¿Que pedirías si se te concedieran 3 deseos?

Esto es lo que le pasó a una pareja por elegir mal los 3 deseos que se le concedieron:

Todo se narra en este cuento: “LOS DESEOS RIDÍCULOS”, escrito por el francés CHARLES PERRAULT y publicado en 1697.


VEMOS EL CUENTO COMPLETO BELLAMENTE ILUSTRADO.

Pintura de Charles Perrault realizada por Charles Le_Brun en 1670.

CHARLES PERRAULT, EL AUTOR DEL CUENTO


A los 69 años se le apareció el hada o musa de los cuentos, inspirándole para que con su pluma escribiera la colección de cuentos que cambiaría el concepto que se tenía hasta esa fecha de los mismos, se trataba del escritor francés CHARLES PERRAULT. (Nacido en Paris en 1628 y fallecido en el mismo lugar en 1703). No se imaginaba que pasaría a la gloria no por sus libros de “alabanzas” al monarca francés Luis XIV, del que era empleado, pues era funcionario público, sino por algo menos

comprometido como los cuentos, en concreto por una recopilación de cuentos populares...

Así en 1697 publicó su libro de relatos más conocido, “Histoires ou Contes du Temps passé” (↓)(“Historias y Cuentos de Tiempos Pasados”), que subtituló como “Les Contes de ma Mère l’Oye” (“Los Cuentos de mi Madre la Oca”), y fue con este subtitulo con el que fueron traducidos a casi todos los

idiomas del mundo.

Portada del Manuscrito “Les Contes de ma Mère l’Oye” de 1695.

“Les Contes de ma Mère l’Oye”

“Los Cuentos de mi Madre la Oca”


El éxito de su trabajo consistió en recopilar las versiones populares originales, no cayó en la tentación, como hicieron años más tarde, otros de sus “versionadores”, de variar la argumentación primitiva. Sólo en contadas ocasiones suavizó algunos detalles de las tramas. Las que según parece le narró una campesina del lugar y, como homenaje a élla, subtituló la obra como “MAMÁ OCA”, que era el nombre tradicional como se les conocía a las campesinas.

Desde su aparición en 1697, estos cuentos obtuvieron el favor del público, y tal es así, que una segunda edición fue lanzada por Claude Barbin ese mismo año, y también numerosas ediciones holandesas no autorizadas, ¡si! ya existía la “piratería” por aquel entonces, inundaron el mercado.

Estuvieron de actualidad hasta aproximadamente el año 1704, dando entonces el relevo a otras narraciones procedentes de Oriente, como “Las Mil y Una Noches”.

Años más tarde, en 1812, los HERMANOS GRIMM, los recuperaron incorporándolos en su también recopilación de cuentos: “Los Cuentos de la Infancia y el Hogar”, eso sí, con algunos cambios en los desenlaces de los mismos.

Las ediciones primeras de “MAMA OCA” contenían ocho cuentos, mas tarde incorporó otros tres. Siendo ya a partir de entonces las versiones o impresiones del libro de once cuentos. Estos son los 8 iniciales: EL GATO CON BOTAS, LA BELLA DURMIENTE, CAPERUCITA ROJA, BARBAZUL, PULGARCITO, LAS HADAS, CENICIENTA, RIQUET EL DEL COPETE. La mayoría ya han pasado por las páginas de este periódico cultural de “Queseenteren”.

Y con este ejemplar recogemos uno de los 3 cuentos añadidos: LA PACIENCIA DE GRISÉLIDA, PIEL DE ASNO Y...:

“LOS DESEOS RIDÍCULOS”

Retrato de J. Coll y Vehí en una edición de 1862.

“LOS DESEOS RIDÍCULOS”


María se quedó parada delante de la mesa de los regalos, cuando descubrió una cosa que hasta entonces no había visto. A través de la multitud de húsares de Federico, que formaban en parada junto al árbol, se veía un hombrecillo, que modestamente se escondía como si esperase a que le llegara el turno.

Mucho habría que decir de su tamaño, pues, según se le veía, el cuerpo, largo y fuerte, estaba en abierta desproporción con las piernas, delgadas, y la cabeza resultaba, asimismo, demasiado grande. Su manera de vestir era la de un hombre de posición y gusto. Llevaba una chaquetilla de húsar de color violeta vivo con muchos cordones y botones, pantalones del mismo estilo y unas botas de montar preciosas, de lo mejor que se puede ver en los pies de un estudiante, y mucho más en los de un oficial. Ajustaban tan bien a las piernecillas como si estuvieran pintadas. Resultaba sumamente cómico que con aquel traje tan marcial llevase una capa escasa, mal cortada, que parecía de madera, y una montera de gnomo; al verlo pensó María que, también el padrino Drosselmeier usaba un traje de mañana muy malo y una gorra impropia y, sin embargo, era un padrino encantador.

También se le ocurrió a María que el padrino tenía una expresión tan amable como el hombrecillo, aunque no era tan guapo.

Mientras María contemplaba al hombrecillo, que desde el primer momento le había sido simpático, fue descubriendo los rasgos de bondad que aparecían en su rostro.

Sus ojos verde claro, grandes y un poco parados, expresaban agrado y bondad. Le iba muy bien la barba corrida, de algodón, que hacía resaltar la sonrisa amable de su boca.

—Papá —exclamó María al fin—, ¿a quién pertenece ese hombrecillo que está colgado del árbol?

—Ese, hija mía —respondió el padre—, ha de trabajar para todos partiendo nueces, y, por tanto, pertenece a Luisa —su hermana mayor—, lo mismo que a Federico y a ti.

El padre lo cogió y, levantándole la capa, abrió una gran boca, mostrando dos hileras de dientes blancos y afilados. María le metió una nuez, y... ¡crac!..., el hombre mordió y las cáscaras cayeron, dejando entre las manos de María la nuez limpia. Entonces, todos supieron que el hombrecillo pertenecía a la clase de los partidores y que ejercía la profesión de sus antepasados. María palmoteo alegremente, y su padre le dijo:

—Puesto que el amigo Cascanueces te gusta tanto, puedes cuidarle, sin perjuicio, como ya te he dicho, de que Luisa y Federico lo utilicen con el mismo derecho que tú.

María lo tomó en brazos, le hizo partir nueces; pero buscaba las más pequeñas para que el hombrecillo no tuviese que abrir demasiado la boca, que no le convenía nada. Luisa lo utilizó también, y el amigo partidor partió una porción de nueces para todos, riéndose siempre con su sonrisa bondadosa.

Federico, que ya estaba cansado de tanta maniobra y ejercicio, y oyó el chasquido de las nueces, fue junto a sus hermanas y se rió mucho del grotesco hombrecillo, que pasaba de mano en mano sin cesar de abrir y cerrar la boca con su ¡crac!, ¡crac! Federico escogía siempre las mayores y más duras, y una vez que le metió en la boca una enorme, ¡crac!, ¡crac!..., tres dientes se le cayeron al pobre partidor, quedándosele la mandíbula inferior suelta y temblona.

—¡Pobrecito Cascanueces! —exclamó María a gritos, quitándoselo a Federico de las manos.

—Es un estúpido y un tonto —dijo Federico—; quiere ser partidor y no tiene las herramientas necesarias ni sabe su oficio.

¡Dámelo, María!; tiene que partir nueces hasta que yo quiera, aunque se quede sin todos los dientes y hasta sin la mandíbula superior, para que no sea holgazán.

