“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el noveno de sus Capítulos:  

1964. La Historia de Josefina, la propietaria de nuestro piso. (7)

Capítulo 9

El "Nenico" fue un amigo de la infancia, que pese a los años que han pasado, en este capítulo se revive su jodida infancia, cuyo principal causante de esa "mala vida" que pasó hasta ser un avanzado adolescente fue, su propio padre.

Si bien, vino a encontrar un "padre postizo secreto", en la persona de Don Juan, alias "El Cogito". Un exmilitar, héroe del bando Nacional durante nuestra "Guerra Civil", con el que mantuvo más de una persecución, pero en estos casos, simuladas...


Allá por la primavera de 1949, por nuestra calle caminaba una mujer alta y delgada, con una larga melena castaña, quizás un poco exagerada en su dimensión y peinado; completaban su semblanza, su pálida cara y sus ojos negros, que estaban perfectamente pintados, al estilo Cleopatra. Algo poco acostumbrado en esta barriada de gente humilde. Se dirigía hacia la tienda de comestibles del barrio, que estaba a unos cien metros de distancia. Cuando de repente, interrumpió el trayecto al escuchar una jocosa voz no muy lejos de ella; el improvisado “vocero” era uno de los habituales a esta hora de la mañana, que caminaba junto a otros dos:

—¡Josefina, t´ha caigut sa panxa! (¡te ha caído la barriga!).

—¡JA, JA, JA, JI! —su séquito le rio la gracia en voz alta.

Ante tal griterío, la mujer miró hacia atrás y reconoció en el suelo el bulto que había perdido. Sin inmutarse, retrocedió hacia él y lo recogió, exclamando y dirigido a ellos:   

—Em cago en ses putes de Sineu! (¡me cago en las putas de Sineu!) —Una expresión muy habitual de esta zona, usada para manifestar tu desprecio hacía algo. A la vez que cambió de trayectoria y alteró su rumbo, dirigiéndose de nuevo hacia su casa, sin expresar ningún tipo de vergüenza y sin contestar con más palabras al grupito de bromistas, a los que consideró unos meros maleducados.

Al rato, no tardó casi nada, volvió a salir de su casa; el bulto o barriga volvió a estar correctamente ubicado en el contexto de su cuerpo o figura. Y reanudó su itinerario.

Los mismos maleducados de antes, estaban esperando el regreso de la mujer, suponían que no tardaría en volver a salir. No tenían nada más que hacer que continuar mofándose de ella, su turno de trabajo empezaba más tarde:

—¿¡Josefina de cuantos meses estás!?

Ésta no hizo ni puto caso y continuó. Conocía sobradamente este comportamiento, típico de los hombres cuando se juntan en grupo y siguen las gilipolleces del cabecilla de turno.  

¡Esa era nuestra posadera…! Mantuvo las formas durante todos los meses, de digamos, su inusual embarazo.

Me he permitido el atributo de incorporar esta fotografía, tratada informaticamente, de una persona allegada y muy parecida físicamente a nuestra “Josefina”.

A un mes cercano a cumplirse el supuesto periodo de gestación, su hermana Amapola vino a vivir con ella, ¡y coincidencias de la vida!, también estaba en estado de buena esperanza. Sin embargo, había algo que las diferenciaba y que cobraba importancia en sus respectivos embarazos; Amapola era madre soltera, cosa muy mal vista en aquellos años, y Josefina no.

Fotografía de un Renault-4CV, el modelo mencionado.

La futura parturienta bajó del coche que la había acompañado, un flamante “Renault 4 CV.” de color rojo vino, importado de Francia; que daba a entender el poderío y ostentación de su propietario. El conductor también salió rápidamente y se le acercó, amablemente la cogió del brazo y la acompañó a la puerta. Tras lo que regresó al coche y sacó una maleta, que se la colocó justo a su costado…:

—¡Cariño, ya sabes!, todos los gastos que puedas tener yo te los pagaré. 

—¡Métete tu dinero por el culo!, lo que esperaba era que cumplieras con tu promesa.

—¡No estoy preparado aún para casarme!, tengo muchas cosas por hacer antes… 

—¡Pero sí que lo estabas para follarme!

—¡No voy a discutir contigo!, por cierto, ¡tú tampoco tardaste mucho en abrirte de piernas! —replicó el pijoteras, pero se ve que se lo pensó y decidió cambiar de postura— ¡Recuerda que te dije que yo pagaba el aborto!

—¡La puta de tu madre era la que debería haber abortado! ¡Y no parir a un engendro como tú!

Sin continuar con la disputa, el hombre le dio un beso en la mejilla y se alejó de la puerta, al tiempo que con habilidad pulsó el timbre de la casa. Regresó al coche y no espero a que saliera alguien de ella a recibirla, como si tuviera prisa en alejarse de la futura mamá. La puerta se abrió al mismo tiempo que arrancó el vehículo: 

—¡Pasa dona!, ¡déjame que yo coja la maleta! —No fue muy expresiva en sus muestras de felicidad por la visita.  

—¡Josefina no llevas puesta la barriga, te van a ver los vecinos!

—¡Que se vayan a la mierda, ya me tienen harta! —contestó y luego preguntó— ¿El del coche no es Ceferino? —refiriéndose al conductor del coche que se alejaba.

—¡Sí, es ese cabrón! —dicho esto, acabó de entrar en la casa sin mencionar nada más sobre él— ¡Vayamos a lo nuestro, que es lo importante! —cerrando la puerta. 

