“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el doceavo de sus Capítulos:  

1966. La Vecina Alfonsa, mi “Pito”, y el Casino. (9).

Capítulo 20

Y sin prácticamente enterarnos, hemos llegado a un recuerdo que sin darnos cuenta, hemos ido "pasando" por él. Me refiero a la portada de esta BIO, que vemos al inicio de cada capítulo, cual es el caso; y como se aprecia, corresponde a la fotografía que "inmortaliza" la toma de la "Primera Comunión" del "Chato". Pues todas las vicisitudes que se produjeron antes y en ese día, las recordamos en este capítulo.

También daremos una "pincelada" a la vida de la gran Sarita Montiel...


Hay cosas, como un lugar, un olor, un determinado objeto, una comida o inclusive una planta; que lo vinculamos en nuestra mente, con algo o alguien. Y esto me ocurre cuando veo un “lirio”, inmediatamente lo vinculo con nuestra vecina Alfonsa.

Y la relación es sencilla, ella era la que nos facilitaba estas flores, también conocidas como “calas” o “alcatraces”; que lucían en nuestro comedor, sobresaliendo de un jarrón que enardecía dichas hojas verdes y sus peculiares flores blancas, con su tronquito amarillo que brotaba del interior.

Cuando era su época, que creo que era casi todo el año, con la excepción de algunos meses de los inviernos muy fríos. Mi madre siempre los quería tener en casa. Por lo cual, una vez a la semana, recuerdo que solía ser los sábados, me mandaba a saludar a la Alfonsa y a comprar un manojo o ramo de “lirios”. De más mayor me sustituyó como recadero mi hermano Andrés.

“Zantedeschia aethiopica”, conocida comúnmente como "CALA", cala de Etiopía, aro de Etiopía, lirio de agua, cartucho, alcartaz (que significa cucurucho), flor de pato o flor del jarro, mal llamada alcatraz. Es una planta perenne herbácea de origen sudafricano, de la familia de las aráceas, la más robusta del género Zantedeschia. Adaptada y naturalizada en muchas otras partes del mundo de clima cálido o tropical, donde es comercializada y distribuida (Fotografía de Linda De Volder).

Alfonsa, que vivía junto a su marido Ambrosio, pintor de profesión, y no de lienzos, ¡vamos de los de siempre!, los de “brocha gorda”. Y sus dos hijos, uno llamado…, ¡no recuerdo!; que era el mayor, estaba casado y ya no vivía con ellos, jamás llegué a conocerlo. Y su hija, que era de mi edad y de nombre Mercedes.

Su casa estaba construida en una gran parcela de nuestra misma calle, pero un poco más arriba. El huerto estaba al principio, y justo al fondo del solar estaba la casa.

Para entrar, le dabas varios “tirones” a la cuerda de la campanilla que asomaba:

—¡TILÍN TILÍN! —con habilidad podrías tocar una melodía.

Y al rato, aparecía la pequeña y delgada figura de la Alfonsa. Una mujer que siempre me pareció más vieja de lo que en realidad era, posiblemente porque tenía muchísimas arrugas en su cara. Más adelante entendí, que eran provocadas por la ascendencia de la gente de su lugar de procedencia, un pueblecito de Murcia; habitado principalmente por agricultores muy curtidos por el Sol.

—¡Pasa Antoñito! ¿Supongo que vienes a por los “lirios”?

—¡MUA, MUA! —los obligados besos.

—¡Sí, Alfonsa!, te traigo el cubo de la semana pasada. —Éste era el utensilio que utilizábamos para el trasiego de las flores.

—¡Pues dámelo y lo llenaremos!

Los dos nos fuimos a un lateral del huerto, donde en la sombra que daba la pared y cercana a una fuente, había una zona repleta de “lirios”; los había de diferentes tamaños, sembrados en distintos meses del año, así se aseguraba tener siempre disponibles. Con un afilado y largo cuchillo, fue escogiendo y cortando hojas y también flores:

—¡Ostia pijo, ésta no me gusta, no la corto! ¡Cogeré aquella!

—¡ZASH! —¡Para tu madre siempre lo mejor!, ¡que es muy buena persona!   

También descubría su procedencia, cuando hacía exclamaciones propias de los murcianos, como “La Virgen de Fuensanta”, “el cáliz divino”, “ostia”, “pijo” o “el copón”. Las conozco bien, pues las escuché y pronuncié, durante los años que estuve viviendo en esta región estando en el ejército, allá por 1975. Cuando aún estaba formada por dos provincias, Albacete y Murcia.  

Imagen de la “Virgen de Fuensanta y el Niño” patrona de Murcia desde 1731. Una escultura de origen gótico, emplazada habitualmente en el Santuario en Algezares, a 5 Km de la ciudad.

A tal punto llegaba su devoción por la “Virgen de Fuensanta”, que su marido le había construido en una pared lateral del huerto, una fuente; que contenía una imagen de la santa en un hueco, a modo de santuario.

—¡Bueno ya te bastan!

—No me ha dado dinero, me ha dicho que te diga que lo apuntes.

—¡Pero qué pijo de dinero!, ¡ya me arreglaré yo con ella!... ¿Tienes hambre?

— ¡Sí, un poco!

Escuchado lo que esperaba oír de mí, me cogió por la mano, y entramos en la casa para que comiera: «algo para matar el hambre».

Ya sabía lo que sería este “algo”, pan con jamón. Y este embutido no era nada barato. A la Alfonsa le gustaba tener siempre uno colgado en la despensa de la cocina. Se lo mandaban de “Archena”, su pueblo natal.

Y desde ella salió con un plato lleno de jamón y una rebanada de pan, que colocó en la mesa:

—¡Vamos “Chato”, ya puedes “hincar el diente”! —alternaba el “Chato” con Antoñito.

—¡Hay mucho, no podré con todo! —Puso de más intencionadamente.

