“QUERIDO CHATO”
PRÓLOGO
Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco
Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…
UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.
En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el décimo de sus Capítulos:
1964. Las Obras en el tejado del piso. (7)
Capítulo 10
"Cerrado por Obras", este imaginario cartel que se debería haber colocada en la puerta de la casa de la familia del "Chato", nos indica ya lo que se trata en este Capítulo. Las obras para solventar las goteras de la cubierta de la casa.
Como nos "desperdigaron" por diferentes lugares a los miembros de la familia; al protagonista le tocó hospedarse en casa de sus abuelos. Durante ese tiempo se conocieron mejor, y el "Chato" aprendió que la comida "no venía del cielo", había que "cazarla", en especial a los conejos y a las palomas.
También "descubrió" una emisora de radio muy peculiar: Radio Pirenaica", el medio utilizado por la oposición franquista, para estar al día a través de sus noticieros...
Volviendo a Josefina, nuestra posadera o arrendadora, después del fallecimiento del “Potatas” (visto en el capítulo anterior), no tardó mucho en tener un nuevo acompañante. Probablemente debió de ser en esta ocasión una relación meramente profesional, aunque cuando se tenía un historial como el de ella; lo normal era pensar en otro tipo de vínculo más “profundo”, además con este nuevo "amigo" parecía que los papeles se habían invertido. Pues el joven Vicario, llamado Gabriel, además de frecuentar la casa, pasó a convertirse en su consejero económico y administrador. Cosa rara en la viuda la de dar tanto poder sobre sus finanzas a un ajeno, pero por algo lo haría... Y de mayor me enteré de cuál fue el motivo, o mejor dicho, la obligación. Hasta la Ley 11/1981 de 13 de Mayo, el Código Civil indicaba que el ejercicio de la patria potestad sobre los hijos, la ejercía sólo el padre. La madre no la tenía a no ser que enviudara. Y en este caso, las viudas recibían un tutor legal de por vida si no se volvían a casar; y este era el panorama hasta que se modificó la machista ley.
De hecho, pasados unos meses, pudimos comprobar el poder que tenía el clérigo... Teniendo yo ya los siete años, un día acompañé a mi padre a una cita que tenía con él, lo hice sentado en nuestra vespa, a la que habíamos bautizado como "la pupú".
El despacho del Vicario, estaba en una planta baja, cerca de la carretera que pasaba por nuestro barrio; pero más adelante y ya en la barriada de “El Vivero”.
—¡Vamos Chato!, que llegaremos tarde, ¡súbete en el sillón!, detrás de mí y ¡Agárrate fuerte!
—¡No, no me ayudes que ya subo sólo!
—¡RUM, RUUUM! —con el rugido de “la pupú” partimos hacía allá.

No he podido recuperar ninguna foto de las que se me hicieron con mi padre “montados” en “la pupú”. Pero ésta, que es un fotograma de la película “Vacaciones en Roma”, protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck; dirigida y producida por William Wyler en 1953; nos permite recordar nuestra “Vespa”, y comprobar la popularidad que alcanzó esta moto en toda Europa. ¡Y probablemente la visión sea más agradable!
El motivo de la entrevista era para negociar como se desarrollarían las obras del arreglo de las tejas, y del roto cañizo con el que estaba hecho el techo de nuestra casa. Cuando llovía entraba agua por algunos agujeros y de cada vez iba a más.
Al llegar nos hizo pasar a su despacho, al principio todo eran buenos modales por ambos contrincantes, mi padre le comentó lo que había. Y como también era albañil, mejor dicho… Maestro de Obras, le propuso un plan para realizar los arreglos; además de indicarle el tiempo que creía deberían tardar. No se refería a él, sino a los albañiles que pudiera contratar el administrador de la Josefina, para ejecutarlos.
Pero cuando salió la respuesta de la boca del Vicario, las cosas se torcieron:
—Damián me parece muy bien su planificación, así que lo mejor sería que ya que sabe tanto, se encargara Vd. de realizarlas. Además ¡Por supuesto de pagarlas!
—¡Esto no es lo que había hablado con Josefina! —exclamó mi padre, toda la complacencia manifestada anteriormente por la arrendadora se fue al garete, como si fuera «agua de borrajas (cerrajas)».
—¡Josefina está mal de salud y no quiere discutir con Vd.! Pero me ha dicho que se lo diga yo, que para algo soy su administrador.
Y continuó el cura con su negatividad al pago de las obras, a lo máximo que estaban dispuestos a aceptar, era no cobrar el alquiler correspondiente al tiempo que duraran las mismas.
