¡¡¡Tienes más cuento que Calleja!!!
Locución verbal coloquial, basada en el gran "difusor" de cuentos “Saturnino Calleja”.
VEMOS LA HISTORIA DE EDITORIAL CALLEJA Y DE SU CREADOR: SATURNINO CALLEJA.
Esta frase se utiliza como una exageración con la que alguien trata de darse importancia o de dar
importancia a lo que hace o a lo que le ocurre...
Y sí, hubo alguien en la que se inspiró o basó esta locución verbal coloquial, que le dirigimos a alguien
fantasioso, o que exagera lo que a él le concierne. Se trata del pedagogo y empresario “Saturnino Calleja”, quien por mediación de su “Editorial Calleja”, ya en 1930, de sus miles de ediciones de relatos de todos los géneros; 1764 fueron publicaciones de cuentos, en especial su famosa "Colección de Cuentos".
"EDITORIAL CALLEJA"

Popular Sello de la Editorial Calleja.
La "Editorial Calleja" fue una empresa familiar estrechamente vinculada a la personalidad de su propietario: Saturnino Calleja.
A su muerte fue continuada por sus hijos hasta 1958 en que desapareció.
Para entender su labor, tenemos que remontarnos a la España de finales del siglo XIX, donde solo uno de cada tres niños sabía leer y una de cada cuatro, en el caso de las niñas.
La educación se realizaba en escuelas que la mayor parte de las veces no reunían las condiciones necesarias, por maestros a veces poco preparados y utilizando libros poco atractivos.
Partiendo de una idea: “enseñar divirtiendo”, innovó los materiales de los libros, el contenido y los procedimientos didácticos. Sus esfuerzos no solo se enfocaron hacia los libros infantiles, sino también, a las ediciones de textos escolares y libros pedagógicos para los profesores, llegando incluso a repartirlos, a costa de su bolsillo, por las humildes escuelas de los pueblos de la España de entonces.
Le dio la misma importancia a las ilustraciones que al texto, con dibujos de los mejores artistas. Hasta entonces, los cuentos infantiles apenas tenían dibujos y éstos solían ser de mala calidad. Sus libros, además del relato, contenían un pequeño acertijo, crucigrama o un pequeño fragmento histórico.

Vemos una muestra del Extra que incorporaban sus libros.
«Eran cuentos divertidos para que los niños aprendieran pasándoselo bien». Hizo tiradas muy amplias con un margen de beneficio pequeño y a un precio muy bajo, llegando de esta manera a alcanzar a un sector de la población al que no hubiera podido acceder de otro modo. Y con cifras de ventas increíbles para la época:
Ya en 1899 la editorial Calleja publicó 3,4 millones de volúmenes de 875 títulos, y en 1930 el número de títulos se incrementó hasta los 2.289, de los que «eran cuentos menos de la mitad». El resto eran obras religiosas, diccionarios y libros para adultos; como una célebre colección de libros de medicina.
La editorial Calleja realizó la primera edición de “Platero y yo” y publicó diversas ediciones de “El Quijote”.
En 1884 fundó y dirigió la revista "La ilustración de España", revista consagrada «a todos los profesores y profesoras de la Enseñanza de España, Cuba, Puerto Rico y Filipinas». También creó la Asociación Nacional del Magisterio Español y organizó la Asamblea Nacional de Maestros.
«Comieron perdices y a mí no me dieron, porque no quisieron», el popular final de los cuentos, fue improvisado por Rafael Calleja Gutiérrez a los seis años, quien continuó con la editorial desde la muerte de su padre.
En 2001 entró en el diccionario de la RAE la expresión “Tiene más cuento que Calleja”, y bajo la denominación de frase coloquial.
FUENTE: Extracto de la lo publicado en la web de la BNE (Servicio de información Bibliográfica).
VEMOS A CONTINUACIÓN ALGUNOS DE SUS CUENTOS Y EDICIONES:
«El Viejo Hechicero».
Despliegue de la portada y contraportada del libro “El viejo hechicero” en una edición de 1900 de “Editorial Calleja”; de la que procede este texto así como las ilustraciones, que son de Manuel Ángel y de N. Méndez Bringa
«En un tiempo remoto, vivió un maligno hechicero, que había robado años atrás dos tiernas criaturas, un niño y una niña, con quienes vivía completamente aislado en una cueva.