—¡Lo que no te comas, te lo llevas para tu madre! —Una manera de no ofenderla.

Qué bueno estaba, y que bien cortado, delgadito, como tiene que ser. La Alfonsa era una buena “cortadora de jamón”. 

Con la panza llena, el jamón sobrante envuelto en un papel y el cubo con los lirios, marché de regreso a casa. No me entretuve pues iba cargado. En el rellano de arriba de nuestra escalera, estaba un personaje, que se podía decir, formaba parte de la familia. Era el señor Segundo, más conocido como “Segundo en una pieza”, pues era lo que contestaba él cada sábado cuando venía a cobrar:

«¡PUM, PUM!

—¿Quién es?

—¡El señor Segundo en una pieza»!

Esto es lo que se repetía cada sábado a su llegada.

Este día cuando yo llegué ya se despedía:

—¡Pues quedamos así Antoñita! Con este vale vas a “Casa Codina” o “Ciclos Ferrá", y eliges las tres bicicletas que quieras. ¡Y no te preocupes por el precio!, que seguirás pagando lo mismo cada semana, ¡lo añadiremos al final!

«¿Qué pasa aquí, he oído bien?». Estábamos a punto de tener una bicicleta, y más pronto de lo que nos podíamos imaginar.

Mi madre, se percató de mi presencia y, supuso que no podría guardar el secreto.

—¡Adiós “Chato”!, y cuidad de vuestra madre, ¡que es una santa!

Estaba un poco “quedado” el amigo Segundo con mi madre, ¡hay pillín!

—¡Hasta el próximo sábado señor!

Decidí no hacerle ningún comentario a mi progenitora sobre lo escuchado. Me limité a entregarle el cubo con las flores y el jamón.

—¡Qué bonitos! ¿Los has escogido tú?

—¡Claro, como siempre!

Tiró los “lirios” de la semana pasada y puso los nuevos, su sonrisa demostraba su satisfacción por tenerlos. A veces, basta un pequeño detalle para ser feliz.



MI “PITO”


Pero lo que me pasó a mí, no era precisamente para estar feliz y contento. Al domingo siguiente, tuve un accidente, por llamarlo de alguna manera, que así de entrada supuso que se retrasara la compra de las deseadas bicicletas.

Ese festivo, casi al mediodía, mi padre, como tenía por costumbre, se preparaba para ir a visitar a sus padres; los abuelos Leonardo e Isabel, y a servidor le tocaba acompañarlo. Yo me estaba acabando de vestir, ese día estrenaba pantalones, de los de cremallera. Y tanta prisa quise hacer, que al subirla no me percaté que mi “pirula” estaba fuera del calzoncillo, antes había ido a mear y no me la volví a meter por la bragueta de la prenda. Y sucedió el accidente doméstico:

—¡RASS…! ¡Ay, Dios que dolor! ¡Mamá ven, que me he hecho daño! ¡AAAG!

Imagen correspondiente a una de estas «ARMAS QUE CARGA EL DIABLO» y que tienen “vida propia”. Una de ellas se aprovechó de mi inocencia infantil e intentó mutilar mi “miembro viril”. Pocura nunca darle la espalda y cuando la manejes, préstale toda tu atención.

No tardó mi madre en acudir en mi auxilio, mi padre también vino.

—¿Qué te ha pasado hijo?

—¡Me he enganchado el “pito” con la cremallera, y me duele mucho!

Ambos vieron el destrozo y la abundante sangre que salía de la zona.

Y como es la mente, que sólo de pensar lo que me iba a doler cuando bajara la cremallera, aun me dolía más.

Mi padre se acercó y con sus manos se dispuso a «darme una mano», nunca mejor dicho. MI madre le interrumpió:

—¡Espera que ahora traigo agua oxigenada y unas gasas! ¡No tardo hijo, enseguida te curamos! —Al minuto regresó equipada con los primeros auxilios— ¡Ahora sí Damián!, ¡hazlo rápido de un tirón!

—¡No espera que me vas a hacer mucho daño!

No me contestó, estaba concentrado en lo que tenía que hacerme… ¡Bajarme la cremallera de un tirón!:

—¡RAAASS!

Lo siguiente que sentí fue un enorme dolor, tan fuerte que hizo que me desmayara. No caí al suelo pues mis padres me sujetaron y me trasladaron a su habitación, tendiéndome sobre una toalla puesta encima de la cama.

Mi madre, que tenía suficientes conocimientos de enfermería, procedió a la esterilización de la herida, y luego me puso yodo y algo más, que no recuerdo; la sangre dejó de brotar.

—¿No convendría que lo viera un médico? —Mi padre no estaba muy acostumbrado a las cosas que le sacaran de su rutina. Por suerte no así mamá:        

—¡Sí!, el tajo es muy grande, probablemente le hagan falta puntos. La suerte que hemos tenido es que no le ha cogido el capullo, solo le ha pillado el pellejo.

Al “ratito”, servidor, me fui recuperando del desmayo, pero el dolor era intenso.

—¿Te duele mucho, verdad hijo?

—¡Sí mucho!

—Hay un problema, hoy es domingo y el Doctor Vaquer no tiene visita. Si te parece Damián, ve a su casa y lo más probable es que lo encuentres. —le sugirió la “enfermera”, al patriarca había que darle las órdenes disimuladamente.

Pese a que no le hiciera ninguna gracia ir a ver a su “amigo” el Doctor, en este caso cogió la “vespa” y fue en su búsqueda, suponiendo que lo podría localizar.

Al cabo de aproximadamente una hora, el médico apareció en la habitación.

—¡Vaya, vaya, esto mismo le pasó a mi hijo de pequeño! —Una invención suya para distenderme de mi malestar, tras lo que se puso a examinar mi “pito”.

—¡Tienes razón Antoñita! No ha cogido el capullo, si lo llega a arañar hubiera habido sangre por todo, hasta el punto de poder haber muerto desangrado. Como sabes, esta parte del cuerpo es muy carnosa y llena de vasos capilares.