—¡No, no! —contestó María llorando—; no te daré mi querido Cascanueces; mírale cómo me mira dolorido y me enseña su boca herida.

Detalladísima ilustración creada por el artista autodidacta Roberto Innocenti (nacido en 1940) un ilustrador de renombre internacional.

Eres un cruel, que siempre estás dando latigazos a tus caballos y te gusta matar a los soldados.

—Así tiene que ser; tú no entiendes de eso —repuso Federico—, y el Cascanueces es tan tuyo como mío; conque dámelo.

María comenzó a llorar a lágrima viva, y envolvió cuidadosamente al enfermo Cascanueces en su pañuelo. Los padres acudieron al alboroto con el padrino Drosselmeier, que desde luego se puso de parte de Federico. Pero el padre dijo:

—He puesto a Cascanueces bajo el cuidado de María, y como al parecer lo necesita ahora, le concedo pleno derecho sobre él, sin que nadie tenga que decir una palabra.

Además, me choca mucho que Federico pretenda que un individuo inutilizado en el servicio continúe en la línea activa. Como buen militar, debe saber que los heridos no forman nunca.

Federico, avergonzado, desapareció, sin ocuparse más de las nueces ni del partidor, y se fue al otro extremo de la mesa, donde sus húsares, después de haber recorrido los puestos avanzados, se retiraron al cuartel. María recogió los dientes perdidos de Cascanueces, le puso alrededor de la barbilla una cinta blanca, que había quitado de un vestido suyo, y luego envolvió en su pañuelo, con más cuidado aún, al pobre mozo, que estaba muy pálido y asustado. Así lo sostuvo en sus brazos, meciéndolo como a un niño.


Prodigios

Era ya muy tarde, casi media noche; el padrino Drosselmeier se había marchado hacía rato, y los niños no se decidían aún a separarse del armario de cristales, donde habían colocado todos sus regalos, soldaditos, muñeca, castillo... A pesar de que la madre les había dicho repetidas varias veces que era hora de irse a la cama.

—Es cierto —exclamó al fin Federico—; los pobres infelices —se refería a sus húsares— necesitaban también descansar, y mientras yo esté aquí estoy seguro de que no se atreven a dar ni una cabezada.

Y al decir esto se retiró.

María, en cambio, rogó:

—Mamaíta, déjame un ratito más; sólo un ratito. Aún tengo mucho que arreglar; en cuanto lo haga, te prometo que me voy a la cama.

—¡De acuerdo!, pero acuéstate en seguida, querida María; si no, mañana no podrás levantarte a tiempo —dijo la madre, desapareciendo para irse al dormitorio.

En cuanto María se quedó sola, se dirigió decididamente a hacer lo que tenía en el pensamiento y que, sin saber por qué, había ocultado a su madre. Todo el tiempo llevaba en brazos al pobre Cascanueces

herido, envuelto en su pañuelo. En este momento le dejó con cuidado sobre la mesa; le quitó el pañuelo y miró las heridas.

Cascanueces estaba muy pálido, pero seguía sonriendo amablemente, lo cual, conmovió a María.

—Cascanuecitas mío —exclamó muy bajito—, no te disgustes por lo que mi hermano Federico te ha hecho; no ha creído que te haría tanto daño, pero es que se ha vuelto un poco cruel con tanto jugar a los soldados; por lo demás, es buen chico, te lo aseguro. Yo te cuidaré lo mejor que pueda hasta que estés completamente bien y contento; te pondré en tu sitio tus dientecitos; los hombros te los arreglará el padrino Drosselmeier, que entiende de esas cosas.

Luego tomó en sus brazos a Cascanueces, se acercó al armario de cristales, donde se guardaron los otros juguetes, se agachó delante de él y dijo a la muñeca nueva:

—Te ruego encarecidamente, señorita Clara, que dejes la cama al pobre Cascanueces herido y te arregles como puedas en el sofá. Pienso que tú estás buena y sana, pues si no, no tendrías esas mejillas tan redondas y tan coloradas; y que pocas muñecas, por muy bonitas que sean, tendrán un sofá tan blando.

La señorita Clara, muy compuesta con su traje de Navidad, se quedó un poco contrariada y no dijo esta boca es mía.

—Eso lo hago por cumplir. —dijo María.

Y sacó la cama, colocó en ella con cuidado a Cascanueces, le lió un par de cintas más de otro vestido suyo por los hombros y lo tapó hasta las narices.

Y sacó la cama con su paciente, poniéndola en la tabla superior, cerca del lindo pueblecito donde estaban acantonados los húsares de Federico. Cerró el armario y dirigió sus pasos hacia su cuarto,

cuando... ¡Escuchad bien, niños...!, comenzó a oír un ligero murmullo, muy ligero, y un ruido detrás de la estufa, de las sillas, del armario.

El reloj de pared andaba cada vez con más ruido, pero no daba la hora. María lo miró, y vio que el búho que estaba encima había dejado caer las alas, cubriendo con ellas todo el reloj, y tenía la cabeza de gato, con su pico ganchudo, echada hacia delante. Y, cada vez más fuerte, decía:

«¡TAC, TAS, TAC!; todo debe sonar con poco ruido...; el rey de los ratones tiene un oído muy sutil...; ¡TAC, TAC, TAC!, cantadle la vieja cancioncilla...; suena, suena, campanita, suena doce veces».

María, toda asustada, quiso echar a correr, cuando vio al padrino Drosselmeier, que estaba sentado encima del reloj en lugar del gran búho, con su gabán amarillo extendido sobre el reloj como si fueran dos alas; y haciendo un esfuerzo dijo:

—Padrino Drosselmeier, padrino Drosselmeier, ¿qué haces ahí arriba? ¡Bájate y no me asustes!

Entonces se oyó pitar y chillar locamente por todas partes, y un correr de piececillos pequeños detrás de las paredes, y miles de lucecitas cuyo resplandor asomaba por todas las rendijas. Pero no, no eran luces: eran ojitos brillantes; y María advirtió que de todos los rincones asomaban ratoncillos, que trataban de abrirse camino hacia fuera. Al momento comenzó a oírse por la habitación un trotecillo, y aparecieron multitud de ratones, que fueron a colocarse en formación, como Federico solía colocar a sus soldados cuando los sacaba para alguna batalla.

Al momento apareció el cuerpo a que pertenecían las siete coronadas cabecitas, y el ratón grande con siete diademas gritó con gran entusiasmo, vitoreando tres veces al ejército, que se puso en movimiento y se dirigió al armario, sin ocuparse de María, que estaba pegada a la puerta de cristales.

El miedo le hacía latir el corazón a María, de modo que creyó iba a salírsele del pecho y morirse de repente, y ahora le parecía que en sus venas se paralizaba la sangre. Medio sin sentido retrocedió,

y oyó un chasquido...: «¡PRR..., PRR...!»; la puerta de cristales en que apoyaba el hombro cayó al suelo rota en mil pedazos. En el mismo instante, sintió un gran dolor en el brazo izquierdo, pero se le quitó un gran peso de encima al advertir que ya no oía los gritos y los silbidos; todo había quedado en silencio, y aunque no se atrevía a mirar; le parecía que los ratones, asustados con el ruido de los cristales rotos, se habían metido en sus agujeros.

