“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el doceavo de sus Capítulos:  

1965. Mi Primera Comunión (8).

Capítulo 19

Y sin prácticamente enterarnos, hemos llegado a un recuerdo que sin darnos cuenta, hemos ido "pasando" por él. Me refiero a la portada de esta BIO, que vemos al inicio de cada capítulo, cual es el caso; y como se aprecia, corresponde a la fotografía que "inmortaliza" la toma de la "Primera Comunión" del "Chato". Pues todas las vicisitudes que se produjeron antes y en ese día, las recordamos en este capítulo.

También daremos una "pincelada" a la vida de la gran Sarita Montiel...


Faltaban unos meses para que viniera “El Tiempo Pascual”, un periodo del año litúrgico, que abarca los cuarenta días entre el domingo de Pascua de la Resurrección de Jesús; hasta el domingo de Pentecostés. Que es cuando está la costumbre de celebrar las Comuniones, especialmente en el mes de Mayo.

Celebración propia de la Iglesia Católica, religión a la que, como casi toda España, pertenecía también servidor; y no porque lo hubiera elegido, esto era, y "aún suele ser..." (entre comillas), una elección de los padres.

Quedaban aún algunos que no seguían este dogma, pese a estar bautizados en la fe católica, como mi abuelo y mi padre. Pero está incompleta apostasía, la llevaban a lo “bajini”, por lo que pudiera venir. La Iglesia Católica pintaba muchísimo en aquellos años, podías no ser un ferviente practicante, pero no vanagloriarte de ello.

Mi madre era un caso aparte, pues su religión, y la de sus padres, que la iniciaron en ella; era la de la Iglesia Protestante.

Sus practicantes, los protestantes, pudieron practicar su culto hasta la llegada de Franco, que con la Ley de 2 de febrero de 1939 derogó la de “Confesiones y Congregaciones Religiosas” de la II República. Prohibiendo los actos públicos religiosos de otras creencias, y dejándolos limitados a la vida privada. A la vez que declaró a España como un estado confesional de la Iglesia Católica Apostólica Romana, que además trajo consigo la incautación de los bienes de las confesiones no católicas. Muchos lugares de culto protestantes fueron asaltados, incautados o temporalmente retenidos.

(↑) Puerta de la “Iglesia de Todos los Santos” en Wittenberg (Alemania), donde supuestamente Martín Lutero (1483-1546, 62 años) publicó sus "Noventa y cinco Tesis" en 1517, detallando su preocupación por lo que consideraba abusos y corrupción de la Iglesia Católica.

Las "Noventa y cinco Tesis", es una lista de proposiciones para una disputa académica escrita en 1517 y que se considera dieron origen al protestantismo cristiano, considerada como una de las principales religiones del mundo, convirtiendo a Wittenberg en la cuna del protestantismo.

En el recuadro vemos un retrato de LUTERO pintado por “Lucas Cranach el Viejo” en 1529.

En cuanto a la enseñanza, a los protestantes se les ofrecieron dos alternativas: confiar la educación de sus hijos a las escuelas confesionales católicas. O prescindir de la escuela pública, renunciando al diploma básico, sin el cual no podrían después aspirar a un trabajo, ni acceder a otros niveles de enseñanza.

El evangélico ni siquiera tenía derecho a un entierro digno, previsto sin embargo, en la ley de 10 de diciembre de 1938, que entregó a la Iglesia Católica el control de los cementerios, y en la que se obligaba a los ayuntamientos a reedificar «las antiguas tapias que siempre separaron los cementerios civiles de los no católicos». Las inhumaciones solo eran autorizadas sin acompañamiento, ni rezos. Y casi siempre a horas intempestivas. 

Bella imagen del Cementerio Protestante de Málaga, © "Diario Sur”.

…Si bien como requisito para casarse legalmente, tuvo que renunciar a ella y ser bautizada de acuerdo con la liturgia de la religión católica.

Aunque me parece que ya con aquella edad, le importaba una mierda todo esto de las religiones, y si con esto, evitaba problemas futuros, pues a ser católico tocaba.

El no pertenecer o no cumplir con sus mandatos del buen cristiano, que se convertían en leyes por mediación de sus seguidores: políticos, falangistas, excombatientes y demás fanáticos que ocupaban muchos de los puestos de poder. Te podía acarrear gravísimas consecuencias.

Pues eso, para evitarnos disgustos, mi madre decidió que todos fuéramos miembros de este credo, y “por huevos” (ovarios), todos católicos. Luego en la intimidad, que creyéramos en lo que nos diera la gana.

A principios de marzo, y tras regresar del colegio, mi madre me dijo:

—¡Hala Antoñito, ven conmigo que vamos al sastre!

—¿Qué te vas a hacer un traje nuevo?

—No tontín… es para ti, para tu primera comunión. ¡Estarás guapísimo!

Y hacia el famoso costurero acudimos cogiditos de la mano, y como siempre usando el «coche de San Fernando»; ya se sabe: «Un rato a pie y otro andando».

Durante el trayecto me fui pensando, que traje escogería de entre los propios para este acto litúrgico; si el traje de marinero, el de almirante…

Cuan equivocado estaba, como pude comprobar, mi madre tenía otros planes y otro tipo de uniforme para mi Primera Comunión.