Esta negación no le gustó nada a mi padre, empecé a notar que fruncia sus cejas, mal presagio. Ambos se levantaron dando por finalizada la reunión, pero mi padre sin darle tiempo a reaccionar, le sacudió una ostia con la mano plana en su cuidada y rasurada cara; que seguro le debió hacer daño. Sin más me cogió de la mano y me dirigió hacia donde habíamos aparcado "la pupú". El Vicario no dijo ni "pio", se limitó a ponerse la mano en su golpeada "jeta" para calmar el dolor.
Pasaron unos días, y una noche cuando mi padre regresó, le pregunté que como iba a arreglar este asunto de las obras; el hombre se sorprendió de mi interés y, satisfecho por ello, me dijo los pasos que había hecho y me vaticinó lo que sucedería. Empezó por lo de la denuncia que había hecho y por qué, no lo acabé de entender, cosa lógica por mi edad. Ya tuve tiempo de mayor de “palpar” la maldición de la gitana: «Que tengas pleitos…, y que los ganes». Y continúo con los detalles…
A las pocas semanas, una mañana vino a nuestra casa un hombre que se identificó como del juzgado, mi madre lo hizo pasar y lo atendió. Mi padre estaba trabajando, pero días atrás ya le había informado a mi madre que traerían dicha notificación. Así que firmó los papeles que le presentó el funcionario y también le entregó otros a ella.
—¿Entonces nos han dado la razón?
—¡Por supuesto! No se puede permitir que una familia con cinco hijos pequeños, este viviendo en estas condiciones. —comentó el agente judicial.
De nuevo por la noche, pero esta vez reunida toda la familia en la mesa del comedor, mi padre nos dijo que el juzgado nos obligaba, por nuestra seguridad, al abandono temporal de la vivienda y a que se realizasen las obras con carácter de urgencia. Que las tenía que pagar la arrendadora, o sea Josefina.
Además, nos tenía que dar una cantidad de dinero, no supe cuanta, para los gastos de hospedaje en otro lugar de toda la familia.
Me dio mucha satisfacción ver como lo que predijo mi padre se había cumplido. Si bien para mí pensé, que se habían acabado para siempre mis sábados de lectura con Josefina y punto.
Cuando ocurrían "hazañas" de este tipo, los protagonistas, cual era este caso, éramos la "comidilla" del barrio; y más si la sentencia era desfavorable para el rico, en este caso rica. Como si fuera cada día fiesta, durante esta semana, cuando regresábamos del colegio los niños de la calle y de diferentes edades; hacíamos ruido y cantábamos cortas canciones. Para rematar tirábamos agua y alguna piedra pequeñita, en la ventana enrollable y cerrada del cuarto de Vicente, el hijo de Josefina; y que hacía unos pocos días había regresado a su casa desde Barcelona, donde estudiaba.
El adolescente nos llevaba varios años, que a esta edad aún se notan más, a mí me parecía ya un hombre pues tenía los dieciséis años. Por lo que sabía por los mayores, era muy buen chico, pese a que su madre lo marcaba muchísimo. Sólo en ocasiones le dejaba salir de su casa a integrarse con la vecindad, cosa que le reprochábamos, ¿por qué no se rebelaba? Lo cierto era que él hacía lo correcto, pues se pasaba los ratos libres estudiando, además que "coño" pintaba jugando con chicos que no eran de su edad.
Resultó que este fue el último acto vandálico que soportó, pues cuando regresamos después de las obras, ya se había marchado a continuar con sus estudios en Barcelona. Con los años, me enteré de que había acabado la carrera de medicina y se había especializado en psiquiatría. Seguro que la inspiración para elegir tal profesión, le vino viendo nuestro comportamiento aquellos días y otros anteriores.
Pese a que las mejoras tenían carácter de urgente, la familia tardó unas semanas, y ya más metidos en el verano; en organizarse, principalmente para repartirnos y poder realizar las obras sin inquilinos.
Mi hermana mayor se fue a vivir con las hijas del padrino Miguel. El padrino siempre estuvo dispuesto a darnos una mano.
Una fotografía de uno de los campamentos de verano, en aquellos años, organizados por la OJE en Alcudia (Mallorca).
Mis hermanos mayores se fueron de acampada a un campamento de la “OJE” (Organización Juvenil Española), que era la rama juvenil de la Falange. No era necesario ser militante de dicho partido, pues había un acuerdo con el Ayuntamiento y acogían a cualquiera; siempre de acuerdo con unos cupos y edades. Yo no pude entrar precisamente por ello, la cuota para los de mis años estaba completa y me tocó ir a pasar este tiempo en casa de mis abuelos.
A mis padres no les quedó más remedio que, "mamarse" las obras como pudieron, si bien al pequeño Andrés, lo dejaban casi todo el día en casa de nuestra vecina Margarita. Esa era la "familiaridad" que había entre los vecinos de aquellos años, y que tristemente no existe en la actualidad. Llegamos al extremo de no darnos ni "los buenos días" cuando coincidimos en el ascensor los vecinos de una finca, ya no te digo con los (vecinos) del mismo barrio...
