“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el doceavo de sus Capítulos:  

1965. La Fábrica de Lana y la familia Ordinas (8).

Capítulo 18

Cómo se las ingeniaban los "chavales" de aquellos años para ver la "tele" y, cuales eran los programas que más les gustaban, como el del concurso "Cesta y Puntos".

Conoceremos como les fue la vida a unos vecinos que formaban la familia "Ordinas". Dedicados al negocio de la recogida, tratamiento y venta de "LANA"; "trampichuelas"  por parte de sus empleados incluidas.

  La afición de esta familia por el fútbol y en concreto por un Club, algo más frecuente de lo que nos pensamos.


En el año 1965, en nuestra barriada y en casi todo el país, seguíamos durmiendo en colchones de lana. Los nuevos, hechos de muelles y otros materiales sintéticos, aún no formaban parte de nuestros descansos.

A pesar de que precisamente en el barrio, hacía poco tiempo que se había construido una moderna fábrica de colchones, de la marca “Flex”. Y los teníamos bien a mano.

Esta nueva fábrica, tenía como objetivo, el suministrarlos a los muchos hoteles que se construían y que, estaban destinados a hospedar a los miles de turistas, que empezaban a elegirnos como su lugar de vacaciones. Ellos sí ya estaban acostumbrados al uso de este tipo de colchoneta.

No como nosotros, que estábamos habituados al cómodo colchón de toda la vida, y permanecíamos fieles al pelo esquilado de los ovinos, conocido como lana.

El boom turístico en España durante la década de 1960 fue un fenómeno sin precedentes, marcado por un rápido crecimiento de la industria turística, especialmente en las zonas costeras de sol y playa. Donde los nuevos y modernos hoteles “aparecían como setas”...(Postal de aquellos años en la que se aprecia la concentración de nuevos edificios de hoteles).

Antes de esta nueva industria construida en nuestro extrarradio; desde hacía años ya contábamos con otra más artesanal y tradicional. Rafael Ordinas era el copropietario de esta fábrica de lana, aunque nosotros lo conocíamos como el “Contable”. Y pese al apodo, puedo asegurar que no pertenecía a ninguna mafia.

La industria ocupaba un gran solar, lindero justamente con nuestra casa; el acceso a la misma desde la calle, coincidía casi con el también a la vivienda, donde moraban los otros copropietarios, Felipe y Laura. Uno “bombero” y con ese apodo se quedó, y la otra, ama de casa, hostelera y ocasionalmente ayudante de parturienta; pues eso era lo que había hecho ocho años atrás. Ayudar a mi madre en mi parto.

Y sí; ambos hacían compatibles las cuatro actividades, la de bombero, la de la fábrica, la de trabajadora de la hostelería y las propias de una vivienda convencional. Era una cuestión de horarios y de haber limitado el trabajo en la fábrica a sólo el “Bombero”. Laura ya tenía más que suficiente con la casa y, su trabajo en verano como “gobernanta” en un hotel de la “Playa de Palma”.

Centrándonos en la fábrica, la entrada era una gran cochera cubierta, con una enorme puerta de dos hojas o portalones. En uno de ellos había una puerta incorporada, algo bastante usual en aquella época, que se usaba cuando se accedía a pie. Si era un camión se abrían los portalones de par en par.

En todo el costado izquierdo del habitáculo de entrada, se acumulaba la lana ya seca y limpia, también servía para otras funciones.

Los artilugios usados para esparcir o secar la lana, eran artesanales y recordaban en apariencia a un somier de cama.

Ya atravesado el recinto de entrada y a cielo abierto, el amplísimo solar estaba relleno de una especie de artilugios, construidos de manera vasta, que tenían la forma del esqueleto de una cama de madera con patas, y que servían de base a una rejilla que completaba esta especie de gran somier.

En la mayoría de ellos, habitualmente, ya se había repartido la lana, con el objeto de ser secada por los rayos de sol. ¡Secarla con una estufa hubiera salido un poco caro!

Se había dejado un ancho pasillo sin estos somieres, que finalizaba en una gran balanza plana; en ella acababan todos los camiones con su carga de lana sin tratar.

La forma de pesar el contenido de estos era muy sencillo. Primero se media el peso total del camión cargado. A continuación, se procedía a descargarlo, colocando los sacos cerca de esta zona. Y ya lo que quedaba era volver a medir con la gran romana, el mermado peso del camión. De la resta de ambas mediciones se sabía el peso de la carga de lana entregada. ¡Glup, Beeé, Glup! ¡Pura “matemática china”!

—¿Cuánta lana hay “Bombero”? —preguntó el chófer.

—Pues si he restado bien… 3.125 kilos.

«¿Y cuantos son dos más dos?, me lo han puesto a huevo, no me he podido resistir a hacer la gracia…» ©“Subconsciente”.

Este trabajo de controlar las compras de lana, era uno de los secretos para la buena marcha del negocio. Por eso esta función siempre la hacía uno de ellos.

—¡¿Vuelves mañana con más Jacinto?!

—¡Si os va bien, sí!, tenemos el almacén repleto y el otro chófer no acaba de recoger cada día más; como cada año, en esta época no paramos de trasquilar.

—¡Vaya negocio que os habéis montado!, ganáis más que nosotros y, ¡tocándoos los huevos todo el día!

—¡No me jodas “Bombero”! Aquí los que ganan el dinero así, son los “payeses” y los cuatro pastores que aún quedan. Somos nosotros los que trasquilamos las ovejas y luego transportamos la lana a nuestro almacén, la seleccionamos y después os la vendemos. ¿¡Te parece poco!?

—¡Y el resto del año, «no pegáis un palo al agua»!