Llegamos a la sastrería, que era el anexo o cochera de una vivienda en planta baja, nada más llegar, mi madre tocó el timbre de la entrada; el sastre también era el que vivía en la casa pegada.

—¡RING, RING! —Al rato nos abrió un bien vestido “sastre”, en este caso su vestimenta y apariencia, iba en consonancia con su oficio.

—¡Hola Antoñita! os estaba esperando, ir hacia la barrera que ahora abro el taller…

«¿Qué mierda de taller?» —Pensé yo, esto que era una sastrería o un taller mecánico de coches. Mi madre me espabiló y de la mano me hizo moverme unos pasos, hacia la barrera metálica. Casi al mismo tiempo, desde el interior, levantaban la barrera a una altura de cabeza de adulto.

—¡RA, RA, RA! —le faltaba algo de aceite al rodillo.

—¡Pasad por favor, pasad! —resultó ser uno sólo quién la elevó.

Hasta el momento mi madre no había pronunciado palabra, no le había dado la ocasión el modisto, hablaba como una cotorra. Aprovechó un lapsus y…  

—¡Hola Pascual! Este es mi hijo Antoñito, el que hará la Comunión.

—Está hecho todo un hombretón. —a la vez que nos daba indicaciones con el brazo de que entráramos, y así lo hicimos.

Vista de las herramientas y demás utensilios, utilizados por estos profesionales de la costura que son los sastres y que es un oficio en decadencia.

Ya en el interior del taller… de costura:

—¡Déjame que te tome las medidas!

Con una cinta métrica que fue desplegando, empezó a hacer un estudio de las medidas de mi cuerpo. Cada una de sus mesuras las anotaba en una libreta.

—¡Estira el brazo… 45 cm! ¡Ahora el izquierdo, para comprobar que estás bien hecho y mide lo mismo! —Le gustaba hacer bromas para hacerlo más llevadero, mi madre se rio.

—¡JA, JA! ¿Cómo que si está bien hecho? ¡Si lo he parido yo!, ¡está perfecto!

—«¡Alábate pollo, que mañana te pelan!» —Un refrán muy oportuno el exclamado por el costurero— ¡Hala ya está, ya tenemos suficiente por hoy! Ahora toca elegir la tela de entre las muestras que os traigo.

Aquí es cuando se jodió el invento, mi madre tenía que elegir del muestrario el paño deseado, pero yo no veía entre las muestras, la usada para los trajes convencionales para estos actos religiosos; la mayoría manufacturadas con tejido de color blanco.

—¡Está quedará muy bien! ¿Opinas lo mismo Pascual?

—Sí; es una tela moderna, que queda bien en cualquier celebración.

Vi el tejido seleccionado, y pensé que, el sastre y mi madre «se equivocaban de cabo a rabo». ¡¿Cuándo se ha visto un traje de gala militar que no sea blanco?!

—¿Mamá de que voy a ir vestido a mi Comunión?             

Esta pregunta que le formulé, le hizo recordar que todavía no me había contado el cambio de mi traje.

—¡Ay sí hijo, que no te lo he contado! Como resulta que este año tenemos varias celebraciones, es mejor que el traje lo puedas usar en más de una ocasión.

—¡Y qué dirán los otros niños si me ven vestido así!

—¡Qué coño van a decir!, ¡qué estás muy guapo!

El sastre salió en su ayuda, mintiendo como un bellaco:

—¡Es verdad Antoñito! Como el tuyo, ya he confeccionado otros que han tenido mucho éxito en la iglesia, ¡hasta el cura los ha felicitado!

No me convenció, me sonó a una trola, ¡me acababan de fastidiar mi Comunión!

…De regreso, para que se me pasara la “mala leche”, mi madre decidió que hiciéramos una parada en la casa de los “Periquitos”; que por cierto estaba bastante cerca de la sastrería. A este apodo, correspondían los suegros de una de las hermanas de mi madre, que se había ido a Venezuela también «a hacer las Américas».

Era una casa edificada en planta baja, con un pequeño trozo de terreno en la parte de atrás. Este tipo de parcela era muy habitual en los extrarradios del casco, como ya he comentado en otras ocasiones.

—¡PUM, PUM! —en esta casa no había timbre— ¡TRIS TRAS! —alguien la abrió.

—¡Antoñita, que alegría me da veros! ¡Y me has traído a mi niño!

—¡MUA, MUA! —Algo que nos diferencia a los latinos de otros pueblos.

—¡Pasad, Ernesto está en el patio! Desde que se ha jubilado por lo de la hernia, se pasa el día en la mecedora y… cuidando de los periquitos.

Le voy a dar un vaso de piña al niño, y para nosotras preparo un café con leche.

Tanto la vivienda como los muebles eran antiguos, tenía varias habitaciones que siempre vi cerradas. La vida la hacían en la cocina y en el porche trasero, que daba a su pequeño trozo de terreno. Hacia él fuimos los visitantes, Amparo, la anfitriona, fue a preparar las bebidas.

—¡Hola abuelo! ¿Cómo está? —Aunque no tenía ningún parentesco así lo llamaba.

—¡Pero bueno! ¡Mira quienes han venido! —levantándose de la mecedora con dificultad— ¡Amparo, prepara una cafetera! —con el tono subido por la distancia a la que estaba ella.