¡Hala valiente, en unas semanas estarás bien! Pero antes tengo que arreglarte un poco esta herida, que tienes mucha vida por delante.

¡Damián podrías prepararme una buena cafetera, así me espabilaré! Cuando has venido a buscarme estaba medio dormido…

No le gustó a mi padre recibir órdenes del matasanos, aquí las cafeteras se las preparaban a él, y no al revés. Pero viendo que mi madre hacía de ayudante, lo hizo.

—¡Ya voy!, también tomaré yo uno, ¡me apetece! —La puntualización de turno.

—Lo has hecho para joderlo, ¿verdad Doctor (Jaime Vaquer Ramis)? —A ratos se tuteaban y en otras ocasiones, especialmente si había un tercero, se “usteaban”.

—¡Pues sí! Así nos deja trabajar tranquilos, pero el café me lo tomaré, me hace falta.

No me libré de los puntos, que me los puso en el corte del pellejo.

—¿Quedará bien verdad? —a mi progenitora le preocupaba mi futuro paternal.

—Entiendo por dónde vas, no te preocupes que su hombría y sensibilidad no quedará dañada. Es sólo un corte profundo y largo. Dentro de unos quince días vendré a verle y le quitaremos los puntos.

El camarero entró con la bandeja, donde había colocado la cafetera, las tazas y el azúcar. Todo ello fue del agrado del Doctor Vaquer, que se bebió dos buenas tazas, mi padre sólo una. Mi madre lo hizo después, mientras mi padre acompañó de regreso al Doctor, con el mismo medio de transporte en el que lo había traído, su “vespa”, convertida por ese día en una veloz ambulancia.

Nuestra Alfonsa era "clavadita" a la buena de LOLA GAOS... que vemos arroba.

…A la mañana siguiente, ya trasladado a mi cama, vino a hacerme las curas una conocida e improvisada enfermera, la Alfonsa.

—Pero ¿¡qué pijo has hecho!?

Vencí la vergüenza y destapé la sábana, mostrando el estropicio.

—¡La Virgen de Fuensanta!, ¡pobrecito!

La mujer no mostraba las manos, las tenía puestas en la espalda, como cuando uno esconde algo.

—¿A qué no sabes lo que te traigo!

Lo primero que pensé era en unas lonchas de su sabroso jamón.

—¡Ya lo sé, jamón!

—¡Pues no, te has equivocado! —Enseñando ahora sí, lo que llevaba en sus manos, y cuál fue mi sorpresa:

—¡Te traigo esta manzanilla caliente!

Que le pasaba a la mujer, ¿desde cuándo a mí me gustaba la manzanilla de los cojones? Lo que yo esperaba era ¡whisky!, ¡un buen whisky de malta! Y sino, una buena taza de chocolate, que siempre sienta bien, pese a no hacer frío.

—¡No tengo ganas de tomarla!

—No es para que la bebas, ¡es para ponerte en remojo tu “pito”!

Lo tienes que hacer durante al menos dos semanas, y dos veces al día. Yo siempre que pueda te ayudaré a hacerlo. Ahora ponte sentado en un costado de la cama.

Y ahí me senté en un borde y con el “pito” al aire… la Alfonsa le acercó la taza con la manzanilla; antes de ponerlo en remojo puso el dedo en su interior:

—¡FISSSH! —¡Ahora está en su punto!, ni caliente, ni fría, tibia como ha dicho el médico. ¡Vamos a remojarla un ratito!

—¡Me da vergüenza!

—¡Qué ostia de vergüenza, no habré visto yo pichas!

Dicho lo cual, empezó a sumergir el capullo de mi “pirula” en la manzanilla:

—¡Anda! ¡Está bien de temperatura! ¡Noto alivio! —Una agradable sorpresa para mí.

Este era el tratamiento recomendado por el Doctor Vaquer, además de evitar el roce de mi “pito” al máximo posible, tocaba estar en pelota picada todo el día. Y como así no podía acudir al colegio, estuve dos semanas sin clase.

La Alfonsa vino casi todos los días a darme mi “tratamiento”, y en todos ellos me trajo un paquetito con su jamón de “Archena”. Le estuve agradecido todo el tiempo que permanecimos en el barrio, después perdí el contacto. Pero antes aún tenía que pasar un buen susto el patriarca de su familia:

…Ocurría, que desde la Primavera, la pareja tenía unos nuevos vecinos viviendo en un caserón lindero con su huerto. Una enorme casa de dos plantas, que por su tamaño parecía un palacete; construido en medio del enorme terreno. Sobrándole aún suelo por delante y por la parte trasera, llegando en ésta hasta la otra calle de la manzana.

Un día, se presentó el propietario a sus vecinos, le recibió Ambrosio, el marido:

—¡Buenos días! Soy Don Bernardo, el nuevo dueño de la casa y vengo a conoceros.

Mala manera de presentarse, esto de autonombrarse “Don” y su tono altivo y despreciativo hacia él, no le gustó lo más mínimo al pintor. Que así de entrada ya no aceptó el darse la mano, ni decirle cuál era su nombre.

—¡Pues me alegro! —Pero ya que estaba intentó sacarle información.

Yo la intenté comprar, pero estaba embargada por el Estado, por deudas.

—¡No hubieras podido llegar al precio! La he comprado porque para mí era un capricho, y además, siempre me gusta ir haciendo inversiones en casas.

—¡Yo conocí al propietario que la construyó! Era un famoso médico, el Doctor Negrín. ¡Un buen hombre!

Fotografía del Presidente de la II República Juan Negrín, tomada en Septiembre de 1937.