A partir de ese momento, Josefina se dispuso a darle a su hermana todo lo que necesitase en este último periodo de su embarazo.   

Pasado un mes, un nuevo descendiente vino a la familia, no a la de Amapola, sino a la de Josefina. El parto fue bien, la comadrona y una ayudante vinieron de la ciudad expresamente para que no hubiera ningún problema en el alumbramiento; y para evitar “filtraciones”, no eran las profesionales habituales de la zona. Algo innecesario, pues la mayoría de los vecinos ya sabían bien quien era la verdadera parturienta:

—¡Toma, es un guapo niño! —dándole el bebé a su madre.

—¡No!, su madre es mi hermana, ¡cógelo tú Josefina!

—¡Uf!, ¡que no me vaya a caer! —exclamó Josefina ante su carencia de práctica.

—¡BUA… BUA! —¡Es precioso! ¡Te prometo que no le faltará de nada!

—¡Ya lo sé!, tú serás una perfecta madre para él…   

Josefina vio su sueño de tener un hijo hecho realidad...

Un sano mozalbete acababa de aumentar la cifra de natalidad del país, tan necesitado de ello. Lo bautizaron con el nombre de Vicente, y nadie en aquellos momentos, se podía imaginar que de mayor se convertiría en un buen médico; no especializado en ginecología, sino en psiquiatría ¡Ahí es ná! 

Isidro, el marido de Josefina, no estuvo presente ese día, ya desde ese momento convertido en padre; se había marchado desde hacía unos dos meses atrás, a Cádiz. Donde estaba realizando unos trabajos de construcción de una nave en su puerto. Tardaría un mes más en poder regresar y conocer a su “primogénito”. Aún no tenía mucha ilusión con lo de ser padre de esa manera, pues en el fondo lo que él hubiera deseado era que fuese genéticamente suyo, y no un hijo acogido de su cuñada. Pero pronto la tendría y se convertiría en un buen padre.  

Al cabo de unos quince días, Amapola desapareció de la casa, se marchó, pasarían muchos años hasta volverla a ver por el barrio; la mujer tenía bien claro que la crianza de su hijo le correspondía a su hermana, y a los efectos suyos, esto del parto jamás había sucedido…

Lo más habitual en estos casos de madre soltera, a los que se abría que añadir también muchos de los hijos nacidos de las madres en reclusión. Era que el nacido acabara en los canales de adopción de aquellos años, hasta llegar a las manos de las típicas familias acomodadas de la época; deseosas de tener hijos y no poder. La mayoría partidarias del régimen de Franco y de fervorosas convicciones católicas.

Estas adopciones procedían de centros de parturientas, como “Las Casas de Maternidad”, que fueron creadas por el “franquismo”, con el fin de que sirvieran de hospedaje a las embarazadas solteras durante el periodo de gestación y también como lugar de parto.

Estas féminas eran internadas a propia voluntad o por imposición de la familia, para ocultarlas del vecindario y evitar el rechazo. En estas instituciones, regentadas por órdenes religiosas; estas jóvenes mujeres, bien terminaban dando en adopción a su bebé, habitualmente con la complicidad de los familiares. O inclusive se los arrebataban con falsos certificados de defunción.

Estas “Casas de Maternidad” dependían del “Patronato de Protección de la Mujer”. Organismo creado tras la Guerra Civil en 1942, jugó un papel clave y dramático en la vida de abundantes jóvenes. Dependía del “Ministerio de Justicia” y su presidenta de honor era “Carmen Polo”, esposa de “Franco”. 

Estuvo en funcionamiento durante toda la Dictadura y en los primeros años de la Transición, hasta 1985.

Estos centros estaban dirigidos por órdenes religiosas, como las “Oblatas”, las “Monjas de la Caridad”, el “Buen Pastor”, las “Trinitarias”, las “Adoratrices”, las “Cruzadas”, o la “Sagrada Familia”.

Fotografía de Carmen Polo de Franco en una visita oficial a una de estas "Casas de Maternidad".

…Hay que recordar que este tipo de madres como Amapola, padecieron el estigma social y toda índole de vejaciones. En muchos casos, fueron incluso internadas en centros para mujeres perdidas, que eran además costeados sus ingresos en los mismos y manutenciones, por los propios padres de la embarazada.

Pero este no fue el destino de Vicente, Josefina dedicó toda su vida a criar al niño, intentando siempre que no le faltara de nada. Quizás con un exceso de proteccionismo poco habitual en aquellos años. Por eso siempre se ha dicho que los hijos deseados, procedan de un parto propio o de donde sea, siempre son queridos de una manera muy especial. Y así, el desliz de Amapola fue la bendición de su hermana Josefina.  

Para esta labor de criar a su hijo, tristemente a los pocos años se quedó sola; pues su marido Isidro, falleció en un accidente de lo más tonto. Cuando circulaba con su bicicleta, por la mencionada en otras ocasiones calle Aragón, de camino al tajo. Perdió el equilibrio al meterse en su cuneta, que era muy pronunciada. Y al caer se estampó el melón contra el bordillo, muriendo ipso facto.

Accidente que me recuerda el que le ocurrió en esos años y en la misma calle; casi a la misma altura, unos metros después de la casa de mis abuelos. El (accidente) que tuvo también un familiar de mi mujer, su abuelo Miguel. Cuando montado en su bicicleta, se dirigía también a su trabajo, circulando detrás de un camión. Éste realizó un brusco frenazo, con la mala suerte que por su dimensión, las placas de acero que transportaba y sobresalían por la parte trasera del remolque… Resbalaron y salieron disparadas, degollado una de ellas a Miguel, falleciendo al instante. Lo que confirma, que los accidentes más imprevisibles, en algunas ocasiones suceden...:

«Muere degollado un hombre cuando se dirigía en su bicicleta al lugar de trabajo». Así fue el titular de los periódicos de la época (1966), narrando la noticia.

