“La golondrina y los pajaritos” y 5 FÁBULAS más, del francés Jean de la Fontaine, cuyas Moralejas aún son de aplicación en nuestra vida actual.

Todas las ilustraciones están creadas por el gran caricaturista francés J. J. GRANDVILLE (1803 - 1847).

Arriba vemos un retrato de este artista, realizado por Émile Lassalle en 1840.

“La golondrina y los pajaritos”

Viajando una Golondrina

Muchas cosas aprendió;

Que siempre quien mundo vio

Obtuvo vasta doctrina.

Las tempestades sentía

Antes que se desataran,

Y a fin de que se aprestaran

A los nautas prevenía.

Encontró cierta ocasión

A un rústico en la campaña,

Que iba sembrando con maña

El cáñamo a profusión.

«Esto, en verdad, no me agrada

Por vosotros, pobrecillos»

les dijo a los pajarillos

«Yo por mí no temo nada;

Porque en riesgo tan seguro

De aquí alojarme sabré,

O escondida viviré

En algún rincón oscuro.

¿No miráis aquella mano

Que por los aires camina?

Pues ha de ser vuestra ruina

Lo que siembra este verano.

Con ello redes harán

Para envolveros enteras,

Y lazos y correderas

Que al vuelo os atraparán.

Máquinas de toda suerte

Que en la próxima estación

Causarán vuestra prisión

Si no causan vuestra muerte».

«Por eso», agregó prudente.

«Comed al punto ese grano».

Ellos rieron, y fue vano

Consejo tan excelente.

Cuando brotó el cañamar

La Golondrina les dijo:

«Destruid la yerba, o de fijo

Vais vuestra suerte a llorar”.

Pero ellos le respondían:

«Profeta de desventura,

Con una carga tan dura

Ni mil personas podrían».

Viendo el cáñamo lozano,

La Golondrina insistió:

«No va bien, siempre creció

Pronto en la tierra el mal grano,

Pues mis avisos prudentes

No los tomásteis por ciertos,

Si están los campos cubiertos

Y no se ocupan las gentes

En sus trigos, y la guerra

Hacen a los pequeñuelos

Con redes y con señuelos,

No voléis de tierra en tierra:

Id a región más feliz,

Buscad los nidos calientes;

Al Pato imitad prudentes,

A la Grulla y la Perdiz.

No podéis atravesar

Los desiertos ni los mares,

y otros climas, otros lares

En otro mundo encontrar.

El partido más seguro

Que a mi ver debéis seguir,

Es el de iros a vivir

En las grietas de algún muro».

Cansados los pajaritos

De consejos tan prudentes,

Respondieron insolentes

Con insultos y con gritos.

Lo mismo que los Troyanos

Cuando Casandra quería

Abrir la boca, lo hacía

Esa turba de villanos.

Numerosos pajarillos

Muy caro a fé lo pagaron;

La yerba que despreciaron

Sirvió a fabricar sus grillos.


MORALEJA:

Los instintos de los otros

Como nuestros no escuchamos,

Y del mal siempre dudamos

Hasta que viene a nosotros.


"La muerte y el leñador"

Un pobre Leñador, a quien cubría

Una carga de ramas al exceso,

Encorvado gemía

Del haz y de los años bajo el peso.

Marchaba a paso lento

Para llegar a su cabaña oscura,

Pero en cierto momento,

De dolor y fatiga sofocado,

Tira al suelo la carga exasperado,

Piensa en su desventura.

¿De qué gozó desde que está en el mundo?

Su desdicha es inmensa y sin segundo;

Sin pan a veces, siempre sin reposo,

Su mujer y sus hijos maltratados,

El impuesto oneroso,

Las deudas, los soldados,

La dura servidumbre,

De sus penas la enorme pesadumbre

Agravan y su triste desconsuelo,

Y le hacen de infelices el modelo.

Llama a la Muerte, que al momento llega

Y le pide sus órdenes risueña;

Entonces él con humildad le ruega

Le ayude en hombros a poner su leña.


MORALEJA:

Todo la muerte para siempre cura,

Pero es mejor quedemos como estamos

“Vale más que morir el que suframos”,

Es divisa de toda criatura.


"El hombre de mediana edad y sus dos novias"

Un hombre de edad madura

Que empezaba a encanecer,

Juzgó que llegado había

Del matrimonio la vez.

Como era en extremo rico,

Tenía donde escoger;

Las mujeres se esforzaban

Porque las hallase bien;

Él no se daba gran prisa,

Aunque las dejaba hacer,

Que decidir es difícil

Cosa de tanto interés.

Mas su corazón dos viudas

Lograron enternecer;

Una, joven todavía;

La otra ya en la madurez,

Que reparaba con arte

Del tiempo el estrago cruel.

Estas dos viudas, jugando

Y riendo a más no poder,

Arreglaban a su gusto

La cabeza del doncel.

