“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el doceavo de sus Capítulos:  

1964. La Historia de Margarita y su marido. (7)

Capítulo 12

En este Capítulo conoceremos como se formó en el corazón del "Chato", un rinconcito reservado para sentir toda su vida, un amor especial, respeto y admiración hacia la agricultura y el modo de vida campestre. Conoceremos al matrimonio formado por Margarita y su marido, el Señor Tomeu (Bartolomé), que fueron quienes le enseñaron todo lo que tenía que saber un buen "pagés".

Ello le permitió hacer sus primeras aportaciones a la cesta familiar, eso fue a base de cestas cargadas de hortalizas, tomates y demás frutales.

También supo al fin, como se creó el pasillo que separaba los edificios que correspondían uno a su casa, y el otro precisamente al matrimonio mencionado...


Por el inicio del otoño de 1964, estaba yo practicando mi deporte favorito, tirar una pelota, en este caso era de tenis; desde la terraza de mi casa por el hueco, de un palmo, que separaba nuestro edificio con el vecino y que hacía las funciones propias de una frontera. Cuando se me ocurrió salir de dudas sobre quien fue de los dos vecinos el que dejó este espacio entre ellas. ¡Se ve que tenía pocas preocupaciones en aquellos años de mi vida! ¡Incauto de mí! 

Quien me lo podría aclarar era una de las partes implicadas, así que, decidido, me dirigí hacia la puerta de nuestra vecina, la señora Margarita:

—¡TOC, TOC! —Aquella casa no tenía timbre, como casi todas, lo normal era dar unos golpes a la puerta y aunque estuviera abierta, no pasar hasta que acudiera alguien de la morada o, escucharas una voz que te autorizara a entrar, cual fue el caso:

—¡Hola “Chato”, pasa hijo!

—¡Buenos días, señora Margarita!

—¿A qué debo el honor de la visita? —me respondió con tono jocoso.

—“¡Tengo una duda, que me quita el sueño!”. —esta era una frase que había escogido de un libro titulado: “Como utilizar frases impactantes”, que no recuerdo quien me lo prestó. Una buena excusa para realizarle la pregunta y, di en la diana.

—¡Faltaría más hijo! ¡Dime que es lo que te preocupa tanto que te quita el sueño! —Margarita era muy sensible y buena persona, así que le pregunté:

—¿Quién fue el que construyó la casa, dejando el hueco por donde tiro la pelota? 

—Veo que te refieres al pasillo que separa las casas… ¡Es una larga historia, vosotros aún no vivíais por el barrio!

—¡Pues porque no me la cuenta! Tengo, ¡“todo el tiempo del mundo”! —otra frase extraída del libro.

Simpática ilustración dedicada al oficio de albañil, sin los cuales aún viviríamos en cuevas; extraída de un libro alemán dedicado a los oficios, publicado en 1880.

—¡Jovencito, hablas muy bien! ¡Te lo contaré! Cuando llegamos a esta barriada, sólo habían “cuatro casas”, nuestro solar estaba vacío, así que decidimos construir nuestra vivienda en él. Por normativa, la casa la teníamos que edificar pegada a la existente del vecino, continuando la línea de su fachada; y ésta pertenecía a Josefina y su marido, ¡que en paz descanse! Así que les pedimos que nos dijeran cuanto les teníamos que pagar por el apoyo en la medianera.

—¿Qué es la medianera? —¡Cómo para no preguntar…!

—Es la pared, su pared lateral; la norma suele ser tomar dicho muro como lateral de tu nueva casa que construyes, así no duplicas la pared. Se paga la mitad de lo que costó, pues en realidad la aprovechan los dos vecinos colindantes.

Pero no se portaron bien, nos pidieron mucho dinero, más de lo que les había costado y con creces. “Tomeu” (su marido) se cabreó mucho y decidió perder este pequeño espacio del pasillo, levantamos nuestra propia pared y construimos la casa. La otra solución era ir de pleitos, imagina lo que hubiéramos tardado… ¡Y desde entonces no nos hablamos!

—¡Entendido! Pero de lo que me cuenta, ya han pasado años y… ¡Aún no se hablan!

—¡Si!, pero a mi marido “Tomeu”, «el que se la hace, se la paga», es muy rencoroso y no perdona. ¡Es su manera de ser!

—¡Procuraré no hacerle ninguna trastada al Señor “Tomeu”!