Josefina supo encajar su nueva situación como viuda. Del marido le quedó su casa y nuestro piso, que habían pagado conjuntamente.

Era una mujer poco habitual, tenía el gran defecto de caer mal a la gente, incluso a veces se le llegaba a odiar; en su honor decir que en aquella época ser viuda y tener un hijo, era suficiente para que te estuvieran "jodiendo" constantemente. Eran años en los que prevalecía una sociedad "machista". Las esposas tenían que pedir permiso al marido para todo. Además de rebajarlas, era una manera de recordarles el lugar al cual estaban relegadas.

¿No se puede creer?, pues sí, duró hasta 1981, en que se modificó el Código Civil y se le reconoció su capacidad de administrar sus bienes gananciales y su también “patria potestad” sobre sus hijos. Lográndose con estas últimas modificaciones, por fin la igualdad en el matrimonio. Este era el panorama para las mujeres; que debían pedir permiso a su marido para poder trabajar, cobrar su salario, abrir cuentas corrientes en bancos, sacar su pasaporte, el carné de conducir... ¡Para cagar no hacía falta! Todo estaba incluido en lo conocido como “LICENCIA MARITAL”, que era la autorización legal que necesitaban en España, las mujeres casadas de sus maridos. Y era necesaria para la realización de diversos actos de contenido jurídico y patrimonial, además de los mencionados antes. Por cierto, estuvo vigente hasta 1975. Así que mientras estuvo rigiendo esta ley, el marido podía disponer de los bienes comunes sin el consentimiento de la esposa. La mujer soltera se equiparaba al menor y no podía abandonar la casa sin el consentimiento paterno. Como este asunto es muy interesante y, a los lectores más jóvenes les sonará a “chino” todo esto. Mas adelante, sobre la mitad de esta “Bio”, en el capítulo titulado: «1967 La Legítima de Virginia y los Hijos ilegítimos. (10)», describo como era legalmente considerada “La Licencia Marital”. Sobre la cual profundizo aún más, conjuntamente con otras diferenciaciones que había de acuerdo con el sexo, al final de esta “Bio”, en los ´”Apéndices”. Donde se encuentra a disposición de los lectores, cinco pequeños “Dossieres”, en el que documento, quizás demasiado ampliamente, como se castigaban los delitos de “Adulterio y el Amancebamiento”; y lo que era el “Uxoricidio”, un “palabro” poco conocido de consecuencias mortales; y otros temas. 

Copia de la Escritura Pública de LICENCIA MARITAL, otorgada por el actor Francisco Rabal a favor de su esposa, también actriz, Asunción Balaguer, en Roma el 8 de septiembre de 1956. Autorizándola a poder viajar a su discreción. (se puede localizar en la “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”).

…Con todo este panorama, aun así, Josefina con el paso de los años se hizo con un buen patrimonio, compuesto por dos edificaciones, de las que vivía de sus rentas, además de las cuales estaba la nuestra. Y el mérito de tenerlo era todo suyo y, de sus particulares “negocios” con los hombres…

Nunca vivió con ella alguno de los varios novios o "queridos", que desfilaron por temporadas por su casa. Era una mujer astuta y debía de tener algún encanto especial para atraerlos, yo era demasiado pequeño para poder apreciarlo. Pese a que las malas lenguas decían que era medio bruja y, les metía potingues en las bebidas o ungüentos en partes del cuerpo; para tenerlos así locamente enamorados:

Probable autora o creadora de esta fórmula magistral, que se supone fue una de las desafortunadas "Brujas de Salem", y que cabe la posibilidad, que pudiera haber influenciado a nuestra Josefina. ¡Pero yo no asevero ni confirmo nada de nada!...

«Y ahora que ya tengo derretida la grasa del cuerpo de la Jacinta, ¡ésta ya no me vuelve a molestar! Pongo este trozo de jengibre, meneo todo bien y… Añado unas ramitas de eneldo, un poco de hierbabuena y este trocito de vainilla para despistar el olfato. Sigo meneando un poco más… ¡Y ya está, listo!».

Fórmula secreta para la elaboración de un ungüento vegetal para recuperar la capacidad sexual perdida. Hay que repartirlo por la zona en cuestión. [Nota: “Lea las instrucciones y advertencias del manual de elaboración y uso; disponible en la web”].


EL SEÑOR “POTATAS”.

No sé si era cierto lo de las "pócimas", pero el caso es que a los "queridos", según oía decir a mis padres y vecinas, la "bruja" les sacaba el dinero. Ya fuera en joyas o en otros bienes, hasta el punto incluso, según se comentaba…, que uno de ellos aumento su patrimonio con una casa, que se la había quitado a una familia que no le pagaba lo prestado. A este tipo se le conocía por su mal nombre, el de "Potatas".

Se dedicaba a esto, a prestar dinero, al igual que un banco o un usurero. Fue uno de los que más le duró, lo vi deambulando por el barrio, en muchos de los años de mi infancia, ¡todo un récord! Pues, esas mismas "malas lenguas" decían que cuando los había "exprimido", se los cargaba envenenándolos, que mala "folla" y envidia tenía la gente. Cuando regresaba del colegio, casi siempre estaba aparcado un largo coche negro, de los propios de esos años sesenta; no he podido recordar que marca era, se parecía a los que utilizan los "gansters" de las películas policíacas de antaño.