Á estos niños, que eran muy buenos, quería hacerlos víctimas de sus hechicerías y ejercía sus malas artes con un libro encantado, que guardaba como su mejor tesoro.
Una vez ocurrió que el viejo hechicero salió de su caverna y se quedaron en ella solos la niña y el niño; pero éste, que había acechado el lugar en que el viejo hechicero escondía el libro, se puso a leer en él y estudio muchas reglas y fórmulas de nigromancia, y aun aprendió muy bien a hechizar.
Pero como el viejo solo raras veces dejaba salir a los niños de la cueva, donde los quería tener encerrados hasta el día de entregarlos como sacrificio al demonio, con mayor vehemencia deseaban ellos salir de allí, y se aconsejaron entre sí el medio de escaparse.
Y un día que el hechicero había salido de la cueva muy temprano, dijo el niño a su hermana:
—¡Ahora es tiempo, hermanita! ¡El mal hombre que nos tiene en prisión tan dura se ha marchado; vamos a abrir la puerta y a irnos de aquí, tan lejos como nos puedan llevar nuestros pies!
Y, en efecto, así lo hicieron los niños, se escaparon y anduvieron errantes todo el día.
Por la tarde, cuando vino el hechicero a su caverna, inmediatamente los echó de menos. Y al momento abrió su libro de hechizos y se puso a leer en él, hacia qué país habían ido los niños.
Salió a buscarlos, y los tenía ya casi en su poder, cuando los niños percibieron su iracunda rugiente voz; la hermana estaba llena de angustia y de terror, y exclamó:
—¡Hermano, hermano; ya estamos perdidos; el mal hombre está ya muy cerca de nosotros!
Ilustración del artista Manuel Ángel Álvarez 1855 - 1921.
Entonces, el hermano empleó el arte de encantamiento que había aprendido en el libro; dijo una palabra encantada, e inmediatamente se convirtió su hermana en un pez, y él mismo se convirtió en un gran estanque, donde nadaban los pececillos en todas direcciones.
Cuando el viejo llegó al estanque, vió bien claro que había sido engañado, y rugió lleno de furor:
—¡Esperad, esperad; ya os cogeré!
Y corrió con gran premura, a su cueva en busca de redes para coger los peces. Pero cuando se había alejado de aquel sitio, el estanque y el pez se convirtieron en el hermano y la hermana, que se escondieron bien y durmieron toda la noche , y a la mañana siguiente continuaron su camino y fueron andando todo el día.
Cuando el maligno hechicero llegó con sus redes al sitio que él había observado bien, ya no se veía en él ningún estanque, sino que había en su lugar una verde pradera, donde se podían pescar muy bien ranas, pero no peces; entonces se puso más colérico que antes, tiró sus redes y siguió las huellas de los niños, que no se le perdían, porque llevaba en la mano una varita mágica que le enseñaba el verdadero camino que habían seguido.
Y cuando llegó la noche iba ya casi alcanzando a los errantes niños; ya le oyeron resoplar jadeante y gritar furioso, cuando la hermana exclamó otra vez:
—¡Hermano, querido hermano, ahora estamos perdidos, el enemigo malo nos sigue ya de cerca!
Entonces pronunció el niño una sentencia encantada que había aprendido en el libro, y se convirtió él en una capilla junto al camino, y ella en una hermosa imagen del altar de la capilla.
Cuando ahora llegó el hechicero a la capilla, observó bien que había sido burlado por segunda vez, y corrió, rugiendo terriblemente, alrededor de la capillita; pero no se atrevía a entrar en ella, porque en el pacto de los hechiceros con el enemigo está siempre la condición de que no han de pisar ninguna iglesia ni capilla.
—Pero si no puedo pisar en tu interior, podré al menos pegarte fuego y convertirte en cenizas. —gritó el hechicero, echando a correr para traer fuego de su cueva.
Mientras él estaba corriendo casi toda la noche, la capillita y la preciosa imagen del altar se convirtieron otra vez en el hermano y la hermana; se volvieron a esconder y se durmieron.