La vieja a cada momento

Arrancaba sin merced

Un poco del pelo negro

Que allí se dejaba ver,

Porque su amante estuviese

Más a su gusto; a su vez

La joven los pelos blancos

Le quitaba con placer,

Y tanto las dos hicieron

Que nuestro pobre doncel

Al cabo se quedó calvo

Y advirtió la mala fe.

«Gracias» dijo. «mis hermosas,

Que así pelado me habéis;

Gano más de lo que pierdo

Porque no me casaré.

La que tomara querría

Arreglarme sin merced

Al gusto suyo, y no hay calva

Que resista a una mujer».


"El gallo y la perla"

Pareciese como si la muñeca tuviera vida propia y cambiara de posición a su antojo...

Una perla se encontró

Cierto Gallo; la cedió

A un lapidario, y decía:

“Pienso es fina, mas de fijo

El menor grano de mijo

Mucho más me convendría”.

Un manuscrito heredó


Cierto Ignaro; le llevó


A un bibliófilo, y decía:


“Pienso es raro y exquisito,


Pero el menor escudito


Mucho más me convendría”.

El largo brazo que descansaba en el sofá, medio le ocultaba el rostro, como si las observase astuta y maliciosamente.

—Criatura horrible! —volvió a gritar Alicia—. ¡No puedo soportarte! ¡No puedo soportarte más!

Su acción sorprendió a Sybil. Corrió al interior de la estancia, cogió la muñeca, se fue a la ventana, la abrió y tiró el manojo de trapos a la calle.

Sybil, asustada, no pudo reprimir un grito:

—Alicia! ¿Qué ha hecho? Estoy segura de que no debió hacerlo.

Luego se unió a ella en la ventana. Sobre el pavimento, la muñeca yacía boca abajo.

—La ha matado! —dijo entrecortadamente Sybil.

—No sea absurda! ¿Cómo puedo matar una cosa de terciopelo y seda?

—¡Es horriblemente real! —murmuró Sybil.

—¡Cielos! Aquella niña...

Una niña de corta edad, mal vestida, se paró junto a la muñeca en la acera. Miró arriba y abajo de la calle, que apenas tenía tránsito en aquella hora de la mañana, si bien pasaban algunos coches; luego, como satisfecha de su inspección, recogió la muñeca y echó a correr.

—Párate! ¡Párate! —gritó Alicia.

Ésta se volvió a Sybil.

—Esa niña no debe llevarse la muñeca! ¡No debe! Esa muñeca es peligrosa... Tenemos que evitarlo.

En aquel momento tres taxis circulaban por una dirección y dos camiones por la otra. La niña tuvo que detenerse en una isla en el centro de la calzada. Sybil bajó presurosa las escaleras, seguida de Alicia. Sortearon un par de vehículos, y, al fin, llegaron a la isla antes de que la niña cruzase al lado opuesto.

—No puedes llevarte esa muñeca —dijo Alicia—. Devuélvemela.

La niña, delgada, de unos ocho años y algo bizca, la miró desafiadora.

—¿Por qué tengo que dársela? Usted la tiró por la ventana, ¿no? Yo vi cómo lo hacía. Si usted la tiró por la ventana es que no la quiere. ¡Ahora es mía!

—Te compraré otra —ofreció Alicia—. Iremos a la tienda de juguetes que tú digas, y te compraré la mejor muñeca que tengan. Pero devuélveme ésta.

—¡No!

La niña estrechó protectoramente en sus brazos a la muñeca de terciopelo.

—Tienes que devolvérsela —dijo Sybil—. No es tuya.

Quiso arrebatársela, pero la pequeña dio una patada en el suelo, y les gritó:

—¡No! ¡No! ¡No! Es bien mía. La quiero. Ustedes no la quieren. La odian. Si no la odiaran no la hubieran tirado por la ventana. Yo la quiero, y eso es lo que ella necesita; que la amen.

Luego se deslizó como una anguila entre los vehículos y cruzó la calle, siguió por una callejuela, y desapareció antes de que las dos mujeres se atreviesen a cruzar.

—¡Se ha ido! —exclamó Alicia desalentada.

—La muñeca necesita que la amen. —repitió Sybil.

—Puede que sea verdad. Quizá sea cuanto quiso la pobre; ser amada.

En el centro de una calle londinense, dos mujeres se miraron asustadas. ■

FIN


Personajes:

Alicia Coombe: Propietaria de un negocio de costura.

Sybil: Su joven asistente.

Elspeth: La capataz del taller.

Marlene: Trabajadora en el taller de costura.

Nellie: Chica que trabaja en el taller de costura.

Margaret: Otra chica que trabaja idem.

Señora Fellows-Brown: Clienta de la tienda de costura y dueña de un pequinés llamado Fou-Ling.

La señora Groves: La limpiadora.

Señora Lee: Clienta de la Tienda que menciona Alicia... pero no aparece.


Un artículo del “Agente Judicial Ponce”

para Queseenteren