—¡Hala “Bombero” no me cabrees más! —exclamó el chófer expresando su disconformidad con lo que dijo.

En la isla, a diferencia de en la península, no se practicaba la “trashumancia”, un tipo de pastoreo en continuo movimiento de las ovejas en busca de prados.

Los rebaños solían ser pequeños, practicando el “nomadismo”, consistente en tener asentamientos estacionales fijos, no de grandes dimensiones. Estos terrenos habitualmente eran propiedad del mismo que el de las ovejas.

Volviendo al otro terreno que estoy recordando, el de la fábrica, en el fondo del solar había varias construcciones, dos eran unas enormes balsas; ¡y no eran piscinas para bañarse en verano!, que estaban dedicadas al lavado de la lana y enjuague de la misma ¡Y me falta algo! ¡Ah sí, ya recuerdo!, el final de la lana cuando estaba seca, era su traslado al porche de la entrada; ¡pero creo que esto ya lo he dicho antes!

Una de las trabajadores realizando una tarea de inspección de la lana.

¡Pero esto no…!, la lana se ventilaba «a base de palos», otros trabajadores de la fábrica, que solían ser mujeres, cogían unas largas varas y golpeaban la lana. Con la habilidad que tenían con el palo, lanzaban cada “dos por tres” hacía arriba, trozos de lana. De esta manera se deshacía de los posibles nudos que tuviera.

—¡PLAF, PLAF! —¡Estoy harta ya de dar palos por hoy!

—¡Haz lo que hago yo, piensa en tu marido estando con otra!

—¡¡¡PLAF, PLAF, PLAAAFFF!!! —el consejo funcionó— ¡Este truco nunca falla!

Una vez cardada (ventilada), se llenaban con ella unas enormes sacas, se pesaban y se amontonaban en el lateral de la cochera. Allí esperaban hasta que se servían a los compradores. Quienes principalmente la utilizaban para el rellenado de cómodos colchones y almohadas. También, una parte de dicha lana, acababa, eso sí en menor cantidad, en las terrazas de los vecinos de las barriadas próximas; que las utilizaban para la sustitución de la vieja lana de sus colchones. Tarea que se solía efectuar durante el verano, cada dos años más o menos. Si entregabas la lana antigua, te descontaban un dinero en la compra de la nueva y evitabas el farragoso trabajo de cardarla.

El comer una fruta acabada de ser cogida directamente de un árbol, es un placer dificilmente comparable.

Aparte de la empresa donde trabajaba Jacinto, el chófer; la fábrica tenía otros proveedores de la materia. Uno de ellos era Herminia, que además era familiar lejano de Laura, la esposa del “Bombero”. De quien un día llegó un camión cargado: 

—¡Venga “atontao”!, ¡pon de una vez el camión hasta el fondo! ¡Qué si no llega, no lo podemos pesar! —dicho lo cual, continuó, pero en voz baja— ¡Cada vez lo mismo!

—¿Está bien ahora?

—¡Sí, baja de una vez!

El “Bombero” anotó como era rutina, el peso que le indicaba la romana de la báscula:

—¡Vamos Fermín, descarguemos los sacos! —dirigiéndose a un trabajador de la fábrica— ¡Coño como pesan! —El bombero no esperó a que viniera el currante.

—Esto es que usted jefe, ¡se está haciendo viejo!

—¡Vamos Rogelio, deja de tocarte las pelotas y ayuda! —le indicó al chófer el dueño.

A lo que el conductor añadió sus brazos para hacer más rápida la descarga:

—¡Vamos a ver cuánto pesa ahora…! ¡Pues sí que se ha vaciado! —Apuntando el nuevo peso y descontándolo, el resultado le sorprendió al “Bombero”— 2708 kilos, ¡no lo entiendo! Por su experiencia no le cuadraban los números:

—¿Rogelio, cuantos sacos nos has traído? —incidió el copropietario.

—60 sacos… yo mismo los he contado, ¿hay algún problema?

Antes de que el “Bombero” contestara, Fermín entró en la conversación.

—¡Estará la lana muy apretada y por eso pesan más!

—¡No sé yo!, ¡a ver Fermín, abre este saco! —El primero que tenía más a mano. 

—¡Cuerda fuera y abierto! —sacando con la mano un puñado de ella, la primera (lana) que estaba al abrir el saco— ¡Lo ve jefe, esta apelmazada!

Al ir el cargamento de lana con una "guarnición" no deseada de fango y algunas que otras piedras, el peso aumentaba notoriamente.

—¡Pues parece que sí! Lo normal es que los sacos vengan a pesar como mucho unos 40 kilos cada uno. Yo multiplicaba 60 sacos por 40 kilos, y me daba un resultado de 2400 kilos. Y no los 2708 kilos que han resultado. ¡Vale, dejémoslo!

—¿Me puedo ya marchar?

—¡Sí Rogelio, hasta otro día! También nosotros nos podemos ir por hoy, que ha sido un día bastante duro. ¡Vamos Fermín, “pliega”!

—¡Yo no estoy cansado!, ya que estoy aquí liado, descargo los sacos en la balsa.

—¡No, ya lo harás mañana! —el dueño estaba mosqueado.

Fermín después de 6 años de trabajar en la fábrica, conocía el carácter del “Bombero”, sabía que le jodía mucho que le hicieran la contra. Por lo que obedeció y se marchó:

—¡Muy bien jefe!, hasta mañana…, ¡que será otro día! 