—¡Coño!, ¿no me digas que era el Presidente de la República? —Refiriéndose a Juan Negrín López (Las Palmas de Gran Canaria, 1892 - París, 1952), que fue un médico, catedrático, científico y político español, que presidió el último gobierno de la República (1937-1939). Al finalizar la “guerra civil”, se exilió en México y luego en Francia, ejerciendo hasta 1946 el cargo de presidente del gobierno en el exilio.

—¡No!, éste no estaba metido en política, pero era también canario como él, y que yo sepa, no tenía parentesco con el político exiliado. Aunque un grupo de fascistas si lo creyeron y acabaron fusilándolo. Desde entonces y hasta la fecha, nunca ha vivido nadie. «De uvas a maduras», venía una cuadrilla a quitar las hierbas y adecentar un poco el terreno. Pero este año no los he visto aparecer.

—¡No te preocupes que ahora lo pondré todo en orden! —y cambió de tema— Me has dicho Ambrosio, ¿verdad? —El pintor sin contestar, lo confirmó con un gesto de su cabeza, al tiempo que se percató, de que el vecino ya era conocedor de su nombre antes de presentarse; pues él no se lo había dicho. ¡Ya iba conociendo al “fulero” de marras!, que continuó:

—¡Pues deberías ir con más cuidado y no hablar así de los que ganamos la guerra!

Esta advertencia no le sentó nada bien, Ambrosio cabreado contestó:

—¡Yo sí que fui uno de los que ganamos la guerra!, ¡y con mucha honra!

Ante tal severidad en su afirmación, Don Bernardo optó por rectificar su tono:

—Ambrosio no nos vamos a pelear entre “nacionales”, no era mi intención ofenderte. ¿Y dónde estuviste durante la contienda?

—Fui Alférez Provisional y, estuve los primeros años destinado en Sevilla, bajo las órdenes del General Queipo de Llano. Y el último año de la “cruzada”, fui destinado aquí, a esta isla. Fue en este año cuando conocí a mi vecino, el Doctor Negrín que le he comentado. En este último periodo ya no soportaba ver más muertes, fueran del bando que fueran.

“Alfèrez Provisional” recreado por el “Grupo Recreación Primera Línea”.

Este rango de “Alférez Provisional”, fue creado en septiembre de 1936, por la “Junta de Defensa Nacional de Burgos”. Se denominaron "Provisionales", por el hecho de que su compromiso se limitaba a la duración de la contienda, como una solución a la escasez de oficiales en el ejército sublevado.

Para aspirar al cargo, debían tener entre 20 y 30 años,​ y poseer a ser posible, el título de bachillerato. Otra manera de adquirir este rango, ​era proceder del cuerpo de suboficiales. A lo largo de la guerra civil, de las academias salieron unos 30.000​ “Alféreces”, de los cuales, cerca de 3.000 murieron en la contienda. Al finalizar la guerra, como fue el caso de nuestro Ambrosio, la gran mayoría volvió a la vida civil.

El “brabucón”, no quiso contarle en que zonas había estado él destinado, evitó hacer comparaciones sobre quien había luchado más durante la guerra civil. Pero si le dejó entrever que seguía simpatizando con la Falange, organización donde estuvo encuadrado durante la guerra. Tampoco quiso profundizar Ambrosio en su respuesta, pero sí le quiso dejar claro que él también tenía sus influencias:

—De vez en cuando nos reunimos los miembros de la “Hermandad de Alféreces Provisionales” y así mantenemos el contacto, ¡nunca se sabe si vas a necesitar que te echen una mano!...

Esta Hermandad era una organización de excombatientes franquistas, creada en 1958, de gran influencia en el Régimen.

Ya sabían ambos «quien era quien». Nuestro pintor exmilitar, y el nuevo vecino, además de un “boceras ricachón”, era de la vieja guardia, o sea falangista, o requeté.

—¡Si me perdona tengo que dejarle!, estaba regando los tomates…

Durante toda la conversación, Ambrosio trató de Vd. al vecino, era su manera de mantener las distancias. No lo hizo así el falangista, que lo tuteó desde el principio. Ante esta salida del pintor:

—¡Pues yo también continuaré con lo mío! ¡Ah!, si ves movimiento de camiones estos días, es cosa mía, me traen lo que he comprado.


...Yo lo conocí una tarde, un mes después de que me dieran el alta, de mi digamos, “accidente fortuito”. Pasaba por enfrente de la casa de la Alfonsa, y allí estaba Ambrosio regando, como hacía cada tarde al aflojar “Lorenzo”.

Me apeteció saludarle, y sin tocar la campana, di un berrido para que me viera:

—¡¡¡Ambrosio, ábreme, coño!!!

—¡Habla bien o te cortaré la lengua! ¡Ya voy…! —no estaba demasiado alejado de ella.

—¡RAAAN! —faltaba aceite a la verja.

—¡Vengo a ayudarte a regar!

—No hijo, no hace falta, ya casi he terminado… ¡Venga ponte en guardia!

Era su señal para que adoptara la postura propia de un boxeador, él hacía lo mismo y nos intercambiábamos unos ganchos; lo hacíamos sin fuerza, sólo marcando los golpes. Al final siempre me agarraba y me decía:

—¡Me rindo, me rindo, no me golpees más! —rendición a la que acompañaba con un agasajo— ¡Tengo una Coca Cola fresca para ti!

Pero dicha su invitación, algo llamó su atención. Una cabeza se asomó por la pared (medianera) que le separaba del nuevo vecino.

—¡Uep, que fas! —preguntó Ambrosio con voz fuerte y con tono desafiante.

—¡Nada, he oído ruidos de pelea y miraba que pasaba!

—¡Pues ya ves, todo va bien! ¡Si tienes algo que hacer… ya sabes!

El falangista no contestó, pero me dirigió una extraña mirada. Pronto nos enteraríamos de lo que pasó por su mente.

—¿Qué le pasa a este fisgón? ¡Parece gilipollas!

—No “parece”, lo es. ¡Olvídate, vamos a por la Coca Cola! ¿O prefieres cerveza?