¿Qué sucedió después? Detrás de María, en el armario, empezó a sentirse jaleo y unas vocecillas finas empezaron a decir: «¡Arriba..., arriba...! ¡Vamos a la batalla... esta misma noche! ¡Arriba..., arriba..., a las armas!». Y escuchó un acorde armónico de campanas.

—¡Ah! —pensó María—. Es mi juego de campanas.

Entonces vio que dentro del armario había gran revuelo y mucha luz; y un ir y venir apresurado. Varias muñecas corrían de un lado para otro, levantando los brazos en alto.

De pronto, Cascanueces se incorporó, echó abajo las mantas y, saltando de la cama, se puso de pie en el suelo.

«¡CRAC..., CRAC..., CRAC! ¡Estúpidos ratones...! ¡Cuánta tontería...! ¡CRAC..., CRAC!...! ¡Partida de ratones...! ¡CRAC..., CRAC! ¡Todo tontería!».

Y diciendo estas palabras y blandiendo una espadita, dio un salto en el aire, y añadió:

«Vasallos y amigos míos, ¿queréis ayudarme en la dura lucha?». —En seguida respondieron tres Escaramuzas y un Pantalón, cuatro Deshollinadores, dos Citaristas y un Tambor:

«Sí, señor, nos unimos a vos con fidelidad; con vos iremos a la muerte, a la victoria, a la lucha!».

Y se lanzaron hacia el entusiasmado Cascanueces, que se atrevió a intentar el salto peligroso desde la tabla de arriba al suelo.

Clarita se inclinó tanto que lo pudo coger por los brazos, y lo levantó en alto; se desató el cinturón, adornado de lentejuelas, y quiso ponérselo al hombrecillo; el cual, echándose atrás dos pasos, con la mano sobre el pecho, dijo muy digno:

«Señora, no os molestéis en demostrarme de ese modo vuestro favor!». —Tras lo que se calló y suspiró profundamente.

En cuanto Cascanueces estuvo en el suelo, volvió a comenzar el ruido de silbidos y gritos agudos. Debajo de la mesa se agrupaba el ejército innumerable de ratones, y de entre ellos sobresalía el asqueroso de siete cabezas. ¿Qué iba a ocurrir?

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

La Batalla

«¡Toca generala, vasallo Tambor!». —exclamó Cascanueces en alta voz.

E inmediatamente comenzó Tambor a redoblar de una manera artística, haciendo que retemblasen los cristales del armario.

Entonces se oyeron crujidos y chasquidos, y María vio que la tapa de la caja, en que Federico tenía acuarteladas sus tropas, saltaba de repente, y todos los soldados se echaban a la tabla inferior, donde formaron un brillante cuerpo de ejército.

Cascanueces iba de un lado para otro, animando a las tropas con sus palabras.

«No se mueve ni un perro de Trompeta». —exclamó irritado.

Y volviéndose hacia Pantalón, que algo pálido balanceaba su larga barbilla, dijo:

«General, conozco su valor y su pericia; ahora necesitamos un golpe de vista rápido y aprovechar el momento oportuno; le confío el mando de la caballería y la artillería reunidas; usted no necesita caballo, pues tiene las piernas largas y puede fácilmente galopar con ellas. Obre según su criterio».

En el mismo instante, Pantalón se metió los secos dedos en la boca y sopló con tanta fuerza que sonó como si tocasen cien trompetas.

Regimiento tras regimiento desfilaron con bandera desplegada y música ante Cascanueces y se colocaron en fila, atravesados en el suelo del cuarto. Delante de ellos, aparecieron los cañones de Federico rodeados de sus artilleros, y pronto se oyó el: «¡BUM..., BUM!» —, y María pudo ver cómo las grajeas llovían sobre los compactos grupos de ratones, que, cubiertos de blanca pólvora, se sentían verdaderamente avergonzados. Una batería, sobre todo, que estaba atrincherada bajo el taburete de mamá, les causó grave daño tirando sin cesar granos de pimienta sobre los ratones, causándoles bastantes bajas.

Los ratones, sin embargo, se acercaron más y más, y llegaron a rodear algunos cañones; pero siguió el: ¡BUM..., BUM!» —, y María quedó ciega de polvo y de humo; y apenas pudo darse cuenta de lo que sucedía. Lo cierto era que cada ejército peleaba con el mayor denuedo y que durante mucho tiempo la victoria estuvo indecisa.

Los ratones desplegaban masas cada vez más numerosas, y sus pildoritas plateadas, disparadas con maestría, llegaban hasta dentro del armario. En lo más encarnizado de la lucha, salieron de debajo de la cómoda, con mucho sigilo, grandes masas de caballería ratonil, y con gritos estridentes y denodado esfuerzo se lanzaron contra el ala izquierda del ejército de Cascanueces, encontrando una resistencia que no esperaban. Despacio, como lo permitían las dificultades del terreno, ya que tenían que pasar las molduras del armario, fue conducido el cuerpo de ejército por dos emperadores chinos y formó el cuadro.

«¡Adelante las reservas! Pantalón..., Escaramuza..., Tambor..., ¿dónde estáis?».

Así clamaba Cascanueces, que esperaba refuerzos al estar rodeado por el enemigo. En aquel momento, dos tiradores enemigos lo cogieron por la capa y en triunfo, chillando por siete gargantas, apareció el rey de los ratones. María no se pudo contener:

—¡Pobre Cascanueces! —exclamó sollozando.

Sin saber a punto fijo lo que hacía, cogió su zapato izquierdo y lo tiró con fuerza al grupo compacto de ratones, en cuyo centro se hallaba su rey. De pronto desapareció todo, y María sintió un dolor, más agudo aún que el de antes en el brazo izquierdo, y cayó al suelo sin sentido.

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

La Enfermedad

Cuando María despertó de su profundo sueño, estaba en su camita, el sol entraba alegremente en el cuarto por la ventana cubierta de hielo. Junto a ella, estaba sentado un señor desconocido, que luego vio, era el cirujano Wendelstern, que, en voz baja, decía:

—Ya despierta.

Se acercó entonces la madre y la miró con ojos asustados.

—Querida mamaíta —murmuró la pequeña María—, ¿se han marchado ya todos los asquerosos ratones y está salvado el bueno de Cascanueces?

—No digas tonterías, querida niña —respondió la madre—. ¿Qué tienen que ver los ratones con el Cascanueces? Tú, por ser mala, nos has dado un susto de primera. Eso es lo que ocurre cuando los niños son caprichosos y no obedecen a sus padres. Te quedaste anoche jugando con las muñecas hasta muy tarde. Tendrías sueño, y quizá algún ratón, aunque no los suele haber en casa, te asustó, y te diste contra uno de los cristales del armario, rompiéndolo y cortándote en el brazo de tal manera, que el doctor Wendelstern, que te acaba de sacar los cristalitos de la herida, creía que si te hubieras cortado una vena, te quedarías con el brazo sin movimiento o que podías haberte desangrado. A Dios gracias, yo me desperté a media noche y te eché de menos, y me levanté, dirigiéndome al gabinete. Allí te encontré, junto al armario, desmayada y sangrando. Por poco me desmayo yo también del susto. A tu alrededor vi una porción de los soldados de tu hermano, y otros muñecos rotos, hombrecillos de pasta, banderas hechas pedazos y al Cascanueces, que yacía sobre tu brazo herido.

Aclarado el asunto, dejaron a la niña descansar.