Desde la cocina no se oyó respuesta alguna; yo me dirigí hacia una gran jaula, que estaba justo en la pared medianera con el vecino, siempre lo hacía.

La pajarera estaba repleta de periquitos y de todos los colores. En los costados estaban colgados varios nidos de madera:

—¡Enrique! ¡Hay una hembra que está en celo!

El hombre interrumpió la conversación que mantenía con mi madre, a la cual yo era ajeno, y me contesto:

—¿Y cómo lo sabes? —empezaba el examen, quería saber si recordaba lo que me enseñó la otra vez que vine. Indiscutiblemente no sabía con quién trataba.

—Pues porque la hembra, que es la que tiene las “narinas” (orificios nasales) de encima del pico de color marrón; y cuando está en celo se ponen aún más marrón.

Una periquita con el "celo".

—¡Así es! ¿Y cómo diferencias a los machos? —Te vas a enterar…

—Esto ya me lo dijiste la última vez, ¡que no soy tonto! El macho las tiene (las “narinas”) de color azul. ¿Puedo abrir los nidos?

Detalle del color azul de las “narillas”, que identifica al periquito como un macho. Al costado, vemos las “naraillas” en color marrón típicas de la hembra.

—¡No hijo, que están llenos de crías y los aborrecerán!

Ante esta prohibición, mi atención fue para Amparo, que iba cargada con una bandeja repleta; que se apresuró en poner sobre una mesa próxima al balancín.

—¡GLU, GLU, GLU! —El prometido refresco estaba llenando el vaso.

—¡Toma Antoñito, y bébetelo despacio!

¡Despacio!, eso era mucho pedir, la cola me gustaba mucho, especialmente esta de la marca “Orambo”, una marca de cola local, como de las muchas que había en cada zona del país y que imitaban a la original Coca Cola.

—¡GLUB, GLUB! —¿Me das un poco más Amparo?

—¡Pero no ves que te va a sentar mal, está muy fría!

A los segundos la mujer cedió a mi petición y me llenó de nuevo el vaso. Seguidamente sirvió el café en tres tazas, que acabó de llenar con leche.

—¡Antoñita, coge la tuya! —ambas empezaron a deleitarse tomado el primer sorbo:

—¿Tenemos noticias de Maruchi (María Dolores) y de Lisardo (su hijo)?

—¡Pues sí!, precisamente hace unos días llegó una carta de Venezuela.

—¿Y qué, están todos bien? —Era una manera más de ponerse al día de mi madre.

—Parece que les va bien, que se han adaptado a aquella manera de vivir, ¡ya llevan desde el 51!, y nuestro “Lisardito” ha encontrado trabajo nada más llegar.

“Lisardito” (Lisardo), era el primogénito del matrimonio emigrado a Venezuela, tardó bastante en volver a juntarse con sus padres. Yo jugué con él en muchas ocasiones a los “indios”, pese a que era mucho mayor, siempre conservaba un jovial espíritu infantil. Antes de partir hacia las Américas, recuerdo que me regaló uno de sus objetos más valiosos, “el indio Jerónimo”; una figurita de plástico con las piernas dobladas, réplica del famoso jefe indio. ¡¿Dónde leches acabaría el muñequito?!

—¿Vosotros lo debéis extrañar? —preguntó mi madre a los suegros de “Maruchi”.

—¡Y qué lo digas!, sólo han pasado 18 meses desde que se marchó, y aún no he tocado su habitación. Ten en cuenta que casi lo hemos criado nosotros.

—Pero era lo mejor que pudo hacer, a su edad con dieciocho años ya estaba a punto de entrar en la mili. Además, lo correcto es que la familia esté unida, allí está con sus padres y su hermanito Ernesto, el venezolano. —De igual nombre que su abuelo y ya nacido en el aquel país.

—¡Sí; supongo que tienes razón Antoñita! Y tú, ¿tienes noticias de tu hermana?

—Me ha pedido que le envíe unos papeles que necesita de España, unas partidas de nacimiento y unas “fe de bautismo”. He recurrido a mi vecina Margarita, para que me ayude a conseguirlos, ella se desenvuelve bien en estos sitios.

—¡No las extrañas! Ya hace muchos años que se marcharon y te quedaste sola.

—¡Pues claro! Son mis hermanas, y sí, ahora estoy yo sola. Recuerdo cuando partieron; como sabes, la primera que se marchó fue Raquel a Norteamérica. Luego, años más tarde, “Maruchi”, tu nuera. Y la última fue Sunti (Asunción), a los pocos años, después de nacer “Mimo” (mi hermano Damián). ¡Pero así es la vida!

—¡Sí! Todas ellas se marcharon con sus maridos, y tú Antoñita. ¿Por qué no te marchaste con tu esposo, la primera vez que se fue a Venezuela?

—Pues porque ya había nacido la niña, y no tenía con quien dejarla. Además, hablando claro, no me fiaba de mi marido. Y si cuando llegaba allí me dejaba por otra. ¡Qué coño hacía yo en ese país!

—¡Cambiemos de tema! —un acertado giro— ¿Y a qué se debe la visita?, normalmente vienes una vez al mes y sólo ha pasado una semana desde la última…

Mi madre les contó lo de mi próxima Comunión, y también, lo del traje en cuestión.

—¡Pues vas a estar muy guapo! Te voy a regalar una jaula con una pareja de periquitos, ¡para que los críes! —afirmó el abuelo, ya tenía mi primer regalo.