Pero el que no se marchó a descansar, fue el receloso jefe, que se dispuso a hacer unas comprobaciones. Y por lo que se encontró en las sacas al profundizar con sus brazos, y añadido, a la manera de comportarse su empleado Fermín, con este inusual interés por quedarse a vaciar las bolsas en la balsa. Confirmó lo que él sospechaba; las bolsas estaban cargadas de excesivo barro. Y para su desencanto, ante lo evidente y su comportamiento, dio por hecho, que el empleado lo sabía y era cómplice. Y más le jodió aún, al ser Fermín precisamente el encargado de controlar que «no les dieran gato por liebre» con la lana comprada.

Para el “Bombero” el asunto lo tenía claro, así que cruzó la calle y acudió a la casa de su socio, allí justo enfrente, tenía su residencia el “Contable”:

—¡RING, RING! —Al abrir la puerta, éste se sorprendió de la inusitada visita.

—¿Qué hay de nuevo “Bombero”? ¡Te veo muy cabreado!

—¡Tendrías que venir conmigo, hay un problema!

—¿Qué problema, cuéntame?

—¡Vamos a la fábrica y te lo cuento!, ¡mejor aún, te lo enseño!

Ya en el solar, los dos fueron directamente al lugar donde se habían descargado los sacos del camión de Rogelio.

—Esta es la carga, coge un saco y comprobarás lo mucho que pesa.

—¡Jolín, no puedo ni moverlo siquiera, y mucho menos levantarlo!

—¡Eso te pasa por no hacer ejercicio!, te pasas todo el día sentado en la oficina haciendo cuentas.

—Alguien las tendrá que hacer, cada uno hace lo que sabe. Y tú como bombero, ¡estas hecho un animal! Y vales para cargar. —aquí le tiró una coña.

—Y tú, como administrativo, te pasas todo el día sentado, tanto en tu trabajo como en nuestra fábrica. —el “Contable” por las mañanas trabajaba como jefe de administración en una empresa de cárnicas. Devolviéndole el “choteo”.

—¡Vale “Bombero” dejémoslo…! ¡A lo que nos trae aquí! Si te parece, vacía el saco en aquella madera.

—¿Crees que cabrá toda la lana?

—¡Sin problema, es suficiente!

La lana descargada confirmó todas las sospechas...

Así lo hizo el “forzudo” del “Bombero”, la fue esparciendo en el tablero, pero no venía sola. Después de salir la próxima a la apertura del saco, salió como un gran pegote de una mezcolanza de lana y barro:

—¡Me cago en diez, nos la han colado! —Ahora sí que se cabreó el “Bombero”.

—¡Sí!, y esto confirma lo que viste al meter tus brazos, que nos han metido barro a espuertas, y lo que me jode; es que nuestro Fermín tiene algo que ver en todo esto…

—¡Espera “Contable”! ¡Vamos a continuar! —el “Bombero” quería estar totalmente seguro, deseaba que sólo hubiera barro en ese saco— Probemos con otro saco cualquiera.

Vaciado el siguiente en otro tablero, se comprobó que su contenido era similar, lana mezclada con más barro— ¡Será cabrón ese desagradecido, con todo lo que hemos hecho por él…! Pero aquí hay alguien más metido, Fermín no es tan listo. Y no es el chófer del camión, que fue el primer sorprendido del peso. —dijo el “Bombero”.

—¿De dónde venía la lana? —quiso saber el “Contable”.

—¡No jodas, no había caído…! ¡No me lo puedo creer…!, ¡de la Herminia!

—¡Pues me temo que sí, menudo disgusto va a tener tu mujer!

—No le pienso decir nada hasta que no estemos totalmente seguros.

—¡Me parece bien!, calculemos cuánto nos han robado hoy. ¿Cuántos sacos hay?

—¡Sesenta…!

—Pues salen las cifras que tu dijiste, 60 Sacos a 40 kilos por saco, y pongo muchos, son 2400 kilos. ¿Y les vamos a pagar por…?

—2708 kilos, nos han colado 322 kg. Pues esto es mucho dinero ¡Más de 1000 pts.!

—Ahora lo que deberíamos saber es, ¿desde cuándo nos están robando?

Los socios optaron por esperar a la mañana del día siguiente, para tener la respuesta a esta pregunta. Pero antes de separarse, el “Contable” le dio unas instrucciones al temperamental del “Bombero”:

—¡Por favor, mañana controla tu genio! Es muy importante que mantengamos la calma, déjame hablar a mí. ¿Lo harás?

—¡Sí “Contable”!, ¡lo haré!, no soy tonto, ¡si le pego tendremos las de perder!

Al día siguiente y a primera hora, como era su costumbre, entró por la puerta de la fábrica el esperado Fermín.

—¡Coño!, ¿qué hacéis aquí, os habéis caído de la cama?

—¡De eso nada! Lo que sí nos ha pasado a los dos, es que no hemos podido dormir.

Fermín se olió que algo pasaba, pensó: «¡Estos me han descubierto!». Como efectivamente se lo dijeron directamente y sin cloroformo:

—¿Desde cuándo nos estáis robando?

Esta era la contraseña para que interviniera un nuevo personaje en la reunión. De detrás de unas sacas, salió un hombre vestido con el uniforme de la Policía:

—¿Es este el ladrón que tenemos que detener?

Fermín se quedó helado, y como se dice, pero en este caso no sólo literalmente; «se cagó del miedo». Al instante se desmoronó y comenzó a cantar:

—¡Ella me obligó a hacerlo, no era mi intención! ¡Yo no puedo ir a la cárcel!, ¡¿qué será de mis hijos pequeños?!

Rompiendo el acuerdo, el “Bombero” tomó la palabra:

—¡Pues te lo hubieras pensado antes, cacho cabrón! ¿Desde cuándo nos estás robando? ¡Contesta!

—¡Sólo desde hace un mes! ¡Han sido nada más que unos doce viajes!

—¡Nada más…! ¡Eso son 12.000 pesetas!