Fotografía del auténtico coche de POTATAS, que en la actualidad pertenece a un “acaudalado” descendiente de él, que no ha querido que se publique su nombre pero ha autorizado la fotografía.

Cuando coincidía con su salida de la casa de Josefina y "chocaba" conmigo, siempre me daba algo de dinero, como si fuera una limosna sin yo pedírsela, aunque yo no le hacía ningún asco:

—¡Toma muerto de hambre, cómprate unas golosinas!

No me lo decía en serio, en realidad era como una broma o especie de teatro entre ambos.

—¡Gracias Señor!, ¡que Dios le bendiga! —le solía contestar cual mendigo.

Era un hombre alto y gordo, muy gordo. Solía vestir traje oscuro, con unas gafas negras, tenía la pinta igual que su coche, de “matón de película”. Este “jueguecillo” entre el gordo y yo, me reportó unos “pingues” beneficios. 

Al no disponer de una fotografía de mi amigo el gordo de "Potatas", le suplo con este personaje del mundo del cómic, muy parecido a él, y conocido como "Kingpin" (Wilson Fisk), que es un supervillano que aparece en los cómics estadounidenses publicados por Marvel Comics. El personaje fue creado por Stan Lee y John Romita Sr., y apareció por primera vez en "The Amazing Spider-Man", en julio de 1967). Y presentado como adversario de Spider-Man.

Pero, un buen día el Sr. “Potatas” desapareció; supe que estaba enfermo, yo esperaba que el día menos pensado, nos volveríamos a chocar en la puerta de Josefina, pero no fue así.

Una tarde, casi noche, mi madre me vistió muy elegantemente y nos subimos en el coche que nos vino a recoger, era el del padrino Miguel, quien lo conducía e iba acompañado por su esposa Sebastiana. También ellos, al igual que nosotros, iban muy trajeados y bien vestidos, supuse que íbamos a alguna fiesta especial.

En realidad, fue todo lo contrario a una fiesta donde fuimos, era el funeral del amigo "Potatas"; que se celebraba en la iglesia del barrio vecino. La de siempre, la de “Cristo Rey”. Me percaté de ello casi llegando, pese a ello quise confirmarlo e interrogué:  

—¿A dónde vamos mamá? —algo me empezó a producir escalofríos.

—¡Y ahora lo preguntas! ¿No dijiste que «tú querías mucho a ese señor»?

—¿A qué “señor”? —los escalofríos se convirtieron en miedo, no sé qué me pasó.

—¡Chato no te hagas ahora el tonto! ¡Lo sabes perfectamente!, te lo estuve contando ayer, y tú insististe y hasta lloraste, diciendo que querías venir.

—Eso lo dije por decir algo, no entendí bien lo que me decías del señor “Potatas”; pensé que querías que fuéramos a verlo a su casa, además, ¡no me gustan los funerales, no quiero ver al muerto! —Me veía venir lo que me esperaba.

—¡Pues tranquilo, no lo verás!, pero ahora ya llegamos tarde y no tengo con quien dejarte, tu padre se ha marchado a casa de los abuelos.

—¡Vale, pero no quiero ver al señor “Potatas”!

Fue un trayecto corto, el padrino aparcó el coche no lejos de la iglesia, en aquellos años casi no había problemas de aparcamiento.

—¡Hala todo el mundo fuera! 

—Padrino yo iré contigo. —dije buscando su mano.

—De acuerdo, cógete a mi mano. —Y se la agarré fuertemente, dándome seguridad.   

En unos minutos llegamos a la Iglesia, la plaza de la entrada estaba llena de gente; pensé que el difunto tenía muchos amigos y que estaban allí reunidos para darle la despedida. Ahora supongo, que también debería de haber muchos deudores del prestamista, que quisieron asegurarse de que el gordo estaba RIP, y confiar en que su “Registro de Préstamos Concedidos” se perdiera y desapareciera la deuda con su fallecimiento. ¡Ilusos!, no tardarían mucho tiempo, y por mediación de sus descendientes, en comprobar que todo estaba anotado, ¡hasta el último duro!  

Más tarde pude apreciar desde el portal, que el “Templo” estaba lleno de flores y al fondo, junto al altar, estaba el ataúd con el cuerpo presente del señor “Potatas”. Una comitiva se había formado en cada lado del lugar, uno formado por hombres y el otro sólo por mujeres, iban en fila india pasando por delante del féretro. De acuerdo con mi petición anterior, a mí no se me dejo ir, directamente me sentaron al final del centro de culto, en uno de los largos bancos que casi llenaban la gran sala.

—¡Vamos “Chato”, siéntate aquí y no te muevas!, nosotros vamos a ver al Señor “Potatas”… —«¡Pues que te vaya bonito!», pensé. 

Terminado el circuito, todos los presentes encontraron un lugar donde ubicarse. Mis “acompañantes” se sentaron a mi lado. Desde allí se escucharon todo tipo de comentarios de los asistentes más próximos:

—¿No lo habéis visto muy amarillo?

—¡Si parece como si tuviera la difteria!

—Y, o el ataúd era pequeño o el “Potatas” se ha hinchado, ¡parece que lo han metido dentro de la caja con un calzador!

—¡Venga ahora callaros que empieza la misa! 