UNA TEMPORADA CONOCIENDO “MIS RAICES”.
...Y llego el día del éxodo para mí, cual emigrante, partí con una pequeña bolsa de viaje que contenía mis enseres, mudas y jabón; y con ella llegué a casa de mis abuelos. Me cayeron "los huevos", normal era la primera vez que me separaba de mí madre. Me acompañó mi padre, como siempre con "la pupú". Mis abuelos no eran precisamente «santo de mi devoción», pero eso ahora poco importaba, todos nos teníamos que apañar:
—¡TOC TOTOTOTOCCO TOCTOC! —el toque propio de mi padre a la puerta para identificarse, unos golpecillos que querían imitar la canción de «¡Niños queridos… Adiós!». Al rato mi abuela abrió el acceso a los calabozos, ¡perdón!; a la casa:
—¡Oh… Damianet! —este era su apodo para la abuela— ¡Quina alegría! —mi padre acerco su “melón” a su cara y le dio dos besos, uno en cada mejilla:
—¡MUA, MUA! —¿No le dices nada al “Chato”?
—¡Hay sí, perdona “fiet”!
Ahora me tocó a mí recibir la ración de besuqueo, tras lo cual acabamos de entrar, cruzamos una salita y llegamos a un pequeño salón.
En un rincón del mismo y sentado en una mecedora, estaba mi abuelo Leonardo, que como cualquier viejo mueble arrinconado, ni siquiera se levantó para darnos la bienvenida. Mi padre se limitó a pronunciar un “hola” y decirme a mí:
—¡Hala hijo dale un beso al abuelito!
Hícelo, si bien el “jodido” del abuelo ni se inmutó, fue lo mismo que besar a una estatua. Su educación dejaba mucho que desear…
No tardó mucho mi padre en marcharse, en esta ocasión no espero a tomarse el “cafetito” que siempre le solía preparar mi abuela. Dejó la bolsa con mis cosas y…, ¡adiós, hay te quedas! Allí supe lo que siente un “can” cuando lo abandonas.
¡"Igualica", "igualica"!... así me quedó a mí la cara.
Me asignaron la habitación que había libre en la «Fonda del Sopapo», la que había dejado no hacía mucho mi tío Camilo, que aún vivía con los abuelos; parece que se había marchado una temporada a Inglaterra a trabajar como camarero. Tenía por delante varias semanas para conocer mejor a mis ancestros.
En ese tiempo, averigüé que no eran tan "cabroncetes" como decía mi madre; ella no les perdonaba, entre otras cosas, que le hubieran cobrado hasta el plátano diario que se comió mi hermana, las semanas que estuvo a su cuidado. Hacía años de esto, pues sucedió en el periodo final de su embarazo de mi hermano, las últimas semanas no podía con todo; pues una vez más mi padre “buscaba fortuna” por el extranjero y mi madre estaba sola. Así que dejó a mi hermana a su cuidado hasta dos semanas después del parto.
Este trato que tuvieron con ella le quedó grabado y siempre que podía, se lo echaba en cara a mi padre; especialmente cuando tenían alguna discusión sobre ellos.
Mi estancia en su casa, me sirvió para comprender que la vida no los había tratado bien, y además, habían tenido que “levantar” siete hijos; todos diferentes en carácter y maneras. Lo que disculpaba en algo sus comportamientos, especialmente los de Leonardo, el patriarca.
La pareja se conoció en la isla de Ibiza, de la que era oriunda mi abuela Isabel, toda su familia era de ascendencia "pitiusa".
El abuelo era de Salamanca, cosa que se le notaba es su manera de hablar, un perfecto castellano y sin ningún acento, propio de esta tierra. En aquel año de mi estancia, los dos debían de pasar unos pocos años los sesenta.
A mi abuelo Leonardo siempre me pareció verle amargado, y motivos tenía, toda su carrera militar e ilusiones; con la guerra se habían ido a la mierda.
Pero volviendo a mis días de hospedaje, recuerdo perfectamente como era su vivienda; daba a la carretera principal, la que conducía al interior de la ciudad. Formaba parte de un pequeño edificio, compuesto por dos casas en la planta baja y otras dos en la planta piso, en total cuatro moradas.