No recibió respuesta por mi boca, sabía que me lo decía en broma.

…Ya con el caserón habilitado, llegó el día del traslado del falangista al palacete, celebrándolo con una fiesta completa, inclusive con una sesión de “bingo”.

O al menos eso pareció, por la apariencia y vestimenta del selecto grupo de invitados. Según los cuchicheos, que oí días después en la tienda del padrino, eran personas muy influyentes:

«Y uno de los que asistió era el jefe provincial de la Falange y su esposa, llegaron en un largo coche, ¡con chófer!». —Otro chismorreo más:

«Yo pude reconocer al Capitán General, le escoltaban varios militares. Pero no vi a su mujer». —Otra cotilla que se hizo la interesante, pues a la mujer no la conocía más que de verla en alguna revista.

«La flor y nata estuvo en la fiesta». —Aparte de todo esto dicho por las cotillas, también se dijo algo más que hacía referencia a algo que creía que estaba prohibido:

«Y todos los beneficios del “bingo” y de los otros juegos, se destinarán a la “Hermandad de Excombatientes de Baleares”». —dijo un cotilla sabiondo.

«Pues yo hablé al día siguiente con uno de los guardias, y me dijo que durante los próximos meses repetirían las fiestas. Pero los beneficios los irán destinando a otras Hermandades y Asociaciones, ¡así todos contentos!». «¡Y BLA BLA BLA …!».

¡Algo olía mal en todo esto! Y fue precisamente el vecino Ambrosio quien “descubrió el pastel”. Durante la celebración, el siguiente sábado, de la segunda fiesta.

El pintor, ahora convertido en detective, se asomó por la pared lateral y desde allí, pudo acceder visualmente al interior de una de las salas de arriba. Para ver mejor lo que sucedía en su interior, utilizó unos prismáticos que aún conservaba de la guerra:

Los juegos de azar, como el póquer o el blackjack, basados en destrezas y habilidades, no se legalizaron hasta el año 1977.

Era un hombre alto y robusto, llevaba una gran boina negra, conocida como “Txapela”. Vestía una larga sotana negra que le llegaba hasta los tobillos; portaba además algo poco habitual, un ancho cinturón como los utilizados por los militares.

Supimos luego, que era oriundo de Navarra y criado en Bilbao, de ahí que se le notara un acento totalmente diferente al de nuestro párroco Don Miguel.

—¡Vamos ahora a practicar lo que haremos el domingo que viene!

—¿Y dónde está Don Miguel? —preguntole mi amiguita Marta.

—Don Miguel está enfermo, tiene una gripe de campeonato y lleva varios días en cama. ¡Yo le sustituiré!

—¿Y cómo se llama? —continuó interrogando, los niños ya se sabe…

—Me llamo Iñaki, pero llamarme “Capitán Páter”, como me llaman todos los soldados. Vaya chasco nos llevamos todos, resulta que era un militar y además capellán; así se les conoce a los sacerdotes o curas castrenses, encargados del servicio religioso de una iglesia no parroquial; como es el caso del ejército. Éste además, tenía la graduación de capitán. Y ahora nos tocaba a nosotros contestar:

—Decid primero vuestro nombre y después me comunicáis de qué vais a ir vestidos el domingo. ¡Ah, las niñas no hace falta que hagáis nada, ya se sabe cómo iréis ataviadas, todas de vírgenes, ¡cómo tiene que ser! ¡Empieza tú mismo, el pecoso!

Acabábamos de ver cómo se las calzaba el capellán, ¡un perfecto machista!

Con el transcurso de los días, nos fuimos enterando por los cuchicheos de las mamás, de más facetas de su vida, casi toda su carrera militar había estado destinado y aún estaba, en el “Tercio Gran Capitán” de la Legión española. Y sólo hacía un mes que había partido de su cuartel, emplazado en la ciudad de Melilla.

Había venido a la isla de sopetón, para acudir al entierro de su madre; también navarra, y que vivía desde hacía unos años con su otra hija, casada con un isleño.

Aprovechando su estancia, el obispado creyó oportuno usarlo como sustituto del padre Don Miguel, hasta que se curara de la gripe. Mas, volviendo a la presentación:

—Me llamo Julián, y voy a ir vestido de marinero. —aquello parecía más una reunión de “alcohólicos anónimos” contando su vida, que un previo a una Comunión…

—Yo me llamo Máximo, y el domingo iré vestido de militar.

—¿De qué rango? —preguntó el cura castrense.

—¡De almirante!

—¡Coño con el niño, no te quedas corto!, ¡tú de soldado directamente a almirante! ¡Vamos, el siguiente! —Ése era yo.

—Yo vendré muy bien vestido…

—¡Esta claro que vendrás con ropa, no vas a venir en pelota picada! ¿Pero de qué?

—Pues sin rango, con un traje de vestir de color marrón.

—¡Qué coño dices soldado! —Se equivocó de guerra el militar— ¡A la Comunión siempre se acude vestido como toca!, ¡y es de militar! ¡Este acto también es un reconocimiento a los mártires de nuestra “Cruzada”!

¡No seré yo quien te de la Comunión, ya te puedes ir buscando otra iglesia!

—¡BUA, BUA! —Mis lágrimas también acompañaron a este sollozo.

Salí corriendo del templo y como pude llegué a mi casa; en dos ocasiones durante el trayecto, me tuve que parar y soltar los llantos y las maldiciones. La Confesión se fue a la mierda, pero seguro que Dios lo comprendería:

—¡Maldito hijo de puta! ¡Cómo coño se puede ser tan cabrón!, ¡FISSSH, FOSSS!

—¡PUM!!! —al entrar en casa, cerré de un portazo llamando la atención de mi madre:

—¿Qué te pasa hijo?, ¿qué te han hecho?