El cura inició el acto con sus respectivas plegarias, aunque ya estaba acostumbrado de los días que íbamos a misa, siempre me sorprendía ver tanta gente levantándose y sentándose a las órdenes del párroco, cual director de una orquesta.

Yo me entretuve intentando localizar a Josefina entre la gente sentada en el primer banco de la derecha; el reservado para los familiares del "Potatas" de sexo femenino. Como en lo de las filas al dar el pésame, la separación por sexos se llevaba hasta en la más elemental situación en la vida cotidiana…

«¡Cómo debe de ser! ¡Y que no cambie! ¡Ejemmm! ¡Dónde se ha visto que estén mezclados…! ¡¿Eh?! ». 

¡Habló el “Subconsciente”!, parece mentira que un tipo así conviva conmigo…

«¡No ves que lo digo en coña! ¡Menudos retrógrados!».

Pero no había manera, allí sólo había mujeres vestidas de negro y extrañas para mí, hasta las dos desconocidas jóvenes gemelas, que eran las que más atraían mi atención, vestían de ese color. Pero mi repaso a los presentes, buscando mi “objetivo”, tuvo su fruto, y no fue en la parte delantera, sino en la trasera, de pie y casi en la entrada, estaba la delgada figura de la amante desconsolada. Se encontraba sola, nadie le daba a ella ningún pésame. Con la mano le hice un gesto de saludo, no era lo acostumbrado, pero era mi manera de decir "lo siento". Josefina se percató y en correspondencia me envió un beso con la boca ¡Si es que en verdad no era tan mala!, ¡al menos conmigo no! Y aunque todo el mundo sabía de la relación entre ellos, a efectos del funeral, la que figuraba era la esposa del muerto y su familia. A nuestra Josefina, más bien se le trataba como a una apestada “robamaridos”. Además de ser el objeto de las comidillas propias del funeral:

—¡Mírala tan erguida, ahora se tendrá que buscar a otro!

—¡Si no lo tiene ya!

—¡Veremos cuál será el próximo matrimonio que destrozará!

El acto religioso continuó de la manera acostumbrada y, cuando el cura estaba ya a punto de finalizar la ceremonia, un fuerte ruido acompañado de gritos sonó; la bóveda del templo lo incrementó:

—¡CHUUF, POFF! —Lo inimaginable había sucedido; el "Potatas" había reventado, había tripas y caldo por todo el altar. El párroco, que se llamaba Don Miguel, echaba maldiciones. Seguro que Dios le perdonó por lo inusual de lo sucedido, pero los "coños" sonaron igual de fuertes que la explosión de la barriga del difunto.

—¡Por favor que no cunda el pánico!, salgan ordenadamente de la Iglesia…, ¡la misa ya ha finalizado! —Era la voz de un joven cura que ayudaba ese día al párroco. 

Uno de los presentes comentó:

—¡Ha salpicado a todos los de la primera fila, además de a Don Miguel!

La misa se dio por concluida, la gente de manera ordenada abandonó el recinto y se volvió a concentrar en la zona del patio de la entrada. 

Nosotros también seguimos al tumulto, en los "círculos" de personas que se formaron, se oía de todo, desde lamentaciones a carcajadas. Los comentarios de lo sucedido eran los protagonistas. Todos decían conocer los detalles del “estallido”:  

—¡Justo antes de que reventara, se oyó un fuerte pedo!

—¡Todos decíamos que estaba muy hinchado!

Y había algunos de los presentes, más mordaces en sus comentarios:

—¡Yo no quiero ser mal pensada!, pero esto es propio de lo que les suceda a personas que han sido envenenadas. —este comentario lo hizo una lectora seguidora de las obras de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de “Sherlock Holmes”.

—¡Felisa cállate, no hagas comentarios de este tipo!

—¡Yo sólo digo lo que se dice! —No era muy amiga de Josefina, al hacer lo que dice el viejo dicho popular en latín «Calumniare fortiter aliquid adhaerebit. (La calumnia se adhiere fuertemente a algo)» y más vulgar y habitual «Calumnia, que algo queda».  

Lo sucedido aparte de ser la comidilla durante meses en el barrio, sirvió para que se endurecieran las medidas contrarias a celebrar misas con el “cuerpo presente”, o sea, con el ataúd destapado y visible el difunto. A los meses, al menos esta iglesia, dejó de celebrarlas y se reservó esta modalidad de funeral con el féretro sin tapa y de “cuerpo presente”, sólo para determinados casos.

Don Miguel, el cura, que por cierto así le gustaba y exigía que se le llamase, era curiosamente quién hacía más bromas sobre lo sucedido haya donde fuere:

«Pues estaba yo celebrando la misa, y de repente me salpicó el muerto presente, sus entrañas salpicaron mis hábitos y hasta mí cara. ¡Seguro que fue una maldición de Dios!, por el tipo de vida que practicaba el usurero. A lo que habría que añadir que, además abandonó a su esposa para “juntarse” en pecado con otra mujer».    

Así es la vida, los que menos pueden dar consejos, son los defensores de las maneras de vivir conocidas como convencionales. Eso viene a lugar por lo siguiente, el clérigo vivía en un edificio anexo a la iglesia, recuerdo que en una ocasión que fui a visitarle para temas de mi comunión; pude entrar en él. Tenía muebles muy modernos y todo muy bien colocado y limpio. Como no podía ser de otra manera, pues tenía también viviendo en la casa a una señora o sirvienta, destinada al cuidado del edificio de la iglesia y la personal del predicador, cual “ama de llaves”.

