¿Que pedirías si se te concedieran 3 deseos?

Esto es lo que le pasó a una pareja por elegir mal los 3 deseos que se le concedieron:

Todo se narra en este cuento: “LOS DESEOS RIDÍCULOS”, escrito por el francés CHARLES PERRAULT y publicado en 1697.


VEMOS EL CUENTO COMPLETO BELLAMENTE ILUSTRADO.

Pintura de Charles Perrault realizada por Charles Le_Brun en 1670.

CHARLES PERRAULT, EL AUTOR DEL CUENTO


A los 69 años se le apareció el hada o musa de los cuentos, inspirándole para que con su pluma escribiera la colección de cuentos que cambiaría el concepto que se tenía hasta esa fecha de los mismos, se trataba del escritor francés CHARLES PERRAULT. (Nacido en Paris en 1628 y fallecido en el mismo lugar en 1703). No se imaginaba que pasaría a la gloria no por sus libros de “alabanzas” al monarca francés Luis XIV, del que era empleado, pues era funcionario público, sino por algo menos comprometido como los cuentos, en concreto por una recopilación de cuentos populares...

Así en 1697 publicó su libro de relatos más conocido, “Histoires ou Contes du Temps passé” (↓)(“Historias y Cuentos de Tiempos Pasados”), que subtituló como “Les Contes de ma Mère l’Oye” (“Los Cuentos de mi Madre la Oca”), y fue con este subtitulo con el que fueron traducidos a casi todos los idiomas del mundo.

Portada del Manuscrito “Les Contes de ma Mère l’Oye” de 1695.

“Les Contes de ma Mère l’Oye”

“Los Cuentos de mi Madre la Oca”


El éxito de su trabajo consistió en recopilar las versiones populares originales, no cayó en la tentación, como hicieron años más tarde, otros de sus “versionadores”, de variar la argumentación primitiva. Sólo en contadas ocasiones suavizó algunos detalles de las tramas. Las que según parece le narró una campesina del lugar y, como homenaje a élla, subtituló la obra como “MAMÁ OCA”, que era el nombre tradicional como se les conocía a las campesinas.

Desde su aparición en 1697, estos cuentos obtuvieron el favor del público, y tal es así, que una segunda edición fue lanzada por Claude Barbin ese mismo año, y también numerosas ediciones holandesas no autorizadas, ¡si! ya existía la “piratería” por aquel entonces, inundaron el mercado.

Estuvieron de actualidad hasta aproximadamente el año 1704, dando entonces el relevo a otras narraciones procedentes de Oriente, como “Las Mil y Una Noches”.

Años más tarde, en 1812, los HERMANOS GRIMM, los recuperaron incorporándolos en su también recopilación de cuentos: “Los Cuentos de la Infancia y el Hogar”, eso sí, con algunos cambios en los desenlaces de los mismos.

Las ediciones primeras de “MAMA OCA” contenían ocho cuentos, mas tarde incorporó otros tres. Siendo ya a partir de entonces las versiones o impresiones del libro de once cuentos. Estos son los 8 iniciales: EL GATO CON BOTAS, LA BELLA DURMIENTE, CAPERUCITA ROJA, BARBAZUL, PULGARCITO, LAS HADAS, CENICIENTA, RIQUET EL DEL COPETE. La mayoría ya han pasado por las páginas de este periódico cultural de “Queseenteren”.

Y con este ejemplar recogemos uno de los 3 cuentos añadidos: LA PACIENCIA DE GRISÉLIDA, PIEL DE ASNO Y...:

“LOS DESEOS RIDÍCULOS”

Retrato de J. Coll y Vehí en una edición de 1862.

VERSIONES UTILZADAS:


Que para esta ocasión hemos optado por “aparcar” las otras versiones de que disponemos, y reproducir el texto del cuento que tradujo el escritor y crítico literario. J. Coll y Vehí, en una edición de 1862 (Nacido en Torrent d’Empordà (Gerona) en 1823; y fallecido en Gerona en 1876).

Reproducimos parte de su presentación de la obra de Perrault en el libro con el título de “Cuatro palabras del traductor”:

...\. Dicen que á Perrault se le deslizaron disparates tan garrafales como el de sostener que Chapelain era más bonito que Homero. Eso no probará sino que el más lince está expuesto á resbalar y á romperse la crisma. ¿Acaso, acaso no daba el mismo Boileau sus cabezadas? Y cuando quiso arrimarse demasiado á la lumbre ¡cuántas veces le cogió el sueño de medio á medio! Pues á fe que no tenia pelo de tonto, y que sabía muy mucho donde le apretaba el zapato.