—¡Más te vale! ¿Ya podrás dormir esta noche? —dijo recuperando el tono jocoso.

—¡Seguro que sí! —iba a acompañar mi respuesta con otra frase del libro, pero no me acordé de ninguna que fuera a cuento…

—Pues hablando de mi marido, vamos a verlo, que está en el huerto regando.

Cruzando la casa, salimos al exterior por la parte trasera que daba al huerto, éste era digno de ver, todo bien colocado y limpio; había una zona destinada a cada hortaliza y una gran variedad de árboles frutales. Manzanos, albaricoqueros, melocotoneros, también naranjos y limoneros, habían de casi cualquier tipo de fruta.

—¡Joder hay de todo!

—¡Si a “Tomeu” le gusta mucho el campo! Y esto que, de joven se dedicaba sólo a los negocios y no quería ni oír hablar de sembrar.

El Señor “Tomeu”, que estaba a lo lejos, nos hizo señales para que nos acercáramos.

Aquel huerto, similar al de la foto, era la envidia de cualquier agricultor amateur y profesional, del oficio.

—¡Hola “Chato” !, ¿qué haces tú por aquí?

—Tenía una duda… y su mujer ya me la ha aclarado. —No le quise decir cuál era la duda para no ponerle de “mala leche”, y me sorprendió que se acordara de mí.

—Pues ya que estás aquí, te llevarás aquel cubo que está lleno de hortalizas y se lo das a tu madre.

—¡Pues muchas gracias!

—¿Te gusta el campo hijo?

—¡Muchísimo!

—A mi hijo Rafael, ¡no le gusta nada! Pues mira por dónde, si quieres puedes ser mi ayudante. —Su hijo tenía unos veinte años y era un amante de las motos.

—¡Por mi parte sí, espero que mi madre no se enfade!

—¡”Betualmón” (expresión similar a “faltaría más”)! ¡Bien contenta que estará cuando le vayas llevando fruta y hortalizas!

—¿Pero me va a pagar aparte de aprender? —Por si lo que quería era un “currante” por la “face” (geta/cara); que de estos había muchos.

—¡Pues claro!, cada vez que vengas a trabajar, saldrás de aquí con tu cubo; y bien lleno. Pero de dinero…, ¡nada de nada “pollastre” (un pollo joven y chulito)!

—¿Y cuándo puedo empezar? —mi pregunta descubrió mi aceptación del trabajo.

—Mañana mismo, puedes venir dos días a la semana, por las tardes, cuando vuelvas del colegio.

—¿Y no puedo venir más días?

—¡Faltaría más!, ven los días que quieras. ¡Pero!, no se te ocurra fallar un día sin avisarme antes —ojo a la “mala leche” del Señor “Tomeu”—. Comprende que yo tengo también mi trabajo rutinario que hacer, como regar, ir podando, etc., y todo lo iré adaptando para dedicarte el máximo tiempo posible. ¡Si tú no te presentas sin avisarme, me jodes a mí! D´acord?

—Entès i d'acord l´amo! (“Entendido y de acuerdo jefe”). —contesté aceptando.

Con mi nuevo empleo y cargado con mi cubo, regresé a mi casa. Efectivamente, mi madre estuvo de acuerdo con el “pacto”. Me dijo que era bueno que aprendiera el valor de las cosas y que, además contribuyera a la manutención de la familia. Aquella noche, fue de verdad que no dormí, estaba alterado y pensando en pimientos, naranjas y demás frutos y hortalizas.

…Al día siguiente acudí a mi “trabajo”, y la semana entrante también, y la otra y la otra; el Señor “Tomeu”, con mucha paciencia y delicadeza, me fue enseñando todos los secretos para ser un buen agricultor. Esto aparte, de llevarme cada día que acudía mi salario, un cubo lleno de productos de “nuestra” siembra y fruto de todo un proceso. Que empezaba desde el principio, es decir desde las semillas.

—¡”Chato” acércate!, que quiero que veas lo que ha salido de los planteles del otro mes. ¡Verás que esquejes más bonitos!

Me acerqué a donde estaba, frente a él había colocado varios planteles, especie de recipiente repleto de pequeños compartimentos, como si fueran “tiestecitos” de poca profundidad. En ellos un mes atrás habíamos plantado varios tipos de hortalizas y vegetales. Las semillas ya habían reventado (germinado en argot agrario) y empezaban a sobresalir de la tierra de los “tiestitos” sus tayos y hojitas.