En el colegio algunos maestros, a los que no les agradaba el clérigo, decían que estaban liados. Lo cierto es que la sirvienta estaba de muy buen ver, así que, viendo la felicidad del varón, cura o no, hombre y con sus necesidades, presumiblemente lo estarían… «¡Y yo sólo digo lo que se decía!», al igual que hacía la Felisa…

Fotografía del auténtico coche de POTATAS, que en la actualidad pertenece a un “acaudalado” descendiente de él, que no ha querido que se publique su nombre pero ha autorizado la fotografía.

LA BIBLIOTECA DE JOSEFINA.

Volviendo a nuestra afligida viuda, no reconocida oficialmente, en los meses siguientes, servidor tuvo un acercamiento poco previsto con ella. Que se produzco al marcharse de viaje su hijo:

—¡Venga Vicente, que ya eres todo un hombre!

—¡Mama, no me apetece para nada ir a vivir a Barcelona!

—¡Estarás bien con tu tía!, ella siempre te ha apreciado, además no tiene hijos y tú eres su único heredero; tu padre sólo tenía a esta hermana.

—¡Yo me quiero quedar contigo!, sé que me necesitas.  

—¡No seas tan dramático!, que en nada me presento a verte, cojo el barco por la noche y a la mañana ya estoy allí. Ya verás como estarás muy bien con tu tía, además solo será por una temporada.

Dando por buenos los planteamientos y vaticinios de su madre, nuestro vecino Vicente, futuro psiquiatra de renombre, partió hacia Barcelona.

Pasados unos días de su marcha, un sábado por la mañana, coincidí con ella en la acera común de nuestras casas:

—¿Señora Josefina, se encuentra bien? —La mujer se sorprendió de que yo me dirigiera a ella.

—¡Pues si hombre! —que astuta al considerarme como alguien adulto— ¿Por qué lo preguntas? —a lo que yo no supe que contestar…:

—¡Por nada, como la he visto pensativa…!

—¡Ah, no te preocupes!, estoy un poco triste porque mi hijo se ha marchado.

—¡Si ya lo sé!, lo he escuchado. 

—¿Y dónde?  

Aquí me cogió en “bragas”, no sabía cómo salir, así que opte por decir la verdad.

—Lo he escuchado en la tienda de mi padrino.

—¡Vete acostumbrando a no hacer caso a lo que oigas por ahí!, la gente es muy mala y critica a los demás sin saber sus circunstancias.

No entendí lo que me quiso decir, pero se me ocurrió salir del paso dándole la razón.

—¡Es cierto!, ¡la gente tiene muy mala leche! —estas palabras le llegaron al alma.

—¡Y tanto! Pero tú no tendrías que hablar así, no tienes que decir palabrotas o hablar con un lenguaje soez —Me dio una alabanza y un rapapolvo por mal hablado, si es que en el fondo la Señora Josefina iba de “fisna”—. Si no tienes nada que hacer entra en mi casa y te daré una taza de chocolate.

—¡Acepto! —Por supuesto que acepté la invitación, una oportunidad única como esta, para “husmear” en su casa no se podía desaprovechar.

Ya dentro, lo primero que observé, es que estaba muy cargada de muebles y de objetos. La seguí de acuerdo con sus señas y sin parar llegamos a una gran sala:

—Antonio, aprovecha para curiosear con los libros de la estantería…

Lo de que "me gustaría curiosear", lo deduciría porque ella también fue niña y ya se sabe, que los niños son curiosos por naturaleza; pero lo de los libros, me tenía despistado. ¿Qué interés tendría Josefina en que mirara los libros?

—Empieza a leer por donde quieras, a ver si amplias tu manera de hablar y dices menos palabrotas. 

Pues allí estaba en el salón, mirando y leyendo desde lejos los títulos de los libros; en la primera estantería, había una colección de biografías; en ella me concentré. Además, era a la que tenía más fácil acceso por mi altura. Saqué el primero de los libros, recuerdo que era muy pesado, así que lo puse sobre una mesa que había en el centro y lo destapé:

«”La vida de José Stalin”, de este hombre hecha siempre pestes el jodido de Don Eduardo —el que fue uno de mis maestros de bachillerato—. ¡Seguro que debe ser interesante su vida!» —pensé para mí mismo, mi costumbre de siempre.

Fotografía de José Stalin (Iósif Stalin) en 1942.

Y continuando de pie inicié la lectura, enseguida me enganché con la vida de este hombre. Resulta que era el tercer hijo de una pareja de sirvientes que vivían en Georgia, que en aquellos años pertenecía al Imperio Ruso. Antes sus otros dos hijos habían fallecido, además tenía dos dedos del pie unidos por una membrana, además de esto y además de aquello, todo esto ya me gustaba, pero alguien me interrumpió:

—¡Vamos “Chato” aquí tienes tu taza de chocolate! —Cambió el Antonio inicial por el “Chato”, éste podía considerarse…, «un buen inicio de una larga amistad».

—¡Ah sí, gracias! —Lanzándome a saborear el “néctar de los dioses”, cogí la taza y sin pensármelo le di un sorbo—: ¡Agrr! ¡Está quemando!

—¡Es como tiene que estar, bien calentito!, lo que tienes que hacer es tomártelo a cucharaditas y por supuesto soplando.

—¡FUUU… FUUUFFF! —Así lo fui haciendo, al mismo tiempo que mantenía una conversación con Josefina:

—Veo que has escogido la biografía de “Stalin”, ¡buena elección! Gracias a él, “Hitler” no conquistó Europa durante la guerra. 