A la tercera mañana continuaron caminando cada vez más lejos del hechicero, y sostuvieron su marcha todo el día, mientras el hechicero, tuvo que andar un largo camino para ponerse otra vez en marcha persiguiéndoles.
Cuando llegó con su fuego al sitio en que había estado la capilla, tropezó con la nariz en un gran risco, que no podía incendiar y reducir a cenizas, y enseguida se puso a correr con rabiosos saltos y siguiendo la pista de los niños. Por la tarde les iba siguiendo ya muy de cerca, y por tercera vez se atemorizó la hermanita y se tuvo por perdida; pero el niño dijo de nuevo sus palabras encantadas que había aprendido en el libro, y se convirtió en una gran era, donde los labriegos estaban trillando, y su hermana se convirtió en un granito de cebada que estaba como perdido en la era.
Cuando llegó el hechicero se apercibió pronto de que había sido chasqueado por tercera vez, mas ahora, no pensó mucho tiempo, no echó a correr a su cueva, sino que pronunció una palabra que había aprendido en su libro de nigromancia, y se convirtió en un gallo negro que fue corriendo hacia el grano de cebada para picarlo; pero el niño dijo ahora otro encantamiento que había aprendido en el libro, y se convirtió de repente en un zorro; cogió al negro gallo antes de que hubiese picado el grano, y le arrancó la cabeza de un mordisco. Así acabaron a la vez el encantador y el cuentecito».
FIN ■.
«El Poder de la Fortuna».
Por un camino estrecho y tortuoso caminaba un pobre hombre apoyándose en un palo como para sostenerse, ya que sin él quizá hubiera caído desfallecido de hambre antes de llegar á su casa, donde le esperaban su mujer y seis hijos; creyendo que éste habría encontrado trabajo, y con él el pan y sustento que les faltaba.
En dirección contraria, y montadas en dos hermosos caballos, iban dos jóvenes casi de la misma edad; la una vestía toda de blanco, tenía los cabellos rubios, los ojos azules, los arreos del caballo eran de terciopelo y seda de color azul y sonrosado, de oro y plata los metales que sujetaban las distintas piezas del arnés.
La otra estaba toda vestida de negro, negro era el color de su pelo y de sus ojos, y negros el caballo y los arreos. Viendo venir hacia ellas al pobre hombre, refrenaron sus cabalgaduras, y dijo la última á la primera:
—Ya que siempre hago el mal, déjame una vez hacer el bien.
—Puedes intentarlo, pero te advierto que tu protección le será más fatal que tu encono.
—Veámoslo
Dijo, y siguieron andando. Cuando llegaron junto a él interrógole la joven que se empeñaba en protegerle:
—Oye, buen hombre, ¿tienes hijos?
—Seis, buena señora.
—¿Eres feliz?
—Feliz..., según se entienda... Lo soy si os referís al cariño y bondad de los seres que me pertenecen, sí, son buenos, y sí, son laboriosos.
Ahora bien, no lo soy si os referís a la abundancia de medios con que cuento, pues respecto á este particular debo deciros que ayer no hemos comido y hoy espero que tampoco.
—¡Pues bien, quiero protegerte!; toma esta moneda de onza, y remedia por hoy tus necesidades; dentro de algunos días, el domingo que está próximo, te espero en este sitio y me dirás lo que te falta.
—Dios os lo premie, mis buenas señoras. —dijo; y arrojando el palo, corrió como un desesperado hacia su casa.
—¡Pobre —dijo la joven vestida de blanco—, qué contento va! Si supiera...
Llegó el hombre á su casa, llamó precipitadamente á la puerta, le abrieron, y loco de contento entró en ella, diciendo á su mujer:
—María, ya somos felices; toma esta moneda y manda que nos traigan para hacer de comer hoy.
—¡Pero, Francisco! —dijo la mujer—, ¿dónde has encontrado esto?
—Esto me lo ha dado una buena señora que me he encontrado en el camino y que me ha prometido protección y amparo.