Fueron pasando los días y como María no podía jugar a causa del brazo herido, se entretenía hojeando libros de estampas. Las horas se hacían larguísimas y esperaba impaciente que anocheciese, porque entonces su madre se sentaba a su cabecera y le leía o le contaba cosas bonitas. Acababa su madre de contarle la historia del príncipe Faccardín, cuando se abrió la puerta y apareció el padrino Drosselmeier diciendo:

—Quiero ver cómo sigue la herida y la enferma María.

En cuanto ésta vio al padrino con su gabán amarillo, recordó la imagen de aquella noche en que Cascanueces perdió la batalla contra los ratones y, sin poder contenerse, dijo, dirigiéndose al magistrado:

—Padrino Drosselmeier, hoy estás muy gracioso; te pareces al muñeco que tiré hace tiempo detrás de la chimenea.

—¡Dios mío! —respondió riendo el padrino, luego se metió la mano en el bolsillo y sacó... el Cascanueces, al que había colocado los dientecillos perdidos y arreglado la mandíbula.

María lanzó una exclamación de alegría, y la madre dijo riendo:

—¿Ves tú qué bueno ha sido el padrino con tu Cascanueces? Pero tienes que convenir conmigo, María —interrumpió el magistrado—, que Cascanueces no posee una gran figura y que tampoco tiene nada de guapo. Si quieres oírme, te contaré la razón de que en su familia exista y se herede tal fealdad. Quizá sepas ya la historia de la princesa Pirlipat, de la bruja Ratona y del relojero artista, dime, María —continuó el magistrado—, ¿sabes o no la historia de la princesa Pirlipat?

—¡No! —respondió María—; cuéntala, querido padrino, cuéntala.

—Espero —repuso la madre—, querido magistrado, que la historia no sea tan terrorífica como suele ser todo lo que usted cuenta.

—En absoluto, querida señora de Stahlbaum —respondió Drosselmeier—; por el contrario, es de lo más cómico que conozco.

—Cuenta, cuenta, querido padrino —exclamaron los niños, incluido su hermano Federico, que se unió a ellos.

Y el magistrado comenzó así:

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

El Cuento de "La Nuez Dura".

Había una vez un reino, en el que nació una bella princesita para gozo de sus padres: la princesa Pirlipat. La niña, de piel blanca como los lirios, cabellos de oro y ojos de azur, había nacido con una fila de dientecitos como perlas.

Toda la corte estaba contenta excepto la reina, quien se mostraba preocupada. Algo la inquietaba, así que hizo vigilar la cuna:

Dos soldados custodiaban la puerta de entrada al dormitorio de la princesa Pirlipat, dos niñeras tenían orden de permanecer siempre junto a la cuna y otras seis debían pasar las noches sentadas junto a la princesita, cada una de ellas con un gato en el regazo, a los que debían acariciar sin descanso para hacerlos ronronear… Y lo cierto es que tenía buenos motivos para ello.

Unos años antes, el rey le había pedido a la reina que cocinara para él unos ricos embutidos. Cuando las salchichas comenzaron a humear y el delicioso aroma invadió la cocina, se escuchó una vocecilla:

«¡Yo también soy reina! ¡Dame un poco de esos embutidos!». —pidió la rata.

La reina sabía que esa voz era de doña Ratonilda, soberana del reino de Ratonia, quien tenía toda una corte bajo los fogones de palacio.

—Claro que sí, doña Ratonilda, salid de ahí y probad este rico tocino. —ofreció la reina.

Pero Ratonilda no estaba sola y al rato se le unieron sus siete hijos y otros miembros de la corte de Ratonia, quienes, con su hambre voraz, amenazaban con terminarse todo el tocino de los embutidos.

Al ver que le faltaba tocino y no alcanzaba para todos, la reina mandó llamar al matemático de la corte para que calculara cuánto tocino del restante había que repartir entre los embutidos, pero no hubo el suficiente. Así, cuando el rey se sentó a comer y probó la longaniza, este comenzó a palidecer.

Hondos suspiros escapaban de su pecho. Cuando le sirvieron las morcillas, el rey se desmoronó y se hundió en su trono sumido en un terrible llanto. Parecía que una terrible desgracia lo aquejaba.

—¡Tiene muy poco tocinoooo! —lloriqueaba el rey.

—¡Ay, mi pobre esposo! La culpable de esta desgracia ha sido doña Ratonilda y su familia. ¡Debéis castigarla con dureza!

Enfurecido, el rey decidió vengarse de doña Ratonilda y llamó al relojero real, Christian Elías Drosselmeier, que casualmente se llamaba igual que yo; y le encargó unos artilugios muy artísticos que sirvieran como ratonera al colocar en ellos un trozo de tocino.

Doña Ratonilda era demasiado inteligente como para caer en la trampa, pero sus familiares no hicieron caso de sus advertencias y murieron apresados en las ratoneras.

Doña Ratonilda, llena de odio y deseos de venganza, amenazó: «Mis hijos, mi familia, han sido asesinados. Anda con cuidado, majestad, porque la reina de los ratones puede vengarse y atacar a tu hija.

En este punto, Federico interrumpió la narración.

—¿Es cierto que tú inventaste la ratonera, padrino Drosselmeier?

—¡Qué pregunta más tonta! —rió la madre.

—Soy un buen relojero… ¿No sería yo capaz de inventar ratoneras? —respondió Drosselmeier guiñando un ojo.

Pero continuemos con la historia, niños. Ya sabéis por qué la reina ordenó vigilar con tanto celo a la princesita Pirlipat. Fue el astrólogo de la corte quien le rebeló a la reina que los únicos capaces de mantener alejada a Ratonilda, serían los hijos del gato Ronrón.

Y así fue que las cuidadoras, noche tras noche, acariciaban a los gatos junto a la cuna hasta hacerlos ronronear. Pero una noche, todos quedaron vencidos por el sueño. De pronto, una de las cuidadoras se despertó y vio cómo doña Ratonilda se había metido en la cuna de la princesa. El terrible grito que dio la cuidadora despertó a todos e hizo huir a Ratonilda.

Ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) pintor de acuarelas, grabador y editor alemán; incluidas en la edición del cuento de 1840.

Cuando miraron por encima de la cuna, vieron con espanto cómo la bella princesita se había convertido en un muñeco de enorme cabeza y cuerpo deforme, verdes ojos saltones y una gran boca que se estiraba de oreja a oreja.

—¡Ay de mí! ¡La culpa es de Christian Elías Drossenmeier! —se lamentó el rey—. ¡Relojero! Tienes cuatro semanas para devolverle a la princesita su bella figura original o irás con el verdugo.

Drosselmeier, muy asustado pero con gran habilidad, desmontó a la princesa Pirlipat pieza por pieza y observó su estructura interna.

No sólo no consiguió remediarla, sino que descubrió que, a medida que la princesita creciera, se haría más y más deforme.

Drosselmeier lloraba amargamente mientras la princesita cascaba nueces sin cesar con sus afilados dientecillos, pues sus cuidadoras se habían dado cuenta de que comer nueces era lo único que

calmaba a Pirlipat. Entonces Christian Elías Drosselmeier se reunió con el astrólogo de la corte. Juntos estudiaron el horóscopo de la princesita y descubrieron que para librarse del terrible hechizo debía comer el dulce fruto de la dura nuez Krakatuk. Un hombre que nunca se hubiera afeitado y jamás hubiera calzado unas botas debería abrirla tan solo usando sus dientes, entregársela a la princesa y retroceder siete pasos con los ojos cerrados sin dar un solo traspié.

