, a despecho quizá de mayor sutileza en su adversario. En el juego de damas, por el contrario, en que el movimiento es único y tiene pequeña variación, las probabilidades de inadvertencia disminuyen y, conservando la atención casi libre, se obtienen las ventajas con relación a la mayor penetración. Para ser menos abstracto: supongamos un juego de damas en que las piezas se hayan reducido a cuatro reinas y donde verdaderamente no pueda esperarse ninguna inadvertencia. Es obvio que siendo los jugadores de igual fuerza sólo podrá obtenerse la victoria por algún movimiento recherché, resultado de algún esfuerzo intelectual. Privado de los recursos ordinarios, el analizador se arroja sobre el espíritu de su adversario, se identifica con él, y frecuentemente descubre así de una ojeada el único recurso, sencillo a veces hasta el absurdo, por medio del cual puede inducirle en error o precipitarle por falta de cálculo.

El whist ha sido famoso largo tiempo por su influencia sobre lo que llamamos facultad calculadora; y muchos hombres de mentalidad superior se han deleitado en este juego mientras esquivaban la frivolidad del ajedrez. Sin duda alguna ningún otro juego ejercita tanto como el whist la facultad del análisis. El mejor jugador de ajedrez en todo el mundo no puede aspirar a ser sino el mejor jugador de ajedrez; mientras que la habilidad en el whist significa capacidad para el éxito en todas las empresas importantes en que el talento compite con el talento. Cuando hablo de habilidad me refiero a aquella perfección que incluye el conocimiento de todas las fuentes de donde puede derivarse cualquier legítima ventaja. No sólo son éstas múltiples sino multiformes, y a menudo residen en repliegues del pensamiento inaccesibles por completo a la ordinaria comprensión. Observar atentamente es recordar con claridad; y a este respecto el reconcentrado jugador de ajedrez puede desempeñarse muy bien en el whist, pues que las reglas de Hoyle, basadas en el simple mecanismo del juego, son general y suficientemente comprensibles. De manera que tener retentiva y proceder "según el libro," son las cualidades estimadas comúnmente como la suma total de requisitos que distingue a un buen jugador. Pero en materia que traspasa los límites de las reglas ordinarias es donde se comprueba la sutileza del analizador. Silenciosamente reúne su capital de observaciones y deducciones. Quizá hacen lo mismo sus compañeros; y la diferencia en los resultados obtenidos reside en la calidad de la observación más bien que en la fuerza de las inducciones. Es indispensable el conocimiento de aquella que se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni porque su objetivo sea el juego desdeña las inducciones que se desprenden de los detalles exteriores. Examina el aspecto de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus adversarios. Observa el modo de arreglar las cartas en cada juego; descubriendo a menudo triunfo por triunfo y figura por figura por las miradas que dirigen los jugadores a cada una de las cartas. Percibe todos los cambios de fisonomía según el juego adelanta, formándose un capital de ideas con las diferentes expresiones de sorpresa, de triunfo y de pesar que manifiestan los jugadores. Por la manera de recoger las cartas en una baza deduce si la persona que la levanta puede hacer otra en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por el aire con que se arrojan las cartas sobre la mesa. Una palabra casual o inadvertida; la caída o voltereta accidental de una carta, con la ansiedad consiguiente o la negligencia para ocultarla; el recuento de las bazas con el orden de arreglo; el embarazo, vacilación, angustia o trepidación, todo ofrece a su percepción aparentemente intuitiva indicaciones sobre el verdadero estado del asunto. Después de haberse jugado las dos o tres primeras vueltas, encuéntrase en plena posesión del contenido de las cartas de cada jugador y desde aquel momento juega las suyas con absoluta precisión, como si el resto de la partida jugara a cartas vueltas.

La facultad analítica no debe confundirse con la simple ingeniosidad; porque si bien el analizador es ingenioso necesariamente, el hombre ingenioso es a menudo incapaz de analizar. La facultad de encadenar y combinar, por medio de la cual se manifiesta generalmente la ingeniosidad, y a la que han señalado los frenólogos, erróneamente a mi entender, un órgano separado juzgándola cualidad primitiva, hase encontrado con tanta frecuencia en aquellos cuyo cerebro está casi en los confines del idiotismo, que ha atraído la atención de los psicólogos en general. Entre la ingeniosidad y la habilidad analítica existe mucho mayor diferencia, en verdad, que entre la fantasía y la imaginación, aun cuando tienen caracteres de estricta analogía. Se advertirá, en efecto, que el ingenioso es siempre fantástico, en tanto que el verdadero imaginativo nunca procede sino por análisis.

La narración que sigue representará para el lector un ligero comentario de la proposición que acabo de sentar.


Durante mi residencia en París, en la primavera y parte del verano de 18—, conocí a Monsieur Auguste Dupín. Este caballero era de excelente, más aún, de ilustre familia; pero, debido a una sucesión de acontecimientos adversos, había llegado a tal extremo de pobreza que sucumbió la energía de su carácter y cesó de frecuentar la sociedad y de preocuparse por restaurar su fortuna. Por cortesía de sus acreedores conservaba todavía en su poder una pequeña porción de su patrimonio, con cuya renta arreglábase para procurarse lo indispensable con ayuda de la más estricta economía, prescindiendo por completo de todas las superfluidades. Los libros eran su único lujo, y en París se pueden conseguir a poco costo.

Nos encontramos por primera vez en una obscura librería de la rue Montmartre, donde la circunstancia de buscar ambos el mismo raro y valioso ejemplar nos hizo entrar en comunión más estrecha. Nos buscamos luego una y otra vez. Yo estaba profundamente interesado en la pequeña historia de familia que él me había relatado con aquel candor con que los franceses acostumbran entregarse, siempre que el tema tenga relación con su persona. Estaba atónito por la amplitud de sus conocimientos y, sobre todo, sentía mi alma inflamarse al contacto del ardiente fervor y la vívida frescura de su imaginación. Habiendo fijado mi residencia en París con cierto objeto determinado, comprendí que la sociedad de este hombre representaba para mí tesoros inapreciables, y así se lo dije francamente. Arreglamos al cabo que viviríamos juntos durante mi permanencia en aquella ciudad; y como mis condiciones monetarias eran algo más desahogadas que las suyas, me permitió tomar a mi cargo los gastos de alquilar y amueblar, en estilo que convenía a la melancolía fantástica de nuestro temperamento, una deteriorada y extravagante mansión situada en una parte lejana y desolada del Faubourg Saint-Germáin, la cual se encontraba deshabitaba hacía largo tiempo a causa de supersticiones que no nos cuidamos de inquirir, y vacilante hasta el punto de amenazar su ruina total.

Si nuestra manera de vivir en aquel sitio hubiera sido conocida en la sociedad, nos habrían juzgado locos, siquiera calificaran de inofensiva nuestra locura. Nuestro aislamiento era completo. No recibíamos visitantes. A decir verdad, había yo guardado cuidadosamente el secreto de mi retiro a mis antiguos compañeros; y en cuanto a Dupín, hacía muchos años que había dejado de conocer a nadie o ser conocido en París. Existíamos solamente dentro de nosotros mismos.

Una de las extravagancias de la fantasía de mi amigo (¿pues qué otro nombre podría darle?) era ser un enamorado ferviente de la Noche; y pronto caí en esta originalidad, como en todas las demás que le distinguían, entregándome con perfecto abandono a sus fantásticos caprichos. La negra diosa no podía acompañarnos de continuo; pero nosotros simulábamos su presencia. A las primeras luces de la mañana bajábamos las grandes persianas de nuestra vieja morada; encendíamos un par de cirios fuertemente perfumados que arrojaban solamente rayos muy débiles y fantásticos; y a su lumbre sumergíamos nuestras almas en el ensueño, leyendo, escribiendo o conversando hasta que el reloj nos anunciaba el advenimiento de la nueva Obscuridad. Entonces salíamos a la calle cogidos del brazo, continuando las conversaciones del día, vagando muy lejos hasta una hora avanzada, y tratando de encontrar entre las ardientes luces y las sombras de la populosa ciudad aquel refinamiento de excitación mental que la observación tranquila jamás puede procurar.

En tales ocasiones no podía dejar de percibir y admirar (aun cuando era lógico esperarlo de su poderosa imaginación) una habilidad analítica peculiar en Dupín. Parecía en verdad deleitarse en ejercitarla, si no precisamente en desplegarla; y no vacilaba en confesar el placer que aquello le proporcionaba. Jactábase ante mí, con risa baja y concentrada, de que muchos hombres tenían para él ventanas en el pecho; haciendo seguir a esta aserción pruebas directas y sorprendentes de su conocimiento perfecto de mis propias impresiones. Su manera de ser en tales momentos era rígida y absorta; sus ojos adquirían vaga expresión; en tanto que su voz, de registro poderoso de tenor, elevábase a un tiple que hubiera vibrado ásperamente si no fuera por su enunciación clara y perfectamente deliberada. Observando sus modales en estas ocasiones, varias veces me puse a meditar en la antigua filosofía de la doble personalidad, y me divertía imaginar un doble Dupín: el creador y el resolvente.

No supongáis, por lo que acabo de decir, que pienso descubrir un misterio o escribir algún romance. Lo que he manifestado con respecto al francés era simplemente el fruto de una imaginación exaltada y quizá mórbida. Pero un ejemplo dará mejor idea de la índole de sus observaciones en los momentos a que me refiero.

Vagábamos una noche por una calle larga y sucia en las cercanías del Palais Royal. Ocupados ambos aparentemente en nuestros propios pensamientos, hacía quince minutos por lo menos que no pronunciábamos una palabra. De repente saltó Dupín con esta frase:

—Es un mozo de pequeña estatura, es verdad, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No hay duda, —repliqué inconscientemente, sin observar de pronto, tan absorto me encontraba en mis reflexiones, la forma extraordinaria en que Dupín coincidía con mis meditaciones. Un instante después me di cuenta de ello con profundo estupor.