La suya era la primera de la derecha. Entrabas y te encontrabas con un pequeño recibidor, justo enfrente una puerta que daba acceso a la habitación del tío Camilo, que fue la mía durante este tiempo. El recibidor se acababa a lo largo, topando con una gran puerta en forma de vidriera, que al cruzarla dabas al comedor. Completándose éste con una pequeña zona de descanso, ocupada por una gran mecedora, que pertenecía exclusivamente al abuelo, que casi se la “comía” toda (la zona). En un lateral había otra puerta que daba entrada a la habitación de los abuelos. Del comedor, por una doble puerta accedías a un porche, desde el cual entrabas a la cocina, como si ésta fuera un añadido. El baño estaba fuera, ya en el pequeño terreno que había después del porche. Al final de dicho trozo de tierra se encontraba un gallinero y una “pocilguera”. Así llamaba la abuela a la pocilga.
¡Lo recuerdo todo perfectamente, podría dibujar un plano! ¡Es increíble, no me lo puedo creer!
«¡Venga al grano! ¡Deja de enrollarte cual persiana!».
¡Ok. “Subconsciente”!... Continúo: La rutina de estos días fue más o menos así:

Cornetín o Trompetín de Órdenes, utilizado en el Ejército, precisamente para eso: ¡Dar las órdenes a la tropa!
…A las siete de la mañana, aprox. una hora después de amanecer, se tocaba diana:
—♫ ♪ «¡Quinto levanta tira de la manta!» ♫ ♪. —Este toque militar, imaginario en este caso, ordenaba levantarse: —¡UP! —Y lo siguiente era lavarse la cara, y para tal menester, en la misma habitación estaba un mueble en forma de silla alta; que en su encimera tenía empotrado un lavabo, debajo de él había un recipiente con el agua. De un lateral colgaba la toalla y en el otro, estaba incorporada como una “repisita”, donde la noche anterior había colocado mi jabón. Y para ayudarte a ver, contaba con un espejo oscilante. Este tipo de mueble no lo conocía, pero me gustó la idea de tener mi propio lavabo y toalla sin tenerlo que compartir con el resto.
El desayuno lo tomábamos todos juntos en la mesa de la cocina, en mi honor y sólo para mí, era a base de leche con “Cola-Cao”, completado con algunas pastas; los abuelos comían otras cosas que no recuerdo…
Esta primera engullida, durante todo el tiempo que estuve, siempre me adelantaba las ganas de ir de vientre. Salía a toda prisa al cagadero, que estaba en un cuartito fuera de la casa y ya en el patio posterior.
—¡¿A dónde vas, que se te va a enfriar el “Cola-Cao”?! —preguntó el “cabroncete” del abuelo, que disfrutaba viéndome salir corriendo; llegué a pensar que me ponía algún potingue en la taza, pero lo más probable era que “para hacer más”, me ponían demasiados polvos de cacao.
A diferencia del de nuestra casa, en este “escusado”, como estaba en la planta baja, podías ver de vez en cuando, alguna rata del tamaño de un conejo, pasar por el pozo ciego en el que caían los “zuruyos”. Esto era normal en este tipo de agujeros u obras contenedoras de las heces. El papel higiénico, que eran recortes de periódico pinchados en una especie de garfio, nunca me era suficiente ni del todo eficaz, siempre me ha gustado sacarle "brillo" a mi "culete". Gracias a mi abuela, al cabo de unos días, el periódico fue sustituido por papel higiénico de verdad, el que usábamos una gran parte del país, el de la marca “elefante”. Esto ya fue otra cosa, aunque rascaba un poco, al menos no te manchabas con la tinta de las noticias del periódico…
Rollos de este inconfundible papel higiénico, con el pasaron al olvido los trozos de papel de periódico, las diferentes hojas de árboles, hasta inclusive las piedras redondeadas de rio, utilizadas estas ultimas en "apretonos" sobrevenidos en las andaduras camperas...
Este mítico rollo de papel higiénico, que se empezó a comercializar en los años 50, venía presentado en un envoltorio de celofán color amarillento, en el cual había un dibujo de un elefante rojo. Al mamífero le acompañaba el texto «Patentado» y «400 hojas», además de las reseñas del fabricante. Pero en ningún lugar figuraba el nombre del producto o marca. Aunque para los consumidores quedaba muy claro: «¡Deme un rollo de “Elefante”!», y ya se sabía cuál era el papel higiénico que se pedía.
…De nuevo "listo" para la acción, mi abuelo ya me tenía preparados mis trabajos; el primero fue dar de comer a los conejos, que estaban al fondo del patio, en una gran conejera de madera que había fabricado él mismo. Aquellos formaban una parte importante de la alimentación de la pareja. Siempre hacían honor a su nombre y se estaban reproduciendo como idems. Las hembras preñadas las separaba y las colocaba en otra jaula, que estaba dentro de una porquera sin cerdo, situada en la esquina. Supongo que en alguna ocasión debió criar algún cerdo, aunque yo no lo vi.
—¡Venga “Chato”, ahora te toca a ti!