Me abracé a ella buscando su consuelo, que recibí. Y al rato le conté y con detalles, las palabras que me había dicho el castrense. Menudo cabreo cogió, fue una de las veces que he visto a mi madre más encendida:

—¡Me cago en…! —No completo la frase pues recordó que estaba a días de hacer la Comunión— ¡Vamos a ponernos tranquilos, tú déjame a mí que yo lo arreglo!

—¿Y podré hacer la Comunión el domingo?

—¡Por mis cojones que tu harás la Comunión!

—¡Mamá tú no tienes cojones! —tras mi frase, los dos estallamos a reír— ¡JA JA JA!

—¡Pero tengo ovarios hijo, y bien gordos! ¡Y no le digas nada a tu padre, que nos mete en un buen lio, es capaz de ir a darle una paliza al militar!

Al finalizar el día siguiente, mi madre regresó de hacer una visita y me llamó:

—¡Ya está arreglado, el domingo harás la comunión con los otros niños!

Quería saber más detalles de esta afirmación, no me imaginaba como había convencido a la bestia del navarro.

—¿Y cómo lo has hecho?

—¡No tengo ganas de dar detalles ahora! Pero como te conozco te lo resumiré:

He estado en la casa (vicaría) de Don Miguel, ya sabes… al lado de la iglesia. Y le he contado lo sucedido. El hombre se ha puesto a mil y me ha dicho que vayas el domingo, que la misa la celebrará él.

—¿Y qué te ha dicho del traje?

—Que así vestido, la tendrían que hacer todos los niños, que es lo que promulga el Papa Pablo VI, y me ha dicho algo más que te va a gustar. ¡Que mañana mismo va a mandar a la mierda al cura castrense!

Y tanto que me gustó, me di por satisfecho y me olvidé al momento del agravio sufrido por el Iñaki. ¡Agur!

Arriba, la Fotografía de este narrador, vestido con sus mejores galas, utilizadas el día de su Comunión. No cuento la historia de la foto, pues necesitaría de escribir otra novela sólo para ella. La tomó el fotografo “Salvat”, previo pago por parte de mi “Mamá”.

EL DÍA DE LA COMUNIÓN

…En la mañana del soleado y esperado domingo, día 27 de mayo, celebré mi Primera Comunión, allí estaba yo destacando sobre los demás con mi elegante traje. Llevaba colgado un bonito crucifijo y puestos unos guantes blancos, como muestra de haber renunciado a los pecados del diablo. Y un rosario cogido por la mano, que no sabía dónde colocármelo. Por decisión de Don Miguel, ninguno llevábamos la típica vela de estos actos, el año anterior, un niño casi ardió entero con el jodido cirio; y el sacerdote lo quitó de la ceremonia en la misa. Finalizada la cual, y ya fuera, la cogiera quien quisiera…   

Recibí a Jesucristo, mediante su cuerpo y su sangre; o sea tragando la ostia y bebiendo un sorbito de algo que parecía vino, pero más dulce.

«No cabía ni un alfiler» en la parroquia, por mi parte, vinieron al acto, un buen número de niños de nuestro barrio; casi todos de mí misma edad y acompañados por sus respectivas madres. También estaban los padrinos y sus hijas, algunas vecinas, y por supuesto mi familia; sólo una falta ya prevista, la ausencia de mi padre…

Que sí acudió al convite, de hecho, estaba de vigilante en el lugar de celebración, ya a primera hora de la mañana.

En esta ocasión, no repetíamos en el lugar donde celebramos el bautizo de mi hermano Andrés, la cochera del padrino. Sorprendentemente mi padre quiso encargarse de los preparativos, y de organizar banquetes sabía mucho; en Venezuela había tenido un restaurante. Y también, además había trabajado de camarero y luego de “maitre”; en establecimientos de Suiza, y por supuesto en la isla. El lugar para el convite era una casa vacía de muebles, pues estaba en venta. O séase, que pocos destrozos podíamos hacer esta tribu de niños. La había alquilado mi padre para este día por un buen precio, el conocer a los propietarios influenció.

Se agenció de tableros, caballetes y sillas; todo ello prestado por diferentes vecinos. Y montó, tapando las mesas con manteles de papel, un verdadero comedor; como el de los de verdad. Sin nada que envidiar a cualquier salón especializado en convites.

Los invitados fueron llegando, mis abuelos fueron de los primeros en hacerlo, los trajo en su coche el tío Tolo y su esposa, la tía Isabel. A mi padre le dio mucha alegría verlos y que hubieran decidido acudir, con el abuelo era algo imprevisible lo de su asistencia. Luego fueron llegando otros convidados, los asientos se reservaban especialmente para los niños, que en definitiva era para quien se había armado todo este tinglado. La mayoría de los adultos, se juntaban en una especie de larga barra que había montada en la entrada. O salían de la casa, una vez dejados a sus hijos, y se iban a dar una vuelta por el barrio; acabando casi todos, en alguno de los bares próximos.

—¡Ya están aquí, ya llegan! —exclamó un invitado al vernos acercarnos a la puerta.

Cuando entré, recibí un fuerte aplauso de los presentes. ¡Me sonrojé!, era la primera ovación de mi vida. Luego vendrían muchas más, ¡ejem… ejem!

Pasado el apuro, seguí a mi madre, que me colocó en un sitio privilegiado de la mesa. ¡No era para menos!

Lógicamente era el centro de atención, algunos maliciosos cotilleaban sobre mi traje.

¡Ignorantes!, ¡palurdos!, ¡que sabrían ellos de moda o de las últimas tendencias!

—¡Mira, es como una novedad! —ésta era un poco menos arcaica…

—¡Qué quieres que te diga, yo soy más tradicional!, y ¡BLA, BLA, BLA…!