El policía permanecía cerca, pero quieto y sin hablar. Sonó entonces de nuevo la voz del “Contable”:

—¿Y exactamente cómo te obligó la Herminia? —diciendo este nombre confirmaría o no, que era ella su cómplice. Y se confirmó:

—Mantenemos de hace unos meses una relación, y me amenazó con contárselo a mi esposa, sino participaba en este asunto.

—¡Bien callado lo teníais! ¿Y qué parte de este dinero que nos habéis robado, te has quedado tú?

—Sin contar este último viaje, que aún no lo habéis pagado; unas cinco mil pesetas, la mitad.

—¡Vaya pues, no sólo lo has hecho por amor! Te has llevado la mitad, no eres tan romántico como estás diciendo.

—¡Aquí gano poco, y tengo muchos gastos!

—¡Ganas poco cabrón! ¡Si te estás tocando los huevos todo el día! —otro estallido del “Bombero”, su pronto, le podía más que lo acordado hacer sobre sus acciones…

—¿Estás dispuesto a declarar en la Comisaria todo lo que nos has contado? —el “Contable” iba a lo positivo, ahora en caliente sacarle la confesión de todo.

—¡Sí, lo contaré, menos que engañaba a mi esposa con Herminia!

Aquí intervino de nuevo el policía:

—¡No hay problema, esta parte la podemos omitir, poco cambia los hechos! ¡Anda vamos, te vienes conmigo!

Fuera les esperaba otro guardia, que se había colocado en la puerta nada más entrar Fermín; para evitar una posible huida del ladrón.

—¿Qué crees que les pasará “Contable”?

—La cantidad sustraída es elevada, todo dependerá del acuerdo de compensación que les pueda ofrecer el fiscal.

—¡No te entiendo!

—En otras palabras, que lo primero que tienen que hacer, es devolvernos el dinero que nos han robado, luego tendrán que aceptar pagar una sustanciosa multa y, se les impondrá una condena, por ser su primer delito, de unos seis meses de cárcel, que no cumplirán…

—¿Y tú cómo sabes esto?

—Porque mi amigo, el policía local que acabas de conocer, me lo ha dicho.

—¡Collons!

No es el Policia de esta historia, la foto corresponde a otro Policia Municipal de aquellos años 60. Al que agradecemos su colaboración desinteresada. (Aclaración: Este agente no hizo, ni hace encargos particulares...).

Al cabo de tres días, también a primera hora, los socios habían quedado citados con el Policía que realizó la detención de su empleado:

—¡Uep (Hola) Gabriel, hay novedad! —Saludó el “Contable“ a su amigo guardia.

—¡Pues sí! Os tengo que hacer una proposición que espero os satisfaga.

—¡Espero que sea buena!, porque este asunto me altera mi rutina. ¡Anoche no pegué ojo! —exclamó el “Bombero”.

—Pues veréis, cuando nos llevamos a Fermín a la Comisaría para que nos contara todo lo que había sucedido, y nos diera pruebas de la participación de su socia, la Herminia. Se me ocurrió que quizás aceptaría devolver el dinero que os robó, si esta denuncia no continuaba su curso…

—¡¿Pero cómo?!, ¿y qué salgan de rositas los dos? —el carácter del “Bombero se manifestó interrumpiendo la propuesta de Gabriel.

—¡Por favor, Felipe, no interrumpas a mi amigo!

—¡Continúo…!, vuestro empleado estuvo de acuerdo en devolver su parte, dijo que eran unas 5.000 pesetas. Entonces le dije que no era suficiente, que tanto él como su Herminia, tenían que daros 12.000 pesetas cada uno, lo robado más una indemnización de 7.000 pts., en total las doce mil.

A regañadientes aceptó, dijo que pediría el resto del dinero a sus padres y otros familiares, sin contarles la verdad de para que era. Me dijo palabras textuales: «Ya les diré lo que se me ocurra». Acabado con él, hice que unos compañeros fueran a buscar a la Herminia y me la trajeran a la Comisaría. Cuando llegó la interrogué y también confesó su participación en la estafa. La asusté, ¡y mucho!, diciéndole lo que le venía encima, multas, la cárcel, etc. Y la dejé pensando…

Al rato volví, y le ofrecí lo mismo que al otro, el pago de las 12.000 pesetas para olvidarnos de este asunto… y… ¡Aceptó!

Ante lo cual, mandé a los dos a sus casas, para que se pusieran en marcha para conseguir el dinero. Y que les esperaba al día siguiente con él, de lo contrario irían directamente a la puta cárcel.

La cosa funcionó, y al día siguiente, o sea ayer, me lo trajeron todo. Es decir… 12.000 ptas. de él. Más otras 12.000 pesetas de ella. ¿Os parece bien el acuerdo?

—A mí me parece correcto, que les pongan multas o hasta que los metan en la cárcel, no nos devuelve nuestro dinero. Y con tu propuesta sí; además hasta ganamos. ¿Tú qué opinas “Bombero”? —le preguntó a su socio.

—¡Pues siendo prácticos, por mí también está bien! Si bien hay un problema. ¡Eh Gabriel!, ¿tendremos que mantenerle su trabajo con nosotros?

—Esto me lo guardaba para el final, ya no volverá por la fábrica nunca más, ni siquiera para recoger su paga o finiquito. Si lo hace me avisáis, aunque lo dudo…

Entonces si estamos todos de acuerdo, aquí tenéis este sobre para los dos con las 12.000 pesetas. —Entregándoles el dinero.

—¿Pero no eran en total 24.000 pesetas?

—Las otras 12.000 pesetas son por mis gastos y los de los compañeros. Aun así, os ahorráis pagar el último viaje y el dinero del finiquito. ¡¿Hay algún problema?!...