—Dupín, —dije con gravedad,— esto sobrepasa mi comprensión. No vacilo en decir que estoy estupefacto y apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que supierais que estaba pensando en...? —Y me detuve, para asegurarme por completo de que él sabía a quién me refería.

—... en Chantilly —concluyó—. ¿Por qué os detenéis? Estabais diciéndoos a vos mismo que su pequeña figura no es a propósito para la tragedia.

Este había sido precisamente el tema de mis reflexiones. Chantilly era un antiguo remendón de la rue Saint-Denis que, loco por la escena, lanzóse a representar el rôle de Jerjes en la tragedia de Crébillon del mismo nombre, y había sido puesto en la picota del pasquín por su atentado.

—Decidme, por Dios —exclamé—, el método, si alguno puede haber, por medio del cual habéis podido sondear mi alma en esta circunstancia.

A la verdad, estaba yo más impresionado de lo que quería expresar.

—El frutero fue —replicó mi amigo—, quien os trajo a la conclusión de que el zapatero remendón no era de altura suficiente para

Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero? ¡Me asombráis! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con vos cuando entrábamos a esta calle, hará tal vez quince minutos.

Recordé entonces que, en efecto, un frutero que llevaba en la cabeza un cesto de manzanas casi me arroja a tierra por casualidad cuando pasamos de la rue C... a la gran avenida en que entonces nos hallábamos; pero no podía imaginar lo que esto tenía que ver con Chantilly.

No había un átomo de charlatanería en Dupín.

—Os lo explicaré —dijo—, y entonces comprenderéis todo con claridad. Trazaremos el curso de vuestras meditaciones desde el momento en que hablé hasta el encuentro con el frutero en cuestión. Los eslabones de la cadena corren así: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, estereotomía, las piedras de la calle, el frutero.

Hay pocas personas que no se hayan entretenido alguna vez en seguir los temas a través de los cuales su mente ha llegado a originales conclusiones. Esta ocupación resulta a menudo muy interesante; y aquel que por primera vez la ensaya se sorprende por la distancia, aparentemente ilimitada e incoherente, entre el punto de partida y la meta. ¡Cuál sería pues mi sorpresa al oír hablar al francés de esta manera y no poder menos de reconocer que decía la verdad! El continuó:

—Hablábamos de caballos, si mal no recuerdo, en el momento de abandonar la rue C... Éste fue el último tema de discusión. Al cruzar la calle, un frutero, con un gran cesto de manzanas en la cabeza, pasó rápidamente rozándonos y echando a rodar un montón de piedras de pavimentación reunidas en un sitio donde estaban reparando la calzada. Os detuvisteis sobre uno de los fragmentos, resbalasteis y os heristeis ligeramente el tobillo; aparecisteis después algo vejado, murmurasteis algunas palabras, volvisteis a mirar a la pila de piedras y luego quedasteis silencioso. Yo no puse atención particular en lo que hacíais; pero la observación vino después como una especie de necesidad.

Permanecisteis con los ojos fijos en tierra, mirando con expresión petulante los huecos y grietas del pavimento, de manera que pude deducir que pensabais en piedras hasta que llegamos a la pequeña callejuela llamada Lamartine, pavimentada por vía de ensayo con zoquetes sobrepuestos y remachados. Allí vuestro aspecto se animó, y, al advertir el movimiento de vuestros labios, no pude dudar de que pronunciabais la palabra "estereotomía," término aplicado con mucha afectación a esta clase de pavimento. Sabía yo que no podríais pensar en estereotomía sin recordar la atomía y, de consiguiente, la doctrina de Epicuro; y entonces, rememorando que no ha mucho discutíamos sobre este tema, y mencionaba yo la manera tan extraordinaria como poco notada en que van confirmándose las vagas conjeturas de este noble griego acerca de la reciente cosmogonía de las nebulosas, comprendí que no podríais evitaros de lanzar una mirada a la gran nebulosa de Orión, y ciertamente esperaba que así lo haríais. Mirasteis al cielo; y entonces estuve seguro de que había seguido correctamente vuestros pensamientos. Pero en la acerba diatriba que apareció en el Musée de ayer contra Chantilly, hacía el crítico algunas alusiones bochornosas sobre el cambio de nombre del zapatero remendón al calzarse el coturno, y citaba una línea latina que hemos comentado juntos a menudo y que dice:

Predidit antiquum litera prima sonum.

Os había dicho alguna vez que se refería a Orión, que antiguamente se escribía Urión; y por cierta mordacidad relacionada con esta explicación, estaba seguro de que no la habríais olvidado. Era claro, por consiguiente, que habíais de combinar las dos ideas de Orión y de Chantilly. Pude observar que las combinabais por la clase de sonrisa que apareció en vuestros labios. Pensabais en la inmolación del pobre remendón. Hasta aquel momento habíais conservado vuestra habitual manera de andar; pero os vi entonces erguiros en toda vuestra altura, y no pude menos que experimentar la certidumbre de que recordabais la diminuta figura de Chantilly. En este momento interrumpí vuestras meditaciones para observar que, en efecto, es un mozo muy pequeño Chantilly y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

Poco tiempo después de esta conversación, leíamos juntos cierta edición de la Gazette des Tribunaux, cuando atrajo nuestra atención el artículo siguiente:

CRIMEN EXTRAORDINARIO

Esta madrugada, a las tres más o menos, los habitantes del Quartier Saint-Roch despertaron de su sueño por una serie de alaridos terroríficos que partían, al parecer, de una casa de la rue Morgue que se sabía ocupada únicamente por Madame L'Espanaye y su hija, Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún retardo ocasionado por tentativas infructuosas para penetrar en la casa por los medios ordinarios, se logró forzar la puerta de entrada con una palanca de hierro, y ocho o diez de los vecinos entraron acompañados por dos gendarmes. A este tiempo los gritos habían cesado; pero mientras la partida se precipitaba por las escaleras del primer piso, pudieron escucharse dos o más voces ásperas en iracunda disputa, las cuales parecían provenir de la parte más elevada de la casa.

Cuando el grupo llegó al segundo descanso de la escalera, había cesado el ruido y todo estaba perfectamente tranquilo. La partida se diseminó distribuyéndose por las diversas habitaciones. Al llegar a un vasto aposento en el fondo del cuarto piso, cuya puerta, cerrada por dentro con llave, también hubo de forzarse, presentóse un espectáculo que sobrecogió de espanto y estupor a todos los circunstantes.

El departamento aparecía en el más espantoso desorden, con los muebles destrozados y desparpajados en todas direcciones. Había un solo lecho, del cual se habían arrancado los colchones y los cobertores, que yacían arrojados en medio de la habitación. Sobre una silla veíase una navaja manchada de sangre. En el hogar había dos o tres gruesos mechones grises de cabello humano, manchados asimismo de sangre, y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un pendiente de topacio, tres grandes cucharas de plata, tres más pequeñas de métal d'Alger, y dos saquillos de cuero que contenían cerca de cuatro mil francos en oro. Los cajones de un bureau, que había en una de las esquinas, estaban abiertos y aparentemente habían sido saqueados, aunque quedaban todavía en ellos muchos objetos. Se descubrió una pequeña caja de hierro bajo los cobertores en medio del aposento. Estaba abierta y tenía la llave en la cerradura. No encerraba sino unas cuantas cartas y papeles de poca importancia.

No se encontraba rastro de Mademoiselle L'Espanaye; mas, observándose gran cantídad de hollín en el hogar, hízose una pesquisa en la chimenea y ¡horror! encontróse allí el cuerpo de la hija que había sido atacado cabeza abajo, haciéndose penetrar a viva fuerza por la estrecha abertura hasta una distancia considerable. El cadáver estaba caliente todavía. Examinándolo, se encontraron varías excoriaciones producidas indudablemente por la violencia con que había sido empujado para desembarazarse de él. Veíanse en el rostro profundos arañazos y en la garganta obscuras marcas y hondas huellas de uñas, como si la joven hubiera sido estrangulada.

Después de minuciosa investigación de todos y cada uno de los departamentos de la casa, sin nuevo resultado, la partida se encaminó a un pequeño patio embaldosado, a la espalda del edificio, donde se encontró el cadáver de la ancianaseñora con la garganta cortada en forma tan terrible que, al tratar de levantarla, cayó la cabeza completamente separada del tronco. El cuerpo y la cabeza aparecían horriblemente mutilados, al punto que el primero apenas si conservaba figura humana.

Hasta ahora no se descubre, parece, la más ligera huella para esclarecer este horrible misterio...

El siguiente día trajo el periódico estos detalles adicionales:

LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE

Muchas personas han sido interrogadas con relación a este pavoroso y extraordinario asunto; mas nada se ha traslucido que pueda arrojar alguna luz sobre el misterio. Damos a continuación un extracto de los interrogatorios.

Así llegamos a Málaga. Era el instante más oportuno para saber el nombre de aquella singularísima señora.

Al despedirme de ella en la Administración, le dije cómo me llamaba, la casa donde iba a parar y mis señas en Madrid.

Ella me contestó con un tono que nunca olvidaré:

—Doy a Vd. mil gracias por las amables atenciones que le he merecido durante el viaje, y le suplico que me dispense si le oculto mi nombre, en vez de darle uno fingido, que es con el que aparezco en la hoja.

—¡Ah! —respondí— ¡Luego nunca volveremos a vernos!

—¡Nunca!; lo cual no debe pesarle.

Dicho esto, la joven sonrió sin alegría, tendiome una mano con exquisita gracia, y murmuró:

—Pida Vd. a Dios por mí.