—¡Anda que alegría, y que grandes son ya! —me sorprendió gratamente las «ganas de crecer y vivir» de las plantitas.

—¡Me pasó lo mismo a mí con mi primer plantel! Te voy a hacer un examen, ¿te parece? ¡Es fácil! Se trata de que averigües de que planta se trata cada uno de ellos.

—¡Vale, vale!, pero primero me tiene que mostrar cual es cada una de ellas, ¡nunca las había visto así, nada más nacer!

—¡De acuerdo!, además ya lo pensaba hacer, ya sé que «nadie nace enseñado».

Esquejes de tomateras listas para ser sembradas directamente ya a la tierra.

Y me acercó un poco más el primero de ellos, del tronquito salían dos hojitas que estaban como divididas en su final, en otras tres o cuatro, como si fueran unos dientes de sierra grandes. La mayoría ya tenía tres plantas o líneas de hojas.

—Esta es una tomatera, y nos dará una especie que se llama “mucha miel”, es el tomate que usamos para las ensaladas, ¿lo conoces?

—¡Sí!, es el que comemos en casa, cuando está maduro es grande y estriado. ¿Tarda mucho en crecer? —Ya pensaba en el “bocao” que le iba a pegar.

—Cómo viene este año, de aquí a tres meses ya podremos recogerlos. ¡Pero esto no es tan fácil! Antes tendremos que plantarlos, regarlos y bastante… pues quieren tener los pies húmedos. Ponerles un tutor para que no se rompa la planta, e iremos destallando las ramas que nos sobren, para que crezca erguida, ¡cómo tú, “pollastre”!. Y cuando las abejas ya hayan polinizado los ramilletes de las flores, las espolvorearemos con azufre, para que no les ataquen los cabrones de los bichos.

—¡Joder!, aún no he hecho nada y ya estoy cansado.

—¡No hombre, no te desanimes!, todo esto lo iremos haciendo poco a poco, así como vayan creciendo. Por ejemplo, lo de destallar el tronquito y algunas ramas que brotan de las axilas, no se hace hasta que aparezcan los primeros ramilletes de flores amarillas; y que salen a partir de la quinta planta de hojas. Los siguientes ramilletes salen cada tres plantas de hojas. ¿Sigues estando cansado aún?

—¡Coño igual Señor “Tomeu”!, me habla de hojas, de destallar, de flores, pero… ¡No me cuenta nada de cuando le podremos meter mano!

—¡Te lo he dicho, “pollastre”!, estás obcecado con los tomates y cuando estén maduros no darás a basto para comértelos. De hoy a dos meses y medio, a tres y... días.

—¡Ahora, por fin lo sé!, no con exactitud, pero más o menos. Y no se preocupe que mi familia es muy grande y somos tomateros de desde siempre.

—¡Ah y se me olvidaba!, habrá que ir quitando las malas hierbas de por el alrededor, para que no le quiten fuerza. Y de esto te encargarás tú sólo, será tu responsabilidad. —no contesté afirmativamente a esta “responsabilidad”.

Tomate fruto de esta variedad de “Mucha miel” listo para comerlo... ¡Hum! ¡Delicioso!

—¡Hala, vamos por el siguiente plantel! —Y de nuevo me lo acercó, en este caso era una plantita alta, con sólo dos hojas encima del tallo, ya un poco grandes.

Me explicó que correspondían a la planta que nos daría pimientos, más o menos al cabo de unos dos meses, no era algo exacto, pues ya estaban también creciditas.

Luego seguimos con las cebollas tiernas, y luego con las berenjenas; terminada la demostración vino el esperado examen. Que aprobé con “matrícula de honor”.

—¡Betualmón!, eres un excelente discípulo, me has dejado asombrado.

—¡Me alegro mucho! ¿Entonces me puedo ir a mi casa por hoy?

—¡De esto nada “pollastre”!, ahora lo que haremos será plantar todos estos esquejes que, ya están pidiendo a gritos tocar tierra. ¡Y cuando antes empecemos, antes los habremos plantado! Yo me encargo de medir las distancias y tú vas haciendo agujeros y los vas plantando…       

El Señor “Tomeu”, era un hombre delgado y muy alto, era bastantes años más mayor que Margarita, llevaban juntos unos veinte años y pico, la edad de su hijo Rafael.