—¡No que va, ninguno! —¡En absoluto! —Contestaron casi al mismo tiempo los dos.

 

El 8 de Mayo de 1960 se inauguró el Estado Balear con un partido internacional contra el Briminghan City FC; imponiéndose el Baleares por dos goles a cero del visitante.

LA FAMILIA “ORDINAS”.


Así actuaba El “Contable” en las situaciones difíciles, siempre buscaba entre su círculo de amistades y sus múltiples amigos, aquél que le pudiera ayudar a solventar el problema. Como en esta ocasión con el policía, que por cierto, curiosamente también era socio del “Club de Futbol Atlético Baleares”.

Rafael Ordinas, alias el “Contable”, tenía dos devociones, su familia y este club de futbol, y no necesariamente en este orden.

Sus tres hijos ya eran socios del “Atlético Baleares”, desde Enrique el mayor, de la edad de mi hermana con 15 años, pasando por Felipe de mi edad, 8 años; y el último de sólo 3 años y de nombre Luis. Y “yes”, a los tres años ya pagaba su cuota reducida como socio, y por supuesto, acompañaba a la familia a ver los partidos.

Los niños eran tan aficionados del club como su progenitor, y la memoria que no tenían en la escuela para los estudios; si la utilizaban para memorizar las alineaciones de los jugadores en cada temporada y otras cosas, sabían hasta los mínimos detalles de su vida profesional y de algunos, hasta la privada. ¡Ohhh!

—Felipe, ¿Dime quien fue el máximo goleador de la temporada pasada?

—¡Fue el murciano “Peralta”!, juega de delantero centro y marcó 32 goles, convirtió cuatro penaltis y tal y tal y Pascual...    

Tanto a ellos como a su esposa Leonor, no les faltaba casi de nada, aunque no se les podía considerar como de la clase pudiente, o sea ricos. Y su esfuerzo tenía que hacer el de los números, el “Contable”, para poder mantener este nivel, dos trabajos y algunos “negocietes” puntuales, le reportaban los ingresos necesarios.

…En su casa, una planta baja, había levantado un piso más, que estaba ya casi finalizado; era donde la familia preparaba cambiarse a vivir.

Una construcción moderna y con muy buenos acabados, que serían la envidia de los vecinos de la calle. Salvo para los recientemente recuperados emigrantes, que vivían en el caserón medianero con su casa. Éstos si ejercían como de “nuevos ricos”.

Confiábamos en que la mudanza tardara, pues cuando se produjera, nos quedaríamos sin la distracción que nos daba el ver su “tele”. Especialmente en el verano, ya que eran de los pocos de nuestra calle que tenían una televisión.

Televisión Española, que era la única empresa que emitía y era del estado, se había puesto en marcha en octubre de 1956; y desde principios de este año de 1965, contábamos son un segundo canal en fase de pruebas, conocido como UHF.

Éramos unos pocos niños que la veíamos desde la calle, asomando nuestras “tiernas cabecitas” por las puertas abiertas de su salón, que también eran las de acceso a la casa desde la calle.

—¡Déjame un poco de sitio, que no veo nada!

—¡Vale!, ¿ya está cómodo el señorito? ¡Ahora calla!, que empieza “La unión hace la fuerza".

—¡Sí, sí; me gusta mucho!, ¿y qué provincias se enfrentan?

—¡PIIIST! ¡Silencio! —Todo el país veía este programa tipo concurso de la televisión, era la versión española de otros similares, emitidos también en Francia e Italia.

Dos concursantes, representantes de una provincia española, formaban un equipo que entraba en competición con el resto. Primero se realizaba una prueba intelectual o cultural a uno de ellos, y si fallaba, el otro debía superar una prueba física.​

En el fotograma recordamos uno de los momentos más emocionantes que se produjo en los cuartos de final de este concurso de "La Unión hace la Fuerza", que enfrentaron a Mallorca y Navarra, representados en la parte física por un ciclista, Guillermo Timoner por Mallorca, y un aizkolari, Patxi Astibia por Navarra. El ciclista superó al cortador de troncos. Más, pese a ello, a la final llegarían otros; los equipos del Zaragoza y la Coruña.

Los dos “mañicos”, que representaban a Zaragoza, ganaron la final; los gallegos de la Coruña, quedaron segundos.

En la actualidad, parece imposible para los que no lo conocieron, que TVE emitiera sólo a determinadas horas del día. La programación de lunes a viernes se iniciaba a la una de la tarde, de cinco a siete se interrumpía; y a partir de las siete, duraba hasta poco después de las doce de la noche. Y si mal no recuerdo, los sábados y domingos se iniciaba a las nueve de la mañana, y emitía hasta la una de la madrugada. Sin interrupciones.

Precisamente era el sábado por la tarde, cuando a partir de octubre de ese 1965, se empezó a emitir otro programa concurso muy similar al mencionado antes, y que me gustaba mucho: “Cesta y puntos”.

Fotograma de un momento de uno de estos programas, en el centro de pie, vemos al Daniel Vindel, su presentador.

Lo presentaba Daniel Vindel y se dirigía especialmente a los alumnos que estudiaban el bachillerato.

Dos equipos de distintos colegios, se enfrentaban en diferentes pruebas, combinadas entre preguntas de cultura general y competiciones deportivas.

Los equipos que más puntos lograban, se clasificaban para la final de cada temporada. El concurso duró hasta 1970.