Yo estreché su mano linda y delicada, y terminé con un saludo aquella escena, que empezaba a hacerme mucho daño.

En esto llegó un elegante coche al parador. Un lacayo con librea negra avisó a la desconocida.

Subió ella al carruaje; saludome de nuevo, y desapareció por la Puerta del Mar.

...Dos meses después volví a encontrarla.

Sepamos dónde.


IV — Otro viaje

A las dos de la tarde del 1º de noviembre de aquel mismo año caminaba yo sobre un mal rocín de alquiler por el arrecife que conduce a ***, villa importante y cabeza de partido de la provincia de Córdoba.

Mi criado y el equipaje iban en otro rocín mucho peor.

Dirigíame a *** con objeto de arrendar unas tierras y permanecer tres o cuatro semanas en casa del juez de primera instancia, íntimo amigo mío, a quien conocí en la Universidad de Granada cuando ambos estudiábamos Jurisprudencia, y donde simpatizamos, contrajimos estrecha amistad y fuimos inseparables. Después no nos habíamos visto en siete años.

Según iba aproximándome a la población término de mi viaje, llegaba más distintamente a mis oídos el melancólico clamo- reo de muchas campanas que tocaban a muerto... Maldita la gracia que me hizo tan lúgubre coincidencia...

Sin embargo, aquel doble no tenía nada de casual, y yo debí contar con él, en atención a ser víspera del día de Difuntos.

Llegué, con todo, muy de mal humor a los brazos de mi amigo, que me aguardaba en las afueras del pueblo.

Él advirtió al momento mi preocupación, y después de los primeros saludos:

—¿Qué tienes? —me dijo, dándome el brazo, en tanto que sus criados y el mío se alejaban con las cabalgaduras.

—Hombre, seré franco —le contesté—. Nunca he merecido, ni pienso merecer, que me eleven arcos de triunfo; nunca he experimentado ese inmenso júbilo que llenará el corazón de un grande hombre en el momento que un pueblo alborozado sale a recibirlo, mientras que las campanas repican a vuelo; pero...

—¿Adónde vas a parar?

—A la segunda parte de mi discurso. Y es: que si en este pueblo no he experimentado los honores de la entrada triunfal, acabo de ser objeto de otros muy parecidos, aunque enteramente opuestos. ¡Confiesa, oh Juez de palo, que esos clamores funerales que solemnizan mi entrada en *** hubieran contristado al hombre más jovial del universo!

—¡Bravo, Felipe! —replicó el juez, a quien llamaremos Joaquín Zarco—. ¡Vienes muy a mi gusto! Esa melancolía cuadra perfectamente a mi tristeza...

—¡Tú triste!... ¿De cuándo acá?

Joaquín se encogió de hombros, y no sin trabajo retuvo un gemido...

Cuando dos amigos que se quieren de verdad vuelven a verse después de larga separación, parece como que resucitan todas las penas que no han llorado juntos.

Yo me hice el desentendido por el momento, y hablé a Zarco de cosas indiferentes.

En esto penetramos en su elegante casa.

—¡Diantre, amigo mío! —no pude menos de exclamar— ¡Vives muy bien alojado!... ¡Qué orden, qué gusto en todo! ¡Necio de mí!... Ya caigo... Te habrás casado...

—No me he casado... —respondió el juez con la voz un poco turbada—. ¡No me he casado, ni me casaré nunca!...

—Que no te has casado, lo creo, supuesto que no me lo has escrito... ¡Y la cosa valía la pena de ser contada! Pero eso de que no te casarás nunca, no me parece tan fácil ni tan creíble.

—¡Pues te lo juro! —replicó Zarco solemnemente.

—¡Qué rara metamorfosis! —repuse yo— Tú, tan partidario siempre del séptimo sacramento; tú, que hace dos años me escribías aconsejándome que me casara, ¡salir ahora con esa novedad!... Amigo mío, ¡a ti te ha sucedido algo, y algo muy penoso!

—¿A mí? —dijo Zarco estremeciéndose.

—¡A ti! —proseguí yo— ¡Y vas a contármelo! Tú vives aquí solo, encerrado en la grave circunspección que exige tu destino, sin un amigo a quien referir tus debilidades de mortal... Pues bien; cuéntamelo todo, y veamos si puedo servirte de algo.

El juez me estrechó las manos, diciendo:

—Sí..., sí... ¡Lo sabrás todo, amigo mío! ¡Soy muy desventurado!

Luego se serenó un poco, y añadió secamente:

—¡Vístete! Hoy va todo el pueblo a visitar el cementerio, y parecería mal que yo faltase. ¡Vendrás conmigo! La tarde está buena, y te conviene andar a pie, para descansar del trote del rocín.

El cementerio se halla situado en medio de un hermoso campo, y no te disgustará el paseo. Por el camino te contaré la historia que ha acibarado mi existencia, y verás si tengo o no tengo motivos para renegar de las mujeres.

Una hora después caminábamos Zarco y yo en dirección al cementerio.

Mi pobre amigo me habló de esta manera:

V - Memorias de un juez de

primera instancia

I

Hace dos años que, estando de Promotor fiscal en ***, obtuve licencia para pasar un mes en Sevilla.

En la fonda en que me hospedé vivía hacía algunas semanas cierta elegante y hermosísima joven, que pasaba por viuda, cuya procedencia, así como el objeto que la retenía en Sevilla, eran un misterio para los demás huéspedes.

Su soledad, su lujo, su falta de relaciones y el aire de tristeza que la envolvía, daban pie a mil conjeturas; todo lo cual, unido a su incomparable belleza y a la inspiración y gusto con que tocaba el piano y cantaba, no tardó en despertar en mi alma una invencible inclinación hacia aquella mujer.

Sus habitaciones estaban exactamente encima de las mías; de modo que la oía cantar y tocar, ir y venir, y hasta conocía cuándo se acostaba, cuándo se levantaba y cuándo pasaba la noche en vela, cosa muy frecuente. Aunque en lugar de comer en la mesa redonda se hacía servir en su cuarto, y no iba nunca al teatro, tuve ocasión de saludarla varias

veces, ora en la escalera, ora en alguna tienda, ora de balcón a balcón, y al poco tiempo los dos estábamos seguros del placer con que nos veíamos.

Tú lo sabes. Yo era grave, aunque no triste, y esta circunspección mía cuadraba perfectamente a la retraída existencia de aquella mujer; pues ni nunca le dirigí la palabra, ni procuré visitarla en su cuarto, ni la perseguí con enojosa curiosidad como otros habitantes de la fonda.

Este respeto a su melancolía debió de halagar su orgullo de paciente; dígolo, porque no tardó en mirarme con cierta deferencia, cual si ya nos hubiésemos revelado el uno al otro.

Quince días habían transcurrido de esta manera, cuando la fatalidad..., nada más que la fatalidad..., me introdujo una noche en el cuarto de la desconocida.

Como nuestras habitaciones ocupaban idéntica situación en el edificio, salvo el estar en pisos diferentes, eran sus entradas iguales. Dicha noche, pues, al volver del teatro subí distraído más escaleras de las que debía, y abrí la puerta de su cuarto, creyendo que era la del mío.

La hermosa estaba leyendo, y se sobresaltó al verme. Yo me aturdí de tal modo, que apenas pude disculparme, pero mi misma turbación y la prisa con que intenté irme, la convencieron de que aquella equivocación no era una farsa. Retúvome, pues, con exquisita amabilidad «para demostrarme —dijo— que creía en mi buena fe y que no estaba

incomodada conmigo», acabando por suplicarme que me equivocara otra vez deliberadamente; pues no podía tolerar que una persona de mis condiciones de carácter pasase las noches en el balcón, oyéndola cantar —como ella me había visto—, cuando su pobre habilidad se honraría con que yo le prestase atención más de cerca.

A pesar de todo, creí de mi deber no tomar asiento en aquella noche, y salí.

Pasaron tres días, durante los cuales tampoco me atreví a aprovechar el amable ofrecimiento de la bella cantora, aun a riesgo de pasar por descortés a sus ojos. ¡Y era que estaba perdidamente enamorado de ella; era que conocía que en unos amores con aquella mujer no podía haber término medio, sino delirio de dolor o delirio de ventura; era que le temía, en fin, a la atmósfera de tristeza que la rodeaba!

Sin embargo, después de aquellos tres días, subí al piso segundo.

Permanecí allí toda la velada: la joven me dijo llamarse Blanca, y ser madrileña y viuda: tocó el piano, cantó, hízome mil preguntas acerca de mi persona, profesión, estado, familia, etc., y todas sus palabras y observaciones me complacieron y enajenaron... Mi alma fue desde aquella noche esclava de la suya.

A la noche siguiente volví, y a la otra noche también, y después todas las noches y todos los días.

Nos amábamos, y ni una palabra de amor nos habíamos dicho.

Pero, hablando del amor, habíale yo encarecido varias veces la importancia que daba a este sentimiento, la vehe­mencia de mis ideas y pasiones, y todo lo que necesitaba mi corazón para ser feliz.

Ella, por su parte, me había mani­festado que pensaba del mismo modo.

—Yo —dijo una noche— me casé sin amor a mi marido. Poco tiempo después... lo odiaba. Hoy ha muerto. ¡Sólo Dios sabe cuánto he sufrido! Yo comprendo el amor de esta suerte: es la gloria, o es el infierno. Y para mí, hasta ahora, ¡siempre ha sido el infierno!

Aquella noche no dormí.

La pasé analizando las últimas palabras de Blanca.

¡Qué superstición la mía! Aquella mujer me daba miedo. ¿Llegaríamos a ser, yo su gloria y ella mi infierno?