Mi padre, el maestro de ceremonias, empezó a servirnos un caliente y sabroso chocolate, con el que llenaba nuestras tazas. Dos desconocidos camareros contratados por él, le ayudaron en esta tarea. Uno de ellos, colocando en la mesa platos llenos de cuartos (una especie de bizcocho) y churros cada cierta distancia, a los que no tardábamos en meter mano.

A los mayores, les cambiaron este menú por uno basado en canapés, olivas rellenas, patatilla y algún aperitivo más; todo acompañado por la bebida que escogían entre refrescos, cervezas, vino, vermut, e inclusive, si le caías bien al otro camarero que servía en la barra, te ofrecía un whisky ¡Todo un derroche!, el hecho por mis padres en mi honor… ¡Y en el suyo! ¡Ya tenían ellos ganas de hacer un poco de “bufas”!

Al final del ágape, se sirvió champagne a los adultos, y a nosotros, una especie de engañadizo champán rebajado con agua. ¡Todos brindamos al unísono!

—¡Salud! —algunos añadieron— Y força al canut!

Tras el brindis, se produjo un lapsus, que algunos esperaban, mi madre me recogió y me hizo que la acompañara haciendo un tour entre los invitados:

—¡Felicidades “Chato”! ¡MUA, MUA! —el primero de una larga recepción de besos.

—¡Toma esto es para ti! —Un regalo recibido, por cortesía y educación no se abrían en este momento, se esperaba a hacerlo cuando no estuvieran presentes, ya acabado el convite.

Yo se los iba entregando a mí apoderada, o sea mi madre, quien cada cierto número de obsequios recibidos, los guardaba en una saca que tenía en una habitación.

Y así fuimos aumentando nuestro tesoro, al final hasta vinieron los invitados rezagados con sus presentes:

—¡Perdona Antoñita pero no hemos podido llegar antes!

—¡Tranquilos! Pero vamos “Luisín”, ve para la mesa y tómate una taza de chocolate con churros. ¡Mario me haces el favor de atender al niño! —El camarero lo acompañó y se encargó de servirle.

—¡Antes de que te vayas, toma esto “Chato”!

—¡Anda que caja más grande!

—¡Esperamos que hayamos acertado!

—¡Seguro que sí!, anda hijo, acompáñame a dejarlo a buen recaudo, y vosotros, pedid lo que queráis en la barra. Continuamos con el recorrido, procurando no dejarnos a ninguno de los convidados. Mi madre cogió a mis hermanos y les dio unas instrucciones:

—¿Veis aquel cuarto? ¡Pues que no entre nadie!, dentro están los regalos de vuestro hermano.

—¡Pero madre, he quedado para dar una vuelta! —«excusas de mal pagador».

—¡Y yo tengo que terminar de desmontar la radio! —la excusa de Damián.

—¡Bueno ya basta! ¡Os vais turnando y asunto resuelto! —Mando y ordeno.

Recogido el último presente, varios de los niños de mi calle se me acercaron:

—¡Vamos “Chato”!, ¡ven con nosotros a dar un garbeo!

—¿Puedo mamá?

—Espera unos minutos, tu padre va a ofrecer cigarrillos y puros a los invitados, recuerda que tú eres el agasajado y es de mala educación el que te marches ahora, ¡ten un poco de paciencia! ¡Mira, ya empieza!

“Faria” es una conocida marca de puros con muchos años de existencia. En 1889, Heraclio Farias, patentó con su apellido, un sistema mecánico de elaboración de cigarros; que luego fueron fabricados y distribuidos por toda España, por la “Compañía Arrendataria de Tabacos”, antecedente de la popular “Tabacalera”; que luego se fusionó con la francesa “Seita”; formando el “Grupo Altadis”, y que, en 2008, fue adquirida por la compañía británica Imperial Tobacco.

MI padre, cargado con una canasta llena de tabacos, los fue repartiendo…

—¿Un “Faria”? —preguntó ofreciéndolo, “Faria” era una conocida marca de puros con muchos años de existencia. En 1889, Heraclio Farias, patentó con su apellido, un sistema mecánico de elaboración de cigarros; que luego fueron fabricados y distribuidos por toda España, por la “Compañía Arrendataria de Tabacos”, antecedente de la antigua “Tabacalera”, hoy en día “Altadis”.

—¡Caray Damián!, habéis «tirado la casa por la ventana» ¡Venga dame uno!

En este tipo de fiestas, los puros habitualmente se les ofrecían a los hombres, salvo que estuviera presente “Sara Montiel”, cantando su famoso: «¡Fumando espero, al hombre que más quiero!», que interpretó en la película “El último cuplé”, en 1957. 

Cartel de la película “El Último Cuplé”, dirigida por Juan de Orduña. Y al costado, afiche de “Sara Montiel” (María Antonia) confeccionado para promocionar uno de sus muchos “relanzamientos” de su conocida canción “FUMANDO ESPERO”.

A las señoras se les ofrecía un cigarrillo rubio de la marca “Winston”:

—¡Toma un pitillo Lucia! —Ofreciéndoselo de la cajetilla ya abierta.

—¡Gracias!, me lo fumaré luego en casa.

Y seguidamente vino la sorpresa para mí, pero que en verdad formaba parte de la tradición, fumarte tu primer cigarrillo el día de tu comunión:

—¡Toma hijo, esta cajetilla de “Winston” es para ti y para que invites a tus amigos!

—¡Muchas gracias, papá! —En aquellos años, el fumar estaba bien visto, era un estereotipo de la conducta propia de los ya adultos e independientes.

Cogí el paquete y partimos el grupito hacia una calle del barrio sin curiosos.

—¡Vamos abre la cajetilla y dame uno!

—¡Tranquilo “Michel”! Esto tiene que ser toda una ceremonia, es el primer pitillo de nuestra vida. —Quité la tirilla del celofán de la cajetilla y la abrí— ¡Hala, estrénala! —El ansioso “Michel” cogió su “droga” legal, lo mismo hicieron los otros cuatro mozalbetes, y el último en llevarse el cigarrillo a la boca, fui yo.