No tardamos mucho más en partir de regreso a casa, mi mal humor se me pasó.

Al sastre volvimos varias veces para irme probando el traje. Hasta que, en una vez de ellas, el “parlanchín” dio su visto bueno:

—¡Te queda como una percha!

Y efectivamente, ahora que lo llevaba bien puesto, me empezó a gustar. Pero procuré no exteriorizar mi agrado:

—¡No está mal! —exclamé mirándome en un enorme espejo, de los de pie que te permiten ver todo tu “cuerpo serrano”.

—¡Estas monísimo, pareces un “menistro” (ministro)! —Mi madre dándome coba.

Es verdad que lo parecía, y aún más con sus complementos; la camisa blanca y la corbata daban el último toque. Lo único que no me acababa de encajar eran los pantalones cortos, ¡todo un fallo! Pero como era un niño, así solíamos vestir, a lo cual yo ya estaba acostumbrado. 

No sé cuánto le costó y como lo pagó, pero no debió de ser barato. Ya de mayor, comprendí perfectamente el motivo que le hizo decidir a mi madre, por un traje convencional en lugar de uno clásico como el de marinero…, ¡“la pasta”!


…Un mes antes del acontecimiento, el día “C”, previsto para el domingo 27 de mayo. Iniciamos unas clases de “catequesis”, que tenían la función de introducirnos en la fe del cristianismo, acercándonos a la figura de Jesucristo. Que era uno de los dos requisitos para tomar la Primera Comunión. Aparte de por supuesto estar bautizado.

Nos las dio nuestro párroco Don Miguel, en una sala de la vicaría. Acudimos dos tardes a la semana, una vez finalizadas las clases del colegio.

El cura intentó hacerlas amenas contando algunos chistes, y esto fue de agradecer, pues todo aquello sobre Jesús y la bondad que debíamos tener las personas, no me acababa de convencer. ¡Y si no, porqué estalló otra guerra en el mundo unas semanas antes!...

El 8 de Marzo de 1965, se inició la conocida como “Guerra del Vietnam”. Dos batallones compuestos por la Infantería de Marina de los EE.UU. con un total de 3.500 hombres, desembarcaron en “Da Nang” (Vietnam) por orden del presidente de los EE.UU. Lyndon B. Johnson. Duró hasta 1975, y durante el conflicto murieron 5,7 millones de personas, de los cuales 4 millones fueron civiles de ambos bandos.

El 8 de Marzo de 1965, se inició la conocida como “Guerra del Vietnam”.

…Pero apliqué, lo de que aquella guerra, era un «Designio de Dios», y cumplí con el primer requisito sin problemas; me lo planteé como un mero trámite. Luego vendría el segundo requisito, obligatorio también, la confesión o penitencia.

Unos días antes del día “C”, nos reunimos los niños y niñas que íbamos a comulgar por primera vez, en el confesionario de la Iglesia de “El Vivero”.

—¿Cómo te ha ido Marta?

—¡Ahora no puedo hablar “Chato”!, voy a rezar diez padrenuestros, como expiación de mis pecados.

Menuda penitencia, eran muchos padrenuestros, probablemente habría cometido muchas faltas o pecados. Ahora era mi turno, y hacia el confesionario me dirigí, una vez arrodillado empecé a contar mis pecados:

—¡Padre confieso que he pecado de palabra, obra y omisión y tal y tal y Pascual…

Procuré no dejarme ninguno de mis pecados, el cura cuando me iba interrogando sobre ellos, me sonó raro, tanto por su voz como por su manera de hablarme; me parecía un perfecto desconocido. «¡Éste no era nuestro clérigo Don Miguel!»

Me controlé y no le pregunté «¿Quién coño era?».

Una vez vaciada mi consciencia, cumpliendo todos los pasos de una buena confesión, ¡como manda la Santa Madre Iglesia Católica!: 1º/ Examen de conciencia; 2º/ Contrición (o arrepentimiento), que incluye el propósito de no volver a pecar; 3º/ Confesión; y 4º/ Satisfacción (o cumplir la penitencia). Luego me dio su absolución:

—Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El último paso de “Satisfacción”, no recuerdo en cuantos “padres nuestros” y “aves marías” se quedó; pero sí, que recé los que se me ordenó.

Así que salí del confesionario y me coloqué, poniéndome de rodillas, en el soporte de entre los bancos para tal fin. Allí cumplí mi “no memorizada” penitencia.

Cuando finalicé, me reuní con el resto de los niños confesados, en la parte delantera de la iglesia, frente el altar. Y por fin puede ver la figura del anónimo confesor.

Lógicamente no me ha sido posible encontrar una foto del cura “pater” (castrense), pero sí, y que va como “anillo al dedo” para este capítulo, esta fotografía de Alberto Sampedro recreando a un Capellán Subalterno o segundo (Teniente) en la recreación Lopera (Jaén) 2019. Foto de Ricardo MG. Nuestro agradecimiento al Grupo de Recreación “Primera Línea”.

Era un hombre alto y robusto, llevaba una gran boina negra, conocida como “Txapela”. Vestía una larga sotana negra que le llegaba hasta los tobillos; portaba además algo poco habitual, un ancho cinturón como los utilizados por los militares.