Deduciéndolo por nuestras conversaciones futuras y, luego confirmado por mi madre, cuando se lo pregunté unos años más tarde. La pareja se había juntado después de quedarse embarazada Margarita, ella trabajaba de criada en la “mansión” del Señor “Tomeu”, todo un caserón. En el que vivía con su esposa, estaban casados desde hacía varios años y no tenían descendientes. Él tenía negocios de diferentes tipos, una carpintería, una fábrica de leche y otros más; tenía muchos y ganaba bastante dinero. Pero ocurrió lo previsible, una mujer joven, guapa, y con otras virtudes, hicieron “saltar las chispas” y apareció el fuego. La pareja mantuvo un romance que culminó con el embarazo de Margarita.            

Ante esta situación, el Señor “Tomeu” tomó una decisión drástica y poco habitual en aquellos años, se iría a vivir con la embarazada y tendría al bebé:

—Coloma tengo algo que contarte… —así le entró a su esposa el Señor “Tomeu”.

—¡No hace falta que me lo cuentes, no soy tonta! La Margarita está embarazada, ¡y tú eres el cabrón que la ha preñado! ¿Y qué piensas hacer?

—Lo he pensado mucho, ¡y he decidido que tengamos al niño!

—¡Ya sé que es lo que tu deseabas, tener un descendiente!

—¡Siéndote sincero, también ha influenciado en mi decisión!

—¡Lamento mucho no haberte podido dar descendencia! ¡Pero siempre te he querido y tratado bien! —aquí su esposa cambió el tono y su agresividad.

—¡A ti tampoco te ha faltado de nada! —subiendo en este caso él su tono, la pelea parecía inevitable, más no:

—¡Mira “Tomeu”!, tratemos este asunto como personas que se quieren, o al menos que se han querido.

—¡Estoy de acuerdo!, ¡veamos…!

Tras esta primera refriega, curiosamente, la esposa no puso muchos reparos a esta decisión, pero si puso algunas condiciones. Se debería marchar del pueblo y aparecer lo menos posible por él. Y lo más importante, dejarla a ella bien situada económicamente, de tal forma que su nivel de vida no bajara o se viera mermado. El esposo infiel lo aceptó todo, los negocios los puso en manos de un administrador, pero siguiendo controlándolos para que no se fueran al “garete”, o sea, “a la mierda”. Una parte de los beneficios irían a las arcas de la esposa, reservándose una cantidad para él que le permitiera vivir holgadamente. Los negocios daban de sobra.

Y la mansión pasaría a ser del “usufructo” de la mujer, pero no de su pecunio. Así cumplía con las condiciones de la esposa, pero se aseguraba que no cambiaran de manos los bienes. ¡No tenía ni un pelo de tonto!, los negocios los había levantado él.

Hecho el acuerdo con su esposa, tomó otra decisión, la de convertirse en agricultor y romper con su anterior vida… Como cada mes ingresaba una parte de los beneficios, podía vivir con ello y sin ningún agobio, ¡era muy feliz!

Vio nacer y crecer a su hijo Rafael, y siguió enamorado de Margarita hasta el último día de su vida, que aconteció muchos años más tarde.

Antes de ello, tras el fallecimiento de su exmujer, al ser viudo, no hubo ningún impedimento legal para casarse con Margarita y formalizar su relación. Pues otra de las condiciones que le puso su primera esposa, era que no rompieran legalmente su matrimonio.

No es una fotografía de la boda del Señor Tomeu y Margarita, es de otra pareja de su edad, que seguro no les molestará su publicación en esta narración, y que nos vale como un final feliz.

También recuperó sus posesiones, pasando a su fallecimiento, todas ellas a su “nueva” y legal esposa Margarita y a su hijo Rafael, que como amante de las motos y en concreto de las de más cilindrada. Supongo que se compraría una colección de ellas con algo de la herencia, pues daba para esto y para mucho más.

A mí, aparte de los numerosos cubos de hortalizas con que me pagó mientras duró nuestro acuerdo, «no me dejó ni un pimiento», comentario fácil éste. La verdad es que habíamos perdido ya hacía tiempo el contacto, y sí me dejó una herencia que he apreciado toda mi vida, y es mi amor y respeto al campo… ¡¡¡”Batubalmon pollastre”!!! ■

FIN DEL CAPÍTULO 12


Cortesía del Autor

para Queseenteren


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