El relojero Drosselmeier estaba contento por haber descubierto el remedio, sin embargo, era consciente de que era imposible encontrar un hombre capaz de abrir tan solo con sus dientes, la dura cáscara de una nuez Krakatuk.

—Será imposible, majestad, encontrar tanto la nuez como al cascanueces. —dijo Drosselmeier con temor.

—¡Pues entonces seréis decapitado! —bramó el rey.

Y así fue como el relojero y el astrólogo partieron dispuestos a no regresar sin la nuez ni el Cascanueces. Y buscando, buscando, estuvieron quince años. La casualidad hizo que el destino los llevara hasta el taller de muñecas de Christoph Zacharias Drosselmeier, el primo del relojero Drosselmeier, artesano de muñecas en Nuremberg. Al conocer la historia de doña Ratonilda y la princesa Pirlipat y, lo que ambos hombres iban buscando, celebró:

—¡Primo! ¡Primo! Estáis salvados. Yo mismo tengo la nuez Krakatuk, se la compré a un desconocido hace años por una moneda de 20. Como pagué tanto por ella, hice que la bañaran en oro.

El astrólogo raspó el baño de oro que recubría la nuez y, efectivamente, bajo él apareció la palabra Krakatuk grabada en letras chinas.

—¡La suerte nunca viene sola! No solo hemos encontrado la nuez sino también al hombre que la abrirá; estoy seguro de que el Cascanueces es el hijo de vuestro primo, señor. —aseguró el astrólogo.

Y dicho esto se dispuso a consultar a los astros el horóscopo del joven. En efecto: el muchacho nunca se había afeitado ni se había calzado unas botas. Vestía una chaqueta roja con sobredorados, sombrero y espada; y lucía una larga trenza sobre su espalda. Durante los días de Navidad, el muchacho se paraba frente al puesto de su padre, y le abría las nueces a las muchachas que por allí pasaban, por lo que éstas le conocían como Pequeño Cascanueces.

El relojero Drosselmeier mandó un mensajero a la corte, informando de que habían encontrado la nuez, pero nada dijo de que tenían también al cascanueces. De manera que cuando llegaron, había una larga cola de candidatos que, se rompieron los dientes tratando de abrir la nuez. El rey, muy angustiado, prometió la mano de su hija a quien fuera capaz de cascar la nuez Krakatuk. Entonces el delicado joven Drosselmeier se ofreció a intentarlo.

Saludó al rey y a la princesa con una reverencia, recibió la nuez, se la colocó entre los dientes y tiró fuertemente de su trenza.

La cáscara de la nuez estalló en mil pedazos. El joven limpió el fruto y se lo ofreció a la princesa, cerró los ojos y comenzó a caminar hacia atrás. La princesa tragó la nuez y al instante recuperó su bella y angelical figura.

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

Más cuando el joven Drosselmeier iba a completar el último paso, ¡Oh, qué mala suerte!, se escuchó un agudo chillido.

Doña Ratonilda se había metido bajo su pie y el Cascanueces la había matado de un pisotón. A causa de una última maldición de Ratonilda, el joven se volvió igual de deforme que antes lo estuviera la princesa Pirlipat, quien, al ver su enorme cabeza, sus ojos saltones y su larga boca, gritó:

—¡Llevaos a este horripilante cascanueces! —gritó la princesa con espanto.

El rey ordenó expulsar al joven y también al relojero y al astrólogo. Pero éste, leyendo de nuevo el horóscopo, estableció que, a pesar de todo, el joven Drosselmeier sería príncipe y rey, y que su deformidad solo desaparecería cuando lograra matar al hijo de siete cabezas, que doña Ratonilda había parido tras la muerte de sus siete hijos ratones.

Y aseguró que una dama lo amaría a pesar de su deformidad. Y este ha sido, niños, "El Cuento de la Nuez Dura". Esta y no otra, es la razón de que los cascanueces sean tan feos.

Por su parte, María sacó en consecuencia que, la princesa Pirlipat era una niña muy cruel y desagradecida.


Tío y sobrino

...Al fin se puso buena María, y pudo, como antes, andar de un lado para otro. En el armario de cristales todo estaba muy bonito, pues había árboles y flores; y casas nuevas. Y también preciosas muñecas. Pero lo que más le agradó a María fue encontrarse con su querido Cascanueces, que le sonreía desde la segunda tabla, enseñando sus dientecillos nuevos.

Anocheció y entró el padrino Drosselmeier, y, a poco, Luisa preparó el té, toda la familia se reunió alrededor de la mesa, hablando alegremente. María fue a buscar su silloncito en silencio y se colocó a los pies del padrino Drosselmeier. Cuando todo el mundo se calló, María miró con sus grandes ojos azules muy abiertos al padrino y, le dijo lo que ella pensaba sobro todo lo ocurrido y lo del cuento:

—Ya sé, querido padrino, que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven Drosselmeier de Nuremberg. Ha llegado a príncipe, mejor dicho a rey, cumpliéndose la profecía de tu amigo, el astrónomo; pero, como tú sabes perfectamente, está en lucha abierta con el hijo de la señora Ratona, con el horrible rey de los ratones. ¿Por qué no lo ayudas?

Sonriendo de un modo especial, tomó Drosselmeier en brazos a la pequeña María y le dijo, con más dulzura que nunca:

—Hija mía, tú posees más que ninguno de nosotros; tú has nacido princesa, como Pirlipat, y reinas en un reino hermoso y brillante.

Pero tienes que sufrir mucho si quieres proteger al pobre y desfigurado Cascanueces, pues el rey de los ratones lo ha de perseguir de todos modos y por todas partes.

Y no soy yo quien puede ayudarle, sino tú, tú sola puedes salvarle; sé fuerte y fiel.

Ni María ni ninguno de los demás supo lo que quería decir Drosselmeier con aquellas palabras.


La Victoria

Aquella noche, unos extraños ruidos despertaron a Maria:

—¡Son los ratones! ¡Vuelven los ratones! —exclamó la niña.

Al instante vio aparecer por un agujero de la pared al rey de los ratones con sus siete coronas.

«Hi, hi, hi… dame tus figuritas de mazapán o romperé a mordiscos a tu querido Cascanueces». —chantajeándola.

La niña obedeció esperando complacerle.

«Ahora debes darme tus muñecos de azúcar, o destruiré a tu Cascanueces». —presionándola de nuevo el rey de los ratones.

Y María de nuevo así lo hizo, si bien, a la mañana siguiente, su madre, al descubrir el desastre, exclamó:

—Esto es intolerable, debe de haber muchísimos ratones. —exclamó—.

—Iré a por el gato gris del panadero, él se encargará de acabar con el rey de los ratones. —propuso Federico.

—¡Sí!, y de saltar por encima de las mesas y las sillas tirándolo todo al suelo… —añadió la madre.

—Podríamos colocar una ratonera. —fue la propuesta del padre.

—¡El padrino nos la hará! ¡Él las inventó! —exclamó Federico.

A lo que no tardó el padrino Drosselmeir, y trajo una de sus famosas ratoneras, la colocó junto al armario de cristal y puso un trozo de tocino como cebo.