Supimos luego, que era oriundo de Navarra y criado en Bilbao, de ahí que se le notara un acento totalmente diferente al de nuestro párroco Don Miguel.

—¡Vamos ahora a practicar lo que haremos el domingo que viene!

—¿Y dónde está Don Miguel? —preguntole mi amiguita Marta.

—Don Miguel está enfermo, tiene una gripe de campeonato y lleva varios días en cama. ¡Yo le sustituiré!

—¿Y cómo se llama? —continuó interrogando, los niños ya se sabe…

—Me llamo Iñaki, pero llamarme “Capitán Páter”, como me llaman todos los soldados. Vaya chasco nos llevamos todos, resulta que era un militar y además capellán; así se les conoce a los sacerdotes o curas castrenses, encargados del servicio religioso de una iglesia no parroquial; como es el caso del ejército. Éste además, tenía la graduación de capitán. Y ahora nos tocaba a nosotros contestar:

—Decid primero vuestro nombre y después me comunicáis de qué vais a ir vestidos el domingo. ¡Ah, las niñas no hace falta que hagáis nada, ya se sabe cómo iréis ataviadas, todas de vírgenes, ¡cómo tiene que ser! ¡Empieza tú mismo, el pecoso!

Acabábamos de ver cómo se las calzaba el capellán, ¡un perfecto machista!

Con el transcurso de los días, nos fuimos enterando por los cuchicheos de las mamás, de más facetas de su vida, casi toda su carrera militar había estado destinado y aún estaba, en el “Tercio Gran Capitán” de la Legión española. Y sólo hacía un mes que había partido de su cuartel, emplazado en la ciudad de Melilla.

Había venido a la isla de sopetón, para acudir al entierro de su madre; también navarra, y que vivía desde hacía unos años con su otra hija, casada con un isleño.

Aprovechando su estancia, el obispado creyó oportuno usarlo como sustituto del padre Don Miguel, hasta que se curara de la gripe. Mas, volviendo a la presentación:

—Me llamo Julián, y voy a ir vestido de marinero. —aquello parecía más una reunión de “alcohólicos anónimos” contando su vida, que un previo a una Comunión…

—Yo me llamo Máximo, y el domingo iré vestido de militar.

—¿De qué rango? —preguntó el cura castrense.

—¡De almirante!

—¡Coño con el niño, no te quedas corto!, ¡tú de soldado directamente a almirante! ¡Vamos, el siguiente! —Ése era yo.

—Yo vendré muy bien vestido…

—¡Esta claro que vendrás con ropa, no vas a venir en pelota picada! ¿Pero de qué?

—Pues sin rango, con un traje de vestir de color marrón.

—¡Qué coño dices soldado! —Se equivocó de guerra el militar— ¡A la Comunión siempre se acude vestido como toca!, ¡y es de militar! ¡Este acto también es un reconocimiento a los mártires de nuestra “Cruzada”!

¡No seré yo quien te de la Comunión, ya te puedes ir buscando otra iglesia!

—¡BUA, BUA! —Mis lágrimas también acompañaron a este sollozo.

Salí corriendo del templo y como pude llegué a mi casa; en dos ocasiones durante el trayecto, me tuve que parar y soltar los llantos y las maldiciones. La Confesión se fue a la mierda, pero seguro que Dios lo comprendería:

—¡Maldito hijo de puta! ¡Cómo coño se puede ser tan cabrón!, ¡FISSSH, FOSSS!

—¡PUM!!! —al entrar en casa, cerré de un portazo llamando la atención de mi madre:

—¿Qué te pasa hijo?, ¿qué te han hecho?

Me abracé a ella buscando su consuelo, que recibí. Y al rato le conté y con detalles, las palabras que me había dicho el castrense. Menudo cabreo cogió, fue una de las veces que he visto a mi madre más encendida:

—¡Me cago en…! —No completo la frase pues recordó que estaba a días de hacer la Comunión— ¡Vamos a ponernos tranquilos, tú déjame a mí que yo lo arreglo!

—¿Y podré hacer la Comunión el domingo?

—¡Por mis cojones que tu harás la Comunión!

—¡Mamá tú no tienes cojones! —tras mi frase, los dos estallamos a reír— ¡JA JA JA!

—¡Pero tengo ovarios hijo, y bien gordos! ¡Y no le digas nada a tu padre, que nos mete en un buen lio, es capaz de ir a darle una paliza al militar!

Al finalizar el día siguiente, mi madre regresó de hacer una visita y me llamó:

—¡Ya está arreglado, el domingo harás la comunión con los otros niños!

Quería saber más detalles de esta afirmación, no me imaginaba como había convencido a la bestia del navarro.

—¿Y cómo lo has hecho?

—¡No tengo ganas de dar detalles ahora! Pero como te conozco te lo resumiré:

He estado en la casa (vicaría) de Don Miguel, ya sabes… al lado de la iglesia. Y le he contado lo sucedido. El hombre se ha puesto a mil y me ha dicho que vayas el domingo, que la misa la celebrará él.

—¿Y qué te ha dicho del traje?

—Que así vestido, la tendrían que hacer todos los niños, que es lo que promulga el Papa Pablo VI, y me ha dicho algo más que te va a gustar. ¡Que mañana mismo va a mandar a la mierda al cura castrense!

Y tanto que me gustó, me di por satisfecho y me olvidé al momento del agravio sufrido por el Iñaki. ¡Agur!