Entretanto expiraba el mes de licencia.

Podía pedir otro pretextando una enfer­medad... Pero, ¿debía hacerlo?

Consulté a Blanca.

—¿Por qué me lo pregunta usted a mí? —repuso ella, cogiéndome una mano.

—Más claro, Blanca... —respondí— Yo la amo a Vd... ¿Hago mal en amarla?

—¡No! —respondió Blanca palidecien­do.

Y sus ojos negros dejaron escapar dos torrentes de luz y de voluptuosidad...

II

—Pedí, pues, dos meses de licen­cia, y me los concedieron gracias a ti. ¡Nunca me hubieras hecho aquel favor!

Mis relaciones con Blanca no fueron amor; fueron delirio, locura, fanatismo.

Lejos de atemperarse mi frenesí con la posesión de aquella mujer extraordina­ria, se exacerbó más y más: cada día que pasaba, descubría yo nuevas afin­idades entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos manantiales de fe­licidad...

Pero en mi alma, como en la suya, brotaban al propio tiempo miste-riosos temores.

¡Temíamos perdernos! Esta era la fórmula de nuestra inquietud.

Los amores vulgares necesitan el mie­ do para alimentarse, para no decaer. Por eso se ha dicho que toda relación ilegítima es más vehemente que el ma­trimonio. Pero un amor como el nuestro hallaba recónditos pesares en su pre­cario porvenir, en su instabilidad, en su carencia de lazos indisolubles...

Blanca me decía:

—Nunca esperé ser amada por un hom­bre como tú; y, después de ti, no veo amor ni dicha posibles para mi corazón. Joaquín, un amor como el tuyo era la necesidad de mi vida: moría ya sin él; sin él moriría mañana... Dime que nun­ca me olvidarás.

—¡Casémonos, Blanca! —respondía yo.

Y Blanca inclinaba la cabeza con an­gustia.

—¡Sí, casémonos! —volvía yo a decir, sin comprender aquella muda deses­peración.

—¡Cuánto me amas! —replicaba ella—. Otro hombre en tu lugar rechazaría esa idea, si yo se la propusiese. Tú, por el contrario...

—Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero saber que eres mía para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes que nunca transijo en materias de honra... Pues bien: la so­ciedad en que vivimos llama crimen a nuestra dicha... ¿Por qué no hemos de redimirnos al pie del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te quiero santa! ¡Te amaré entonces más que hoy!... ¡Acepta mi mano!

—¡No puedo! —respondía aquella mu­jer incomprensible.

Y este debate se reprodujo mil veces.

Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinaria­mente; lloró, me dio las gracias y repitió lo de costumbre:

—¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres!

A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia.

Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a Blanca.

—¡Separarnos! —gritó con infinita an­gustia.

—¡Tú lo has querido! —contesté.

—¡Eso es imposible!... —Yo te idolatro, Joaquín.

—Blanca, yo te adoro.

—Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos! —exclamó, tapán­dome la boca para que no replicara.

La besé la mano, y respondí:

—De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un sacrificio... Pero de ti...

—¡De mí! —respondió llorando— ¡De la madre de tu hijo!

—¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!...

—Sí..., Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera vez! ¡Tú has completado mi vida, Joaquín; y no bien gusto la fruición de esta bienaven­turanza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi dicha! ¡Me das un hijo y me abandonas tú!...

—¡Sé mi esposa, Blanca! —fue mi úni­ca contestación—. Labremos la felicidad de ese ángel que llama a las puertas de la vida.

Blanca permaneció mucho tiempo si­lenciosa.

Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y murmuró:

—Seré tu esposa.

—¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía!

—Escucha —dijo al poco rato—: no quie­ro que abandones tu carrera...

—¡Ah! ¡mujer sublime!

—Vete a tu juzgado... ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglar allí tus asuntos, so­licitar del Gobierno más licencia y volver a Sevilla?

—Un mes.

—Un mes... —repuso Blanca—. ¡Bien! Aquí te espero. Vuelve dentro de un mes, y seré tu esposa. Hoy somos 15 de abril... ¡El 15 de mayo, sin falta!

—¡Sin falta!

—¿Me lo juras?

—Te lo juro.

—¡Aún otra vez! —replicó Blanca.

—Te lo juro.

—¿Me amas?

—Con toda mi vida.

—Pues vete, y ¡vuelve! Adiós...

Dijo, y me suplicó que la dejara y que par­tiese sin perder momento.

Despedime de ella, y partí a *** aquel mismo día.

III

Llegué a ***.

Preparé mi casa para recibir a mi esposa; solicité y obtuve, como sabes, otro mes de licencia, y arreglé todos mis asuntos con tal efica­cia, que al cabo de quince días me vi en libertad de volver a Sevilla.

Debo advertirte que durante aquel me­dio mes no recibí ni una sola carta de Blanca, a pesar de haberle yo escrito seis. Esta circunstancia me tenía viva­mente contrariado. Así fue que, aunque sólo había transcurrido la mitad del pla­zo que mi amada me concediera, salí para Sevilla, adonde llegué el día 30 de abril.

Inmediatamente me dirigí a la fonda que había sido nido de nuestros amores.

Blanca había desaparecido dos días después de mi partida, sin dejar razón del punto a que se encaminaba.

¡Imagínate el dolor de mi desengaño! ¡No escribirme que se marchaba! ¡Marcharse sin dejar dicho a dónde se dirigía! ¡Hacerme perder completa­mente su rastro! ¡Evadirse, en fin, como una criminal cuyo delito se ha descubierto!

Ni por un instante se me ocurrió permanecer en Sevilla hasta el 15 de mayo aguardando a ver si regresaba Blanca... La violencia de mi dolor y de mi indig­nación, y el bochorno que sentía por haber aspirado a la mano de semejante aventurera, no dejaban lugar a ninguna esperanza, a ninguna ilusión, a ningún consuelo. Lo contrario hubiera sido ofender mi propia conciencia, que ya veía en Blan­ca el ser odioso y repugnante que el amor o el deseo habían disfrazado has­ta entonces... ¡Indudablemente era una mujer liviana e hipócrita, que me amó sensualmente, pero que, previendo la habitual mudanza de su caprichoso corazón, no pensó nunca en que nos casáramos! Hostigada, al fin, por mi amor y mi honradez, había ejecutado una torpe comedia, a fin de escaparse impunemente. ¡Y en cuanto a aquel hijo anunciado con tanto júbilo, tampoco me cabía ya duda de que era otra ficción, otro engaño, otra sangrienta burla!... ¡Apenas se comprendía semejante per­versidad en una criatura tan bella y tan inteligente!

Tres días nada más estuve en Sevilla, y el 4 de mayo me marché a la Corte, renunciando a mi destino, para ver si mi familia y el bullicio del mundo me hacían olvidar a aquella mujer, que sucesiva­mente había sido para mí la gloria y el infierno.

Por último, hace cosa de quince meses que tuve que aceptar el juzgado de este otro pueblo, donde, como has vis­to, no vivo muy contento que digamos; siendo lo peor de todo que, en medio de mi aborrecimiento a Blanca, detesto mucho más a las demás mujeres... por la sencilla razón de que no son ella...

¿Te convences ahora de que nunca lle­garé a casarme?


VI — El cuerpo del delito

Pocos segundos después de termi­nar mi amigo Zarco la relación de sus amores, llegamos al cementerio.

El cementerio de *** no es otra cosa que un campo yelmo y solitario, sembrado de cruces de madera y rodeado por una tapia. Ni lápidas, ni sepulcros turban la monotonía de aquella mansión. Allí descansan, en la fría tierra, pobres y ri­cos, grandes y plebeyos, nivelados por la muerte.

En estos pobres cementerios, que tanto abundan en España y que son acaso los más poéticos y los más propios de sus moradores, sucede con frecuencia que, para sepultar un cuerpo, es menester exhumar otro, o, mejor dicho, que cada dos años se echa una nueva capa de muertos sobre la tierra. Consiste esto en la pequeñez del recinto, y da por resultado que, alrededor de cada nueva zanja, hay mil blancos despojos que de tiempo en tiempo son conducidos al osario común.

Yo he visto más de una vez estos osarios... ¡Y en verdad que merecen ser vistos! Figuraos, en un rincón del Campo Santo, una especie de pirámide de huesos, una colina de multiforme marfil, un cerro de cráneos, fémures, canillas, húmeros, clavículas rotas, columnas espinales desgranadas, dientes sembrados acá y allá, costillas que fueron armaduras de corazones, dedos diseminados y todo ello seco, frío, muerto, arido...

¡Figuraos, figuraos aquel horror!

Y, ¡qué contactos! Los enemigos, los rivales, los esposos, los padres y sus hijos están allí, no sólo juntos, sino revueltos, mezclados por pedazos, como trillada mies, como rota paja. Y, ¡qué desapacible ruido cuando un cráneo choca con otro, o cuando baja rodando desde la cumbre por aquellas huecas astillas de antiguos hombres! Y, ¡qué risa tan insultante tienen las calaveras!

Pero volvamos a nuestra historia.

Andábamos Joaquín y yo dando sacríle­gamente con el pie a tantos restos inanimados, ora pensando en el día que otros pies hollarían nuestros despojos, ora atribuyendo a cada hueso una his­toria; procurando hallar el secreto de la vida en aquellos cráneos donde acaso moró el genio o bramó la pasión, y ya vacíos como celda de difunto fraile, o adivinando otras veces, por la configu­ración, por la dureza y por la dentadura, si tal calavera perteneció a una mujer, a un niño o a un anciano. Cuando las miradas del Juez quedaron fijas en uno de aquellos globos de marfil...

—¿Qué es esto? —exclamó, retrocedi­endo un poco— ¿Qué es esto, amigo mío? ¿No es un clavo?