—¡No abuelo que me da miedo!, ¡me va a morder!
—¡Tú haz lo que yo te diga y no habrá ningún problema! Mira le tienes que coger con la mano derecha las dos orejas, con fuerza, pero sin hacerle daño. ¡Vamos!
Los conejos, tanto los machos como las hembras, inician con precocidad su madurez sexual, pudiendo copular durante días cada pocos minutos. Las conejas presentan ovulación inducida, es decir, desencadenada por la monta, prácticamente durante todo el año. Además, pueden ser fecundadas nada más parir, sin que la lactancia, que realizan normalmente una vez al día durante unos de 3 a 5 minutos, consiga inhibir una nueva gestación... De todo ello, no es de extrañar comparaciones con los humanos diciendo: "No deja parir como una coneja".
Y siguiendo sus instrucciones así la coneja por las orejas— ¡No la sueltes!, coge ahora tu otra mano y se la pones por debajo del vientre… ¡Y la levantas!
De nuevo cumplí sus órdenes, perdón, instrucciones—: ¿Y ahora qué hago?
—¡Ven hacia mí y métela en esta jaula!, yo te abro la puerta ¡Y sobre todo no la sueltes!, aprieta con fuerza las orejas y no se moverá.
—¡Abuelo se está moviendo mucho!
—¡Vas bien!, ¡venga date prisa!
Por el hueco de la puerta la introduje y la solté, toda una hazaña; y me gustó.
—¡Hala vamos a por otra! —le indiqué.
—¡Me temo que no!, no hay otra que este preñada, espera unos días y habrá más.
Un poco más tarde nos convertimos en agricultores; en el pequeño huerto que ocupaba el resto del patio, estaba sembrado de todo, cebollas, patatas, berenjenas, calabacines, pimientos y todo tipo de hortalizas. En esta ocasión me dio una azada, que por su tamaño parecía pensada para un niño de mi edad; además de las oportunas órdenes del trabajo asignado, picar por todo quitando las malas hierbas.
—¡No te equivoques y piques las plantas!
—¡Este trabajo no me gusta, prefiero continuar con los conejos!
—Es más importante de lo que te crees, así conocerás cada tipo de hortaliza.
No me quedó muy claro esto de conocer las plantas, más bien lo que buscó es que yo hiciera su trabajo y así no «doblar el lomo».
Al mismo tiempo, él se metió dentro del gallinero, que ocupaba la otra esquina, a limpiarlo y darle de comer a un montón de gallinas. Y ellas no eran los últimos animales que criaba para su consumo, cerca de la casa y en este mismo patio, había construido un palomar, que estaba repleto de aves. En uno de esos días, digamos de descanso, tuve que comerme una muy a mi pesar, pues al ver cómo le retorció el cuello para matarla; aborrecí para siempre comer esta pacifica ave.
—¿Chato, te gustan las palomas?
—Me gusta verlas volar.
—¡Ven conmigo vamos a meternos dentro del palomar! —bucólica invitación hízome. —¡Que bien!, ¿podré tocar alguna?
—¡Harás más que eso!
Me dejó pensativo, ¿a qué se referiría?; le seguí hasta el palomar y cruce cual rayo la puerta tras él, al instante el abuelo la cerró para que no se escaparan las aves.
—¡Coge esta red y agarra la que veas más gorda!
Obedecí y cogí el artilugio que se había fabricado, un palo largo, que en un final tenía sujeto un aro de metal con una red a su alrededor.
Con mis ojos fui haciendo un “chequeo” a todas las palomas, y no tardé en ver una que destacaba entre las demás; tenía un color mezclado de tonos grises y blancos.
Como si lo intuyera, salió volando hacia un costado del palomar, me acerqué hasta ella y… —¡ZASCH! —¡Te cacé!
—¡Muy bien, ahora dame el palo y yo la aguanto hasta que la cojas!
No me lo pensé, me acerqué a ella y, con bastante habilidad le quité la red mientras la tenía agarrada.
—Ahora cógela por el cuello y, ¡se lo retuerces con un fuerte movimiento de tu muñeca!
—¡Que dices!, ¿cómo voy a desnucar a la pobre palomita, si no me ha hecho nada?
Y en un acto reflejo solté la paloma, que voló hacía un rincón. El abuelo no me riñó, se limitó a coger el palo y rápidamente y con la habilidad de un consumado cazador, la capturó de nuevo. La cogió y con un brusco movimiento le retorció el cuello, y el animal se fue al cielo de los animales; con San Antonio, mi homónimo. Yo me quedé en la Tierra, estaba perplejo. Al verme así el abuelo intentó tranquilizarme:
—¡”Chato” la paloma a muerto sin sufrir!
—¿Pero por qué la has matado?