Arriba, la Fotografía de este narrador, vestido con sus mejores galas, utilizadas el día de su Comunión. No cuento la historia de la foto, pues necesitaría de escribir otra novela sólo para ella. La tomó el fotografo “Salvat”, previo pago por parte de mi “Mamá”.

EL DÍA DE LA COMUNIÓN

…En la mañana del soleado y esperado domingo, día 27 de mayo, celebré mi Primera Comunión, allí estaba yo destacando sobre los demás con mi elegante traje. Llevaba colgado un bonito crucifijo y puestos unos guantes blancos, como muestra de haber renunciado a los pecados del diablo. Y un rosario cogido por la mano, que no sabía dónde colocármelo. Por decisión de Don Miguel, ninguno llevábamos la típica vela de estos actos, el año anterior, un niño casi ardió entero con el jodido cirio; y el sacerdote lo quitó de la ceremonia en la misa. Finalizada la cual, y ya fuera, la cogiera quien quisiera…   

Recibí a Jesucristo, mediante su cuerpo y su sangre; o sea tragando la ostia y bebiendo un sorbito de algo que parecía vino, pero más dulce.

«No cabía ni un alfiler» en la parroquia, por mi parte, vinieron al acto, un buen número de niños de nuestro barrio; casi todos de mí misma edad y acompañados por sus respectivas madres. También estaban los padrinos y sus hijas, algunas vecinas, y por supuesto mi familia; sólo una falta ya prevista, la ausencia de mi padre…

Que sí acudió al convite, de hecho, estaba de vigilante en el lugar de celebración, ya a primera hora de la mañana.

En esta ocasión, no repetíamos en el lugar donde celebramos el bautizo de mi hermano Andrés, la cochera del padrino. Sorprendentemente mi padre quiso encargarse de los preparativos, y de organizar banquetes sabía mucho; en Venezuela había tenido un restaurante. Y también, además había trabajado de camarero y luego de “maitre”; en establecimientos de Suiza, y por supuesto en la isla. El lugar para el convite era una casa vacía de muebles, pues estaba en venta. O séase, que pocos destrozos podíamos hacer esta tribu de niños. La había alquilado mi padre para este día por un buen precio, el conocer a los propietarios influenció.

Se agenció de tableros, caballetes y sillas; todo ello prestado por diferentes vecinos. Y montó, tapando las mesas con manteles de papel, un verdadero comedor; como el de los de verdad. Sin nada que envidiar a cualquier salón especializado en convites.

Los invitados fueron llegando, mis abuelos fueron de los primeros en hacerlo, los trajo en su coche el tío Tolo y su esposa, la tía Isabel. A mi padre le dio mucha alegría verlos y que hubieran decidido acudir, con el abuelo era algo imprevisible lo de su asistencia. Luego fueron llegando otros convidados, los asientos se reservaban especialmente para los niños, que en definitiva era para quien se había armado todo este tinglado. La mayoría de los adultos, se juntaban en una especie de larga barra que había montada en la entrada. O salían de la casa, una vez dejados a sus hijos, y se iban a dar una vuelta por el barrio; acabando casi todos, en alguno de los bares próximos.

—¡Ya están aquí, ya llegan! —exclamó un invitado al vernos acercarnos a la puerta.

Cuando entré, recibí un fuerte aplauso de los presentes. ¡Me sonrojé!, era la primera ovación de mi vida. Luego vendrían muchas más, ¡ejem… ejem!

Pasado el apuro, seguí a mi madre, que me colocó en un sitio privilegiado de la mesa. ¡No era para menos!

Lógicamente era el centro de atención, algunos maliciosos cotilleaban sobre mi traje.

¡Ignorantes!, ¡palurdos!, ¡que sabrían ellos de moda o de las últimas tendencias!

—¡Mira, es como una novedad! —ésta era un poco menos arcaica…

—¡Qué quieres que te diga, yo soy más tradicional!, y ¡BLA, BLA, BLA…!

Mi padre, el maestro de ceremonias, empezó a servirnos un caliente y sabroso chocolate, con el que llenaba nuestras tazas. Dos desconocidos camareros contratados por él, le ayudaron en esta tarea. Uno de ellos, colocando en la mesa platos llenos de cuartos (una especie de bizcocho) y churros cada cierta distancia, a los que no tardábamos en meter mano.

A los mayores, les cambiaron este menú por uno basado en canapés, olivas rellenas, patatilla y algún aperitivo más; todo acompañado por la bebida que escogían entre refrescos, cervezas, vino, vermut, e inclusive, si le caías bien al otro camarero que servía en la barra, te ofrecía un whisky ¡Todo un derroche!, el hecho por mis padres en mi honor… ¡Y en el suyo! ¡Ya tenían ellos ganas de hacer un poco de “bufas”!

Al final del ágape, se sirvió champagne a los adultos, y a nosotros, una especie de engañadizo champán rebajado con agua. ¡Todos brindamos al unísono!

—¡Salud! —algunos añadieron— Y força al canut!

Tras el brindis, se produjo un lapsus, que algunos esperaban, mi madre me recogió y me hizo que la acompañara haciendo un tour entre los invitados:

—¡Felicidades “Chato”! ¡MUA, MUA! —el primero de una larga recepción de besos.