Y así hablando daba vueltas con el bastón a un cráneo, bastante fresco to­davía, que conservaba algunos espe­sos mechones de pelo negro.

Miré, y quedé tan asombrado como mi amigo, ¡Aquella calavera estaba atrave­sada por un clavo de hierro!

La chata cabeza de este clavo asomaba por la parte superior del hueso coronal, mientras que la punta salía por el que fue cielo de la boca.

¿Qué podía significar aquello?

De la extrañeza pasamos a las conjetu­ras, ¡y de las conjeturas al horror!...

—¡Reconozco la Providencia! —ex­clamó finalmente Zarco—. ¡He aquí un espantoso crimen que iba a quedar im­pune y que se delata por sí mismo a la justicia! ¡Cumpliré con mi deber, tanto más, cuanto que parece que el mismo Dios me lo ordena directamente al poner ante mis ojos la taladrada cabeza de la víctima! ¡Ah! Sí ¡Juro no descan­sar hasta que el autor de este horrible delito expíe su maldad en el cadalso!


VII — Primeras diligencias

Mi amigo Zarco era un modelo de jueces.

Recto, infatigable, aficionado, tanto como obligado, a la administración de justicia, vio en aquel asunto un campo vastísimo en que emplear toda su in­teligencia, todo su celo, todo su fanatis­mo (perdonad la palabra) por el cum­plimiento de la ley.

Inmediatamente hizo buscar a un Es­cribano, y dio principio al proceso.

Después de extendido testimonio de aquel hallazgo, llamó al enterrador.

El lúgubre personaje se presentó ante la ley, pálido y tembloroso. ¡A la verdad, entre aquellos dos hombres, cualquier escena tenía que ser horrible! Recuerdo literalmente su diálogo:

El Juez.— ¿De quién puede ser esta calavera?

El sepulturero.— ¿Dónde la ha encon­trado vuestra señoría?

El Juez.— En este mismo sitio.

El sepulturero.— Pues entonces pertenece a un cadáver que, por estar ya algo pasado, desenterré ayer, para sepul­tar a una vieja que murió anteanoche.

El Juez.— Y, ¿por qué exhumó VD. ese cadáver y no otro más antiguo?

El sepulturero.— Ya lo he dicho a vuestra señoría: para poner a la vieja en su lugar. ¡El Ayuntamiento no quiere convencerse de que este cementerio es muy chico para tanta gente como se muere ahora! ¡Así es que no se deja a los muertos secarse en la tierra, y tengo que trasladarlos me­dio vivos al osario común!

El Juez.— ¿Y podrá saberse de quién es el cadáver a que corresponde esta cabeza?

El sepulturero.— No es muy fácil, señor.

El Juez.— Sin embargo, ¡ello ha de ser! Conque piénselo usted despacio.

El sepulturero.— Encuentro un medio de saberlo...

El Juez.— Dígalo Vd.

El sepulturero.— La caja de aquel muer­to se hallaba en regular estado cuando la saqué de la tierra, y me la llevé a mi habitación para aprovechar las tablas de la tapa. Acaso conserven alguna señal, como iniciales, galones o cual­quiera otra de esas cosas que se estilan ahora para adornar los ataúdes...

El Juez.— Veamos esas tablas.

En tanto que el sepulturero traía los fragmentos del ataúd, Zarco mandó a un alguacil que envolviese el misterioso cráneo en un pañuelo, a fin de llevárse­lo a su casa.

El enterrador llegó con las tablas.

Como esperábamos, encontráronse en una de ellas algunos jirones de galón dorado, que, sujetos a la madera con tachuelas de metal, habrían formado le­tras y números...

Pero el galón estaba roto, y era im­posible restablecer aquellos caracteres.

No desmayó, con todo, mi amigo, sino que hizo arrancar completamente el galón, y por las tachuelas, o por las pun­turas de otras que había habido en la tabla, recompuso las siguientes cifras:

A. G. R. - 1843 - R. I. P.

Zarco radió en entusiasmo al hacer este descubrimiento.

—¡Es bastante! ¡Es demasiado! —ex­clamó gozosamente— ¡Asido de esta hebra, recorreré el laberinto y lo descu­briré todo!

Cargó el alguacil con la tabla, como había cargado con la calavera, y regre­samos a la población.

Sin descansar un momento nos dirigi­mos a la parroquia más próxima.

Zarco pidió al Cura el libro de sepelios de 1843.

Recorriolo el Escribano hoja por hoja, partida por partida...

Aquellas iniciales A.G.R. no corre­spondían a ningún difunto.

Pasamos a otra parroquia.

Cinco tiene la villa: a la cuarta que visitamos, halló el Escribano, esta partida de sepelio:

«En la iglesia parroquial de San... de la villa de ***, a 4 de mayo de 1843, se hi­cieron los oficios de funeral, conformes a entierro mayor, y se dio sepultura en el cementerio común a D. ALFONSO GUTIÉRREZ DEL ROMERAL, natural y vecino que fue de esta población, el cual no recibió los Santos Sacramentos ni testó, por haber muerto de apoplejía fulminante, en la noche anterior, a la edad de treinta y un años. Estuvo casado con D.ª Gabriela Zahara del Valle, natural de Madrid, y no deja hijos. Y para que conste, etc...»

Tomó Zarco un certificado de esta partida, autorizado por el Cura, y regresamos a nuestra casa.

Por el camino me dijo el Juez:

—Todo lo veo claro. Antes de ocho días habrá terminado este proceso, que tan obscuro se presentaba hace dos horas. Ahí llevamos una apoplejía fulminante de hierro, que tiene cabeza y punta, y que dio muerte repentina a un tal don Alfonso Gutiér­rez del Romeral. Es decir: tenemos el clavo... Ahora sólo me falta encontrar el martillo.


VIII — Declaraciones

Un vecino dijo:

Que D. Alfonso Gutiérrez del Romeral, joven y rico propietar­io de aquella población, residió algunos años en Madrid, de donde volvió en 1840, casado con una bellísima señora lla­mada D.ª Gabriela Zahara:

Que el declarante había ido algunas noches de tertulia a casa de los recién casados, y tuvo ocasión de observar la paz y ventura que reinaban en el matrimonio:

Que cuatro meses antes de la muerte de don Alfonso, había marchado su esposa a pasar una temporada, en Madrid con su familia, según explicación del mismo marido:

Que la joven regresó en los últimos días de abril, o sea tres meses y medio después de su partida:

Que a los ocho días de su llegada ocurrió la muerte de D. Al­fonso:

Que habiendo enfermado la viuda a consecuencia del sen­timiento que le causó esta pérdida, manifestó a sus amigos que le era insoportable vivir en un pueblo donde todo le hablaba de su querido y malogrado esposo, y se marchó para siempre a mediados de mayo, diez o doce días después de la muerte de su esposo:

Que era cuanto podía declarar, y la verdad, a cargo del jura­mento que había prestado, etc.

Otros vecinos prestaron declaraciones casi idénticas a la an­terior.

Los criados del difunto Gutiérrez dijeron:

Después de repetir los datos de la vecindad:

Que la paz del matrimonio no era tanta como se decía de público:

Que la separación de tres meses y medio que precedió a los últimos ocho días que vivieron juntos los esposos, fue un táci­to rompimiento, consecuencia de profundos y misteriosos dis­gustos que mediaban entre ambos jóvenes desde el principio de su matrimonio:

Que la noche en que murió su amo, se reunieron los esposos en la alcoba nupcial, como lo verificaban desde la vuelta de la señora, contra su antigua costumbre de dormir cada uno en su respectivo cuarto:

Que a media noche los criados oyeron sonar violentamente la campanilla, a cuyo repiqueteo se unían los desaforados gritos de la señora:

Que acudieron, y vieron salir a ésta de la cámara nupcial, con el cabello en desorden, pálida y convulsa, gritando entre am­arguísimos sollozos:

«¡Una apoplejía! ¡Un médico! ¡Alfonso mío! ¡El señor se muere!...».

Que penetraron en la alcoba, y vieron a su amo tendido sobre el lecho y ya cadáver; y que habiendo acudido un médico, confirmó que D. Alfonso había muerto de una congestión ce­rebral.

El médico: Preguntado al tenor de la cita que precede, dijo: Que era cierta en todas sus partes.

El mismo médico y otros dos facultativos: Habiéndoseles puesto de manifiesto la calavera de D. Alfonso, y preguntados sobre si la muerte recibida de aquel modo podía aparecer a los ojos de la ciencia como apoplejía, dijeron que sí.

Entonces dictó mi amigo el siguiente auto:

«Considerando que la muerte de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral debió de ser instantánea, y subsiguiente a la intro­ducción del clavo en su cabeza:

Considerando que, cuando murió, estaba sólo con su espo­sa en la alcoba nupcial:

Considerando que es imposible atribuir a suicidio una muerte semejante, por las dificultades materiales que ofrece su per­petración con mano propia:

Se declara reo de esta causa, y autora de la muerte de D. Alfonso, a su esposa D.ª Gabriela Zahara del Valle, para cuya captura se expedirán los oportunos exhortos, etc., etc.».

—Dime, Joaquín —pregunté yo al Juez—, ¿crees que se cap­turar a Gabriela Zahara?

—¡Indudablemente!

—Y ¿por qué lo aseguras?

—Porque, en medio de estas rutinas judiciales, hay cierta fa­talidad dramática que no perdona nunca. Mas claro: cuando los huesos salen de la tumba a declarar, poco les queda que hacer a los Tribunales.


IX — El hombre propone

A pesar de las esperanzas de mi amigo Zarco, Gabriela Zaha­ra no pareció.

Exhortos, requisitorias; todo fue inútil.

Pasaron tres meses.