Saqué un mechero “Zipo”, que me había regalado el abuelo, con años de historia, y le fui dando fuego a los compañeros. Con la primera “chupada” y la entrada del humo en los pulmones, vinieron las temidas reacciones:

—¡AAAG, AG! ¡Qué asco! —Las consecuencias de cumplir su deseo.

—¡JEEG, AAAG! —La música continuó con los otros intérpretes.

Seguidamente fue mi turno:

—¡HUMM, HUMM! ¡Qué bueno! —El truco era no inhalar el humo, pero…

—¡No lo has hecho bien, tienes que tragarte el humo! —me jodí y tuve que hacerlo:

 —¡AAAG, AG! ¡Qué asco! —Ahora sí, pude comprobar la reacción de mi cuerpo, en especial la de mis pulmones; contraria a la absorción de nicotina y otras mierdas que contiene el tabaco.

Curiosísma postal franqueada de 1905, que muestra a NIÑOS FUMANDO; UNO, UN PURO Y EL OTRO, EN PIPA.

Que nos recuerda, el desconocimiento de las enfermedades que conllevaba este hábito en aquellos años. Y como era algo habitual y arraigado en la vida cotidiana.

Pero a casi todo nos acostumbramos, con los años volví a fumar, y entonces si aprecié, la propiedad terapéutica que tiene la hoja de tabaco para calmar los nervios. 

Me fui convirtiendo poco a poco en un fumador habitual, llegando inclusive a ser lo que se conoce como un “fumador empedernido”. ¡Cómo pude llegar a esto!, ¡yo no quería!, las circunstancias y la incertidumbre me llevaron a este vicio. ¡Perdónenme estimado público!

Por suerte para mi salud, ya hace muchos años que mandé a la mierda el “puto tabaco”. Mis pulmones me lo agradecieron. Pero aun ahora, cuando me viene “de rebote”, el aroma del humo de un cigarrillo rubio, no me desagrada nada de nada… Y por suerte, en lo que no me he convertido es, en uno de estos/estas exfumadores, que arremeten contra un fumador nada más verlos cerca, cual si estuviera su vida en peligro por la posibilidad de inhalar un poco de humo. Olvidándose de lo difícil que es "desengancharse" de este "vicio" o "hábito" ¡Hay que ser tolerantes...! ¡Si bien, el respeto debe de ser mutuo! 

«¡Vaya sermón que has soltado macho!

¿Me he pasado verdad, Subconsciente? Es que se ve que aún me dura lo aprendido en la "Catequesis" y me ha dado por ahí...

«Por esta vez te lo paso, ¡pero a mí no se te ocurra echarme el humo!».

El día de mi Primera Comunión, acabó con la ceremonia de apertura de los regalos. La hicimos por la noche y con todos los miembros de la familia presentes. Los fui abriendo yo, no dejé a nadie hacerlo. ¡Me convertí en un auténtico egoísta!

—¡RAS, RAS! —fue el ruido al romper el paquete de uno cualquiera de ellos.

—¡Mira una cajita!, ¡veamos que hay dentro…! ¡Un anillo de oro!, ¡lo puedo vender, y me darán dinero para una bicicleta!

—¡De eso nada! ¡Los regalos no se venden! —Pues claro, como tiene que ser.

Éste, era uno hecho por los padrinos, los regalos solían llevar dentro o fuera del envoltorio, un papel con el nombre de quien te “homenajeaba”. Además, mi madre, que tenía buena memoria, se quedaba con quién me lo había hecho.

Cansado de abrir cajas y viendo también el anhelo de hacerlo, en la cara de mis hermanos, tomé la decisión de que ellos participaran en este “salao”:

—¿¡Por qué no continuáis vosotros!?

Tiempo les faltó para agarrarse a los obsequios, alguno tuvo como destino final a uno de mis consanguíneos, lo dicho, se ve que algo me quedó de las clases de “Catequesis”. ■


FIN DEL CAPÍTULO 19

Fotografía de Sara Montiel tomada en 1954.

UN PEQUEÑO HOMENAJE A "SARITÍSIMA"

Sara Montiel, cuyo nombre completo era María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández, nació en 1928 en Campo de Criptana (Ciudad Real), España. Entró en el cine después de ganar un concurso de talentos a los quince años.

Y fue en su segunda película cuando cambió su nombre a Sara, en honor a su abuela, y Montiel por los campos de Montiel en la región de La Mancha donde nació.

No tardó, y en la década de los 60 se convirtió en la estrella más popular internacionalmente y mejor pagada del cine español. Apareciendo en cincuenta películas y grabó alrededor de 500 canciones en cinco idiomas diferentes.  Se casó cuatro veces, la primera con Anthony Mann (actor y director de cine estadounidense); el matrimonio duró de 1957 al 63, y al estar él ya divorciado, fue excomulgada por la Iglesia Católica en España por la ceremonia civil.

Yo la conocí en la época en la que estuvo casada con José Tous Barberán, abogado y periodista asentado en Mallorca; la boda se había realizado en 1979, y duró hasta 1992, el año del fallecimiento de "Pepe" Tous. De esta unión nacieron dos hijos adoptivos: Thais (nacida en 1979) y José Zeus (nacido en 1983).

Nuestra "Estrella" falleció a los 85 años, el 8 de abril de 2013, en su casa del barrio de Salamanca de Madrid, casi con total certeza, debido a causas naturales, por un fallo cardíaco.

El autor Antonio G. Noguera junto a Sara Montiel en una entrevista en directo.

Tuve la oportunidad de charlar con ella y entrevistarla en varias ocasiones. Con su afable carácter, formado por su "mundología" vivida, siempre estuvo dispuesta a acudir desinteresadamente a donde le pidieras su presencia. Desde aquí, ¡vaya mi mejor recuerdo para ella!

El Autor: Antonio G. Noguera


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