¡Cuántas horas nos pasamos allí tirados viendo la tele! Siempre recordaré algunos programas en especial que vi en aquel año, como los dibujos animados de “La Hormiga Atómica” y el perro “Lindo Pulgoso”, la de risas que nos regaló este último. “El Superagente 86” y su “zapatófono”; y como no, los episodios de ciencia ficción “Perdidos en el espacio” ¡Se me ha abierto el melón de los recuerdos…! ¡Ahí va!:

Además de otras entrañables series también de procedencia norteamericana, como “Embrujada”, “El Santo”, “El Fugitivo”, “Los nuevos ricos”, “Viaje al fondo del mar”, “El show de Lucy Ball”, “Dick Van Dike” y un clásico, “Alfred Hitchcock presenta”, entre otras muchísimas. ¡Ya está bien, cierro el melón! Pero en ocasiones, la velada se interrumpía de sopetón:

—¡Hala venga, cualquiera diría que no tenéis casa donde ir!

—¡PLAM, PLAM! —así sonó el ruido de las puertas al cerrarlas la señora Ordinas.

—¡Por hoy ya es suficiente! ¡Putos niños, todo el día empreñando! 

—¡Ya nos ha vuelto a joder!

—¡Ha sido por tu culpa, que no parabas de hablar!

Ciertamente había que tener mucha paciencia, para aguantar a estos invitados que se colaban en su casa a la menor de canto, aunque sólo fuera mirando desde las ventanas. Los miembros de la familia Ordinas habían perdido su intimidad con nuestra presencia.

Vista de la “Playa de Canyamel” (Artá).

Ahora bien, este acto de Leonor (la madre), traería sus consecuencias, y quien las recibiría sería su hijo mediano, Felipe. Y eso sucedería ya a la mañana siguiente:

—¡Vamos Felipe sal a jugar con nosotros! ¡Vamos a jugar al futbol!

—¿Me vais a pegar? —dijo asomando la cabeza por la puerta entreabierta.

—¡No digas tonterías, sal y ven de una vez!

Con esta promesa, el jugador salió y se unió al grupo, que se dirigió por la misma calle hasta el final. Esta era muestra zona de juego con la pelota, mi balón reglamentario de cuero que aún daba “botes”. 

Y como calentamiento previo:

—¡PLAF! —sonó la primera colleja que recibió el hijo de Leonor.

—¿Viste la televisión hasta tarde, Felipe?   

—¡PLAF! —la segunda y dada por otro “amigo”.

—¡Contesta a lo que te pregunta Mario!

—¡Sois unos cabrones, me habéis dicho que no me pegaríais!

—¡Tranquilo hombre, que era una broma!, ¡venga empecemos a jugar!

—¡ZAAASH! —un buen pase— ¡Anda devuelve el balón!

—¡ZAAASH! —La pelota es golpeada hacia Mario quien sin parar tira un “chute”.

—¡ZAAASH, POUM! —¡Ay, me has dado en la barriga! ¡Lo has hecho “aposta”!

—¡Que va Felipe, ha sido sin querer!

—¡Ya no juego más, ve vuelvo a mi casa!

Buena decisión la que tomó, porque aquello no había hecho más que empezar, era nuestra venganza por el inoportuno cierre de la sesión televisiva de la noche anterior.

—¡PUM! —fue el portazo anunciando el regreso del niño.

—¿Ya estás de vuelta “Felipín”? ¡Ven a la cocina que quiero verte!

Observando que su hijo se quejaba de un dolor en el vientre, además de verlo muy serio; dedujo que algo le había pasado:

—¿Te han vuelto a pegar estos cabrones? ¡Te tengo dicho que no quiero que juegues con ellos! ¡Voy a ir a hablar con sus madres!

—¡No mamá por favor, no lo hagas que es peor! ¡Que yo voy a la escuela con ellos!

—¡De acuerdo, tienes razón, por esta vez lo voy a dejar pasar!


Y así fue, la mujer recapacitó y optó por otra solución, dejarnos seguir con nuestras veladas, su hijo lo ganaría en salud. Esto duró todo el resto del verano, hasta el inicio del curso escolar. En esos meses, con la llegada del mal tiempo, no te apetecía estar tirado por el suelo de la acera, pues esa siguió siendo nuestra gran butaca; esto de invitarnos a entrar era pedir mucho. Tocaba suspender las sesiones televisivas y que nunca se recuperaron en aquella casa. Ya que llegó lo inevitable, la mudanza de la familia Ordinas al piso de arriba. Era al principio de la primavera de 1967; al ver mucho movimiento en la casa, entendí que tenía la obligación de ir a curiosear:

—¿Se puede…?

—¡Pasa Antoñito, Felipe está fuera, en el huerto! —Cuando iba sólo, Leonor tenía un trato totalmente diferente conmigo, todo era amabilidad. Y eso que ella llamaba “huerto”, era un considerable terreno que se extendía por la parte de atrás de la casa. Estaba como era costumbre en este tipo de vivienda de la barriada, repleto de árboles frutales, principalmente naranjos y mandarinos. Aunque los que destacaban eran cuatro enormes higueras sembradas al fondo, rodeando el estanque de riego.

En más de una ocasión, Leonor le había regalado a mi madre una canasta llena de sus higos, detalle dado después de ponerle una “banderilla” a alguien de la familia.

Fui allí, donde las higueras, y localicé a Felipe sentado sobre una gran piedra:

—¡Hola! ¿Qué vienes a husmear? —fue su recibimiento.

—¡Joder, como me conoces!

—¡Ten!, come este higo por el camino, ¡venga vamos al piso!

Fenícios, romanos, a los que les siguieron los moros y luego los recuperados cristianos; y hasta nuestros días; ya cultivaban algunas de las más de 250 espécies autóctonas de "figas" (higos) de las Islas Baleares. 