La causa se sentenció en rebeldía.

Yo abandoné la villa de ***, no sin prometerle a Zarco volver al año siguiente.

 

X — Un dúo en m mayor

Aquel invierno lo pasé en Granada.

Érase una noche en que había gran baile en casa de la riquísima señora de X..., la cual había tenido la bondad de convidarme a la fiesta.

A poco de llegar a aquella magnífica morada, donde estaban reunidas todas las célebres hermosuras de la aristoc­racia granadina, reparé en una bellísi­ma mujer, cuyo rostro habría distinguido entre mil otros semejantes, suponiendo que Dios hubiese formado alguno que se le pareciera.

¡Era mi desconocida, mi mujer misterio­sa, mi desengañada de la diligencia, mi compañera de viaje, el número 1 de que os hablé al principio de esta relación!

Corrí a saludarla, y ella me reconoció en el acto.

—Señora —le dije—, he cumplido a Vd. mi promesa de no buscarla. Hasta ig­noraba que podía encontrar a Vd. aquí. A saberlo, acaso no hubiera venido, por temor de ser a Vd. enojoso. Una vez ya delante de Vd., espero que me diga si puedo reconocerla, si me es dado hablarle, si ha cesado el entredicho que me alejaba de usted.

—Veo que es Vd. vengativo... —me con­testó graciosamente, alargándome la mano—. Pero yo le perdono. ¿Cómo esta Vd.?

—¡En verdad que lo ignoro! —res- pondí— Mi salud, la salud de mi alma; pues no otra cosa me preguntar a Vd. en medio de un baile, depende de la sa­lud de su alma de Vd. Esto quiere decir que mi dicha no puede ser sino un re­flejo de la suya. ¿Ha sanado ese pobre corazón?

—Aunque la galantería le prescriba a usted desearlo —contestó la dama—, y mi aparente jovialidad haga suponerlo, Vd. sabe..., lo mismo que yo..., que las heridas del corazón no se curan.

—Pero se tratan, señora, como dicen los facultativos; se hacen llevaderas; se tiende una piel rosada sobre la roja cicatriz; se edifica una ilusión sobre un desengaño...

—Pero esa edificación es falsa...

—¡Como la primera, señora; como todas! Querer creer, querer gozar..., he aquí la dicha... Mirabeau moribundo no aceptó el generoso ofrecimiento de un joven que quiso transfundir toda su sangre en las empobrecidas arterias del grande hombre... ¡No sea Vd. como Mirebeau! ¡Beba Vd. nueva vida en el primer cora­zón virgen que le ofrezca su rica savia! Y, pues no gusta Vd. de galanterías, le añadiré en abono de mi consejo, que, al hablar así, no defiendo mis intereses.

—¿Por qué dice Vd. eso último?

—Porque yo también tengo algo de Mi­rabeau, no en la cabeza, sino en la san­gre. Necesito lo que Vd. ¡una primavera que me vivifique!

—¡Somos muy desdichados! —En fin..., usted tendrá la bondad de no huir de mí en adelante...

—Señora, iba a pedirle a Vd. permiso para visitarla.

Nos despedimos.

—¿Quién es esta mujer? —pregunté a un amigo mío.

—Una americana que se llama Mer­cedes de Méridanueva —me con­testó—. Es todo lo que sé, y mucho más de lo que se sabe generalmente.


XI — Fatalidad

Al día siguiente fui a visitar a mi nueva amiga a la Fonda de los Siete Suelos de la Alhambra.

La encantadora Mercedes me trató como a un amigo íntimo, y me invitó a pasear con ella por aquel edén de la naturaleza y templo del arte, y a acom­pañarla luego a comer.

De muchas cosas hablamos durante las seis horas que estuvimos juntos; y, como el tema a que siempre volvía­mos era el de los desengaños amoro­sos, hube de contarle la historia de los amores de mi amigo Zarco.

Ella la oyó muy atentamente, y, cuando terminé, se echó a reír y me dijo:

—Señor don Felipe, sírvale a Vd. eso de lección para no enamorarse nunca de mujeres a quienes no conozca...

—¡No vaya Vd. a creer —respondí con viveza— que he inventado esa historia, o se la he referido, porque me figure que todas las damas misteriosas que se encuentra uno en viaje son como la que engañó a mi condiscípulo!...

—Muchas gracias... Pero no siga Vd. —replicó, levantándose de pronto—. ¿Quién duda de que en la Fonda de los Siete Suelos de Granada pueden alo­jarse mujeres que en nada se parezcan a esa que tan fácilmente se enamoró de su amigo de Vd. en la fonda de Sevil­la? —En cuanto a mí, no hay riesgo de que me enamore de nadie, puesto que nunca hablo tres veces con un mismo hombre...

—¡Señora! ¡Eso es decirme que no vuelva!...

—No, esto es anunciar a Vd. que mañana, al ser de día, me marcharé de Granada, y que probablemente no volveremos a vernos nunca.

¡Nunca! Lo mismo me dijo Vd. en Málaga, después de nuestro famoso viaje...; y sin embargo, nos hemos visto de nuevo...

—En fin, dejemos libre el campo a la fa­talidad. Por mi parte, repito que esta es nuestra despedida... eterna...

Dichas tan solemnes palabras, Mer­cedes me alargó la mano y me hizo un profundo saludo.

Yo me alejé vivamente conmovido, no sólo por las frías y desdeñosas frases con que aquella mujer había vuelto a descartarme de su vida (como cuando nos separamos en Málaga), sino ante el incurable dolor que vi pintarse en su rostro, mientras que procuraba son­reírse, al decirme adiós por última vez...

¡Por última vez! ¡Ay! ¡Ojalá hubiera sido la última!

Pero la fatalidad lo tenía dis­puesto de otro modo.


XII — Travesuras del destino

Pocos días después, llamáronme de nuevo mis asuntos al lado de Joaquín Zarco.

Llegué a la villa de ***.

Mi amigo seguía triste y solo, y se alegró mucho de verme.

Nada había vuelto a saber de Blanca; pero tampoco había podido olvidarla ni siquiera un momento...

Indudablemente aquella mujer era su predestinación... ¡Su gloria o su infier­no, como el desgraciado solía decir!

Pronto veremos que no se equivocaba en este supersticioso juicio.

La noche del mismo día de mi llegada estábamos en su despacho leyendo las últimas diligencias practicadas para la captura de Gabriela Zahara del Valle, todas ellas inútiles por cierto, cuando entró un alguacil y entregó al joven juez una noto que decía de este modo:

«En la fonda del León hay una señora que desea hablar con el señor Zarco».

—¿Quién ha traído esto? —preguntó Joaquín.

—Un criado.

—¿De parte de quién?

—No me ha dicho nombre alguno.

—¿Y ese criado?

—Se fue al momento.

Joaquín meditó y dijo luego lúgubre­mente:

—¡Una señora! ¡a mí!... ¡No sé por qué me da miedo esta cita!... ¿Qué te parece, Felipe?

—Que tu deber de juez es asistir a ella. ¡Puede tratarse de Gabriela Zahara!

—Tienes razón... ¡Iré! —dijo Zarco, pasándose una mano por la frente.

Y cogiendo un par de pistolas, envolviose en la capa y partió, sin permitir que lo acompañase.

Dos horas después volvió.

Venía agita­do, trémulo, balbuciente...

Pronto conocí que una vivísima alegría era la causa de aquella agitación.

Zarco me estrechó convulsivamente entre sus brazos, exclamando a gritos entrecortados por el júbilo:

—¡Ah! ¡Si supieras!... ¡Si supieras, ami­go mío!

—¡Nada sé! —respondí— ¿Qué te ha pasado?

—¡Ya soy dichoso! ¡Ya soy el más feliz de los hombres!

—Pues, ¿qué ocurre?

—La nota en la que me llamaban a la fonda...

—Continúa.

—¡Era de ella!

—¿De quién? ¿De Gabriela Zahara?

¡Quita allá, hombre! ¿Quién piensa ahora en desventuras? ¡Era de ella! ¡De la otra!

—Pero, ¿quién es la otra?

—¿Quién ha de ser? ¡Blanca! ¡Mi amor! ¡Mi vida! ¡La madre de mi hijo!

—¿Blanca? —repliqué con asombro— Pues, ¿no decías que te había engañado?

—¡Ah! ¡no! ¡Fue alucinación mía!...

—¿La que padeces ahora?

—No; la que entonces padecí.

—Explícate.

—Escucha: Blanca me adora...

—Adelante. El que tú lo digas no prue­ba nada.

—Cuando nos separamos Blanca y yo el día de abril, quedamos en reunirnos en Sevilla para el 15 de mayo. A poco tiempo de mi marcha, recibió ella una carta en que le decían que su presencia era necesaria en Madrid para asuntos de familia; y como podía disponer de un mes hasta mi vuelta, fue a la Corte, y volvió a Sevilla muchos días antes del 15 de mayo. Pero yo, más impaciente que ella, acudí a la cita con quince días de anticipación de la fecha estipulada, y no hallando a Blanca en la fonda, me creí engañado y no esperé. En fin ¡he pasado dos años de tormento por una ligereza mía!

—Pero una carta lo evitaba todo...

—Dice que había olvidado el nombre de aquel pueblo, cuya promotoría sabes que dejé inmediatamente, yéndome a Madrid...

—¡Ah! ¡Pobre amigo mío! —exclamé— ¡Veo que quieres convencerte; que te empeñas en consolarte! ¡Más vale así! Conque, veamos, ¿cuándo te casas? ¡Porque supongo que, una vez deshe­chas las nieblas de los celos, lucirá ra­diante el sol del matrimonio!...

—¡No te rías! —exclamó Zarco— Tú serás mi padrino.