—¡Ah, sí! ¿Y quién es “Hitler”, Doña Josefina?

—¡No me llames “Doña”!, que me haces vieja ¡Llámame Josefina, y punto!

—¡Entendido!, se lo repito ¿Y quién es “Hitler”, Josefina y punto?

—¿Oye en verdad eres tan tonto?

—¡Era una broma Josefina, a secas!   

Fotografía de Adolf Hitler tomada en 1937.

—¡Ahora vamos mejor! “Hitler” ya está muerto, fue un asesino alemán que mató a muchísima gente durante la “Segunda Guerra Mundial”. Fue un dictador, pero ya tendremos tiempo más adelante de hablar sobre él. Ahora hablemos de Stalin, que también fue otro dictador, pero de otra nación, la “URSS”, que quiere decir la “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”.

Continuando, narrándome durante la siguiente media hora, parte de la vida de “Stalin”, yo estaba abobado; jamás me hubiera imaginado que Josefina tuviera ese “don” de explicar la historia de manera tan entendible, acabó diciendo:

—¡Bueno y esto es todo lo que te cuento del “amigo Stalin”!, ahora te toca a ti ir leyendo el libro y, así te enterarás de muchas otras cosas de su vida y de lo que hizo, así harás trabajar a tu imaginación y además lo memorizarás mejor leyéndolo.

—La verdad es que ya sé suficiente sobre este hombre, prefiero escoger otra biografía. ¡¿Vamos, si a Josefina y punto le parece bien?!

Josefina no contestó, se limitó a observar cómo colocaba el libro y escogía otro del mismo estante— ¿Qué le parece este otro personaje, es Napoleón?

—¡Buena elección!

—Si quiere puede empezar Vd. a contarme cosas sobre él.

—¡Lo tienes claro, no voy ni abrir la boca! Ya puedes empezar tú a leer.

—¡No ha picado!

—¡Pero tú que crees! ¿Qué me he caído de un guindo? Además, ya es tarde y tienes que regresar a tu casa. Por hoy ya está bien, te he dado chocolate ¡Del más caro por cierto!; y te he enseñado a leer y a no decir palabrotas… ¡¿Que más coño quieres?!  

La verdad es que ya estaba un poco cansado de leer, así que recibí de buen grado el recordatorio de la mujer. Aunque me dejó perplejo con lo de añadir “coño” en su pregunta sobre mis deseos. Se me ocurrió devolvérsela aprovechándome de ella:

—¡De acuerdo!, si le parece… Me llevaré el libro, ¿no? ¡Por cierto ha dicho “coño”!

—¡De eso nada! Estos libros me los trajeron de Argentina y son muy valiosos. El libro se queda aquí, si lo deseas puedes venir otro día a leerlo. —No dijo nada del “coño”. 

—¿Y qué día, yo toda la semana voy a escuela?

—Pues el próximo sábado por la tarde, los sábados son un buen día para que le dediques tiempo a la lectura y, te formes como persona, en lugar de estar haciendo perrerías con tus amigos por la calle.

Pensé en su ofrecimiento y rápidamente le dije:

—¡Acepto su oferta!, procuraré cada sábado venir a visitarla.

—¡Eh quieto, tampoco te pases! Si quieres venir algún sábado, te pasas antes, máximo el viernes, y me comunicas que vendrás. Y ya te lo confirmaré o no… ¿Entendido “pollastre”?

—¡Así lo haré Josefina y punto!

—¡Otra vez! ¿Qué te he dicho?, ¡déjalo, lo haces para joderme! ¡Y sí, antes dije “coño”! Pero yo puedo decirlo porque soy mayor y no un mequetrefe como tú. 

—¡Josefina, esas palabrotas!

Tal cual, se inició una interesante y culta relación, la gran mayoría de los viernes llamaba a su puerta y, sin entrar en la casa, le confirmaba que al otro día iría al “cuarto de lectura”. Jamás me negó que fuera, todos los sábados me esperaba con una taza de sabroso chocolate; además de hacerme legibles comentarios sobre las vidas de los diversos personajes que leí.

Gracias a sus propiedades antioxidantes, sus capacidades para mejorar la circulación y su influencia para ayudar al metabolismo corporal, convierten al cacao, consumido diluido dentro de una taza de chocolate, en un gran aliado en el contexto de una dieta equilibrada y consciente.

…Esto duró hasta el regreso de su hijo Vicente, que aconteció con las vacaciones de verano. La interrupción de las sesiones se me comunicó uno de esos viernes:

—¡Hola Josefina!, mañana vendré a visitarla, no se olvide de mi chocolate. —El saludo, la comunicación de mí próxima visita y la despedida, todo lo hice de manera “telegráfica”. Sólo faltaron los típicos “stops”; su respuesta vino de dentro de la casa:

—¡Eh tú, no te vayas tan pronto! —acercándose a la puerta—, mañana no vengas, que regresa mi hijo Vicente y tengo muchas cosas que hacer y…, de hablar con él.

Eso me sentó como una patada en los hue…, así que ella me consideraba como un segundo plato, ¡hasta aquí podíamos llegar!

—¿Entonces ya no hay más veladas de lectura? —le pregunté en tono irónico.

—¡Yo no he dicho eso!, pero bien pensado, si te me vas a poner gallito, ¡pues sí! Las lecturas de momento quedan interrumpidas.

No le contesté, me limité a cerrar la puerta con un portazo y dejarla despotricando.