—¡Toma esto es para ti! —Un regalo recibido, por cortesía y educación no se abrían en este momento, se esperaba a hacerlo cuando no estuvieran presentes, ya acabado el convite.

Yo se los iba entregando a mí apoderada, o sea mi madre, quien cada cierto número de obsequios recibidos, los guardaba en una saca que tenía en una habitación.

Y así fuimos aumentando nuestro tesoro, al final hasta vinieron los invitados rezagados con sus presentes:

—¡Perdona Antoñita pero no hemos podido llegar antes!

—¡Tranquilos! Pero vamos “Luisín”, ve para la mesa y tómate una taza de chocolate con churros. ¡Mario me haces el favor de atender al niño! —El camarero lo acompañó y se encargó de servirle.

—¡Antes de que te vayas, toma esto “Chato”!

—¡Anda que caja más grande!

—¡Esperamos que hayamos acertado!

—¡Seguro que sí!, anda hijo, acompáñame a dejarlo a buen recaudo, y vosotros, pedid lo que queráis en la barra. Continuamos con el recorrido, procurando no dejarnos a ninguno de los convidados. Mi madre cogió a mis hermanos y les dio unas instrucciones:

—¿Veis aquel cuarto? ¡Pues que no entre nadie!, dentro están los regalos de vuestro hermano.

—¡Pero madre, he quedado para dar una vuelta! —«excusas de mal pagador».

—¡Y yo tengo que terminar de desmontar la radio! —la excusa de Damián.

—¡Bueno ya basta! ¡Os vais turnando y asunto resuelto! —Mando y ordeno.

Recogido el último presente, varios de los niños de mi calle se me acercaron:

—¡Vamos “Chato”!, ¡ven con nosotros a dar un garbeo!

—¿Puedo mamá?

—Espera unos minutos, tu padre va a ofrecer cigarrillos y puros a los invitados, recuerda que tú eres el agasajado y es de mala educación el que te marches ahora, ¡ten un poco de paciencia! ¡Mira, ya empieza!

“Faria” es una conocida marca de puros con muchos años de existencia. En 1889, Heraclio Farias, patentó con su apellido, un sistema mecánico de elaboración de cigarros; que luego fueron fabricados y distribuidos por toda España, por la “Compañía Arrendataria de Tabacos”, antecedente de la popular “Tabacalera”; que luego se fusionó con la francesa “Seita”; formando el “Grupo Altadis”, y que, en 2008, fue adquirida por la compañía británica Imperial Tobacco.

MI padre, cargado con una canasta llena de tabacos, los fue repartiendo…

—¿Un “Faria”? —preguntó ofreciéndolo, “Faria” era una conocida marca de puros con muchos años de existencia. En 1889, Heraclio Farias, patentó con su apellido, un sistema mecánico de elaboración de cigarros; que luego fueron fabricados y distribuidos por toda España, por la “Compañía Arrendataria de Tabacos”, antecedente de la antigua “Tabacalera”, hoy en día “Altadis”.

—¡Caray Damián!, habéis «tirado la casa por la ventana» ¡Venga dame uno!

En este tipo de fiestas, los puros habitualmente se les ofrecían a los hombres, salvo que estuviera presente “Sara Montiel”, cantando su famoso: «¡Fumando espero, al hombre que más quiero!», que interpretó en la película “El último cuplé”, en 1957. 

Cartel de la película “El Último Cuplé”, dirigida por Juan de Orduña. Y al costado, afiche de “Sara Montiel” (María Antonia) confeccionado para promocionar uno de sus muchos “relanzamientos” de su conocida canción “FUMANDO ESPERO”.

A las señoras se les ofrecía un cigarrillo rubio de la marca “Winston”:

—¡Toma un pitillo Lucia! —Ofreciéndoselo de la cajetilla ya abierta.

—¡Gracias!, me lo fumaré luego en casa.

Y seguidamente vino la sorpresa para mí, pero que en verdad formaba parte de la tradición, fumarte tu primer cigarrillo el día de tu comunión:

—¡Toma hijo, esta cajetilla de “Winston” es para ti y para que invites a tus amigos!

—¡Muchas gracias, papá! —En aquellos años, el fumar estaba bien visto, era un estereotipo de la conducta propia de los ya adultos e independientes.

Cogí el paquete y partimos el grupito hacia una calle del barrio sin curiosos.

—¡Vamos abre la cajetilla y dame uno!

—¡Tranquilo “Michel”! Esto tiene que ser toda una ceremonia, es el primer pitillo de nuestra vida. —Quité la tirilla del celofán de la cajetilla y la abrí— ¡Hala, estrénala! —El ansioso “Michel” cogió su “droga” legal, lo mismo hicieron los otros cuatro mozalbetes, y el último en llevarse el cigarrillo a la boca, fui yo.

Saqué un mechero “Zipo”, que me había regalado el abuelo, con años de historia, y le fui dando fuego a los compañeros. Con la primera “chupada” y la entrada del humo en los pulmones, vinieron las temidas reacciones:

—¡AAAG, AG! ¡Qué asco! —Las consecuencias de cumplir su deseo.

—¡JEEG, AAAG! —La música continuó con los otros intérpretes.