Aquella noche, unos desagradables grititos despertaron a María. El repugnante rey de los ratones estaba sobre su hombro:

—No me cazaréis, no caeré en la trampa. Dame todos tus vestidos o roeré tu pequeño Cascanueces. —amenazó el horripilante roedor y dicho esto desapareció; entonces María se aproximó hasta la vitrina:

—Ay, mi querido Cascanueces, ¿qué puede hacer por ti una pobre niña? Por mucho que le dé, el repugnante rey de los ratones seguirá exigiendo hasta que no me quede nada que entregarle. —se lamentó y tras decir esto cogió en brazos al pequeño Cascanueces. En ese momento la figurita cobró vida y dijo:

«Oh, mi querida amiga, no sacrifiquéis por mí nada más. Tan solo conseguidme una espada y yo mismo acabaré con el rey de los ratones».

Dicho esto, el Cascanueces recuperó su rigidez de ser inanimado. No tardó María en correr a contárselo a Federico, quien cogió el sable de uno de sus soldaditos y se lo colocó al Cascanueces.

A la noche siguiente, unos nuevos murmullos y crujidos despertaron a María, quien se levantó de un salto:

—¡El rey de los ratones! —exclamó la niña.

«Abrid tranquila, querida María. Traigo buenas noticias —se escuchó la voz del Cascanueces—. He dado muerte con mi espada al rey de los ratones».

Ilustración actual de Julia Rothman.

Cascanueces se puso de pie y continuó:

«Respetada señorita de Stahlbaum; ahora que mi enemigo está vencido, tendría sumo gusto en mostrarle una porción de cosas bellas, si tiene la bondad de seguirme... Y le ruego que lo haga. ¡Hágalo, hágalo, querida señorita!».


El reino de las muñecas

A lo que María contestó:

—Iré con usted, señor Drosselmeier, pero no muy lejos ni por mucho tiempo, pues no he dormido nada.

«Entonces tomaremos el camino más corto, aunque sea el más difícil». —respondió Cascanueces.

Y echó a andar delante, siguiéndole María, hasta que se detuvieron frente al gran armario ropero del recibidor. Cascanueces trepó con mucha agilidad por los adornos y molduras, hasta que pudo alcanzar el hermoso hopo que, sujeto por un grueso cordón, colgaba de la parte de atrás del abrigo de piel. En cuanto Cascanueces se apoderó del hopo, echó abajo una escala de madera de cedro a través de la manga de piel.

«Haga el favor de subir, señorita». —exclamó Cascanueces.

María lo hizo así; al poco se oyeron unos acordes dulcísimos, procedentes de un bosquecillo que se extendía a ambos lados:

—¡Qué bonito es todo esto! —exclamó María, encantada.

«Estamos en el bosque de Navidad, querida señorita». —dijo Cascanueces.

—¡Ay —continuó María—, si pudiera permanecer aquí!

¡Cascanueces dio una palmada y aparecieron unos pastores y cazadores, tan bonitos y blancos que hubiera podido creerse estaban hechos de azúcar, y a los cuales no había visto María, a pesar de que se paseaban por el bosque.

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

Llevaban una preciosa butaca de oro; colocaron en ella un almohadón de malvavisco y, muy corteses, invitaron a María a tomar asiento en ella. Apenas lo hizo, empezaron pastores a bailar una danza artística, mientras los cazadores tocaban con sus cuernos de caza; luego desaparecieron todos en la espesura.

«Perdone, señorita de Stahlbaum —dijo Cascanueces—, que el baile haya resultado tan pobre; pero los personajes pertenecen a los de los bailes de alambre y, no saben ejecutar sino los mismos movimientos siempre. También hay una razón para que la música de los cazadores sea tan monótona.

El cesto del azúcar está colgado en los árboles de Navidad encima de sus narices, pero un poco alto. ¿Quiere usted que sigamos adelante?».

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

—Todo es precioso y me gusta muchísimo —dijo María levantándose para seguir a Cascanueces, que había echado a andar.

Pasaron a lo largo de un arroyo cantarín y alegre, en el que se advertía el mismo aroma delicioso del resto del bosque.

«Es el arroyo de las Naranjas —respondió Cascanueces a la pregunta de María—; pero, aparte su aroma, no tiene comparación en tamaño y belleza con el torrente de los Limones, que, como él, vierte en el mar de las Almendras».

Al poco tiempo notó un pronunciado olor a rosas y todo apareció como envuelto en una niebla rosada. María observó que aquello era el reflejo de un agua de ese color que en ondas armoniosas y murmuradoras corría ante sus ojos.

—¡Ah! —exclamó María entusiasmada—. Este es un lago como el que me quería hacer el padrino Drosselmeier en una ocasión, y yo soy la niña que acariciaría a los cisnes.

Cascanueces sonrió de un modo más burlón que nunca y dijo:

«El tío no sabría hacer una cosa semejante; usted quizá sí, querida señorita de Stahlbaum... Pero no discutiremos por esto; vamos a embarcarnos y nos dirigiremos, por el lago de las Rosas, a la capital».


La Capital

Cascanueces dio una palmada, el lado de las Rosas comenzó a agitarse más, las olas se hicieron mayores y María vio que a lo lejos se dirigía hacia donde estaban ellos un carro de conchas de marfil, claro y resplandeciente, tirado por dos delfines de escamas doradas. Al llegar a ellos, subieron en él y partieron hacía la Capital, a la que llegaron sin más:

«Ya estamos en el bosque de las Confituras —dijo Cascanueces—; y ahí está la capital. —Acercándose a saludar a la gente»:

«Bienvenido seáis, querido príncipe; bienvenido al pueblo de Mermelada».

María se quedó admirada al ver que Drosselmeier era considerado y tratado como príncipe por un hombre distinguido. Luego oyó un charlar confuso, un parloteo, unas risas, una música y unos cánticos que la distrajeron de todo lo demás, y sólo pensó en averiguar su causa.

«Querida señorita de Stahlbaum —respondió Cascanueces—, no tiene nada de particular. Mermelada es una ciudad alegre; siempre está igual. Pero tenga la bondad de seguirme. —caminando un corto trayecto y de nuevo informó a su acompañante María—: Estamos en el palacio de Mazapán. —dijo Cascanueces».

María se perdía en la contemplación del maravilloso palacio; pero no se le escapó que a una de las torres grandes le faltaba el tejado. Al parecer, unos hombrecillos encaramados en un andamiaje armado con ramas de cinamomo trataban de repararlo. Antes de que preguntase nada a Cascanueces, explicó este:

«Hace poco amenazó al hermoso palacio un hundimiento serio, que bien pudo haber llegado a la destrucción total. El gigante Goloso pasó por aquí, se comió el tejado de esa torre y dio un bocado a la gran cúpula; los ciudadanos de Mermelada le dieron como tributo un barrio entero y una parte considerable del bosque de confituras, con lo cual se satisfizo y se marchó».

En aquel momento, se oyó una música agradable y dulce; las puertas del palacio se abrieron, dando paso a los doce pajecillos con tallos de girasol encendidos, que llevaban a modo de hachas. Su cabeza consistía en una perla; los cuerpos, de rubíes y esmeraldas, y marchaban sobre piececillos diminutos de oro puro. Los seguían cuatro damas de un tamaño aproximado a la muñeca Clarita, de María, pero tan maravillosamente vestidas que, María reconoció en seguida en ellas a las princesas. Abrazaron muy cariñosas a Cascanueces, diciéndole conmovidas:

«¡Oh, príncipe! ¡Oh, hermano mío!».