—Con mucho gusto. ¡Ah! ¿Y el niño? ¿Y vuestro hijo?

—¡Murió!

—¡También eso! Pues, señor... —dije aturdidamente— ¡Dios haga un milagro!

—¡Cómo!

—Digo... ¡que Dios te haga feliz!


XIII — Dios dispone

Por aquí íbamos en nuestra conver­sación, cuando oímos fuertes alda­bonazos en la puerta de la calle.

Eran las dos de la madrugada.

Joaquín y yo nos estremecimos sin saber por qué...

Abrieron; y a los pocos segundos entró en el despacho un hombre que apenas podía respirar, y que exclamaba entre­cortadamente con indescriptible júbilo:

—¡Albricias! ¡Albricias, compañero! ¡Hemos vencido!

Era el Promotor fiscal del Juzgado.

—Explíquese Vd., compañero —dijo Zarco, alargándole una silla—. ¿Qué ocurre para que venga Vd. tan a desho­ra y tan contento?

—Ocurre... ¡Apenas es importante lo que ocurre!... Ocurre que Gabriela Za­hara...

—¿Cómo?... —¿Qué?... —interrumpi­mos a un mismo tiempo Zarco y yo.

—¡Acaba de ser presa!

—¡Presa! —gritó el juez lleno de alegría.

—Sí, señor; ¡presa! —repitió el Fiscal—. La Guardia civil le seguía la pista hace un mes, y, según acaba de decirme el sereno, que suele acompañarme desde el Casino hasta mi casa, ya la tenemos a buen recaudo en la cárcel de esta muy noble villa...

—Pues vamos allá... —replicó el Juez— Esta misma noche le tomare­mos declaración. Hágame Vd. el favor de avisar al Escribano de la causa. Usted mismo presenciara las actua­ciones, atendida la gravedad del caso... Diga usted que manden a llamar tam­bién al sepulturero, a fin de que pre­sente por sí propio la cabeza de D. Al­fonso Gutiérrez, arriba en vida, la cual obra en poder del alguacil. Hace tiem­po que tengo excogitado este horrible careo de los dos esposos, en la seguri­dad de que la parricida no podrá negar su crimen al ver aquel clavo de hierro que, en la boca de la calavera, parece una lengua acusadora. En cuanto a ti —díjome luego Zarco—, harás el papel de escribiente, para que puedas presenciar, sin quebrantamien­to de la ley, escenas tan interesantes...

Nada le contesté. Entregado mi in­feliz amigo a su alegría de Juez —per­mítaseme la frase—, no había concebido la horrible sospecha que sin duda os agita ya a vosotros...; sospecha que penetró desde luego en mi corazón, taladrándolo con sus uñas de hierro... —¡Gabriela y Blanca, llegadas a aquella villa en una misma noche, podían ser una sola persona!

—Dígame Vd. —pregunté al Promo­tor, mientras que Zarco se preparaba para salir— ¿En dónde estaba Gabriela cuando la prendieron los guardias?

—En la fonda del León —me respondió el Fiscal.

¡Mi angustia no tuvo límites!

Sin embargo, nada podía hacer, nada podía decir, sin comprometer a Zarco, como tampoco debía envenenar el alma de mi amigo, comunicándole aquella lúgubre conjetura, que acaso iban a desmentir los hechos. Además, supo­niendo que Gabriela y Blanca fueran una misma persona, ¿de qué le valdría al desgraciado el que yo se lo indicase anticipadamente? ¿Qué podía hacer en tan tremendo conflicto?¿Huir? ¡Yo debía evitarlo, pues era declararse, reo! ¿Delegar, fingiendo una indisposición repentina? Equivaldría a desamparar a Blanca, en cuya defensa tanto podría hacer, si su causa le parecía defendible. ¡Mi obligación, por tanto, era guardar si­lencio y dejar paso a la justicia de Dios!

Tal discurrí por lo menos en aquel súbi­to lance, cuando no había tiempo ni es­pacio para soluciones inmediatas... ¡La catástrofe se venía encima con trágica premura!... El Fiscal había dado ya las órdenes de Zarco a los alguaciles, y uno de éstos había ido a la cárcel, a fin de que dispusiesen la sala de Audiencia para recibir al Juzgado. El Comandante de la Guardia civil en­traba en aquel momento a dar parte en persona, como muy satisfecho que es­taba del caso, de la prisión de Gabrie­la Zahara... Y algunos trasnochadores, socios del Casino y amigos del juez, noticiosos de la ocurrencia, iban acu­diendo también allí, como a olfatear y presentir las emociones del terrible día en que dama tan principal y tan bella subiese al cadalso... En fin; no había más remedio que ir hasta el borde del abismo, pidiendo a Dios que Gabriela no fuese Blanca.

Disimulé, pues, mi inquietud y callé mis recelos, y a eso de las cuatro de la mañana seguí al Juez, al Promotor, al Escribano, al Comandante de la Guar­dia, y a un pelotón de curiosos y de al­guaciles, que se trasladaron a la cárcel regocijadamente.


XIV — El tribunal

Allí aguardaba ya el sepulturero.

La Sala de la Audiencia estaba profusa­mente iluminada.

Sobre la mesa veíase una caja de madera pintada de negro, que contenía la calavera de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral.

El Juez ocupó su sillón: el Promotor se sentó a su derecha, y el Comandante de la Guardia, por respetos superiores a las prácticas forenses, fue invitado a presenciar también la indagatoria, visto el interés que, como a todos, le inspira­ba aquel ruidoso proceso.

El Escribano y yo nos sentamos juntos, a la izquierda del Juez, y el Alcaide y los alguaciles se agruparon a la puerta, no sin que se columbrasen detrás de el­los algunos curiosos a quienes su alta categoría pecuniaria había franqueado, para tal solemnidad, la entrada en el temido establecimiento, y que habrían de contentarse con ver a la acusada, por no consentir otra cosa el secreto del sumario.

Constituida en ésta forma la Audiencia, el Juez tocó la campanilla, y dijo al Al­caide:

—Que entre D.ª Gabriela Zahara.

Yo me sentía morir, y, en vez de mirar a la puerta, miraba a Zarco, para leer en su rostro la solución del pavoroso problema que me agitaba...

Pronto vi a mi amigo ponerse lívido, lle­varse la mano a la garganta, como para ahogar un rugido de dolor, y volverse hacia mí en demanda de socorro...

—¡Calla! —le dije, llevándome el índice a los labios.

Y luego añadí, con la mayor naturali­dad, como respondiendo a alguna ob­servación suya:

—Lo sabía...

El desventurado quiso levantarse...

—¡Señor Juez!... —le dije entonces con tal voz y con tal cara, que comprendió toda la enormidad de sus deberes y de los peligros que corría. Contrájose, pues, horriblemente, como quien trata de soportar un peso extraordinario, y, dominándose al fin por medio de aquel esfuerzo, su cara ostentó la inmovilidad de una piedra. A no ser por la calentura de sus ojos, hubiérase dicho que aquel hombre estaba muerto.

¡Y muerto estaba el hombre! ¡Ya no vivía en él más que el magistrado!

Cuando me hube convencido de ello, miré, como todos, a la acusada.

Figuraos ahora mi sorpresa y mi es­panto, casi iguales a los del infortun­ado Juez... ¡Gabriela Zahara no era solamente la Blanca de mi amigo, su querida de Sevilla, la mujer con quien acababa de reconciliarse en la fonda del León, sino también mi desconoci­da de Málaga, mi amiga de Granada, la hermosísima americana Mercedes de Méridanueva!

Todas aquellas fantásticas mujeres se resumían en una sola, en una indudable, en una real y positiva, en una sobre qui­en pesaba la acusación de haber mata­do a su marido, en una que estaba con­denada a muerte en rebeldía...

Ahora bien: esta acusada, esta senten­ciada, ¿sería inocente? ¿Lograría sin­cerarse? ¿Se vería absuelta?

Tal era mi única y suprema esperanza, tal debía de ser también la de mi pobre amigo.


XV — El juicio

El Juez es una ley que habla

y la ley un juez mudo.

La ley debe ser como la muerte,

que no perdona a nadie.

(MONTESQUIEU.)

Gabriela, llamémosla, al fin, por su ver­dadero nombre, estaba sumamente páli­da; pero también muy tranquila. Aquella calma, ¿era señal de su inocencia, o comprobaba la insensibilidad propia de los grandes criminales? ¿Confiaba la viuda de D. Alfonso en la fuerza de su derecho, o en la debilidad de su Juez?

Pronto salí de dudas.

La acusada no había mirado hasta en­tonces más que a Zarco, no sé si para infundirle valor y enseñarle a disimular, si para amenazarle con peligrosas revelaciones, o si para darle mudo testi­monio de que su Blanca no podía haber cometido un asesinato... Pero, obser­vando sin duda la tremenda impasibil­idad del Juez, debió de sentir miedo, y miró, a los demás concurrentes, cual si buscase en otras simpatías auxilio moral para su buena o su mala causa.

Entonces me vio a mí, y una llamarada de rubor, que me pareció de buen agüe­ro, tiñó de escarlata su semblante.

Pero muy luego se repuso, y tornó a su palidez y tranquilidad.

Zarco salió al fin del estupor en que es­taba sumido, y, con voz dura y áspera como la vara de la justicia, preguntó a su antigua amada y prometida esposa:

—¿Cómo se llama Vd.?

—Gabriela Zahara del Valle de Gutiér­rez del Romeral —contestó la acusada con dulce y reposado acento.

Zarco tembló ligeramente. ¡Acababa de oír que su Blanca no había existido nunca; y esto se lo decía ella misma! ¡Ella, con quien tres horas antes había concertado de nuevo el antiguo proyecto de matrimonio!