—¿Y tú que crees? ¡Pareces tonto!, de qué te piensas que te alimentas. ¿Del cielo?
No contesté, me limite a salir del palomar e irme a cobijar al lado de la abuela; en la cocina. El abuelo se sentó en un rincón, sobre un taburete, y puso dos cubos frente a él. En uno de ellos fue tirando las plumas que le iba quitando al pájaro, y cuando terminó la faena, colocó a la paloma ya desplumada en el otro. Llevándoselo a la abuela Isabel, para que lo cocinara y nos lo comiéramos al día siguiente en mi honor.
Al día siguiente, para la prevista “comilona”, preparó en una cazuela de barro, un exquisito palomo troceado; acompañado de arroz y de un sofrito para hacer más delicioso el caldo. Yo para no aguar la fiesta, no mencioné para nada la muerte del alado. En estos casos hay que hacer un esfuerzo… por cierto, ¡estaba riquísimo! No he vuelto a comer palomo, por aquello de las manías; pero me quedó aquel gusto especial de su carne, que sólo relaciono con la carne de otro animal poco habitual en las comidas; las ancas de rana. Las pocas veces que las he comido, me han sabido igual de gustosas; las últimas las comí en un restaurante de Ibiza hace ya años.
No cada día fue de fiesta comiendo palomo, si bien las comidas estaban elaboradas casi en su totalidad, con animales y hortalizas de su huerto. Hay que reconocer que mi abuela era muy buena cocinera, en aquella modesta cocina preparaba exquisitos guisados. Cuando estaba cocinando siempre hacía bromas y comentarios, de vez en cuando iba a una despensa, que estaba dentro de la cocina. Y de una botella que se suponía era de agua, mezclada con limón y azúcar, tomaba un traguito. Años más tarde se supo su secreto, cosa que le trajo pésimas consecuencias…
Pero en mis "vacaciones" este descubrimiento aún no se había producido, así que continuando con el día a día; lo habitual era que terminada la comida, los abuelos se retiraban a hacer la "siesta", era su costumbre del verano y la de medio país. La mía no, nunca me ha sentado bien, ni antes, ni aún ahora, siempre me levanto de "mala leche" si la hago; así que mejor hacer otra cosa…
Eso fue lo que hice en esos días, pasear por las calles cercanas a la "Fonda", sin alejarme demasiado; pues al no tener confianza con esta barriada de la ciudad, me daba miedo pasear lejos. Tampoco es que, lo que hacía fuera muy aconsejado con el calor que "caía", pero los niños son así, no siempre hacen lo aconsejado.
De regreso y ya con el sol más tenue, llegó la hora de las visitas vespertinas, pues en esta casa siempre venía alguien a visitarlos. Un día le tocó a una de sus hijas, la tía Isabel, con el mismo nombre que la abuela. Esta repetición de nombres en los hijos, era con el fin de lograr la continuidad de los mismos entre la descendencia.
Así que cumpliendo la costumbre Isabel era la quinta hija de siete de los abuelos. Solía venir a visitarlos los miércoles, así que este día fue el de su visita. No vino sola, portaba en un carrito de los de bebé, a su primer hijo de menos de un año, nominado "Tolito", abreviatura de Bartolomé, supongo que por el abuelo paterno:
—¡Oh que está de guapo mi nieto, tiene los ojos cada vez más grandes!
—¡Lo traigo para que no te quejes!, prometí que cada semana vendría y aquí estoy.
—¡Tranquila! ¡Estamos solas! El abuelo se ha ido a recoger hierba para los conejos.
—¡Mejor!, ¡así podremos hablar de todo! —delante del abuelo no se podía hablar de según qué cosas, intervenía “sin ton ni son” y te daba un corte.
Las dos Isabeles se prepararon algo para beber, creo que un café o una infusión, y se sentaron junto a la mesa del comedor a "cotorrear"; al militar (abuelo) tampoco le iba todo aquello, y antes de la hora de las visitas; salía a pasear dejándolas con su "sarao". Así pues, ese día, me tocó escuchar sus vivencias, que ni me iban ni venían; en más de una ocasión y por no hacer de maleducado, hice ver que las escuchaba.
Este día de visita aprendí algo nuevo, cuanto la tía cambiaba los pañales del primo "Tolito", me sorprendió ver el tamaño de sus "huevos", “cojones” o "testículos", según se quiera; en comparación con su estatura. La explicación científica de la madre fue que, los niños pequeños tenían ya los testículos del tamaño de cuando serían mayores. Supongo que será cierto, la verdad es que siempre se me olvida preguntarle a un profesional de la medicina, la veracidad de esta respuesta...
Ingredientes que componen el veraniego plato conocido como "trampó" (aliñar), un combinado de pimiento verde mallorquín (igual al italiano), tomate y cebolla cortada en láminas y a taquitos, todo al natural.