Cascanueces, muy conmovido, se limpió las lágrimas que inundaban sus ojos, tomó a María de la mano y dijo en tono patético:

«Esta señorita es María Stahlbaum, hija de un respetable consejero de Sanidad y la que me ha salvado la vida. Si ella no tira a tiempo su zapatilla, si no me proporciona el sable del coronel retirado, estaría en la sepultura, mordido por el maldito rey de los ratones. ¿Puede compararse con esta señorita la princesa Pirlipat, a pesar de su nacimiento, en belleza, bondad y virtud? ¡No, digo yo; no!».

Todas las damas dijeron asimismo «no», y echaron los brazos al cuello de María, exclamando entre sollozos:

«¡Oh, noble salvadora de nuestro querido hermano el príncipe!... ¡Oh, bonísima señorita de Stahlbaum!

Las damas acompañaron a María y al Cascanueces al interior del palacio, donde les ofrecieron una exquisita y dulce comida». —Ya en el interior, comentó otra de las princesas:

«Dulce amiguita, salvadora de mi hermano, machaca un poco de azúcar cande».

Mientras María machacaba afanosa y, el ruido que hacía en el mortero sonaba como una linda canción, Cascanueces comenzó a contar a sus hermanas la terrible batalla entre sus tropas y las del rey de los ratones, la cobardía de su ejército, que quedó casi batido por completo, y la intención del rey de los ratones de acabar con él, y el sacrificio que María hizo de muchos de sus ciudadanos, etc. María estaba cada vez más lejos del relato y del ruido del mortero, llegando al fin a ver levantarse una gasa plateada a modo de neblina en la que flotaban las princesas, los pajes, Cascanueces y ella misma, escuchando al tiempo un canto dulcísimo y un murmullo extraño, que se desvanecía a lo lejos y subía y subía cada vez más alto.

Otra detalladísima ilustración creada por el artista autodidacta Roberto Innocenti (nacido en 1940) un ilustrador de renombre internacional.

Conclusión

¡BRR...!, ¡PUM!..., María cayó de una altura inconmensurable... ¡Qué sacudida!... Pero abrió los ojos y se encontró en su camita; era muy de día, y su madre estaba a su lado, diciendo:

—Vamos, ¿cómo puedes dormir tanto? Ya hace mucho tiempo que está el desayuno.

Comprenderás, público respetable, que María, entusiasmada con las maravillas que había visto, concluyó por dormirse en el salón del palacio de Mazapán, y que los pajes o quizá las princesas mismas

la trasladaron a su casa y la metieron en la cama.

—Madre, querida madre, no sabes dónde me ha llevado esta noche el señor Drosselmeier y las cosas tan lindas que me ha enseñado.

Y contó a su madre todo lo que yo acabo de referir; y la buena señora se maravilló mucho.

Cuando María acabó su narración, dijo su madre:

—Has tenido un sueño largo y bonito, pero procura que se te quiten esas ideas de la cabeza.

María, testaruda, insistía en que no había soñado y que en realidad vio todo lo que contaba. Entonces su madre la tomó de la mano y la condujo ante el armario, donde enseñándole el Cascanueces, que, como de costumbre, estaba en la tercera tabla, le dijo:

—¿Cómo puedes creer, criatura, que este muñeco de madera de Nuremberg pueda tener vida y movimiento?

—Pero, querida madre —repuso María—, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del magistrado.

El consejero de Sanidad y su mujer soltaron la carcajada.

—¡Ah! —dijo María casi llorando—. No te rías de mi Cascanueces, querido padre, que ha hablado muy bien de ti; precisamente cuando me presentó a sus hermanas, las princesas, en el palacio de Mazapán, dijo que eras un consejero de Sanidad muy respetable.

Mayores fueron aún las carcajadas de los padres, a las que se unieron las de Luisa y Federico.

María se metió en su cuarto, sacó de una cajita las siete coronas del rey de los ratones y se las enseñó a su madre, diciendo:

—Mira, querida madre, aquí están las siete coronas del rey de los ratones que me entregó anoche el joven Drosselmeier como trofeo de su victoria.

Muy asombrada contempló la madre las siete coronitas, tan primorosamente trabajadas en un metal desconocido que, no era posible estuviesen hechas por manos humanas. El consejero de Sanidad no podía apartar la vista de aquella maravilla, y ambos, el padre y la madre, insistieron en que María les dijese de dónde había sacado aquellas coronas. La niña sólo pudo responder lo que ya había dicho, y como su padre no la creía y le decía que era una mentirosa, comenzó a llorar amargamente, diciendo:

—¡Pobre de mí! ¿Qué puedo decir yo?

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso al magistrado, que exclamó:

—¿Qué es eso, qué es eso? ¿Por qué llora mi ahijadita? ¿Qué pasa?

El consejero de Sanidad (el padre de María) le contó todo lo ocurrido, enseñándole las coronitas.

En cuanto el magistrado las vio se echó a reír, diciendo:

—¡Qué tontería, qué tontería! Esas son las coronitas que hace años llevaba yo en la cadena del reloj y que le regalé a María el día que cumplió dos años. ¿No os acordáis?

Ni el consejero de Sanidad ni su mujer se acordaban de aquello; pero María, observando que sus padres desarrugaban el ceño, se echó en brazos de su padrino y dijo:

—Padrino, tú lo sabes todo. Dile que Cascanueces es tu sobrino, el joven de Nuremberg, y que él es quien me ha dado las coronitas.

El magistrado se puso muy serio y murmuró:

—¡Tonterías, extravagancias!

Entonces el padre tomó a María en brazos y le sermoneó:

—Escucha, María: a ver si te dejas de imaginaciones y de bromas; si vuelves a decir que el insignificante y contrahecho Cascanueces es el sobrino del magistrado Drosselmeier, lo tiro por el balcón.

La pobre María no tuvo más remedio que callarse y no hablar de lo que llenaba su alma, y no se le permitió volver a hablar de su aventura; pero la imagen de aquel reino encantador la rodeaba como de un susurro dulcísimo y de una armonía deliciosa; lo veía todo de nuevo en cuanto se lo proponía, y así, algunas veces, en vez de jugar como antes, se quedaba quieta y callada, ensimismada, como si la acometiera un sueño repentino.

Un día, el magistrado estaba arreglando uno de los relojes de la casa. María, estaba sentada ante el armario de cristales y sumida en sus sueños, contemplaba al Cascanueces; sin advertirlo, comenzó a decir:

—Querido Drosselmeier: si vivieses, yo no haría como la princesa Pirlipat; yo no te despreciaría por haber dejado de ser por causa mía un joven apuesto.

Al oirla, el magistrado exclamó: —Vaya, vaya, ¡qué tonterías!...

Y en el mismo momento se sintió una sacudida y un gran ruido, y María cayó al suelo desmayada.

Cuando volvió en sí, su madre, que la atendía, dijo:

—¿Cómo te has caído de la silla siendo ya tan grande? Aquí tienes al sobrino del magistrado, que ha venido de Nuremberg...; a ver si eres juiciosa.

María ya repuesta, levantó la vista. El magistrado se había puesto la peluca y su gabán amarillo y sonreía satisfecho; le acompañaba un elegante joven, que tenía el porte y toda la apariencia de ser un Príncipe.