Por fortuna, nadie miraba al juez, sino que todos tenían fija la vista en Gabriela, cuya singular hermosura y suave y apacible voz considerábanse como indicios de inculpabilidad. ¡Hasta el sencillo traje negro que llevaba parecía declarar en su defensa!

Repuesto Zarco de su turbación, dijo con formidable acento, y como quien juega de una vez todas sus esperanzas:

—Sepulturero: venga Vd., y haga su oficio, abriendo ese ataúd...

Y le señalaba la caja negra en que estaba encerrado el cráneo de don Alfonso.

—Usted, señora... —continuó, mirando a la acusada con ojos de fuego—, ¡acérquese y diga si reconoce esa cabeza!

El sepulturero destapó la caja, y se la presentó abierta a la enlutada viuda.

Ésta, que había dado dos pasos adelante, fijó los ojos en el interior del llamado ataúd, y lo primero que vio fue la cabeza del clavo, destacándose sobre el marfil de la calavera...

Un grito desgarrador, agudo, mortal, como los que arranca un miedo repentino, o como los que preceden a la locura, salió de las entrañas de Gabriela, la cual retrocedió espantada, mesándose los cabellos y tartamudeando a media voz:

—¡Alfonso! ¡Alfonso!

Y luego se quedó como estúpida.

—¡Ella es! —murmuramos todos, volviéndonos hacia Joaquín.

—¿Reconoce Vd., pues, el clavo que dio muerte a su marido? —añadió el juez, levantándose con terrible ademán, como si él mismo saliese de la sepultura...

—Sí, señor... —respondió Gabriela maquinalmente, con entonación y gesto propios de la imbecilidad.

—¿Es decir, que declara Vd. haberlo asesinado? —preguntó el Juez con tal angustia, que la acusada volvió en sí, estremeciéndose violentamente.

—Señor... —respondió entonces—, ¡No quiero vivir más! Pero, antes de morir, quiero ser oída...

Zarco se dejó caer en el sillón como anonadado, y mirome cual si me preguntara: ¿Qué va a decir?.

Yo estaba también lleno de terror.

Gabriela arrojó un profundo suspiro, y continuó hablando de este modo:

—Voy a confesar, y en mi propia confesión consistirá mi defensa, bien que no sea bastante a librarme del patíbulo. Escuchad todos. ¿A qué negar lo evidente?

Yo estaba sola con mi marido cuando murió. Los criados y el médico lo habrán declarado así. Por tanto sólo yo pude darle muerte del modo que ha venido a revelar su cabeza, saliendo para ello de la sepultura... ¡Me declaro, pues, autora de tan horrendo crimen!... Pero sabed que un hombre me obligó a cometerlo.

Zarco tembló al escuchar estas palabras, dominó, sin embargo, su miedo, como había dominado su compasión, y exclamó valerosamente:

—¡Su nombre, señora! ¡Dígame pronto el nombre de ese desgraciado!

Gabriela miró al Juez con fanática adoración, como una madre a su atribulado hijo, y añadió con melancólico acento:

—¡Podría con una sola palabra arrastrarlo al abismo en que me ha hecho caer! ¡Podría arrastrarlo al cadalso, a fin de que no se quedase en el mundo, para maldecirme tal vez al casarse con otra! ¡Pero no quiero! ¡Callaré su nombre, porque me ha amado y le amo! ¡Y le amo, aunque sé que no hará nada para impedir mi muerte!

El juez extendió la mano derecha, cual si fuera a adelantarse...

Ella le reprendió con una mirada cariñosa, como diciéndole: «¡Ve que te pierdes!».

Zarco bajó la cabeza.

Gabriela continuó:

—Casada a la fuerza con un hombre a quien aborrecía, con un hombre que se me hizo aún más aborrecible después de ser mi esposo, por su mal corazón y por su vergonzoso estado..., pasé tres años de martirio, sin amor, sin felicidad, pero resignada. Un día que daba vueltas por el purgatorio de mi existencia, buscando, a fuer de inocente, una salida, vi pasar, a través de los hierros que me encarcelaban, a uno de esos Ángeles que libertan a las almas ya merecedoras del cielo... Asíme a su túnica, diciéndole: Dame la felicidad...

Y el ángel me respondió: ¡Tú no puedes ser ya dichosa! -¿Por qué? -Porque no lo eres. ¡Es decir, que el infame que hasta entonces me había martirizado, me impedía volar con aquel ángel al cielo del amor y de la ventura! ¿Concebís absurdo mayor que el de este razonamiento de mi destino? Lo diré más claramente. ¡Había encontrado un hombre digno de mí y de quien yo era digna; nos amábamos, nos adorábamos; pero él, que ignoraba la existencia de mi mal llamado esposo; él, que desde luego pensó en casarse conmigo; él, que no transigía con nada que fuese ilegal o impuro, me amenazaba con abandonarme si no nos casábamos! Érase un hombre excepcional, un dechado de honradez, un carácter severo y nobilísimo, cuya única falta en la vida consistía en haberme querido demasiado... Verdad es que íbamos a tener un hijo ilegítimo; pero también es cierto que ni por un solo instante había dejado de exigirme el cómplice de mi deshonra que nos uniéramos ante Dios... Tengo la seguridad de que si yo le hubiese dicho: Te he engañado: no soy viuda; mi esposo vive..., se habría alejado de mí, odiándome y maldiciéndome. Inventé mil excusas, mil sofismas, y a todo me respondía: ¡Sé mi esposa! Yo no podía serlo; creyó que no quería, y comenzó a odiarme. ¿Qué hacer? Resistí, lloré, supliqué; pero él, aun después de saber que teníamos un hijo, me repitió que no volvería a verme hasta que le otorgase mi mano. Ahora bien: mi mano estaba vinculada a la vida de un hombre ruin, y entre matarlo a él o causar la desventura de mi hijo, la del hombre que adoraba y la mía propia; opté por arrancar su inútil y miserable vida al que era nuestro verdugo. Maté, pues, a mi marido..., creyendo ejecutar un acto de justicia en el criminal que me había engañado infamemente al casarse conmigo, y ¡castigo de Dios!; me abandonó mi amante... Después hemos vuelto a encontrarnos... ¿Para qué, Dios mío? ¡Ah! ¡Que yo muera pronto!... ¡Sí! ¡Que yo muera pronto!

Gabriela calló un momento, ahogada por el llanto.

Zarco había dejado caer la cabeza sobre las manos, cual si meditase; pero yo veía que temblaba como un epiléptico.

—¡Señor Juez! —repitió Gabriela con renovada energía—: ¡Que yo muera pronto!

Zarco hizo una seña para que se llevasen a la acusada.

Gabriela se alejó con paso firme, no sin dirigirme antes una mirada espantosa, en que había más orgullo que arrepentimiento.

XVI - La sentencia

Excuso referir la formidable lucha que se entabló en el corazón de Zarco, y que duró hasta el día en que volvió a fallar la causa. No tendría palabras con que haceros comprender aquellos horribles combates... Sólo diré que el magistrado venció al hombre, y que Joaquín Zarco volvió a condenar a muerte a Gabriela Zahara.

Al día siguiente fue remitido el proceso en consulta a la Audiencia de Sevilla, y al propio tiempo Zarco se despidió de mí, diciéndome estas palabras:

—Aguárdame acá hasta que yo vuelva... Cuida de la infeliz, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en vez de consolarla. No me preguntes adónde voy, ni temas que cometa el feo delito de suicidarme. Adiós, y perdóname las aflicciones que te he causado.

————————

Veinte días después, la Audiencia del territorio confirmó la sentencia de muerte.

Gabriela Zahara fue puesta en capilla.


XVII - Último viaje

Llegó la mañana de la ejecución sin que Zarco hubiese regresado ni se tuvieran noticias de él.

Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la sentenciada.

Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad de mi amigo no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi deber representar a Zarco en aquel supremo trance, acompañando a su antigua amada hasta el pie del cadalso.

Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el Crucifijo, que besaba a cada momento.

—Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? —le pregunté cuando pasó cerca de mí.

Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, exclamó:

—¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona usted en mi última hora! ¡Padre! —añadió, volviéndose a su confesor—: ¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo?

—Sí, hija mía... —le respondió el sacerdote—; pero no deje usted de pensar en Dios...

Gabriela me preguntó entonces:

—¿Y él?

—Está ausente...

—¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale, cuando lo vea, que me perdone, para que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo..., aunque el amarle es causa de mi muerte...

—Quiero ver a usted resignada...

—¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! ¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados!

Llegamos al pie de la escalera fatal...

Allí fue preciso separarnos.

Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron esta frase:

—Dígale usted que muero bendiciéndole...

En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta que al cabo percibiéronse claramente las voces de:

—¡Perdón! ¡Perdón!

Y por la ancha calle que abría la muchedumbre viose avanzar a un hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la otra...

¡Era Zarco!

—¡Perdón! ¡Perdón! —venía gritando también él.

Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, adelantóse hacia el patíbulo.

Gabriela, que ya había subido algunas gradas, se detuvo: miró intensamente a su amante, y murmuró:

—¡Bendito seas!

En seguida perdió el conocimiento.

Leído el perdón y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron a desatar las manos de la indultada...

Pero toda piedad era ya inútil... Gabriela Zahara estaba muerta.

XVIII -  Moraleja


Zarco es hoy uo de los mejores magistrados de La Habana.

Se ha casado, y puede considerarse feliz; porque la tristeza no es desventura cuando no se ha hecho a sabiendas daño a nadie.

El hijo que acaba de darle su amantísima esposa disipará la vaga nube de melancolía que oscurece a ratos la frente de mi amigo.

Cádiz, 1853

FIN DE LA NOVELA. ■


Un artículo montado por el “Doctor Muerte”

para Queseenteren