Pasadas unas horas y ya solos, la tía Isa y su hijo ya habían partido hacia su casa. Cenamos todos juntos, incluido el abuelo que había regresado. Rutinariamente se cenaba muy temprano para mi costumbre, pero ya se sabe, «donde fueres, haz lo que vieres». La cena era bastante ligera, la mayoría de las veces fue a base de ensaladas o "trampó" (aliñar), un combinado de pimiento verde mallorquín (igual al italiano), tomate y cebolla cortada en láminas y a taquitos, todo al natural. Se suele aliñar con aceite de oliva, vinagre y una pizca de sal. Un práctico plato basado en ingredientes propios del verano. Yo lo devoro aún en la actualidad, se le puede añadir una lata de atún; o si se tiene a mano, cosa poco probable, una ballena.
El "jodido" del Leonardo tenía malas pulgas con la comida, no la compartía con nadie, ni siquiera con servidor; supongo que por el hambre que había pasado. En una ocasión me quedé con apetito y, al ir a pinchar mi tenedor en su ensalada, me dio un cachete en mi mano:
—¡PLAF…! —¡Come lo tuyo!
También tenía otra puta costumbre que no era nada propio de una persona adulta, él decía que era una manera de enseñar a los niños a no fumar. Te llamaba cuando estaba fumando y te invitaba a que vieras como sacaba el humo por los ojos; en este caso, yo también piqué. Cuando miraba atento la hazaña, de repente sentí una quemadura en mis piernas de corredor, que asomaban después del pantalón corto. Era la cabeza encendida del cigarrillo que tocaba mi piel:
—¡Ay coño!, ¡ay, ay…! —Ante mis llantos por el dolor, la abuela le riñó, pero al "educador", «le entró por una oreja y le salió por la otra». Así era el Leonardo, disfrutaba con esto, y se lo vi hacer a más de un niño.
Fotografía de Dolores Ibárruri Gómez, más conocida por “La Pasionaria” (09/12/1895 - 12/11/1989).
RADIO “PIRENAICA”.
Después de la temprana cena y para hacer un poco de tiempo antes de irte a la cama, tocaba escuchar radio "Pirenaica"; emisora que resultó ser uno de los principales medios utilizado por los exiliados, para combatir el régimen de “Franco”.
Creada a instancias de Dolores Ibárruri alias “Pasionaria”, del Partido Comunista de España y financiada por el gobierno de la URSS. Fue precisamente en Moscú, su capital, desde donde empezó a emitir el 22 de julio de 1941.
Para dar la sensación de que se emitía desde un lugar próximo al país, se le puso en alusión a los Pirineos, el nombre de “Pirenaica”. El lugar real de donde emitía nunca se decía en sus alocuciones.
Después del ataque alemán a la Unión Soviética y ante la proximidad de las tropas alemanas a Moscú, la sede se trasladó a la ciudad de Ufá, en la República de Baskiria, también en la URSS.
El 5 de enero de 1955, desaparecido ya “Stalin”, los cambios producidos en el “Comité Central del Partido Comunista de la URRS” y el cambio de rumbo en su política internacional, provocó que la emisora se trasladara al que sería su emplazamiento definitivo, Bucarest, la capital de Rumania. Desde donde continuó alentando a los españoles a resistir y luchar por el cambio político.
...Escuchabas unas voces que tenían una entonación distinta, comparándola con las otras radios convencionales. Según me indicó una noche el abuelo, dos de los que hablaban eran “Santiago Carrillo” y la mismísima “Pasionaria”.
Él los escuchaba con poca atención, ante lo cual le pregunté que me contara más cosas de quienes eran. La explicación que me dio fue bastante convincente: eran unos más, de los muchos políticos que se habían marchado fuera durante la guerra; y querían volver para seguir viviendo de la política. Al hombre no le gustaban los políticos, consideraba que eran los culpables de todo lo que sucedió en España, él se seguía considerando un militar.
Ya de mayor, pasados muchos años, escuché la última emisión de esta emisora, fue en el verano de 1977; ya llevaba un año fuera del ejército y la democracia recién estaba llegando al país. Simbólicamente la “Pirenaica” quiso despedirse desde Madrid, retransmitiendo la primera sesión de las “Cortes Constituyentes”, elegidas para elaborar nuestra nueva Constitución de 1978.
Fotografía de José Stalin (Iósif Stalin) en 1942.
Y entre sus Señorías, no faltó Dolores Ibárruri Gómez, alias “Pasionaria”; que ejerció de diputada entre 1977 y 1979. Que estuvo acompañada, y también como diputado, de Santiago Carrillo (Arriba en la foto ambos).