Seguidamente fue mi turno:

—¡HUMM, HUMM! ¡Qué bueno! —El truco era no inhalar el humo, pero…

—¡No lo has hecho bien, tienes que tragarte el humo! —me jodí y tuve que hacerlo:

 —¡AAAG, AG! ¡Qué asco! —Ahora sí, pude comprobar la reacción de mi cuerpo, en especial la de mis pulmones; contraria a la absorción de nicotina y otras mierdas que contiene el tabaco.

Curiosísma postal franqueada de 1905, que muestra a NIÑOS FUMANDO; UNO, UN PURO Y EL OTRO, EN PIPA.

Que nos recuerda, el desconocimiento de las enfermedades que conllevaba este hábito en aquellos años. Y como era algo habitual y arraigado en la vida cotidiana.

Pero a casi todo nos acostumbramos, con los años volví a fumar, y entonces si aprecié, la propiedad terapéutica que tiene la hoja de tabaco para calmar los nervios. 

Me fui convirtiendo poco a poco en un fumador habitual, llegando inclusive a ser lo que se conoce como un “fumador empedernido”. ¡Cómo pude llegar a esto!, ¡yo no quería!, las circunstancias y la incertidumbre me llevaron a este vicio. ¡Perdónenme estimado público!

Por suerte para mi salud, ya hace muchos años que mandé a la mierda el “puto tabaco”. Mis pulmones me lo agradecieron. Pero aun ahora, cuando me viene “de rebote”, el aroma del humo de un cigarrillo rubio, no me desagrada nada de nada… Y por suerte, en lo que no me he convertido es, en uno de estos/estas exfumadores, que arremeten contra un fumador nada más verlos cerca, cual si estuviera su vida en peligro por la posibilidad de inhalar un poco de humo. Olvidándose de lo difícil que es "desengancharse" de este "vicio" o "hábito" ¡Hay que ser tolerantes...! ¡Si bien, el respeto debe de ser mutuo! 

«¡Vaya sermón que has soltado macho!

¿Me he pasado verdad, Subconsciente? Es que se ve que aún me dura lo aprendido en la "Catequesis" y me ha dado por ahí...

«Por esta vez te lo paso, ¡pero a mí no se te ocurra echarme el humo!».

El día de mi Primera Comunión, acabó con la ceremonia de apertura de los regalos. La hicimos por la noche y con todos los miembros de la familia presentes. Los fui abriendo yo, no dejé a nadie hacerlo. ¡Me convertí en un auténtico egoísta!

—¡RAS, RAS! —fue el ruido al romper el paquete de uno cualquiera de ellos.

—¡Mira una cajita!, ¡veamos que hay dentro…! ¡Un anillo de oro!, ¡lo puedo vender, y me darán dinero para una bicicleta!

—¡De eso nada! ¡Los regalos no se venden! —Pues claro, como tiene que ser.

Éste, era uno hecho por los padrinos, los regalos solían llevar dentro o fuera del envoltorio, un papel con el nombre de quien te “homenajeaba”. Además, mi madre, que tenía buena memoria, se quedaba con quién me lo había hecho.

Cansado de abrir cajas y viendo también el anhelo de hacerlo, en la cara de mis hermanos, tomé la decisión de que ellos participaran en este “salao”:

—¿¡Por qué no continuáis vosotros!?

Tiempo les faltó para agarrarse a los obsequios, alguno tuvo como destino final a uno de mis consanguíneos, lo dicho, se ve que algo me quedó de las clases de “Catequesis”. ■


FIN DEL CAPÍTULO 19

Fotografía de Sara Montiel tomada en 1954.

UN PEQUEÑO HOMENAJE A "SARITÍSIMA"

Sara Montiel, cuyo nombre completo era María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández, nació en 1928 en Campo de Criptana (Ciudad Real), España. Entró en el cine después de ganar un concurso de talentos a los quince años.

Y fue en su segunda película cuando cambió su nombre a Sara, en honor a su abuela, y Montiel por los campos de Montiel en la región de La Mancha donde nació.

No tardó, y en la década de los 60 se convirtió en la estrella más popular internacionalmente y mejor pagada del cine español. Apareciendo en cincuenta películas y grabó alrededor de 500 canciones en cinco idiomas diferentes.  Se casó cuatro veces, la primera con Anthony Mann (actor y director de cine estadounidense); el matrimonio duró de 1957 al 63, y al estar él ya divorciado, fue excomulgada por la Iglesia Católica en España por la ceremonia civil.

Yo la conocí en la época en la que estuvo casada con José Tous Barberán, abogado y periodista asentado en Mallorca; la boda se había realizado en 1979, y duró hasta 1992, el año del fallecimiento de "Pepe" Tous. De esta unión nacieron dos hijos adoptivos: Thais (nacida en 1979) y José Zeus (nacido en 1983).

Nuestra "Estrella" falleció a los 85 años, el 8 de abril de 2013, en su casa del barrio de Salamanca de Madrid, casi con total certeza, debido a causas naturales, por un fallo cardíaco.

El autor Antonio G. Noguera junto a Sara Montiel en una entrevista en directo.

Tuve la oportunidad de charlar con ella y entrevistarla en varias ocasiones. Con su afable carácter, formado por su "mundología" vivida, siempre estuvo dispuesta a acudir desinteresadamente a donde le pidieras su presencia. Desde aquí, ¡vaya mi mejor recuerdo para ella!

El Autor: Antonio G. Noguera


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