¡Estaba sabroso!, y esto que al principio dudé, no fuera cosa que se hubiera meado en él. Pero ciertamente, estando nosotros solos, éramos buenos amigos; reconozco que cambiaba mi aptitud hacía él, cuando nos juntábamos con otros niños más.

Y caminando por el huerto regresamos a la casa. Al piso se subía por una escalera independiente y con su propio acceso desde la calle. Además, había otra entrada “pirata”, que daba también a la escalera; y que fue por la que nos colamos desde el huerto. ¡Buena idea! Así eran dos casas totalmente independientes.

Subimos y tras cruzar la puerta, ya estuvimos en el piso. ¡Olía a nuevo!

—¡Qué moderno! —esa era la impresión que me dio.

—¿Te gusta? —creo que lo preguntó sin intención de darme envidia.

—¡Pues claro! ¡-Enséñame tu habitación!

Me condujo hasta ella, y nada más verla, me cayeron los huevos; una habitación para él sólo y todo nuevo.

—¿Te gusta? —de nuevo la preguntita, en esta ocasión le contesté con otra:

—¿Y me has dicho que tenéis una habitación para cada uno?

—¡Pues sí!, en total el piso tiene cinco, contando con la de mis padres y una que usamos como “salón alternativo”. Además de la cocina y el salón comedor oficial.

No entendí que coño era esto de “salón alternativo”, pero no se lo quise preguntar para que no se “pavonase” aún más.

—¡No sabes lo que es!, ¿verdad? —el cabroncete me “juló”, sabía cómo era.

—¡Pues claro que lo sé! Es un salón en el que se alterna.

—¡JA, JA, JA! ¡Como si fuéramos putas! —A esta edad ya sabíamos que eran, pero poco más. No nos hacíamos una idea exacta del “oficio”.

—¡No has acertado ni una!, en esa habitación es donde estaremos casi todo el día; el salón bueno estará cerrado y sólo lo usaremos en días muy señalados, ¡hay que conservarlo muchos años!, bueno, eso es lo que dicen mis padres.

Seguimos el “tour” por la vivienda, y otra dependencia que también me impresionó, fue la enorme cocina, repleta de armarios modernos y electrodomésticos nuevos; algo poco habitual en aquella época. También disponía de una mesa con sillas, todo pensado para ser utilizado en el día a día, para comer y cenar. El comedor grande se reservaba para cuando eran muchos más comensales y ocasiones especiales.

Que fue lo siguiente que “repasamos”, un gran comedor compartido con el salón. Esta estancia no la pude visitar, mi guía sólo me dejó mirarlo desde la puerta.

—¡Mejor que no pasemos!, ¡que llevamos los zapatos sucios!

—¿No me puedo sentar en el sofá? —deseaba sentarme en él y mancharlo.

—¡Que dices, si mi madre se entera nos mata!

No pude cumplir mi deseo, lo siguiente fue el famoso “salón alternativo”; y nada más entrar, en ese cuartito repleto de mecedoras y un sofá, ¡vi el fin de nuestras veladas!

Y no es porque de repente me hubiera vuelto adivino. Simplemente porque allí estaba colocado nuestro televisor.

Al principio pensé que, fue una manera astuta de prescindir de nuestra presencia, ¡que desaprensivos! Pero luego rectifiqué, y entendí que la familia tenía todo su derecho a seguir su vida, sin el incordio que suponíamos nosotros; los putos niños.

¿Era esto el fin de nuestros culturales veranos? ¡Pues no!, pronto encontraríamos otro aparato al que acudir a visionar.

Me despedí de Felipe y le di de nuevo la enhorabuena. Él se había percatado de mi reacción, ante el descubrimiento del nuevo emplazamiento de la tele:

—¿Me vais a volver a pegar “Chato”?

—¡No hombre, tú no tienes ninguna culpa! ¡Y si alguien te toca, le partiremos la cara!

—¡Los dos juntos!

—¡Si los dos, así jugamos con ventaja!

…No todo fueron alegrías en la familia Ordinas, dos años más tarde, a primeros de 1970, pasadas las fiestas. Una mañana, el patriarca regresó a su casa antes de la hora acostumbrada. Cosa poco habitual, que lógicamente sorprendió a Leonor:

—¡¿Qué te pasa Rafael (el “Contable”)?!, ¡¿estas sudando y pareces fatigado?!

—¡Me duele mucho el pecho y me cuesta respirar!

—¡Voy a llamar a una ambulancia!

Los Ordinas eran de los pocos que contaban con teléfono, lo pusieron principalmente para la fábrica de lana; para los pedidos, etc.

La ambulancia no tardó, y al llegar el médico lo vio tan mal, que decidió llevárselo inmediatamente al “Hospital de Son Dureta”; en la otra parte de la ciudad.

En 1955 fue inaugurado bajo el nombre de “Residencia Sanitaria Virgen de Lluc”. En aquella época el hospital contaba con 300 camas y 150 trabajadores, de los cuales 60 eran enfermeras (13 de ellas eran monjas de la orden de San Vicente de Paul que vivían en Son Dureta).

En 1960 se creó la “Escuela de Enfermería Virgen de Lluc”, pero no fue hasta el año 1976 cuando el hospital obtuvo la acreditación docente para la formación interna de postgrados. Desde entonces se formaron en el hospital más de 2000 enfermeras y 803 médicos internos residentes (MIR); antes de ser reemplazado por un nuevo hospital.

Son dureta fue desmantelado y abandonado a su suerte.

Hospitales similares fueron construidos en la misma época, en practicamente todas las ciudades importantes de España. Modernizando así, la asistencia sanitaria dedicada a la clase trabajadora y a costa del Ministerio de Sanidad, Trabajo y Seguridad Social.