Lo cierto es que Perrault, además de académico y escribidor de á fólio, fué un excelente sugeto, y un excelente protector de las Artes: hombre de bien á carta cabal y muy amante del trabajo, que es lo que hay que ser en este pícaro mundo, y á lo que debeis aspirar.../.

Ilustración publicitaria basada en este cuento, y regalada por los Almacenes franceses "Au Bon Marché", allá por 1900.

Los Deseos Ridículos

DEDICACIÓN DEL AUTOR (Charles Perrault):

“A la Señorita de la C".

Si ménos discreta fueras,

El divertido y ligero

Cuento que contarte quiero,

De mis labios no lo oyeras.

La materia es algo rara,

Porque trata en conclusion

El cuento, de un salchichon,

Y de un salchichon de á vara,

«¿Salchichon? ¡Jesus, qué horror!»

Diria una remilgada

De esas para quien no hay nada

Como los cuentos de amor.

Pero tú, que con tal gracia

Decir sabes lo que cuentas

Y á la vista lo presentas

Con singular eficacia,

Tú, que sabes que del modo

De contar, más que del tema,

La belleza de un poema

Depende, y el arte todo,

Has de oir con tu sonrisa

Y tu bondad natural

Un cuento, en que la moral

Anda en cuerpo de camisa”.

Ilustración del francés Alexandre de Saillet de 1841.

Érase un buen leñador,

De cortar leña aburrido,

Que de vivir tan molido

Iba perdiendo el humor.

«¡Cielo impío! nunca oiste

(El muy bellaco exclamaba

Cuando la murria le daba)

La voz de mi pecho triste.»

Andando en este mal juego

Un dia en el bosque el tonto,

Salió Júpiter de pronto

Con su látigo de fuego.

Ilustración de Harry Clarke (1889 – 1931) que fue un artista irlandés de vidrieras e ilustrador de libros; fue una figura destacada del movimiento irlandés de Artes y Oficios. Su obra estuvo influenciada tanto por el "Art Nouveau" como por el "Art Déco". Sus vidrieras, en particular, se inspiraron en el simbolista francés.

Al verle, dió el hombre un brinco,

Y con el pelo erizado,

De rodillas prosternado,

Clamaba con grande ahinco:

«¡Señor, gran Señor, perdon!

Aparta el rayo temido...

Nada quiero, nada pido...

Soy un zopenco, un bribon».

«Reponte —exclamó el Tonante—:

No quiero, nó, que de injusto

Puedas tacharme; tu gusto

Verás cumplido al instante».

Desea, y los tres primeros

Deseos que más le plazcan,

No bien de tus labios nazcan,

Quiero hacerte valederos.

Mira que segun escojas

Tu suerte vas á labrar...

¡Cuidado pues con tomar

El rábano por las hojas!

¡Agur!» —Y sin decir más,

Al Olimpo en una nube

Se fué el Dios, sube que sube,

Con majestuoso compás.

El patan con alegría

La leña al hombro cargaba,

Y el haz que tanto pesaba

De pluma le parecia.

Y pensaba caminando:

«¡Eh! vamos con tiento, Blas.

¡Prudencia! Se lo dirás

A tu mujer en llegando.»

En casa gran batahola

Mueve ya, gritando: —¡Chica!

¡Manolica! ¡Manolica!

Ya semos ricos, Manola.

Pide, pide. De esta hecha.....

Pide cuanto se te alcance.»

Y á su mujer contó el lance

Desde la cruz á la fecha.

«¡Alto, Blas! seamos cuerdos,

No hagamos un mal fregado,

No digan que se han echado

Margaritas á los cerdos.

Calla, que en boca cerrada

No entran moscas. Esperemos;

Deja que lo consultemos

Primero con la almohada.»

Blas con su mujer convino,

Que habló como un Salomon,

Y en señal de aprobacion

Le dijo: «Tráeme víno».

Ilustración de Paul Gustave Doré.

Al dulce amor de la lumbre,

El cuerpo al descanso dando,

Cavilando, cavilando,

Se echó al coleto una azumbre.

Y en el vaso el ojo fijo,

Y en el respaldo ambos codos

Apoyando, así con todos

Sus cinco sentidos dijo:

«En tan solemne ocasion,

Manola, bien me petara

Como cosa de una vara

De picante salchichon.»