No tardaron en hacer una lista de lo que una de las niñas había de traer, y diéronle la moneda, que la chica apretó entre sus manos como temerosa de que se la quitaran. En la tienda dio la muchacha la lista, y mientras le pesaban y medían lo que pidiera, dió, para que se cobrasen, la moneda de oro; miráronla, la sonaron, volviéronla a mirar, y en esta operación estaban, cuando entraron otros parroquianos; fuese el dueño a despacharlos llevándose la moneda en la mano; tras aquellos primeros llegaron otros a quienes sirvió lo que pidieron, y la pequeña esperaba y esperaba.
—¡Buen señor! —preguntó, una vez desocupado el descortés comerciante—, ¿me despacha usted?
—¿Qué quieres?
—Los géneros que mi padre le ha mandado a pedir en una lista y la vuelta de la moneda de oro que le he dado.
—Tú no me has dado nada, rapazuela, ni en tu casa tienen monedas de oro, ni de plata, ni de cobre. Anda, vete y dile á tu padre que cuando me pague la cuenta que me debe, le enviaré los géneros que me pide...
Ante tal respuesta, se fue la chica llorando...
Aquella noche, como el día anterior, se acostaron sin cenar. Pasaron los días, llegó el domingo, cogió el pobre Francisco un palo y fue al sitio en que había de esperar á las jóvenes, y sobre todo a la que le había prometido protección.
Apenas había llegado al lugar de la cita, llegaron las que esperaba.
—Y bien, mi pobre amigo —preguntole la del vestido negro—, ¿cómo te va?
—¡Mal, mi buena señorita, peor que antes!
—¿Y cómo es eso? ¿No te di una cantidad suficiente para que pasases estos días?
—Sí, señora; pero se me ha perdido. Y refiriola el caso de la tienda.
—¡Bueno, hombre!, ¿qué le vamos á hacer? Toma del ronzal esa recua de borricos que va cargada de azafrán; vale una fortuna; véndela y sé feliz. Si alguna vez me necesitas, ven a este sitio y yo te escucharé, pues sabes que estoy decidida á protegerte.
Desaparecieron las jóvenes; cogió, lleno de alegría, el ronzal del primer borrico, y se dirigió al pueblo con la carga. Pero sucedió que la mañana del día anterior unos arrieros habían sido robados en el camino del pueblo y les habían robado precisamente una carga de azafrán, en igual cantidad que la regalada por la joven mujer a aquel desgraciado, y había la justicia enviado sus agentes por los contornos con objeto de que recuperaran el robo y prendieran al criminal.
No bien hubo llegado a la entrada del lugar, cuando tropezó con un alguacil que, poniéndole la vara en el hombro, le ordenó le siguiera á presencia del alcalde.
Fueron allá, y los que le vieron pasar llevado por el alguacil y llevando la reata cargada de azafrán, supusieron que era el ladrón, y fueron siguiendo al desdichado, llenándole de improperios y llamándole descaradamente ¡Ladrón! El desgraciado siguió su calle de la Amargura, y cuando llegó al Ayuntamiento ya iba más muerto que vivo.
En vano le interrogaron, le amenazaron, le suplicaron que se defendiese, pues le iba en ello la vida.
Más él no hacía más que llorar. Metiéronlo en un calabozo obscuro y lleno de ratas, húmedo y frío; el pobre Francisco no sentía nada, lloraba siempre y lloraba sin consuelo.
Los arrieros dijeron que aquellos fardos se parecían a los suyos; que los borricos, como no hacía más que días que los habían comprado, no tenían seguridad de si serían los mismos; que reconocerían si eran ellos, porque uno tenía el defecto de ponerse de pie conforme se le iba á montar. Montaron en todos, y el último, no bien se intentó montarle, se levantó de manos tirando al jinete: la prueba fue decisiva, aquellos burros y aquella carga era la de ellos.
Procediose á averiguar la parte de criminalidad de Francisco en aquel asunto, porque los arrieros juraban y perjuraban que habían sido cuatro los ladrones y que entre ellos no estaba el preso.
Francisco, al ser preguntado, respondía sólo:
—Esa carga es mía, y lo probaré siempre que me acompañen á la salida del pueblo, donde he de hablar con una persona. Mandó el alcalde que le acompañaran, y no bien hubieron llegado allí, saliéronle al encuentro las dos jóvenes:
—Ya sé lo que te sucede, y veníamos á salvarte. Yo soy la Desgracia, y me había empeñado en protegerte, cosa que no he conseguido. Esta es la Fortuna, y vamos á probar si es posible hacer contigo lo que yo no he logrado.