Otra ilustración de artista Peter Carl Geißler (1802-1872) incluidas en la edición del cuento de 1840.

María se puso roja cuando vio al joven, y más roja aún cuando, después de comer, el joven Drosselmeier la invitó a salir con él y a colocarse junto al armario de cristales.

—Jugad tranquilos, hijos míos —dijo el magistrado—; como todos mis relojes marchan bien, no me opongo a ello.

En cuanto el joven Drosselmeier estuvo solo con María se hincó de rodillas y exclamó:

—Distinguidísima señorita de Stahlbaum: aquí tiene a sus pies al feliz Drosselmeier, cuya vida salvó usted en este mismo sitio. Usted, con su bondad característica, dijo que no sería como la princesa Pirlipat y que no me despreciaría, si por su causa hubiera perdido mi apostura. En el mismo momento dejé de ser un vulgar Cascanueces y recobré mi antigua figura. Distinguida señorita, hágame feliz concediéndome su mano; comparta conmigo reino y corona; reine conmigo en el palacio de Mazapán, pues allí soy el rey.

María levantó al joven y dijo en voz baja:

—Querido señor Drosselmeier: es usted un hombre amable y bueno, y como además posee usted un reino simpático en el que la gente es muy amable y alegre, le acepto como prometido.

Desde aquel momento, fue María la prometida de Drosselmeier. Al cabo de un año, dicen que fue a buscarla en un coche de oro tirado por caballos plateados. En las bodas bailaron veintiún mil personajes adornados con perlas y diamantes, y María se convirtió en reina de un país en el que sólo se ven, si se tienen ojos, alegres bosques de Navidad, transparentes palacios de Mazapán, en una palabra, toda clase de cosas asombrosas. ■

FIN DEL CUENTO


Nota.— Dado su tamaño, el cuento ha sido “ligeramente” reducido, aproximadamente 8 kilos con 326 gramos, más o menos... pero, ¡nadie lo diría!


Un artículo de “Mary Elisabeth Oliver”

para Queseenteren


...Y el cuento tuvo su “Ballet”, y con la música compuesta por el maestro ruso Tchaikovsky.

Fotografía de la producción original de 1892.

“El Cascanueces” es el tercer y último ballet de Tchaikovsky, famoso compositor ruso del período del Romanticismo y autor de algunas de las obras de música clásica más famosas del repertorio actual, como los ballets “El lago de los cisnes”, “La bella durmiente” y “El cascanueces”, entre otros.

Fue creado originalmente para una representación doble con su ópera en un acto “Iolanta”. El compositor recibió el encargo de ambas obras de Ivan Vsevoloshsky, director del “Teatro Imperial Ruso” y quien también escribió el libreto de esta obra de “El Cascanueces”, junto con el coreógrafo Marius Petipa.

El material que eligió Petipa, en esta ocasión, fue una adaptación titulada “El cuento del cascanueces”, que había escrito Alejandro Dumas en 1844, basándose en “El cascanueces y el rey de los ratones” de E.T.A. Hoffmann de 1816.

La trama de la historia de Hoffmann (y también la adaptación de Dumas) se simplificó en gran medida para el ballet en dos actos.

El cuento de Hoffmann contiene un largo flashback dentro de su trama principal, titulado "El Cuento de la Nuez Dura", que explica cómo el príncipe se convirtió en el cascanueces. Este episodio tuvo que ser omitido en el ballet.

Petipa proporcionó a Tchaikovsky instrucciones muy detalladas para la composición de cada número, incluso en cuanto al tempo y el número de compases.

Fotografía de Piotr Tchaikovsky tomada en 1893.

El estreno conjunto de las dos obras estaba previsto inicialmente para la temporada 1891- 1892, pero debido a numerosas dificultades tuvo que posponerse.

Entre ellas dos fallecimientos, la hermana de Tchaikovsky, Alexandra; y la hija de 15 años de Petipa, Eugenia...

Al fin se estrenó, como estaba previsto, conjuntamente con la ópera “Iolanta” el 18 de diciembre de 1892 en el “Teatro Mariinsky” de San Petersburgo, menos de un año antes de la muerte de Tchaikovsky (Nacido en 1840 - Fallecido el 6 de noviembre de 1893).

Como novedad, los papeles infantiles los bailaron niños en realidad. ■


ETA Hoffmann, un escritor que cuando más lo leas, más te sorprenderá con su peculiar estilo.

E.T.A. Hoffmann autorretrato de 1822.

ETA Hoffmann (en realidad Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann) nació en 1776 en Königsberg, Prusia Oriental; y nos dejó en 1822, en Berlín (Alemania). Fue un importante escritor romántico alemán.

Cursó estudios de Derecho en la Universidad de Königsberg, pero sólo ejerció como abogado un corto periodo antes de dedicarse a la pintura, la crítica musical y la composición. Además de ser ilustrador y caricaturista.

Por sus obras novelísticas, Hoffmann es considerado el narrador alemán más influyente después de Goethe. Basadas en las historias de fantasmas del siglo XVIII, la literatura de terror inglesa y los primeros cuentos de hadas románticos, sus novelas e historias influyeron en la prosa de numerosos

autores importantes de la literatura rusa, francesa, estadounidense y también española.

La conocida obra de Hoffmann se creó a lo largo de trece años. El hecho de que se aventurara a escribir tan tarde puede atribuirse a su preferencia original por la música. Las novelas cortas que escribió antes de 1809 no las publicó o se perdieron.

En muchas de sus obras se mantuvo fiel a los gustos de sus contemporáneos lectores: historias sobre acontecimientos aterradores, encuentros con el diablo, giros fatídicos en la vida de un protagonista a los que no puede resistirse.

Sin embargo, condensó magistralmente sus historias a la pregunta, que a menudo queda sin respuesta, de si la inquietante descripción realmente ocurrió o tal vez ocurrió sólo en la cabeza del personaje afectado, este era su arte narrativo...

Los talentos de Hoffmann nunca estuvieron claramente separados en sus diversas expresiones. Las mencionadas antes: la música, la escritura y el dibujo, así como el derecho, a menudo se fusionaban. De

hecho Hoffmann ilustró él mismo muchas de sus historias.

No tenemos espacio en este resumen de su BIO para mencionar todas sus obras, vaya como una orientación esta:

— Las piezas de fantasía al estilo de Callot (1814/1815) que incluye los relatos: Don Juan, Novedades del último destino del perro Berganza y el Magnetizador, entre otros.

— Los elixires del diablo (1815/1816)

— Piezas nocturnas (1816/1817) que incluye los relatos: El hombre de arena, Ignaz Denner y La Iglesia Jesuita en G...

Y una larga colección de relatos agrupados en varios libros, entre los que se pueden destacar:

— El pequeño Zaches llamado Zinnober (1819)

— Haimatochare (1819)

— La marquesa de la Pivardiere (1820)

— Princesa Brambilla (1820)

— Los hermanos Serapion (1819/1821)

— Vistas de la vida del gato Murr (1819/1821)

— Los errores (1820)

— Los misterios (1821)

— Los dobles (1821)

— El espíritu elemental (1821)

— Maestro pulga (1822)

— Ventana de la esquina del primo (1822)

— El enemigo (fragmento) (1822)

Por nuestra parte, volveremos a publicar muchos de ellos en próximas ediciones de este periódico cultural de "Queseenteren". ■


“Mary Elisabeth Oliver”

para Queseenteren