Tal dijiste; de repente

La mujer, un grito dando,

Ve acercarse serpenteando

Un salchichon reverente.

Y conociendo aterrada

Que la vision era efecto

De aquel deseo indiscreto,

Dándose al diablo, irritada,

Otra ilustración de Harry Clarke.

Con vocablos nada cultos

Y ademan descomedido,

Descargó contra el marido

Una andanada de insultos.

«¡So cuadrúpedo! —decia—:

Pudiendo tener collares

De perlas á centenares,

Plata, y oro, y pedrería,

Palacios, coches y trenes,

Y esa fealdad quitarte,

O emperador coronarte,

¿Con salchichones te vienes?

«¡Calla, mujer! fué locura,

Rebuzné como un rocin...

¡Calma! No es tan grave al fin

Mal que con hablar se cura.

¡Misté qué linda embajada!

¡Salchichon! ¿eh? ¡Vaya un chiste!

Lo que tú pedir debiste

Es un costal de cebada».

Nuestro hombre, ya furibundo,

Sintió en su magin bailar

El proyecto de enviar

Su mujer al otro mundo.

Y, acá internos, yo no sé

Si el proyecto vergonzante

Fué una idea extravagante,

O un gran pensamiento fué.

«¡Basta, basta de sermon!

Dijo al fin: tanta parola

Me revienta... ¡Dále bola!

¡Qué posma de salchichon!

Ojalá Dios ¡mal pecado!

Para que así no molieras

Que ya el salchichon tuvieras

De las narices colgado.»

No tuvo á fe que instar mucho:

No bien el pico cerró,

Pegado en la nariz vió

El salchichon larguirucho.

Pesada encontró la broma;

Porque al fin marido era

De una mujer hechicera,

Ni nariguda ni roma.

Mas templó su descontento

El ver que la nasal cola

En la lengua de Manola

Ponia entorpecimiento.

Que al fin y al cabo, no poca

Ventaja encontraba, en ser

Marido de una mujer

Con un candado en la boca.

Ilustración moderna creada por Palmira Argañaras.

Luego para sí decia:

«De un deseo dueño quedo.

¡Ánimo! de un golpe puedo

Hacerme rey todavía.

Mas, Blas, ¿por comer perdices

Y á troche moche mandar

A Manola has de dejar

Con su vara de narices?

¡Pobre Manola! mi trono

Potro fuera para tí.....

Nó, no se dirá de mí

Que pudo tanto el encono.

Más que me pese ¡pardiez!

Verme ya descoronado,

En caso tan apurado

Tú misma sé parte y juez.

Implora de Dios la ayuda,

Y ve lo que más te peta

Entre leñadora neta

O princesa nariguda.»

Manola, aunque bien sabía

Que en el mundo engañador

De una diadema al fulgor

Parece hermosa una arpía,

Preciada de su palmito,

Hizo renuncia formal

De su tálamo real

Y del nasal sambenito,

Prefiriendo en conclusion

Quedarse (y su gusto abono),

Sin salchichon y sin trono,

Que con trono y salchichon.

Y el leñador precisado

A hacer tan mezquino empleo

De su último deseo,

Dió al traste con el reinado.

— (Omitido en la traducción): Y formulado

el deseo por el leñador, su mujer volvió

a quedar como estaba, lo que no fue

obstáculo para que se llevase la mano

a la cara para convencerse de que la

salchicha había desaparecido) —.

Otra ilustración de Harry Clarke.

Ni llenar pudo al redaño,

Ni á ser rey jamás llegó,

Ni marqués, y se quedó

Tan leñador como antaño.

No debe el hombre en el suelo

Necios deseos formar...

¡Cuán pocos saben usar

De los favores del cielo!


MORALEJA:

¡Cuántos son los que con voces

llenan los cielos y tierra

y sin cesar de sus labios

se desprenden duras quejas!

¡Cuán dichoso yo sería,

van diciendo, si pudiera

hacer esto o bien aquello!

¡Hazlo!, la suerte contesta,

y en vez de crecer su dicha,

crecen a veces sus penas,

que sólo es dichoso el hombre

que con poco se contenta,

a su suerte se acomoda

y delirios no alimenta. ■


NOTA: Escrito por el traductor con las Normas Gramaticales vigentes en 1862.


Un Artículo y Montaje de

“Claudio” para Queseenteren.

Ilustración de Vicente Urrabieta y Julián Bastinos, incluida en una edición publicada en 1883.