—Entonces —díjole la Fortuna—, toma esta peseta y paga a ese hombre el trabajo que se ha tomado acompañándote, y vete á la cárcel tranquilo.
—Pero —dijo—, ¿cómo voy a probar que las cargas son mías y no las he robado?
—Vete al pueblo y no temas.
Volviose el pobre Francisco con el alguacil al pueblo, triste y pensativo, pues no llevaba la prueba ofrecida, y pensando en lo que sería de sus hijos y su mujer. Llegó á la cárcel, y cuál no sería su sorpresa, cuando el alcalde le dijo:
—Ya apareció la recua (conjunto de animales de carga que sirve para trajinar) robada, pobre Francisco, y se ha demostrado que la que tú traías es tuya, pues en ella venía el aeta de cesión y precintado a tu nombre, y los hierros de las bestias tienen tus iniciales, y las guías vienen á tus señas.
—¡Ah, señor, y cuánto bien me hacéis!
Salió á la calle y todos le decían:
—¡Perdónanos, Francisco!, si te hemos injuriado creyendo que podías robar.
Llegó á su casa y encontró la mesa puesta, y humeando sobre la mesa un suculento guisado en una bonita fuente, y la mesa con ricos manteles, y alrededor de ella sillas nuevas, y todos sus hijos contentos y felices.
—Te estábamos esperando; ha venido por aquí una joven vestida de blanco acompañada de otra cuyo traje era completamente negro, y nos ha contado lo que te pasaba, pero asegurándome que pronto estarías aquí. Me ha mandado que envíe á comprar, dándome este bolsón de doblas de oro para el gasto, y á poco de marcharse entraban unos hombres con todos estos muebles y diciéndome que ya tenías comprador para la carga de azafrán.
Sentose a comer y fuéronse luego á descansar en las camas que les había regalado la Fortuna.
A la mañana siguiente levantose Francisco muy temprano para ultimar el trato, y dándola muy barata, sacó de ella 40.000 duros. Fueron de la casa a comprar aquella misma mañana, y el dueño de la tienda les dijo que la noche anterior se habían encontrado en el cajón una onza, y como nadie acostumbraba á llevar estas monedas, creía que era la que había reclamado la muchacha hacía algunos días.
De modo que cuantas cosas proporcionó la Desgracia por favorecer a aquellas pobres gentes, y que se les habían vuelto en su contra, con el simple deseo de la Fortuna, habíanse convertido en felicidades. Por eso decía siempre el padre á sus hijos:
—La Fortuna y la Desgracia van siempre unidas, y es necesario saber cuándo protege la una o la otra.
FIN. ■
«Los Polvos de D. Perlimplin».
Portada mejorada del cuento de “Editorial Calleja” publicado entre 1900 a 1909?, con el título de “Los polvos de D. Perlimplín”
Una vez había en mi pueblo, un viejo que vivía en una choza situada en las afueras de la población.
No sé cómo se llamaba, todos le conocían por don Perlimplín, y era tenido por hombre rico, pero tan roñoso, que por no dar, no daba ni los buenos días.
La vida de D. Perlimplin era un misterio, pues nunca compró comestibles, ni se sabia de qué se alimentaba.
Cierta noche uno de los valentones del pueblo apostó que iría solo a casa de D. Perlimplín y pondría en claro el misterio de aquel personaje.
En efecto, a las doce en punto estaba a la puerta de la choza. Miró por la cerradura y vio a don Perlimplín con una caja en la mano, sacando de ella algo así como polvos que tiraba al aire, y en el acto aparecía un gigante negro.
Picole la curiosidad al que miraba por la cerradura, y empujó la puerta de modo que por el resquicio pudiera oír lo que D. Perlimplín decía:
—Yo soy tu amo por virtud de estos polvos.
—Manda lo que quieras —respondió el negrazo.
—Pues tráeme ahora mismo un plato de calandrias (ave de tonos terrosos) fritas, con sesos de verderón (especie de gorrión) tuerto.
Desapareció el negro, y al instante apareció con una mesa espléndidamente servida, y como primer plato figuraba el de calandrias y sesos de verderón.