Pero el “Contable” no llegó a él vivo, durante el trayecto falleció de un infarto de miocardio. El ritmo de trabajo que llevaba pudo con él, y quizás, y digo quizás; la derrota del domingo del “Atlético Baleares” contribuyera en algo…

«¡Mira que eres malo!, ¡no respetas ni a los muertos».

Es para quitarle solemnidad a la noticia de la muerte del pobre hombre… ¡Y mira quien fue a hablar, mi “Subconsciente”!

Su fulminante muerte causó un gran pesar en el barrio. El funeral se celebró en la antigua casa, la de la planta baja, que la habituaron para el sepelio. Por ella desfiló muchísima gente, por supuesto yo también pasé por el ataúd a darle el último adiós:

—Mira mamá que bien vestido que está, ¡parece que se tiene que despertar y levantarse! —comenté hablando muy flojito.

—¡No digas tonterías hijo!, el “Contable” ya ha pasado a mejor vida.

Las “Plañideras” hasta no hace tantos años, formaban parte de cualquier responso que se prestara. Las de la foto recurrente, forman parte de la "plantilla" de esta novela. 

Cerca del féretro, no faltaron las “plañideras” con sus típicos rezos, menudo oficio éste, asistir, ¡cobrando!, a un entierro a llorar al difunto sin conocerlo de nada.

Ya las había visto en otras exequias a las que acudí en los años anteriores, pero en esta ocasión, quise quitarme una duda:

—Madre, ¿tú sabes cuánto cobran por llorar?

—¿Qué quieres ejercer como “plañidera” tú también?

—¡No, es sólo curiosidad!

—Pues no lo sé, supongo que 50 pesetas cada una. ¡Pero no me hagas mucho caso! ¡Pregúntales a tus padrinos, que ellos son muy beatos y lo sabrán!

Pues así me quedé, pendiente de hacerle la pregunta a Miguel o a Sebastiana.

—Yo me voy que tengo muchas cosas que hacer, tú quédate y ve a consolar a tu amigo Felipe…, ¡que te lo agradecerá!

Y lo hice, lo localicé fuera de la casa, en su sitio habitual en el huerto de las famosas higueras, precisamente debajo de ellas. Allí estaba sollozando.

—¡SNIF, SNIF! —¡No sé qué vamos a hacer sin él!

—¡Vamos Felipe, que ya tenemos doce años!, ¡además no estás sólo!, tu hermano Enrique ya tiene veinte. Él se puede hacer cargo de la fábrica de lana, hasta que tú seas un poco más mayor y te unas a él —intenté que viera un poco de luz—. Ahora lo que tienes que hacer es apoyar a tu madre, ¡qué es la que más ayuda necesita!

—¡Tienes razón con lo que dices!, ¡pero lo extraño mucho! ¿Quién vendrá con nosotros a ver jugar al “Baleares”?

—¡Qué coño de “Baleares”!, podéis ir solos que ya sois grandecitos, ¡¿no crees?!

—¡Perdona, es que no sé qué digo!

Continué un buen rato consolando al huérfano de padre. Para quitarnos el frío que hacía, propio del mes de enero; dimos varias vueltas por el huerto, hasta que nos cansamos los dos. Y creí que era el momento de dejarlo con su familia, para que empezaran a pasar el duelo.

Al día siguiente, volvimos a estar juntos en la misa funeral por el descanso de su padre, de nuevo acudió mucha gente al templo. Leonor, su viuda, y el resto de la familia, recibieron las condolencias de todos los presentes.

En los meses venideros, me acerqué un poco más a Felipe, estuvimos más tiempo juntos del acostumbrado hasta el fallecimiento. 

Fotografía del "Brujo" de Amancio.

Un día le vi distinto, más alegre, había cambiado su cara y de nuevo sonreía:

—¿Qué te pasa cabroncete, de que sonríes? —preguntele

—¡Pues que estás hablando con el próximo Amancio! —Un famoso jugador del Real Madrid y de la Selección Española, conocido con el apodo de “El Brujo”, por su facilidad para realizar jugadas imposibles y excelentes regates. (RIP 2023 / 83 años).

—¡Coño, pues me tendrás que firmar un autógrafo! ¿Y qué te ha fichado el Madrid?

—¡No aún no, pero todo se andará! ¡Me han fichado del “Atlético Baleares” para formar parte del equipo infantil!

—¡Pues me alegro muchísimo por ti! ¡Es tu sueño hecho realidad!

Enrique, el mayor, no tuvo mucha dificultad en sustituir a su padre como socio de la fábrica. El “Bombero” lo aceptó de buen grado, eso de las cuentas no le iba nada bien. Además, tuvo la suerte de también sustituir a su difunto padre en la fábrica de embutidos, el otro empleo del “Contable”.

El hermano pequeño, continuó estudiando, ya llegaría el momento de incorporarse al mercado laboral. ¡Ahora le tocaba estudiar y convertirse en un hombre de provecho!

«♫ ♪ ¡Sólo se vive una vez...! ¡One, two, three!, ¡caramba! ♪ ♫».

…La que cambió de costumbres y hábitos fue Leonor, la madre, un día con la llegada de la primavera; abrió las ventanas del piso de par en par, como si expulsara de la casa, los malos recuerdos de lo sufrido por la ausencia del marido.

A partir de ese día, la familia dejó la cocina y, cada día comían y cenaban en el gran comedor. Dejaron de frecuentar el “salón alternativo”, pasando a disfrutar del cómodo y amplio “salón grande”. Decidió que ya estaba bien de guardar y preservar tanto las cosas, pues aprendió que: «¡sólo se vive una vez...! ¡one, two, three!, ¡caramba!». ■

FIN DEL CAPÍTULO 18


Capítulo extraido de la novela biográfica:

“Querido Chato”

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