Y ya vista esta versión del cuento en verso, veamos a continuación una versión en prosa, realIzada esta traducción por Teodoro Baró y Sureda (1842 - 1916) y publicada en 1883:


...Erase un pobre leñador, tan cansado de su vida que, segun se cuenta, tenia de morirse deseos, porque en ningun de los agradables que habia alimentado se vió complacido. Cierto dia fuése al bosque, y como era en él costumbre, comenzó á quejarse de su suerte, cuando se le apareció Júpiter con el rayo en la mano. Grande fué el espanto del leñador, quien arrojándose al suelo, murmuró:

—Nada quiero; nada deseo.

—No temas, le dijo Júpiter. Tantas son tus quejas que quiero convencerte de su falta de fundamento. No olvides mis palabras: verás realizados tus tres primeros deseos, sea lo que fuere lo que desees. Elige lo que pueda hacerte dichoso y dejarte completamente satisfecho, y como tu felicidad de tí depende, reflexiona bien ántes de formular tus deseos.

Pronunciadas estas palabras, Júpiter desapareció; y el leñador, loco de contento, cargóse la hacina, que no le pareció pesada, y dándole alas la alegría, volvió á su casa, diciéndose mientras tanto:

—He de reflexionar mucho ántes de tener un deseo. El caso es importante y quiero tomar consejo de mi mujer.

Saltando entró en su cabaña gritando:

—Mujercita mia, enciende una buena lumbre y prepara abundante cena pues somos ricos, pero muy ricos; y tanta es nuestra dicha que todos nuestros deseos se verán realizados.

Al oir estas palabras, la leñadora comenzó á hacer castillos en el aire, pero luego dijo á su marido:

—Cuidado con que nuestra impaciencia nos perjudique. Procedamos con calma y despues de pensarlo bien, consultándolo ántes con la almohada, que es buena consejera.

—Lo mismo opino; pero no perdamos la cena y tráete vino.

Cenaron, bebieron, y sentándose luego al amor de la lumbre, el leñador exclamó, apoyándose con fuerza en el respaldo de su silla:

—¡Ajajá! Con este fuego nos hace falta una vara de salchicha. ¡Cuánto gustaría tenerla al alcance de mi mano!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, su mujer vió con gran sorpresa una salchicha muy larga, que arrancando de uno de los ángulos de la chimenea se dirigió hacia ella serpenteando. Lanzó un grito de espanto, pero cayendo luego en la cuenta de que la aventura era debida al ridículo deseo formulado por su marido, con él la emprendió agotando los dicterios.

—Hubiéramos podido tener oro, perlas, diamantes, vestidos excelentes, añadió, y eres tan necio que te se ha ocurrido desear semejante cosa.

—Cállate, mujer; reconozco mi falta y procuraré enmendarla.

—A buena hora calzas verdes; necesario es ser muy imbécil para hacer lo que has hecho.

Tanta fué la insistencia de la mujer, que el bueno del hombre perdió la calma, y como á pesar de sus súplicas ella no cejase, exclamó furioso:

—Maldita salchicha que te ha desatado la lengua; así te colgara de la nariz para que callaras!

Dicho y hecho, y la salchicha quedó colgada de la nariz de la esposa del leñador.

Realizado el deseo, quedóse ella muda de asombro y él con la boca abierta y rascándose el cogote. Restablecióse el silencio, hasta que por último la mujer, que habia perdido los brios y no apartaba la mirada de la salchicha, murmuró:

—¿Y bien?

—Sólo falta formular el tercer deseo. Puedo transformarme en rey, pero ¿qué reina vas á ser tú con tres palmos de nariz? Elige, mujer: ó reina con esa nariz más larga que una semana sin pan, ó leñadora con una nariz como la que tenias.

Mucho discurrieron ántes de resolver, pero como su mirada no podia apartarse de la salchicha y á cada gesto se movia como rama á impulsos del huracan, prefirió la leñadora quedarse sin trono á conservar las narices como ántes; y formulado el deseo por el leñador, su mujer volvió á quedar como estaba, lo que no fué obstáculo para que se llevase la mano á la cara para convencerse de que la salchicha habia desaparecido.

El leñador no cambió de posicion, no se convirtió en un gran potentado, no llenó de escudos su bolsa y creyóse muy dichoso empleando el último de los tres deseos en devolver á su esposa las narices que ántes tenia. ■


NOTAS: Escrito por el traductor con las Normas Gramaticales vigentes en 1883.


Un Artículo y Montaje de

“Claudio” para Queseenteren.