—Dispensa si he tardado —exclamó el gigante—; pero he tenido que ir a África a cazar las calandrias, y me costó trabajo hallar los verderones tuertos, pues como es de noche, todos tienen los ojos cerrados, y no es fácil saber a cuáles les falta un ojo.
Marchose el negro por donde había venido, y D. Perlimplín se dio un beneficio engulléndose aquella opípara cena.
A todo esto, al valentón del pueblo, que se llamaba Teclo, y por mote Tragaldabas, se le hacía la boca agua viendo los suculentos manjares.
Acabó D. Perlimplín de cenar y dejando la caja de los misteriosos polvos en un armario, sacó de él un tarro que debía de contener una pomada, y con ella se untó el revés del vientre. En el acto, ¡oh prodigio!, empezó a dar cabriolas en el aire como si le hubieran nacido alas en los pies. Cogió una escoba, se montó en ella y salió por la chimenea, diciendo:
—¡Voy a dar un paseito higiénico para hacer bien la digestión!
Tragaldabas penetró en la choza, y acercándose al armario en donde había visto colocar la caja de los polvos, la abrió, hallando en ella una porción de tarros exactamente iguales.
—¿Cuál de ellos era el de los polvos? Teclo, ni corto ni perezoso, echó mano del que le pareció, y abriéndole, sacó unos polvos amarillos y los tiró al aire como había visto hacer al viejo, en aquel momento apareció un garrote en el aire, y le dio tan fuertes garrotazos, que le puso el cuerpo hecho un puro cardenal. Tragaldabas era valiente; pero tal lluvia de estacazos era para meter en cintura al más pintado, y así, tomó la determinación de meterse debajo de una mesa. Y desapareció el garrote.
Tragaldabas cogió entonces la caja de los polvos, la tapó y se la guardó en el bolsillo, no hiciera el diantre que volviera a salir el garrote por los aires.
Cogió otro frasco, y encontró en él un líquido verdoso, que por cierto no olía a ámbar; lo tapó en seguida, porque si tal era el olor, cómo serían los hechos.
Y entonces, con resolución decidida, echó mano de otro, lo destapó, y sacando entre el pulgar y el índice unos polvos negros, se acercó a la mesa, por si acaso, y los tiró al aire. El efecto fue mágico. El negro de antes apareció, y con voz humilde le dijo:
—¿Qué me mandas, señor? ¡Yo soy tu esclavo!
—¡Una sartén de migas con chorizos y morcillas, y de postre, la peluca del tío Perlimplín!
—¡Serás servido! —dijo el negro. A los pocos minutos una sartén llena de sabrosas migas humeaba sobre la mesa, y encima de una botella aparecía colgada, como los sombreros en las tiendas, la enorme peluca de D. Perlimplín.
Después de cenar opíparamente pensó Tragaldabas adornarse con la peluca. Se la colocó, y con gran sorpresa suya notó de pronto que le subían por la cabeza y se quedaba pegado al techo.
Por fortuna había cogido la caja de los polvos, y tomando unos pocos los echó al aire. Apareció el negro, preguntando, como siempre, cuál era el deseo de su amo:
—Primero, bajarme al suelo.
—Para eso no tienes más que dar una vuelta a la peluca.
Hízolo así Tragaldabas, y al momento se encontró en el suelo.
—¡Ahora! —añadió—, quiero que lleves a mi casa todo el dinero que quepa bajo mi cama.
—¡Está bien! ¿Mandas algo más?
—¡Nada, ya te avisaré!
Apenas desapareció el negro, Tragaldabas oyó ruido en la chimenea y creyendo que era D. Perlimplín, se escondió detrás de un armario y esperó.
Era D. Perlimplín, en efecto, que a caballo sobre su escoba, volvía a su choza estornudando como un descosido.
—¡Esta noche —dijo— he perdido mi peluca y pescado un catarro!
Por un descuido inexplicable había quedado entreabierta la choza, y D. Perlimplín, al notarlo exclamó lleno de ira:
—¡Aquí ha entrado alguien! ¡Si le encuentro, no le quedarán ganas de contarlo!