Más, volviendo a mis recuerdos de 1964; tras escuchar un noticiario, que se repetía constantemente como un ajo. Apagábamos la radio, no sin antes cambiar la frecuencia y sintonizar Radio Nacional, como medida de precaución, por si aparecía la policía por la puerta y nos pillaba escuchándola.
Y nos íbamos «cada mochuelo a su nido» y hasta el día siguiente. Aunque estaba en cama extraña, no tuve ningún problema en conciliar el sueño, el cansancio me podía.
Todos los miembros de las familias disconformes con la Dictadura de Franco, seguían los informativos de “LA PIRENAICA” alrededor del aparato de radio.
Y esto es lo que estuve haciendo casi cada día, variaron los sábados y domingos, estos días vinieron mis padres a recogerme para pasar el día, los ocupamos repasando las obras de mi casa. ¡Pues sin este visto bueno mío no podían continuar! Comíamos cualquier cosa en nuestra casa, al ser verano, bastaba con preparar algún plato frío y algo de fruta. Luego, iba a hacer un poco de tertulia con mis abandonados amigos y, de nuevo de regreso a la “Fonda del Sopapo”.
Pasaron las semanas, y un poco antes de lo previsto, hice mi bolsa de viaje y esperé ansioso la recogida de mi padre con "La Pupú".
Lo curioso es que cuando estaba contando el tiempo, mirando el reloj que había colgado en el comedor, se abrió la puerta desde fuera; alguien de la familia entraba.
Resultó ser el tío Camilo, que regresaba muchos meses antes de lo previsto. Su trabajo en Londres no fue lo esperado y el hombre decidió volver, supongo, que por falta de dinero. Más de no ser por eso, ¡no creo que regresara por gusto!, la vida que llevaba aquí no parecía ser del todo encantadora. Yo sabía al igual que los mayores, que el tío era "mariquita", que era como se les llamaba en sentido cariñoso; aunque lo más normal era que los extraños le llamaran "maricón de mierda". Si bien, no sabía exactamente en qué consistía tener esta condición de homosexual.
Me extrañaba que tuviera una ceja depilada, que antes de salir de casa se la tapaba con un trocito de esparadrapo. Con el tiempo, me enteré de que era una marca que les hacían a las personas con esas inclinaciones sexuales; cuando los detenía la policía. Después de tenerlos encerrados unos días en los calabozos de las Comisarías; pero sólo a los que eran de una condición social humilde; les afeitaban la ceja izquierda para que quedaran señalizados o estigmatizados. Cosa que hacían basándose en la aplicación de la "Ley de Vagos y Maleantes".
—¡Hola tío! ¿Cómo te ha ido?
Sin contestarme, Camilo me abrazó y se alegró mucho de verme, supongo que también se debió congratular de mi marcha; pues ello significaba que recuperaba su habitación. No pareció que el adelantado regreso del tío, le gustara tanto al abuelo, que ni siquiera le saludó. Sin embargo, la abuela tuvo otra reacción:
—¡Ay fiet meu quina alegría en donas! —acercándose y dándole dos besos al tío.
No tardó mucho en aparecer mi padre por la puerta, y tras saludar fríamente a su hermano, partimos de regreso hacia la restaurada vivienda.
—¡Adiós abuelos, gracias por todo!
—¡Ven el sábado que viene a vernos “fiet”!
—¡De acuerdo abuela!
—¡Cuando vuelvas le retorceremos el “pescuezo” a otro palomo! —Señalando con los movimientos de sus ojos a su hijo Camilo, a los homosexuales también se les llamaba con ese nombre, para muestra, la aún hoy en día mencionada frase: «¡Eres más maricón que un “palomo cojo”!». Comparación errónea que explicaré más adelante, ¡cuando encuentre un “hueco”!, dentro de esta novela biográfica de “moi”.
No contesté a la “coña” del abuelo, ya lo tenía más o menos “fichado”.
Qué alegría me dio regresar a mi rutina, y que pronto recuperé mis hábitos. Esa noche también regresó mi hermana, mis hermanos tardaron aún una semana.
Otra persona que subió a ver como se habían realizado las reparaciones, fue la pagadora y propietaria. Sorprendentemente había un ambiente afable entre mis padres y Josefina, repasaron lo hecho, que todo fue de la conformidad de las dos partes. Y curiosamente, de la reunión salió el reconocimiento público por parte de la viuda, hacia servidor; manifestando el afecto que me tenía y su deseo de que de nuevo fuera a visitarla y, pasara un tiempo leyendo algo de su surtida “biblioteca”.
Una oferta interesante que debía de considerar, y en caso de aceptar, antes deberíamos negociar las condiciones de estas visitas… ¡El “Chato” había madurado! ■
FIN DEL CAPÍTULO 10
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