Pero meses más adelante volvimos a reiniciar nuestra relación amistosa:

—¡Buenos días, Doña Josefina! Me gustaría hablar con su hijo Vicente, tengo unas dudas sobre una lección de FEN (Formación de Espíritu Nacional), que me han puesto en el colegio y, quisiera que me las aclarara, ¿puedo verlo ahora? 

—¡Serás cabrón! —esa era la previsible respuesta a mi malintencionada pregunta—, mira que eres retorcido y malo ¡Eres más malo que la peste! Ya sabes tú de sobra que mi hijo ha regresado a Barcelona, donde está estudiando para convertirse en un hombre de provecho; ¡Y no en un ser andrajoso como vas a ser tú…!

Misión cumplida, ahora tocaba abrazarla y esperar su reacción como madre postiza, una táctica arriesgada pues podía tener una mala reacción y darme una torta:

—¡ZASSS! —¡No me hable así Josefina…!, ¡que yo la quiero mucho! —al tiempo que la abrazaba fuertemente con mis pequeños y tiernos brazos por su cintura.

—¡Bueno, bueno, ya está! ¡Yo también te tengo aprecio! —no acabó de exteriorizar sus sentimientos, como era su costumbre, ¡fría como un témpano de hielo!— Y ahora vamos para adentro que te voy a preparar una merienda… —Invitación que acepté.

Al rato salió de su cocina con una bandeja, en ella había un bocata hecho con crema de chocolate y un vaso con naranjada; también contenía una tetera y una taza.

—¡Venga come este bocadillo, “muerto de hambre”! —La mujer había recuperado su sentido del humor— Seguro que has pasado más hambre que “Cascorro”.

—¡Uhmmm, ñam ñam!, ¡qué bueno! —y lo estaba, ella se sirvió su té y lo empezó a saborear a sorbitos; pero no tardó «en darle al pico»:

—¡A ver, que es lo que necesitas saber para tus deberes de la FEN? —preguntome.

—Trata sobre la “Historia de España”, sobre la “División Azul”, el maestro quiere que le preguntemos a nuestros padres, que era y si algún familiar estuvo en ella.

—¡Pues vaya cojones que tiene tu maestro!, estos en lugar de olvidar las guerras, quieren que las recordemos toda la vida, ¡menudo cabrón! Y además explicarle a un niño lo que fue aquella locura, ¡lo veo una aberración! —Pocas veces la vi tan cabreada y de mala leche con el encargo de Don Bartolomé.

—¡Déjelo Josefina!, ya se lo preguntaré al padrino, que él vivió esto de la guerra.

—¡Pues mira hijo, casi lo prefiero!, es que me estoy poniendo de muy mala leche.

Fotografía de una marcha de la 250.ª División de Infantería, llamada oficialmente en España: “División Española de Voluntarios”; y en Alemania: “250 Infanterie-Division”, más conocida como la “División Azul” (Por el color de las camisas del uniforme falangista).

Esperé un rato más en su compañía para que se calmase; y después de acabar la naranjada, le di un beso y me marché directamente a ver al padrino Miguel. A quien localicé en su tienda, y le expliqué lo de la “División Azul” que me pedía el maestro:

—Pues vamos a sentarnos en el comedor y te lo cuento —como presumía, le encantó poder contarme la historia y las hazañas de aquellos “voluntarios”, hechas en Rusia y considerados “héroes nacionales” por el régimen de “Franco”— …Y un camarada mío que estuvo en mí misma compañía, se apuntó voluntario a la 250.ª División de Infantería, llamada oficialmente en España… “División Española de Voluntarios”; y en Alemania, “250 Infanterie-Division”, más conocida como la “División Azul” (Por el color de las camisas del uniforme falangista) o “Blaue Division” en alemán. Se integraron en el ejército (nazi) de Alemania… 

Entre 1941 y 1943, cerca de 45.000 soldados españoles participaron en diversas batallas, fundamentalmente relacionadas con el sitio de Leningrado.

El comandante de la unidad fue “Agustín Muñoz-Grandes”, exsecretario general de la “FET” (Falange Española Tradicionalista) y uno de los pocos generales falangistas. 

La División tuvo 4.954 muertos en el frente, 8.700 heridos, 2.137 quedaron mutilados, 372 de sus hombres fueron hechos prisioneros por el “Ejército Rojo de Stalin” y 7.800 soldados enfermaron.

De los apresados, sólo unos pocos sobrevivieron a los largos años de privaciones y trabajos forzados, durante su cautiverio en los campos de trabajo soviéticos. Tuvieron que esperar hasta doce años y sólo pudieron regresar tras la muerte de “Stalin”. Los 220 hombres que sobrevivieron fueron repatriados de Siberia a Odesa, y luego de allí a España en 1954, llegando al puerto de Barcelona el 2 de abril de ese mismo año… y Tal y tal y Pascual... —Lo dicho, disfrutó con los recuerdos y lo contó de tal manera que lo vivías, ¡vamos como si estuvieras allí…!

Cuando me tocó el turno, dias después, de hacer un resumen en la clase, hice una magnífica disertación sobre ella. Si bien no incluí los datos que he puesto antes, que los averigüé años después y he creído oportuno documentar este recuerdo. 

…Y bien cierto es, que las costumbres que adoptas de niño, sin lugar a dudas, te influencian el resto de tu vida. Y yo le agradezco a Josefina “y punto”, que despertara en mí esta pasión por la historia y por supuesto, por la lectura… ■

FIN DEL CAPÍTULO 9


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