Nueva sorpresa le aguardaba al ver la sartén de las migas en la mesa; entonces, en el colmo del furor, comenzó a registrar la habitación, y encontró al intruso.
—¡Ah, bribón! ¡Ahora verás lo que es bueno! —gritó.
Y sacando una espada, quiso pincharle en el vientre. Pero Tragaldabas se volvió la peluca y de un salto quedó pegado al techo.
—¿Ya sabes todo eso? —dijo D. Perlimplín— ¡Ahora verás!
Y abalanzándose al armario buscó los polvos del garrote.
Pero Tragaldabas, que los tenía en el bolsillo, se dejó caer al suelo, y metiéndose debajo de la mesa, lanzó al aire la mitad de la caja consabida.
Entonces no fue uno, sino cien garrotes los que a un tiempo aparecieron y descargaran sobre las espaldas y el cogote de D. Perlimplín.
Gritaba éste como un desesperado; rogó, suplicó, y por fin sus alaridos compadecieron a Tragaldabas, que le dejó meterse bajo la mesa, con una granizada de cardenales que entre uno y otro apenas cabía un alfiler.
Viéndole en tal estado, sacó del bolsillo los polvos negros, y aplicándoselos a la nariz, hizo que los sorbiera, y... ¡¡¡PATAPLUM!!!, estalló D. Perlimplín, saltó la casa, sin quedar de ella ni rastro; la caja de los polvos se convirtió en ceniza, y Tragaldabas, con la boca abierta, sin darse cuenta de lo que ocurría.
Sólo quedaba la peluca de D. Perlimplín, y el mozo, dándole la vuelta, se remontó en los aires y cayó dentro del pueblo.
Entró en su habitación, miró debajo de la cama y en vez del dinero que esperaba, halló un mico que le hacía burla. El valiente Tragaldabas sólo sacó de su curiosidad la paliza del garrote, el mico y la pérdida de las narices.
FIN. ■
Saturnino Calleja Fernández
Saturnino Calleja Fernández nació en Burgos en 1853. Su padre, Fernando Calleja Santos, fundó en 1876 un negocio de librería y encuadernación en la calle de la Paz, en Madrid, que fue comprado en 1879 por su propio hijo Saturnino. Quien lo convirtió en la “Editorial Calleja” (De la que ya hemos hablado largamente al principio de este artículo), que llegó a ser la más popular en España, Filipinas e Hispanoamérica, y que llegó a publicar en 1899 un total de 3.400.000 volúmenes.
Saturnino Calleja realizó tres importantes novedades en el mundo editorial de la época, estas son:
Publicó grandes tiradas de los libros y cuentos (con muy pequeño margen de beneficio, con lo que abarató mucho los precios) e ilustró profusamente todos ellos con dibujos de los mejores artistas, con lo que logró unos cuentos atractivos y al alcance de los bolsillos de menor poder adquisitivo, acostumbrando a leer, con ello, a varias generaciones de niños. Llevando con ello a la práctica su convencimiento de que los libros “entraban” mejor a los jóvenes con imágenes o ilustraciones. (su gran lema era “Todo por la ilustración del niño”).
Las dimensiones de cada cuento fueron también una novedad, pues se trataba de “cuentecitos” diminutos que los niños podían coleccionar como si fuesen cromos y conservar o transportar en casi cualquier parte, incluso en sus bolsillos. Cada cuento sólo medía unos cinco centímetros de ancho por unos siete de alto. Lo hemos visto con las reproducciones de este artículo de algunos de sus “cuentecillos”
Y centrándonos en sus innovaciones dentro del mundo de la pedagogía en sí; Calleja editó libros basados en las más modernas tendencias pedagógicas europeas, y los llenó de bonitas ilustraciones pero manteniendo un precio barato para los mismos. Llegando a repartirlos a veces a costa de su bolsillo, por las escuelas de los pueblos de España; los maestros españoles estaban entonces menospreciados, hasta el punto de que se popularizó el dicho: «pasar más hambre que un maestro de escuela». ■
Y con estos tres cuentos extraídos de dos de los “libritos” de Saturnino Calleja, esperamos habernos acercado a la figura de este hombre, que tanto hizo por promocionar la cultura entre los más humildes...
Un artículo de La “Bibliotecaria”
para Queseenteren



